domingo, 18 de septiembre de 2016

Chimeneas andantes

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Vaya por delante mi respeto hacia todos los fumadores respetuosos con los que no comparten su gusto por ir matándose lentamente. No es que tenga nada en contra del tabaquismo, aparte de no comprender el atractivo de tener un cilindro blanco entre los labios que, no sólo es manifiestamente insano sino que mancha los dientes, deja un aliento pestilente, amarillea paredes y cortinas, merma el gusto y el olfato, "atufa" la ropa, puede provocar cáncer y otras afecciones, defectos congénitos, asma y bajo peso en los bebés de madres fumadoras y, para colmo, te vacía los bolsillos en un cotidiano asalto a mano armada. Pero bueno, como ya sabéis que me encanta, vuelvo a recurrir al sabio refranero español:  "sarna con gusto no pica, pero mortifica"  o "quien por su gusto muere, hasta la muerte le sabe". Allá ellos y sus economías familiares,  no seré yo quien demonice su, a mi entender, absurdo vicio. Pero sí les pediría un favor: más respeto para con los no fumadores, especialmente con los niños.
Sé que es un tema peliagudo, y que habrá quien me diga que ya es bastante con todas las prohibiciones que les han impuesto. Pero pensad en todos los años que hemos aguantado estoicamente los demás estar comiendo en un restaurante rodeados de pequeñas chimeneas malolientes, o entrar en bares y pubs en los que ni se veía por la humareda reinante. Y entrabas porque no te quedaba más remedio: en todos pasaba igual y, una de dos: o te congelabas en la calle (con su consiguiente aislamiento, porque nadie, en plena efervescencia hormonal se iba a solidarizar contigo) o pasabas por el aro, llegando a casa con un hedor insufrible  incrustado en el pelo, dejando perfumada la habitación hasta por la mañana.  Hemos soportado el humo en los colegios (¿quién de mi edad -40-, no ha tenido maestros que fumaban mientras impartían clase? ), trabajos, centros oficiales e incluso hospitales... Y hablo con conocimiento de causa. Mi padre fue fumador de Ducados (tabaco negro, para más inri) y no sólo fumaba en casa, sino también -HORROR- en el coche. No quiero ni acordarme de las catorce horas largas que se tardaba en llegar a las cercanías de Vigo, a donde íbamos todos los veranos para ver a mi abuela y donde sigue viviendo mi tío, aguantando un cigarrillo tras otro. Qué mareo me provocaba... pero entonces era lo normal, estábamos acostumbrados. Mi padre lo dejó cuando tomó conciencia de que nos había convertido a mi madre y a mí en fumadoras pasivas y del riesgo que ello suponía para nuestra salud.  Desde el día que tomó la decisión de dejarlo no volvió a fumar un pitillo en nuestra presencia, y me consta lo mucho que le costó, pero por nosotras, lo hizo. Y no negaré que lo he probado. Fue cuando era joven, pero no me gustó en absoluto y me importó más mi salud, la coherencia y mi bolsillo que hacerme la guay.
