viernes, 19 de mayo de 2017

... Y veganas

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Miles de años de evolución del ser humano, desde que andábamos a cuatro patas llenos de piojos y parásitos hasta estar a punto de comprender el nacimiento del universo -gracias a la información obtenida de las ondas espaciales- no nos han servido de nada.  Entonces nos alimentábamos de fruta y de otros seres vivos, incluso de nuestros semejantes, pero cruditos y sin aderezos. Qué asquito, por Dios. Qué barbaridad. Sería impensable para nosotros volver a alimentarnos de cualquier fruto que encontráramos (nutritivo o venenoso) o de animales crudos, así, recién cazados ¿verdad?
Para mí sí. Para mí es absolutamente inconcebible renunciar al calor y los condimentos para cubrir esa necesidad que sigue siendo diaria: comer. Yo pienso en un buen guiso de carne con sus verduras bien pochaditas, su vino y sus especias y es que pierdo el sentido...
Podríamos pensar que, como animales que somos, deberíamos tener un instinto natural de protección de la especie que nos llevara a desechar alimentos que, a priori, fueran potencialmente perjudiciales para nuestra salud. Y sin embargo esto no es así, obviamente. Si no, las hamburgueserías, fábricas de bollería industrial, chucherías varias y licorerías, no habrían llegado ni a nacer. En algún momento de milenios de evolución debimos de  perder ese instinto. Y hace mucho tiempo, además. Es un hecho demostrable empíricamente. Veamos un ejemplo. Es de todos conocida la habilidad de los seres vivos para autoprotegerse con métodos tan conocidos como liberar venenos, sustancias alucinógenas, urticantes, etc... y sin embargo, desde tiempo inmemorial el ser humano se arriesga a comer setas  silvestres y no siempre guiado de un experto. Asimismo ingiere peces venenosos, (no hace falta irse a Japón, Galicia es famosa culinariamente por la preparación de la lamprea, entre otras delicatessen). Si bien se les extrae la ponzoña, no deja de entrañar un riesgo. Y la gente disfruta cada verano -al menos así se hace en Cádiz- de los sabrosos y refrescantes -pero sumamente dolorosos de limpiar- higos chumbos, (menos mal que hay almas caritativas que los pelan y los venden listos para el consumo). Otra estrategia de defensa de los seres vivos es pintarse de vivos colores para disuadir a posibles comensales. Ya sabemos que el rojo en la madre naturaleza es sinónimo de peligro. Las amapolas o "adormideras", las peligrosas setas de sombrero rojo, la brillante y llamativa rana arborícola, los Stop que te saltas y te la pegas fijo ("R.I.P.  amen", eso sí que es mortal de necesidad) etc... Y  un sinfín de señales visuales que hacen de alerta que te dicen: "tú, arriésgate y verás..."
Yo por eso me he preguntado en diversas ocasiones qué impulso temerario o directamente suicida llevó a algún antepasado nuestro a probar una fresa o un tomate (lo del tomate lo menciono para no excluir a nuestros congéneres del otro lado del charco -no se vayan a creer, como acostumbran, que son más listos que nosotros, los del viejo continente-). O bien fue un visionario, un adelantado a su tiempo, o bien era el loco del poblado, o el curandero, o el paria de la tribu que por alguna metedura de pata fue desterrado y, pasando más hambre que el perro de un barbero, no encontró otra cosa y se atrevió, -arriesgando su vida- y descubrió dos manjares llenos de propiedades.  Eso es caer de pie y lo demás es tontería, oye. No sé, pero probar algo rojo que te encuentras por el campo, muy normal, al menos desde el punto de vista animal, no lo veo yo, la verdad.
