viernes, 9 de septiembre de 2016

La noche que deseé ser Neo

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Desde luego... Está visto que el glamour no es lo mío, ni proponiéndomelo...
El viernes pasado se me metió en la cabeza salir a dar un paseíto vespertino con mi familia, a la "fresquita". Sin embargo, entre unas cosas y otras, se nos hizo tarde, tanto que ya ni siquiera merecía la pena salir, teniendo en cuenta que nos iba a coger en la calle la hora en que a mi niña se les empiezan a agotar las pilas, o sea, de diez y media a once de la noche. Pero como a mí se me meta una idea entre ceja y ceja... Pensé: "anda, total, si mañana es sábado... si se duerme en el coche, la trae el padre en brazos, la cambio dormida y la acuesto así, no sería la primera vez... que se va a acabar el verano y  dentro de nada ya no se puede salir a estas horas con niños". Y, tengo que reconocerlo, tenía ganas de arreglarme un poco, de ponerme un vestido especial, de soltarme la coleta que se ha instalado en mi cabeza para permitirme cocinar, tender, pintar con los niños y darle el pecho al pequeño con la frente despejada.  De sentirme guapa.  Craso error. Ya me lo dijo mi marido: "ya es muy tarde, no merece el esfuerzo". Pues no, no quise escucharlo e hice oídos sordos a las señales del universo que me decían: "no salgas, no seas cabezota, quédate en casa tranquilita, que se está más fresquito". Dura de mollera como soy, arreglé a los niños, me solté el pelo, me puse un vestido monísimo de hace dos temporadas que no me he puesto apenas y que llega hasta los pies, azul marino, cogido al cuello con una especie de collar y con toda la espalda al aire, hasta la cintura... hay que lucir el colorcito que he cogido, que luego llega el invierno y me pongo color blanco nuclear. Y para completar el look unos pendientes con pluma de pavo real que le iban a la perfección. No soy mucho de maquillarme; el tiempo que tendría que dedicarle, normalmente, prefiero emplearlo en otras cosas más útiles o que me reporten más beneficios, como dormir diez minutos más (cinco para pintarme y cinco para desmaquillarme). Salvo ocasiones especiales,  un poco de cacao con color para los labios,  más que nada para que no se agrieten y, en un alarde de sofisticación, para situaciones como esta de la que hablo, lápiz de ojos y rimmel suelen completar mi "bajada de fachá", como decimos en Cádiz. Por último, y para no partirme los piños pisándome el bajo del vestido, unas cuñas de esparto discretamente doradas, muy monas ellas, también.
Y allá que iba yo, tan contenta, sintiéndome tan guapa y tan orgullosa a la vez de mis tesoros, que también iban guapisimos.
Fuimos al paseo marítimo de Cádiz - como buena noche estival, lleno a rebosar-. Vendedores ambulantes de abalorios varios, marroquinería, mujeres del África negra haciendo trencitas... las terrazas de bote en bote... un hervidero de gente de todas las edades y estilos. Y nosotros con nuestros churumbeles entre la marea de personajes de todo tipo.
Como los niños, niños son y así debe ser, el mayor quiso guiar el cochecito del pequeño, y la niña tenía que ir por encima del pretil dándole la manita a su padre. Genial, porque no me hace ni mijita de gracia ir sujetándola yo, la verdad, que ya pesa casi 16 quilos y me da una paliza entre saltitos y subiditas. Así que iba relativamente relajada, tan sólo tenía que ir pendiente de que el niño no arrollara a un transeúnte ni me chocara al hermano contra una farola, algo relativamente fácil de controlar. 
Pero mi alegría y mi tranquilidad iban a durar poco. A los tres tramos de pretil, más o menos, a mi niña le dio mamitis y me pidió que la llevara yo. Como no me puedo resistir a esos arranques de amor filial, accedí. Segundo craso error. ¿Quién me mandaría a mí darle la manita a la niña, con lo bien que yo iba concentrada exclusivamente en pasear, a ver? No llevaría cuatro tramos cuando debí colocar el zapato justamente en un desnivel del suelo, realmente no sé decir qué pasó: todo sucedió demasiado deprisa. El hecho es que el suelo se difuminó bajo mis pies y, mientras mi brazo derecho -aspa de molino en plena actividad-, buscaba ansioso asideros inexistentes, dibujabando con la mano círculos en el viscoso aire de la noche, toda mi vida pasó delante de mis ojos.  Lo que fueron dos o tres segundos para la humanidad, para mí duró una eternidad.  Hasta me dio tiempo a pensar: "Del batacazo no me libra ni la Trinidad, me parto la cara, fijo". A la vez, sopesé las posibilidades con respecto a la caída de mi niña, asida a la otra mano y a la que agarré con fuerza sobrehumana. Podía soltarla, opción que, según dijo mi marido después, era la más lógica, a su entender. Pero yo creí que si la soltaba, la inercia la empujaría hacia el otro lado del pretil, desde donde había más de un metro de caída. Así que mi mente hizo una rápida evaluación de los posibles y seguros daños de la pobre niña y decidí sujetarla en plan ventosa: no nos habría separado ni una rotaflex. Otro pensamiento que me vino en esa rápida secuencia de acontecimientos fue: "vaya numerito". Y a la vez temí romperme algo más que el careto y más necesario cuando se tienen niños pequeños: una pierna o un brazo. Asimismo tuve oportunidad de concentrarme en los comentarios de los viandantes, como: "Uy, que se cae", "Allá van las dos" o "Poooom, la madre y la niña".