Dicho esto, voy al grano. Supongo que el que fuma lo hace porque le gusta. Sin embargo, si observamos su lenguaje corporal parece que el humo del cigarrillo le molesta, lo digo, más que nada, porque todo fumador o fumadora -seamos políticamente correctos o correctas- mientras disfruta de su vicio y no lo tiene entre los labios mantiene su pitillo bien alejado de su cara, con la mano hacia abajo y/o hacia afuera, (especialmente las mujeres en esto son especialistas, no es sexismo, y lo digo como mujer: fijaos; es un hecho). Me parece genial que les fastidie el humo, aunque no lo comprenda, pero mientras hacen eso ¿hacia dónde se dirigen sus tóxicos efluvios? Hacia el que está a su lado en la parada, en la cola de turno, en la playa, en la terraza del bar... Y, más en concreto, hacia los más bajitos, o sea, directamente hacia los pulmones de nuestros pequeños, y más aún, a los cochecitos donde descansan nuestros bebés. Y la puntita que quema, directa a sus ojos y caritas, hay que tener siete ojos para que NO les quemen, porque el que fuma  NO se fija y los niños, menos, una gracia,  vamos. No sé que pensarán las madres fumadoras  cuando les pasa con sus retoños, pero a mí maldita la gracia que me hace estar preservando a mis hijos de tan nocivo vicio en mi casa para encontrarme con esas situaciones en la calle. Y hay ocasiones en que puedes huir cambiando de sitio, pero otras veces no te queda otra que jorobarte y mirar con cara de asesina en serie al interfecto, a ver si se da por enterado y echa el humo para otro lado o apaga el cigarrillo (eso no suelen hacerlo, que su dinerito les cuesta). Y los fumadores diréis: "pues habla, hija, que pidiéndolo con educación..."  la que lo hayáis pensado no comprendéis que, en la mayoría de los casos te pueden espetar un: "estoy en la calle, cámbiese usted de sitio" y, para no empezar una discusión sobre qué derecho prima, tan bizantina como si versara sobre el sexo de los ángeles o si fue antes el huevo o la gallina, te callas y, o bien aguantas o bien te vas. Pero cuando no te puedes ir,  como cuando has plantificado tu campamento en la playa con sus sombrillas, sillas, nevera, etc... y más en Cádiz, donde el viento te trae los humos desde los lugares más insospechados, no te queda otra que aguantarte, ya que es imposible decir a todos los fumadores que se van poniendo a tu  lado que te respeten porque además, como  está permitido, no te puedes quejar, así de simple. Y es absurdo cambiarte cada vez que te toque uno al lado porque te tomarían por Jack Nicholson en "Mejor Imposible", o sea, por paranoico o hipocondríaco... Encima te mirarán mal. Y mientras, mis niños, donde deberían estar respirando el aire más puro es donde más mierda están tragando. Contrasentidos de este mi país.
Por eso voto por prohibir fumar, por lo menos en la playa, porque además de ser beneficioso para  la salud pública, nos ahorraríamos encontrar tanta colilla en la arena.
Y, sobre todo, madres y padres chimeneas si, desgraciadamente para vuestros vástagos no os preocupa vuestra salud, si al menos os preocupa la de ellos, y no les fumáis encima, poneos en el lugar de los padres que no fumamos y no contaminéis a nuestros pequeños, que ya bastante aguantamos los mayores en todos los espacios abiertos.
Fumadores del mundo, comprendednos a los no fumadores. Sé que no os dais cuenta -la inmensa mayoría-, pero es que, aunque ya no podáis fumar en espacios cerrados salvo en los lugares habilitados para ello, por la calle los demás vamos aguantando vuestros humos, y no tenemos escapatoria. Hoy, sin ir más lejos, caminando por un tramo de calle de apenas cincuenta metros he adelantado a tres chimeneas  andantes para no tragarme su aroma por ir detrás. Sé que os sentís perseguidos, y que por la calle está permitido, pero también lo está tirarse pedos y, que yo sepa, la mayor parte de la población no va dando rienda suelta a su meteorismo por la calle,  lo deja para la intimidad  de su casa o retrete,  aunque se le vaya poniendo la cara moraíta cual berenjena
de aguantar, ya sea por educación o por vergüenza torera (aunque de todo hay en la viña del Señor).
Yo, particularmente, puestos a elegir entre uno u otro olor, casi prefiero el hedor a coles de un buen pedo por ser menos frecuente (me encuentro más fumadores que pedorros, -en sentido literal, del figurado, mejor me callo...-) y más sano, al menos para quien lo expulsa, amén de más natural, ecológico y barato.

viernes, 9 de septiembre de 2016

La noche que deseé ser Neo

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Desde luego... Está visto que el glamour no es lo mío, ni proponiéndomelo...