Pero bueno, lo que yo quiero demostrar es que el que, siendo humano, se arroga el conocimiento de la dieta ideal a base de cálculos matemáticos y prohibiciones tajantes se contradice con la pura esencia del Homo Sapiens. Si probamos la carne y arriesgamos nuestras vidas por matar animales pudiendo alimentarnos tan sólo de verduritas, frutas y granos, digo yo que por algo será. Si la naturaleza nos llevó por el camino del omnivorismo -no sé si existe esta palabra, que conste-,  supongo que sería por su infinita sabiduría, si no, nos hubiéramos quedado herbívoros. De hecho hay muchos animales herbívoros; no se han extinguido ni se han pasado a la carne, y lo mismo puede decirse de los carnívoros a la inversa. Luego deduzco que hay animales que pueden vivir sólo a base de frutos o sólo a base de carne. O sea, lo que yo vengo a decir es que si la evolución nos ha adaptado a comer de todo, no debe de ser muy natural para el hombre ser herbívoro -véase vegetariano-. No pudo ser producto del azar que aprendiéramos a domesticar animales, ordeñarlos, -con lo que se conseguía leche ( para criar a los niños aunque no hubiera madre para amamantarlos porque se la había cargado alguna infección, alimaña, enfermedad, guerra, hambruna...)- y queso, un alimento nutritivo y calórico (y barato) y descubrimos que la miel era una fuente de propiedades, aun cuando no disponíamos de microscopio ni probetas.
Nuestro organismo debió ver que todas esas cosas eran buenas para él,  de lo contrario seríamos veganos. Y si descubrimos el fuego no sólo para dar calor, ternura y sabor a los alimentos, sino también para conservarlos mejor y matar gérmenes, también será por algo. Si no, seríamos crudo-veganos. Así pues, ahí va mi alegato en pro de la alimentación variada y en contra de dietas vegetarianas, veganas y crudo-veganas, de la dieta de la alcachofa, de esa otra que te quita todas las proteínas pero, como  lógicamente el organismo reacciona y sobreviene la llamada ¿cetosis?, las suple con pastillas y batidos de proteínas (¿habrá cosa más absurda? donde se ponga un chuletón...). Y de la dieta de la sopa, y de la de los zumos... Hay para todos los gustos, tanto dietas como efectos secundarios de las mismas. Si estuviéramos adaptados a alimentarnos tan sólo de líquidos no habríamos desarrollado una dentadura, tendríamos una especie de trompa para libar, ¿no? Pero venimos del mono, no de la mariposa o del colibrí. Y además, todas estas dietas hacen aguas por algún sitio, alguna carencia siempre acaba por dar la cara. Pero bueno, oye, que si alguien se quiere hacerse vegano o crudo-vegano, o zumano, o sopano, vale, es su salud y su cuerpo. Pero no que no priven a sus vástagos de un buen bocata de jamón ibérico, una berza gaditana con su choricito y su morcilla (y sus garbanzos y sus judías verdes y su calabaza, por supuesto), su buen fricasée de ternera, su pollo con ciruelas y almendras... mmm
Ese pargo al horno con vinito (y ajo, rodajitas de cebolla, tomate y limón, claro está), unos buenos calamares rellenos de carne y huevo picados, esa lasagna con su carne, su bechamel y su parmesano o esas simples berenjenas fritas con miel. Y claro, ¿cómo no? un salmorejo con virutas de jamón y huevo picado. Lo dejo ya, que me entra hambre.
Las verduras son un regalo de la creación, como también lo son los animales de tierra, mar y aire, y sus productos (huevos, leche, miel...) y bien hermanados y condimentos nos pueden elevar al paraíso.  Conviene recordar a quien lo olvide que los extremismos no son buenos en ningún aspecto de la vida, tampoco para nuestro estómago y menos aun para la salud física y mental de nuestros retoños. Podéis renunciar a todo y hacer las dietas que queráis, pero si hay quien no bautiza a las niños de pequeños para que puedan elegir de mayores, -y lo veo muy bien- respetemos también su nutrición y que ellos elijan de mayores a qué quieren renunciar. No creéis mini-crudo-veganos-no vacunados.
Perdonad mi defensa de la buena mesa y la dieta mediterránea, reconozco que la cocina me pierde. Yo considero una suerte que una necesidad cotidiana pueda convertirse en un auténtico placer, por el mero arte de combinar bien sabores y texturas. De los pocos lujos al alcance de todos los bolsillos, además. Comamos de todo con moderación y de la manera más natural posible y disfrutemos de la comida.  Como decía la canción del Renacimiento: "hoy comamos y bebamos, y gocemos y holguemos, que mañana ayunaremos". Me voy a casa a darme un homenaje culinario a base de berza gaditana. Llamadme hedonista...

