jueves, 12 de enero de 2017

Ooooh, blanca Navidad...

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Aaaaah, el tiempo del amor y la fraternidad, del bullicio en las tiendas, de los excesos gastronómicos (y etílicos), de los gastos inasumibles, del buen rollo, la hipocresía disfrazada de buenos deseos con fecha de caducidad, de Loterías y horas de descorche de champán rellenando los telediarios, de colas interminables a la puerta de los belenes, parkings llenos a rebosar en los centros comerciales, de luces navideñas, espumillón, bolsas de cotillón, lencería roja, gorros de Papá Noel, programación televisiva no apta para diabéticos, papel de regalo, marisco, pavo, besugo, jamón, lentejas, uvas, polvorones, turrón, sal de frutas, renos, camellos, la mula, el buey, y un largo etcétera de típicos tópicos navideños que van subiendo de nivel hasta tenernos a agüita tapá de tanta edulcorina artificial y repelente.
Muchos dirán: "ya está aquí Mr. Scrooge"... a lo que yo me apresuro a contestar un sonoro: "Paparruchas".
No, no es que quiera chafar las fiestas a nadie, ni que odie estas fechas que siguen teniendo su punto entrañable aunque sean las que hacen que los que se sienten solos  todo el año lo noten aun más si cabe a lo largo de estas dos semanas de ¿paz y amor?. A pesar de que la vida me ha ido dando motivos más que sobrados para aborrecerlas desde mi más tierna infancia, me sigue gustando la Navidad.
Es cierto que cada año son más duras porque los ausentes se hacen más presentes en el pensamiento, no porque no estén ahí el resto del año, no, sino porque, al juntarnos todos, se nota más su falta. Ese hueco en la mesa, ese sillón vacío. La falta de su risa o incluso de su regañina al ver que aún ni está puesta la mesa... Por desgracia, si bien cumplir años es una bendición en estos tiempos que corren, ello trae consigo la maldición de ir contando bajas. Ver que cada vez hay menos gente por detrás de ti. Que, de repente, ya no hay ancianos con los que conversar y que ahora la que lleva comida eres tú. Que ya no te espera mamá con la comida preparada...
Bueno, ya acabé llorando, y nada más lejos de mi intención. Yo lo que iba a denunciar es esa mentalidad de ser "buena gente" sólo en estos días. De acordarse de los que están más lejos o de los solitarios sólo en estas fechas; o de decirse, entre copa y copa, cuánto nos queremos para volver a ponernos la zancadilla una vez pasada la resaca. De hacer cientos de operaciones kilo durante el mes  diciembre y olvidarse  en la cuesta de enero de los que no tienen ni dónde caerse muertos (y no es una forma de hablar, porque ¡anda que no sale caro morirse en España!, ya no te digo heredar, especialmente en Andalucía).
También tengo que criticar el bombardeo de publicidad que crea un espejismo en el que el común de los mortales verdaderamente acaba convencido de que todo está al alcance de todos y, si no, pues a endeudarse y punto. Luego vendrá Mateo con la rebaja... Entiendo que las tiendas tienen que vender, que generan puestos de trabajo y que la industria del lujo es la única que ha medrado a pesar de la crisis. Creemos que hemos superado la Edad Media, pero desde que el hombre es hombre, las crisis no hacen otra cosa que abrir más la brecha existente entre las clases sociales: haciendo al rico más rico a costa de que el pobre sea más pobre. Y que conste que el comunismo no es lo mío, pero
me joroba que nos hagan creer que todos han perdido con esta situación cuando todos sabemos de sobra que muchos empresarios la han usado como excusa para despedir a empleados y exprimir hasta el tuétano a los que mantienen en su puesto de trabajo, sin atreverse ni a rechistar por miedo a verse en la calle como sus excompañeros. Desgraciadamente sé de lo que hablo... Ellos siempre tienen que ganar más, y si hay una coyuntura económica que lo justifique, pues mejor que mejor. Hablo de las grandes empresas, ojo, no del pequeño empresario que, asfixiado por los impuestos va echando el bofe para cumplir con todas sus muchas obligaciones tributarias.
Y sin embargo y volviendo al tema, sigo creyendo en la humanidad porque también conozco a mucha gente que siente de verdad y vive eso que los americanos nos han importado a través del cine y la publicidad y que hemos dado en llamar espíritu navideño. Y vivo estas fiestas cumpliendo con todos los rituales que al principio describía, como todo hijo de vecino, para que cada año sea inolvidable para esos tres tesoros que miran belenes y escaparates llenos de juguetes con más brillo en los ojos que un millón de fuegos artificiales. Por ellos merece la pena tragarse colas, recorrer tiendas atestadas para encontrar ese juguete tan especial, poner espumillón y Belén, cantar hasta desgañitarse villancicos pandereta en ristre (aunque se llore por dentro) y hasta, si me apuras, disfrazarse de reno... Bueno, eso último no, que los cuernos no le sientan bien a nadie... mejor de elfo o, ya puestos, de algo más patrio, de pastorcita, hay que defender lo nuestro.
En resumen: muchas cestas de Navidad, muchas comidas de empresa, muchos buenos deseos y mucha hipocresía mezclados con carencias económicas y afectivas más visibles y ausencias más dolorosas, todo ello salpicado -por fortuna-  de momentos auténticos, entrañables y verdaderamente inolvidables (siempre de la mano de los más pequeños de la casa) marcan estas fechas que ya han pasado hasta dentro de unos once meses, si Dios quiere. Auf wiedersehen.