El viernes pasado se me metió en la cabeza salir a dar un paseíto vespertino con mi familia, a la "fresquita". Sin embargo, entre unas cosas y otras, se nos hizo tarde, tanto que ya ni siquiera merecía la pena salir, teniendo en cuenta que nos iba a coger en la calle la hora en que a mi niña se les empiezan a agotar las pilas, o sea, de diez y media a once de la noche. Pero como a mí se me meta una idea entre ceja y ceja... Pensé: "anda, total, si mañana es sábado... si se duerme en el coche, la trae el padre en brazos, la cambio dormida y la acuesto así, no sería la primera vez... que se va a acabar el verano y  dentro de nada ya no se puede salir a estas horas con niños". Y, tengo que reconocerlo, tenía ganas de arreglarme un poco, de ponerme un vestido especial, de soltarme la coleta que se ha instalado en mi cabeza para permitirme cocinar, tender, pintar con los niños y darle el pecho al pequeño con la frente despejada.  De sentirme guapa.  Craso error. Ya me lo dijo mi marido: "ya es muy tarde, no merece el esfuerzo". Pues no, no quise escucharlo e hice oídos sordos a las señales del universo que me decían: "no salgas, no seas cabezota, quédate en casa tranquilita, que se está más fresquito". Dura de mollera como soy, arreglé a los niños, me solté el pelo, me puse un vestido monísimo de hace dos temporadas que no me he puesto apenas y que llega hasta los pies, azul marino, cogido al cuello con una especie de collar y con toda la espalda al aire, hasta la cintura... hay que lucir el colorcito que he cogido, que luego llega el invierno y me pongo color blanco nuclear. Y para completar el look unos pendientes con pluma de pavo real que le iban a la perfección. No soy mucho de maquillarme; el tiempo que tendría que dedicarle, normalmente, prefiero emplearlo en otras cosas más útiles o que me reporten más beneficios, como dormir diez minutos más (cinco para pintarme y cinco para desmaquillarme). Salvo ocasiones especiales,  un poco de cacao con color para los labios,  más que nada para que no se agrieten y, en un alarde de sofisticación, para situaciones como esta de la que hablo, lápiz de ojos y rimmel suelen completar mi "bajada de fachá", como decimos en Cádiz. Por último, y para no partirme los piños pisándome el bajo del vestido, unas cuñas de esparto discretamente doradas, muy monas ellas, también.
Y allá que iba yo, tan contenta, sintiéndome tan guapa y tan orgullosa a la vez de mis tesoros, que también iban guapisimos.
Fuimos al paseo marítimo de Cádiz - como buena noche estival, lleno a rebosar-. Vendedores ambulantes de abalorios varios, marroquinería, mujeres del África negra haciendo trencitas... las terrazas de bote en bote... un hervidero de gente de todas las edades y estilos. Y nosotros con nuestros churumbeles entre la marea de personajes de todo tipo.
Como los niños, niños son y así debe ser, el mayor quiso guiar el cochecito del pequeño, y la niña tenía que ir por encima del pretil dándole la manita a su padre. Genial, porque no me hace ni mijita de gracia ir sujetándola yo, la verdad, que ya pesa casi 16 quilos y me da una paliza entre saltitos y subiditas. Así que iba relativamente relajada, tan sólo tenía que ir pendiente de que el niño no arrollara a un transeúnte ni me chocara al hermano contra una farola, algo relativamente fácil de controlar. 
Pero mi alegría y mi tranquilidad iban a durar poco. A los tres tramos de pretil, más o menos, a mi niña le dio mamitis y me pidió que la llevara yo. Como no me puedo resistir a esos arranques de amor filial, accedí. Segundo craso error. ¿Quién me mandaría a mí darle la manita a la niña, con lo bien que yo iba concentrada exclusivamente en pasear, a ver? No llevaría cuatro tramos cuando debí colocar el zapato justamente en un desnivel del suelo, realmente no sé decir qué pasó: todo sucedió demasiado deprisa. El hecho es que el suelo se difuminó bajo mis pies y, mientras mi brazo derecho -aspa de molino en plena actividad-, buscaba ansioso asideros inexistentes, dibujabando con la mano círculos en el viscoso aire de la noche, toda mi vida pasó delante de mis ojos.  Lo que fueron dos o tres segundos para la humanidad, para mí duró una eternidad.  Hasta me dio tiempo a pensar: "Del batacazo no me libra ni la Trinidad, me parto la cara, fijo". A la vez, sopesé las posibilidades con respecto a la caída de mi niña, asida a la otra mano y a la que agarré con fuerza sobrehumana. Podía soltarla, opción que, según dijo mi marido después, era la más lógica, a su entender. Pero yo creí que si la soltaba, la inercia la empujaría hacia el otro lado del pretil, desde donde había más de un metro de caída. Así que mi mente hizo una rápida evaluación de los posibles y seguros daños de la pobre niña y decidí sujetarla en plan ventosa: no nos habría separado ni una rotaflex. Otro pensamiento que me vino en esa rápida secuencia de acontecimientos fue: "vaya numerito". Y a la vez temí romperme algo más que el careto y más necesario cuando se tienen niños pequeños: una pierna o un brazo. Asimismo tuve oportunidad de concentrarme en los comentarios de los viandantes, como: "Uy, que se cae", "Allá van las dos" o "Poooom, la madre y la niña".