martes, 28 de marzo de 2017

De vacunas...

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Tras un lago paréntesis vuelvo a la carga con un tema de actualidad. Sé que ya lo he tocado en otra entrada (ver De virus, bacterias y bichejos) pero sería una pena no aprovechar la coyuntura para ahondar en un  asunto de vital importancia cual es la vacunación infantil.
Qué gran avance supuso para la humanidad este descubrimiento. Cuántas vidas ha salvado y podría seguir salvando si los gobiernos y los que dominan la industria farmacéutica velaran más por el bien de las personas, como se supone deberían hacer, y menos por el de sus carteras. Cuando se leen libros en los que se habla de epidemias de escarlatina o viruela, del tifus (cuyo nombre científico es fiebre tifoidea y que, afortunadamente para nosotros, está incluido desde hace muchos años en nuestro calendario de vacunación), la tuberculosis y un largo etcétera de horrores médicos de los que ahora estamos más protegidos gracias a Edward Jenner, se le ponen a una los vellos de punta.
O más doloroso aún, cuando una ha convivido desde siempre con una persona, modelo de superación, que hoy podría andar si la ignorancia y penurias de la época no la hubieran privado de la vacuna de la polio, en lugar de vivir un calvario con cada paso desde que se levanta y se pone el aparato hasta que se lo quita para acostarse; cuando una ve la corriente de padres modernitos -sin ánimo de  ofender- que propugnan la no vacunación de sus hijos, se la llevan los demonios.
No sé si es ignorancia contemporánea, más censurable por el acceso a la información de la que hoy disponemos y la cultura que se supone recibimos en el colegio, al que a principios del siglo pasado sólo asistían unos pocos y sólo para aprender a leer, escribir y las cuatro reglas, a saber: sumar, restar, multiplicar y dividir. No sé si es inconsciencia, una confianza ciega en su buena estrella, que les protegerá a ellos y sus vástagos de la enfermedad, o si es simple y llanamente estulticia pura y dura. Algo de ello tiene que haber, porque si no, no me lo explico. A poquita cabeza que se tenga y salvo que se sea un padre desnaturalizado, lo más lógico y natural, es velar por la salud de la prole. Incluso diría que responde a un impulso "animal", refiriéndome al instinto más salvaje que nos queda, cual es el de la conservación de la especie.
Si la ciencia, a golpe de experimento y laboratorio avanza para darnos instrumentos cuyo objetivo principal es salvar vidas, deberíamos aprovecharlo. Recordemos que los que vivimos en países civilizados somos unos privilegiados, puesto que las vacunas son un lujo al alcance de muy pocos si miramos la totalidad de la población mundial. Estoy segura de que si muchos masacrados por epidemias que hoy son un recuerdo levantaran la cabeza, se llevarían las manos a la calavera al ver que hay quien, pudiendo defender a sus niños de esos males que antes mataban (y algunos hoy también) no lo hacen por... Espera, que la cosa es que no tengo muy claro el motivo.
