Vaya por delante mi respeto hacia todos los fumadores respetuosos con los que no comparten su gusto por ir matándose lentamente. No es que tenga nada en contra del tabaquismo, aparte de no comprender el atractivo de tener un cilindro blanco entre los labios que, no sólo es manifiestamente insano sino que mancha los dientes, deja un aliento pestilente, amarillea paredes y cortinas, merma el gusto y el olfato, "atufa" la ropa, puede provocar cáncer y otras afecciones, defectos congénitos, asma y bajo peso en los bebés de madres fumadoras y, para colmo, te vacía los bolsillos en un cotidiano asalto a mano armada. Pero bueno, como ya sabéis que me encanta, vuelvo a recurrir al sabio refranero español: "sarna con gusto no pica, pero mortifica" o "quien por su gusto muere, hasta la muerte le sabe". Allá ellos y sus economías familiares, no seré yo quien demonice su, a mi entender, absurdo vicio. Pero sí les pediría un favor: más respeto para con los no fumadores, especialmente con los niños.
Sé que es un tema peliagudo, y que habrá quien me diga que ya es bastante con todas las prohibiciones que les han impuesto. Pero pensad en todos los años que hemos aguantado estoicamente los demás estar comiendo en un restaurante rodeados de pequeñas chimeneas malolientes, o entrar en bares y pubs en los que ni se veía por la humareda reinante. Y entrabas porque no te quedaba más remedio: en todos pasaba igual y, una de dos: o te congelabas en la calle (con su consiguiente aislamiento, porque nadie, en plena efervescencia hormonal se iba a solidarizar contigo) o pasabas por el aro, llegando a casa con un hedor insufrible incrustado en el pelo, dejando perfumada la habitación hasta por la mañana. Hemos soportado el humo en los colegios (¿quién de mi edad -40-, no ha tenido maestros que fumaban mientras impartían clase? ), trabajos, centros oficiales e incluso hospitales... Y hablo con conocimiento de causa. Mi padre fue fumador de Ducados (tabaco negro, para más inri) y no sólo fumaba en casa, sino también -HORROR- en el coche. No quiero ni acordarme de las catorce horas largas que se tardaba en llegar a las cercanías de Vigo, a donde íbamos todos los veranos para ver a mi abuela y donde sigue viviendo mi tío, aguantando un cigarrillo tras otro. Qué mareo me provocaba... pero entonces era lo normal, estábamos acostumbrados. Mi padre lo dejó cuando tomó conciencia de que nos había convertido a mi madre y a mí en fumadoras pasivas y del riesgo que ello suponía para nuestra salud. Desde el día que tomó la decisión de dejarlo no volvió a fumar un pitillo en nuestra presencia, y me consta lo mucho que le costó, pero por nosotras, lo hizo. Y no negaré que lo he probado. Fue cuando era joven, pero no me gustó en absoluto y me importó más mi salud, la coherencia y mi bolsillo que hacerme la guay.
Dicho esto, voy al grano. Supongo que el que fuma lo hace porque le gusta. Sin embargo, si observamos su lenguaje corporal parece que el humo del cigarrillo le molesta, lo digo, más que nada, porque todo fumador o fumadora -seamos políticamente correctos o correctas- mientras disfruta de su vicio y no lo tiene entre los labios mantiene su pitillo bien alejado de su cara, con la mano hacia abajo y/o hacia afuera, (especialmente las mujeres en esto son especialistas, no es sexismo, y lo digo como mujer: fijaos; es un hecho). Me parece genial que les fastidie el humo, aunque no lo comprenda, pero mientras hacen eso ¿hacia dónde se dirigen sus tóxicos efluvios? Hacia el que está a su lado en la parada, en la cola de turno, en la playa, en la terraza del bar... Y, más en concreto, hacia los más bajitos, o sea, directamente hacia los pulmones de nuestros pequeños, y más aún, a los cochecitos donde descansan nuestros bebés. Y la puntita que quema, directa a sus ojos y caritas, hay que tener siete ojos para que NO les quemen, porque el que fuma NO se fija y los niños, menos, una gracia, vamos. No sé que pensarán las madres fumadoras cuando les pasa con sus retoños, pero a mí maldita la gracia que me hace estar preservando a mis hijos de tan nocivo vicio en mi casa para encontrarme con esas situaciones en la calle. Y hay ocasiones en que puedes huir cambiando de sitio, pero otras veces no te queda otra que jorobarte y mirar con cara de asesina en serie al interfecto, a ver si se da por enterado y echa el humo para otro lado o apaga el cigarrillo (eso no suelen hacerlo, que su dinerito les cuesta). Y los fumadores diréis: "pues habla, hija, que pidiéndolo con educación..." la que lo hayáis pensado no comprendéis que, en la mayoría de los casos te pueden espetar un: "estoy en la calle, cámbiese usted de sitio" y, para no empezar una discusión sobre qué derecho prima, tan bizantina como si versara sobre el sexo de los ángeles o si fue antes el huevo o la gallina, te callas y, o bien aguantas o bien te vas. Pero cuando no te puedes ir, como cuando has plantificado tu campamento en la playa con sus sombrillas, sillas, nevera, etc... y más en Cádiz, donde el viento te trae los humos desde los lugares más insospechados, no te queda otra que aguantarte, ya que es imposible decir a todos los fumadores que se van poniendo a tu lado que te respeten porque además, como está permitido, no te puedes quejar, así de simple. Y es absurdo cambiarte cada vez que te toque uno al lado porque te tomarían por Jack Nicholson en "Mejor Imposible", o sea, por paranoico o hipocondríaco... Encima te mirarán mal. Y mientras, mis niños, donde deberían estar respirando el aire más puro es donde más mierda están tragando. Contrasentidos de este mi país.