También tuve ocasión de reflexionar acerca de lo prodigiosa que es la mente humana, capaz de pensar en todas esas cosas tan importantes en ese momento en que todo se ralentiza. Y de asombrarme de la incapacidad del cerebro de hacer reaccionar a la otra pierna para recuperar el equilibrio. Me refiero a un cerebro normalito, como el mío. En casos así, el común  de los mortales se va al suelo sin remedio.  A no ser que seas como Neo, el de Matrix, o que tengas reflejos de gato (que -a la vista está- no es mi caso; bueno, como mucho de gato de escayola). La cuestión es que me caí arrastrando conmigo a mi niña, la pobrecita.
Así que protagonicé un espectáculo gratuito para todo el público del Paseo al más puro estilo Bridget Jones. Lamentable.
Al dar con mis huesos en el pavimento tan sólo era capaz de decir: "Ay, mi niña, ay, mi niña", con miedo de mirarla por si había caído de cara, pero no, afortunadamente, aunque rompió a llorar ipso facto. Pronto puede comprobar que, como cayó en blandito, o sea, encima de mí, estaba ilesa. Mi marido la levantó al vuelo y comenzó a consolarla y a mí me  levantó un señor mayor que pasaba por al lado. Mi niña lloraba como si la estuvieran matando, así que, dolorida en el cuerpo y en el amor propio, me levanté presurosa para comprobar los daños, pero afortunadamente, no tenía ni siquiera un rasguño, nada,  lo dicho, como si hubiera caído sobre un colchón de plumas... Me dispuse a continuar el paseo tratando de recuperar la poca dignidad que me quedaba y a paso ligero intentando distanciarme del escenario del crimen, haciendo como si nada hubiera pasado, deseando hacerme invisible, lo cual era bastante difícil con una niña dando alaridos junto a mí. Seguí adelante aguantando estoicamente el llanto de la niña, que lo único que deseaba era que el padre la llevara en brazos, porque, por lo demás, estaba fresca como una rosa. Y por supuesto, bajo la mirada reprobatoria de mi marido que no hacía nada más que recriminarme que no hubiera soltado a la niña, en lugar de arrastrarla conmigo... Supongo que ese sería el impulso normal en un hombre que, como dicen los expertos -no es que lo diga yo, ojo- sólo son capaces de seguir una línea de pensamiento, no como nosotras, que creamos un universo de posibilidades en cuestión de segundos. Y yo me sentía confusa -no es que me golpeara la cabeza, gracias a Dios-, es que consiguió hacerme dudar de si había hecho lo correcto. Menos mal que, después, hablando con otras madres dijeron que ellas habrían hecho lo mismo, si no, ya me plantearía incluso si soy una madre desnaturalizada. Confusa, avergonzada y lesionada, con ganas a ratos de reír por el ridículo que había hecho (ya sabéis, esa risa tonta que te entra como para quitarle hierro al asunto )y a ratos de llorar porque ¿vosotros os lo habéis preguntado?: sí, YO SÍ me había hecho daño, aunque nadie me lo preguntó. Ese es un fenómeno que nos pasa a todas las madres desde el mismo momento en que salimos del paritorio por primera vez. Si cuando estabas embarazada alguien se preocupaba por tu estado y bienestar, en el momento en que cortan en cordón umbilical, es como si desaparecieras. Con suerte, si te ven por la calle, algún alma caritativa te preguntará: ¿y tú cómo estás? Pero normalmente se vuelven automáticamente hacia el bebé y en las visitas, salvo que haya una embarazada interesada en tu experiencia, la conversación gira en torno al bebé. En el segundo embarazo ya no se preocupan tanto por ti, en el tercero ya ni parece que estés embarazada. No quiero ni imaginarme qué pasará si tienes más hijos...