Unos alegan que como la protección en algunos casos no es total, que ¿pa qué?. Otros quieren preservarlos de los efectos secundarios (muy lógico, para evitar la febrícula o leve erupción cutánea que puede provocar la vacuna de la varicela, mejor arriesgarse a que la cojan con su fiebrón y picor incontenible que suele dejar marcas, por no hablar de las muchas secuelas que puede provocar y no precisamente de carácter estético). Otros, los típicos  conspiranoicos, alegan que todo eso es un montaje de la industria farmacéutica, en connivencia con los gobiernos, para llenarse los bolsillos. Y conste que no niego que en otros casos no sea así, y admito la manifiesta inmoralidad que muestran los dueños de dichas empresas pidiendo cantidades  abusivas por esos salvavidas que son los medicamentos. Otros, los flower power, los que parecen haberse quedado pillados en Woodstock, aunque ninguno lo vivió ni de lejos, pero que sí que parecen haber probado sus alucinógenos, confían en las bondades de la naturaleza. Luego se les cae la boca de ponerse como ejemplo de padres responsables... será con el medio ambiente, que lo que es con sus hijos... ¿y los míos, y los tuyos?, porque estamos muy equivocados si creemos que esta falta de protección sólo afecta al  hijo del padre guay que se niega a vacunarlo por los motivos que sean (dejando aparte la de índole económica, que sobre eso también hay mucho que hablar, pues no falta quien no tiene dinero para pagarle la vacuna al niño pero sí para el móvil de última generación, para la play station o para ir al fútbol o matarse fumando). El niño que no se vacuna y pilla la enfermedad puede que no contagie, por ejemplo, a sus compañeros de clase si estos, por mor del calendario de vacunación ya han recibido su dosis, pero sí pueden transmitir la enfermedad a los compañeros de colegio más pequeños, a los hermanos menores de sus amigos con los que comparten patio, juegos, fiestas de cumpleaños, actividades extraescolares, etc y que aún no han sido protegidos, porque por su edad, aún no les toca... En fin, que la poca cabeza de unos pocos nos puede llegar a afectar a todos.
Yo no sé de donde habrá venido la moda esta anti-vacuna. No me extrañaría que provenga del otro lado del charco, de algún gurú hollywoodiense como Gwyneth Paltrow, conocida por sus soluciones milagrosas para mil y un problemas de salud... como cuando puso de moda las duchas vaginales a base de vapor. Lo que fue denunciado por ginecólogos porque acababa con la flora interna de la vagina. ¿De dónde sacarán esas ideas estas celebrities? Pero bueno, haya partido la idea de quien haya partido, que haya alguno que en su blog propugne que para acabar con los dolores de cabeza no hay nada como tirarse por los bloques del Campo del Sur está bien, pero que haya quien se lo crea y se estrelle de cabeza contra las piedras del rompeolas porque lo ha leído en Internet ya preocupa... más que nada por su salud mental, porque desde luego que el dolor de cabeza se le quita, radical, oye. No vuelve a gastar un euro en ibuprofeno. Garantizado.
Bueno, yo lo que vengo a querer decir es que si alguien quiere jugar con su propia salud, lo puedo admitir, pero que cuando tenemos hijos somos responsables de procurarles el mayor bienestar que esté al alcance de nuestra mano, así que, por favor, es mejor para ellos vacunarlos que comprarles la Play, y más beneficioso para sus neuronas, eso seguro.

jueves, 12 de enero de 2017

Ooooh, blanca Navidad...

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Aaaaah, el tiempo del amor y la fraternidad, del bullicio en las tiendas, de los excesos gastronómicos (y etílicos), de los gastos inasumibles, del buen rollo, la hipocresía disfrazada de buenos deseos con fecha de caducidad, de Loterías y horas de descorche de champán rellenando los telediarios, de colas interminables a la puerta de los belenes, parkings llenos a rebosar en los centros comerciales, de luces navideñas, espumillón, bolsas de cotillón, lencería roja, gorros de Papá Noel, programación televisiva no apta para diabéticos, papel de regalo, marisco, pavo, besugo, jamón, lentejas, uvas, polvorones, turrón, sal de frutas, renos, camellos, la mula, el buey, y un largo etcétera de típicos tópicos navideños que van subiendo de nivel hasta tenernos a agüita tapá de tanta edulcorina artificial y repelente.
Muchos dirán: "ya está aquí Mr. Scrooge"... a lo que yo me apresuro a contestar un sonoro: "Paparruchas".
No, no es que quiera chafar las fiestas a nadie, ni que odie estas fechas que siguen teniendo su punto entrañable aunque sean las que hacen que los que se sienten solos  todo el año lo noten aun más si cabe a lo largo de estas dos semanas de ¿paz y amor?. A pesar de que la vida me ha ido dando motivos más que sobrados para aborrecerlas desde mi más tierna infancia, me sigue gustando la Navidad.