Por eso voto por prohibir fumar, por lo menos en la playa, porque además de ser beneficioso para la salud pública, nos ahorraríamos encontrar tanta colilla en la arena.
Y, sobre todo, madres y padres chimeneas si, desgraciadamente para vuestros vástagos no os preocupa vuestra salud, si al menos os preocupa la de ellos, y no les fumáis encima, poneos en el lugar de los padres que no fumamos y no contaminéis a nuestros pequeños, que ya bastante aguantamos los mayores en todos los espacios abiertos.
Fumadores del mundo, comprendednos a los no fumadores. Sé que no os dais cuenta -la inmensa mayoría-, pero es que, aunque ya no podáis fumar en espacios cerrados salvo en los lugares habilitados para ello, por la calle los demás vamos aguantando vuestros humos, y no tenemos escapatoria. Hoy, sin ir más lejos, caminando por un tramo de calle de apenas cincuenta metros he adelantado a tres chimeneas andantes para no tragarme su aroma por ir detrás. Sé que os sentís perseguidos, y que por la calle está permitido, pero también lo está tirarse pedos y, que yo sepa, la mayor parte de la población no va dando rienda suelta a su meteorismo por la calle, lo deja para la intimidad de su casa o retrete, aunque se le vaya poniendo la cara moraíta cual berenjena
de aguantar, ya sea por educación o por vergüenza torera (aunque de todo hay en la viña del Señor).
Yo, particularmente, puestos a elegir entre uno u otro olor, casi prefiero el hedor a coles de un buen pedo por ser menos frecuente (me encuentro más fumadores que pedorros, -en sentido literal, del figurado, mejor me callo...-) y más sano, al menos para quien lo expulsa, amén de más natural, ecológico y barato.
Sé que es un tema peliagudo, y que habrá quien me diga que ya es bastante con todas las prohibiciones que les han impuesto. Pero pensad en todos los años que hemos aguantado estoicamente los demás estar comiendo en un restaurante rodeados de pequeñas chimeneas malolientes, o entrar en bares y pubs en los que ni se veía por la humareda reinante. Y entrabas porque no te quedaba más remedio: en todos pasaba igual y, una de dos: o te congelabas en la calle (con su consiguiente aislamiento, porque nadie, en plena efervescencia hormonal se iba a solidarizar contigo) o pasabas por el aro, llegando a casa con un hedor insufrible incrustado en el pelo, dejando perfumada la habitación hasta por la mañana. Hemos soportado el humo en los colegios (¿quién de mi edad -40-, no ha tenido maestros que fumaban mientras impartían clase? ), trabajos, centros oficiales e incluso hospitales... Y hablo con conocimiento de causa. Mi padre fue fumador de Ducados (tabaco negro, para más inri) y no sólo fumaba en casa, sino también -HORROR- en el coche. No quiero ni acordarme de las catorce horas largas que se tardaba en llegar a las cercanías de Vigo, a donde íbamos todos los veranos para ver a mi abuela y donde sigue viviendo mi tío, aguantando un cigarrillo tras otro. Qué mareo me provocaba... pero entonces era lo normal, estábamos acostumbrados. Mi padre lo dejó cuando tomó conciencia de que nos había convertido a mi madre y a mí en fumadoras pasivas y del riesgo que ello suponía para nuestra salud. Desde el día que tomó la decisión de dejarlo no volvió a fumar un pitillo en nuestra presencia, y me consta lo mucho que le costó, pero por nosotras, lo hizo. Y no negaré que lo he probado. Fue cuando era joven, pero no me gustó en absoluto y me importó más mi salud, la coherencia y mi bolsillo que hacerme la guay.