También tuve ocasión de reflexionar acerca de lo prodigiosa que es la mente humana, capaz de pensar en todas esas cosas tan importantes en ese momento en que todo se ralentiza. Y de asombrarme de la incapacidad del cerebro de hacer reaccionar a la otra pierna para recuperar el equilibrio. Me refiero a un cerebro normalito, como el mío. En casos así, el común  de los mortales se va al suelo sin remedio.  A no ser que seas como Neo, el de Matrix, o que tengas reflejos de gato (que -a la vista está- no es mi caso; bueno, como mucho de gato de escayola). La cuestión es que me caí arrastrando conmigo a mi niña, la pobrecita.
Así que protagonicé un espectáculo gratuito para todo el público del Paseo al más puro estilo Bridget Jones. Lamentable.
Al dar con mis huesos en el pavimento tan sólo era capaz de decir: "Ay, mi niña, ay, mi niña", con miedo de mirarla por si había caído de cara, pero no, afortunadamente, aunque rompió a llorar ipso facto. Pronto puede comprobar que, como cayó en blandito, o sea, encima de mí, estaba ilesa. Mi marido la levantó al vuelo y comenzó a consolarla y a mí me  levantó un señor mayor que pasaba por al lado. Mi niña lloraba como si la estuvieran matando, así que, dolorida en el cuerpo y en el amor propio, me levanté presurosa para comprobar los daños, pero afortunadamente, no tenía ni siquiera un rasguño, nada,  lo dicho, como si hubiera caído sobre un colchón de plumas... Me dispuse a continuar el paseo tratando de recuperar la poca dignidad que me quedaba y a paso ligero intentando distanciarme del escenario del crimen, haciendo como si nada hubiera pasado, deseando hacerme invisible, lo cual era bastante difícil con una niña dando alaridos junto a mí. Seguí adelante aguantando estoicamente el llanto de la niña, que lo único que deseaba era que el padre la llevara en brazos, porque, por lo demás, estaba fresca como una rosa. Y por supuesto, bajo la mirada reprobatoria de mi marido que no hacía nada más que recriminarme que no hubiera soltado a la niña, en lugar de arrastrarla conmigo... Supongo que ese sería el impulso normal en un hombre que, como dicen los expertos -no es que lo diga yo, ojo- sólo son capaces de seguir una línea de pensamiento, no como nosotras, que creamos un universo de posibilidades en cuestión de segundos. Y yo me sentía confusa -no es que me golpeara la cabeza, gracias a Dios-, es que consiguió hacerme dudar de si había hecho lo correcto. Menos mal que, después, hablando con otras madres dijeron que ellas habrían hecho lo mismo, si no, ya me plantearía incluso si soy una madre desnaturalizada. Confusa, avergonzada y lesionada, con ganas a ratos de reír por el ridículo que había hecho (ya sabéis, esa risa tonta que te entra como para quitarle hierro al asunto )y a ratos de llorar porque ¿vosotros os lo habéis preguntado?: sí, YO SÍ me había hecho daño, aunque nadie me lo preguntó. Ese es un fenómeno que nos pasa a todas las madres desde el mismo momento en que salimos del paritorio por primera vez. Si cuando estabas embarazada alguien se preocupaba por tu estado y bienestar, en el momento en que cortan en cordón umbilical, es como si desaparecieras. Con suerte, si te ven por la calle, algún alma caritativa te preguntará: ¿y tú cómo estás? Pero normalmente se vuelven automáticamente hacia el bebé y en las visitas, salvo que haya una embarazada interesada en tu experiencia, la conversación gira en torno al bebé. En el segundo embarazo ya no se preocupan tanto por ti, en el tercero ya ni parece que estés embarazada. No quiero ni imaginarme qué pasará si tienes más hijos...
Bueno, pues yo, al final me había hecho una herida en la rodilla del tamaño de una moneda de dos euros, la piel se quedó pegada al vestido, menos mal, si voy en bermudas, no veas... herida sobre el cardenal que ya se intuía. Un señor hematoma en la cadera, el codo despellejado, al igual que la palma de la mano que, además, tenía un cardenal. Vamos, que la que tenía que ir llorando cual Magdalena Penitente, era yo y no la niña, porque además me daba mucha penita de mí misma.
Y encima, cuando íbamos de vuelta, la niña va y le suelta al padre el siguiente comentario: "Papá, menos mal que se ha caído mamá y no tú, así puedes llevarme en brazos..."
Lo dicho, mejor que me hubiera quedado en casita...

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