Es cierto que cada año son más duras porque los ausentes se hacen más presentes en el pensamiento, no porque no estén ahí el resto del año, no, sino porque, al juntarnos todos, se nota más su falta. Ese hueco en la mesa, ese sillón vacío. La falta de su risa o incluso de su regañina al ver que aún ni está puesta la mesa... Por desgracia, si bien cumplir años es una bendición en estos tiempos que corren, ello trae consigo la maldición de ir contando bajas. Ver que cada vez hay menos gente por detrás de ti. Que, de repente, ya no hay ancianos con los que conversar y que ahora la que lleva comida eres tú. Que ya no te espera mamá con la comida preparada...
Bueno, ya acabé llorando, y nada más lejos de mi intención. Yo lo que iba a denunciar es esa mentalidad de ser "buena gente" sólo en estos días. De acordarse de los que están más lejos o de los solitarios sólo en estas fechas; o de decirse, entre copa y copa, cuánto nos queremos para volver a ponernos la zancadilla una vez pasada la resaca. De hacer cientos de operaciones kilo durante el mes  diciembre y olvidarse  en la cuesta de enero de los que no tienen ni dónde caerse muertos (y no es una forma de hablar, porque ¡anda que no sale caro morirse en España!, ya no te digo heredar, especialmente en Andalucía).
También tengo que criticar el bombardeo de publicidad que crea un espejismo en el que el común de los mortales verdaderamente acaba convencido de que todo está al alcance de todos y, si no, pues a endeudarse y punto. Luego vendrá Mateo con la rebaja... Entiendo que las tiendas tienen que vender, que generan puestos de trabajo y que la industria del lujo es la única que ha medrado a pesar de la crisis. Creemos que hemos superado la Edad Media, pero desde que el hombre es hombre, las crisis no hacen otra cosa que abrir más la brecha existente entre las clases sociales: haciendo al rico más rico a costa de que el pobre sea más pobre. Y que conste que el comunismo no es lo mío, pero
me joroba que nos hagan creer que todos han perdido con esta situación cuando todos sabemos de sobra que muchos empresarios la han usado como excusa para despedir a empleados y exprimir hasta el tuétano a los que mantienen en su puesto de trabajo, sin atreverse ni a rechistar por miedo a verse en la calle como sus excompañeros. Desgraciadamente sé de lo que hablo... Ellos siempre tienen que ganar más, y si hay una coyuntura económica que lo justifique, pues mejor que mejor. Hablo de las grandes empresas, ojo, no del pequeño empresario que, asfixiado por los impuestos va echando el bofe para cumplir con todas sus muchas obligaciones tributarias.
Y sin embargo y volviendo al tema, sigo creyendo en la humanidad porque también conozco a mucha gente que siente de verdad y vive eso que los americanos nos han importado a través del cine y la publicidad y que hemos dado en llamar espíritu navideño. Y vivo estas fiestas cumpliendo con todos los rituales que al principio describía, como todo hijo de vecino, para que cada año sea inolvidable para esos tres tesoros que miran belenes y escaparates llenos de juguetes con más brillo en los ojos que un millón de fuegos artificiales. Por ellos merece la pena tragarse colas, recorrer tiendas atestadas para encontrar ese juguete tan especial, poner espumillón y Belén, cantar hasta desgañitarse villancicos pandereta en ristre (aunque se llore por dentro) y hasta, si me apuras, disfrazarse de reno... Bueno, eso último no, que los cuernos no le sientan bien a nadie... mejor de elfo o, ya puestos, de algo más patrio, de pastorcita, hay que defender lo nuestro.
En resumen: muchas cestas de Navidad, muchas comidas de empresa, muchos buenos deseos y mucha hipocresía mezclados con carencias económicas y afectivas más visibles y ausencias más dolorosas, todo ello salpicado -por fortuna-  de momentos auténticos, entrañables y verdaderamente inolvidables (siempre de la mano de los más pequeños de la casa) marcan estas fechas que ya han pasado hasta dentro de unos once meses, si Dios quiere. Auf wiedersehen.