Dicho esto, voy al grano. Supongo que el que fuma lo hace porque le gusta. Sin embargo, si observamos su lenguaje corporal parece que el humo del cigarrillo le molesta, lo digo, más que nada, porque todo fumador o fumadora -seamos políticamente correctos o correctas- mientras disfruta de su vicio y no lo tiene entre los labios mantiene su pitillo bien alejado de su cara, con la mano hacia abajo y/o hacia afuera, (especialmente las mujeres en esto son especialistas, no es sexismo, y lo digo como mujer: fijaos; es un hecho). Me parece genial que les fastidie el humo, aunque no lo comprenda, pero mientras hacen eso ¿hacia dónde se dirigen sus tóxicos efluvios? Hacia el que está a su lado en la parada, en la cola de turno, en la playa, en la terraza del bar... Y, más en concreto, hacia los más bajitos, o sea, directamente hacia los pulmones de nuestros pequeños, y más aún, a los cochecitos donde descansan nuestros bebés. Y la puntita que quema, directa a sus ojos y caritas, hay que tener siete ojos para que NO les quemen, porque el que fuma NO se fija y los niños, menos, una gracia, vamos. No sé que pensarán las madres fumadoras cuando les pasa con sus retoños, pero a mí maldita la gracia que me hace estar preservando a mis hijos de tan nocivo vicio en mi casa para encontrarme con esas situaciones en la calle. Y hay ocasiones en que puedes huir cambiando de sitio, pero otras veces no te queda otra que jorobarte y mirar con cara de asesina en serie al interfecto, a ver si se da por enterado y echa el humo para otro lado o apaga el cigarrillo (eso no suelen hacerlo, que su dinerito les cuesta). Y los fumadores diréis: "pues habla, hija, que pidiéndolo con educación..." la que lo hayáis pensado no comprendéis que, en la mayoría de los casos te pueden espetar un: "estoy en la calle, cámbiese usted de sitio" y, para no empezar una discusión sobre qué derecho prima, tan bizantina como si versara sobre el sexo de los ángeles o si fue antes el huevo o la gallina, te callas y, o bien aguantas o bien te vas. Pero cuando no te puedes ir, como cuando has plantificado tu campamento en la playa con sus sombrillas, sillas, nevera, etc... y más en Cádiz, donde el viento te trae los humos desde los lugares más insospechados, no te queda otra que aguantarte, ya que es imposible decir a todos los fumadores que se van poniendo a tu lado que te respeten porque además, como está permitido, no te puedes quejar, así de simple. Y es absurdo cambiarte cada vez que te toque uno al lado porque te tomarían por Jack Nicholson en "Mejor Imposible", o sea, por paranoico o hipocondríaco... Encima te mirarán mal. Y mientras, mis niños, donde deberían estar respirando el aire más puro es donde más mierda están tragando. Contrasentidos de este mi país.
Por eso voto por prohibir fumar, por lo menos en la playa, porque además de ser beneficioso para la salud pública, nos ahorraríamos encontrar tanta colilla en la arena.
Y, sobre todo, madres y padres chimeneas si, desgraciadamente para vuestros vástagos no os preocupa vuestra salud, si al menos os preocupa la de ellos, y no les fumáis encima, poneos en el lugar de los padres que no fumamos y no contaminéis a nuestros pequeños, que ya bastante aguantamos los mayores en todos los espacios abiertos.
Fumadores del mundo, comprendednos a los no fumadores. Sé que no os dais cuenta -la inmensa mayoría-, pero es que, aunque ya no podáis fumar en espacios cerrados salvo en los lugares habilitados para ello, por la calle los demás vamos aguantando vuestros humos, y no tenemos escapatoria. Hoy, sin ir más lejos, caminando por un tramo de calle de apenas cincuenta metros he adelantado a tres chimeneas andantes para no tragarme su aroma por ir detrás. Sé que os sentís perseguidos, y que por la calle está permitido, pero también lo está tirarse pedos y, que yo sepa, la mayor parte de la población no va dando rienda suelta a su meteorismo por la calle, lo deja para la intimidad de su casa o retrete, aunque se le vaya poniendo la cara moraíta cual berenjena
de aguantar, ya sea por educación o por vergüenza torera (aunque de todo hay en la viña del Señor).
Yo, particularmente, puestos a elegir entre uno u otro olor, casi prefiero el hedor a coles de un buen pedo por ser menos frecuente (me encuentro más fumadores que pedorros, -en sentido literal, del figurado, mejor me callo...-) y más sano, al menos para quien lo expulsa, amén de más natural, ecológico y barato.