Bueno, pues yo, al final me había hecho una herida en la rodilla del tamaño de una moneda de dos euros, la piel se quedó pegada al vestido, menos mal, si voy en bermudas, no veas... herida sobre el cardenal que ya se intuía. Un señor hematoma en la cadera, el codo despellejado, al igual que la palma de la mano que, además, tenía un cardenal. Vamos, que la que tenía que ir llorando cual Magdalena Penitente, era yo y no la niña, porque además me daba mucha penita de mí misma.
Y encima, cuando íbamos de vuelta, la niña va y le suelta al padre el siguiente comentario: "Papá, menos mal que se ha caído mamá y no tú, así puedes llevarme en brazos..."
Lo dicho, mejor que me hubiera quedado en casita...

viernes, 2 de septiembre de 2016

El síndrome post vacacional

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Uno de septiembre. El autobús ya va más cargado. Se ve tráfico al ir de camino a la parada, cosa que no sucedía durante el mes de agosto. Muchos trabajadores vuelven al curro. Unos contando lo bien que lo han pasado de viaje, otros hablando de la playa y del persistente viento de Levante, que poca tregua nos ha dado este verano a los habitantes de la costa gaditana, y otros escuchando. Muchos callan, acaso porque ni siquiera están escuchando la perorata de su acompañante, aún tienen las marcas de la sábana en el moflete y muchas telarañas en las neuronas.
Se oyen comentarios para todos los gustos, pero ninguno comparable con la solemne idiotez que derrocharán hoy los telediarios. Si ayer fue la "operación retorno" -un tanto eclipsada por la actualidad política, todo hay que decirlo- hoy será la depresión post vacacional. Por suerte para nuestras inteligencias y nuestra capacidad de aguante de la siempre creciente estupidez humana, también en esta ocasión la noticia quedará eclipsada por comentarios, ruedas de prensa y declaraciones de nuestros estimados políticos que este año han tenido la deferencia de organizar un circo mediático a finales de agosto. Qué poca consideración muestran con los editores y periodistas de los noticiarios. Con lo bien que les viene siempre a los que eligen las noticias de los telediarios la consabida encuesta a pie de chiringuito dando su momentito de gloria a todo graciosillo que se precie, rivalizando con el anterior en la estolidez y simpleza de su respuesta. Aún está por ver que no les fastidien también la típica noticia sobre el menú de la cena de Nochebuena y comida de Navidad...
Y a continuación el consabido médico que informa sobre los perniciosos efectos de la vuelta al trabajo -ninguno ha estado en paro, por lo que se ve- y que incluyen dolores de cabeza -nada comentan de los que provoca el no tener qué darles de comer a tus hijos, claro-, mareos, fatiga, ansiedad -nada comparable con la que se tiene cuando no tienes para pagar la hipoteca, pero esa, por lo que se ve no merece considerarse síntoma de depresión, como el síndrome post vacacional-. Mamarrachadas varias que me hacen pensar en la inmadurez y falta de empatía que impera en nuestra sociedad.
El otro día oí una respuesta inteligente, habrá que poner una pica en Flandes. Un chaval decía que se alegaba de volver al trabajo. ¡Albricias! Alguien que me ayuda a recuperar la esperanza de que no todo está perdido. ¿En qué están pensando los memos que nos hastían con sus quejas por volver a madrugar? ¿Es que no saben la suerte que tienen? Puede que haya trabajos precarios, trabajos que no nos gustan, jornadas maratonianas y un sinfín de cosas muy mejorables, evidentemente. Pero todos esos que hacen un rosario de quejas deberían ponerse en el pellejo de aquellos para los que cada día siempre es igual que el anterior, porque no distingue fines de semana ni vacaciones, simplemente porque no tiene un trabajo al que volver ni del que quejarse. Me parece una tomadura de pelo que clama al cielo que se le dé cobertura mediática a una gilipollez como la depresión post vacacional en un país donde el problema del paro es más preocupante que la propia inestabilidad política, situación ya grave de por sí.
Y luego la nutricionista que aporta sus consejos para bajar la tripita cervecera tras los excesos veraniegos.
Me reafirmo, todas estas noticias típicas, como las de las rebajas, la de la operación bikini y otras muchas denotan la pobreza intelectual y la falta de inquietudes imperante en nuestra sociedad, enferma de otro síndrome también muy conocido: el de Peter Pan, que no quiere crecer y huye de sus responsabilidades.