
Miles de años de evolución del ser humano, desde que andábamos a cuatro patas llenos de piojos y parásitos hasta estar a punto de comprender el nacimiento del universo -gracias a la información obtenida de las ondas espaciales- no nos han servido de nada. Entonces nos alimentábamos de fruta y de otros seres vivos, incluso de nuestros semejantes, pero cruditos y sin aderezos. Qué asquito, por Dios. Qué barbaridad. Sería impensable para nosotros volver a alimentarnos de cualquier fruto que encontráramos (nutritivo o venenoso) o de animales crudos, así, recién cazados ¿verdad?
Para mí sí. Para mí es absolutamente inconcebible renunciar al calor y los condimentos para cubrir esa necesidad que sigue siendo diaria: comer. Yo pienso en un buen guiso de carne con sus verduras bien pochaditas, su vino y sus especias y es que pierdo el sentido...
Podríamos pensar que, como animales que somos, deberíamos tener un instinto natural de protección de la especie que nos llevara a desechar alimentos que, a priori, fueran potencialmente perjudiciales para nuestra salud. Y sin embargo esto no es así, obviamente. Si no, las hamburgueserías, fábricas de bollería industrial, chucherías varias y licorerías, no habrían llegado ni a nacer. En algún momento de milenios de evolución debimos de perder ese instinto. Y hace mucho tiempo, además. Es un hecho demostrable empíricamente. Veamos un ejemplo. Es de todos conocida la habilidad de los seres vivos para autoprotegerse con métodos tan conocidos como liberar venenos, sustancias alucinógenas, urticantes, etc... y sin embargo, desde tiempo inmemorial el ser humano se arriesga a comer setas silvestres y no siempre guiado de un experto. Asimismo ingiere peces venenosos, (no hace falta irse a Japón, Galicia es famosa culinariamente por la preparación de la lamprea, entre otras delicatessen). Si bien se les extrae la ponzoña, no deja de entrañar un riesgo. Y la gente disfruta cada verano -al menos así se hace en Cádiz- de los sabrosos y refrescantes -pero sumamente dolorosos de limpiar- higos chumbos, (menos mal que hay almas caritativas que los pelan y los venden listos para el consumo). Otra estrategia de defensa de los seres vivos es pintarse de vivos colores para disuadir a posibles comensales. Ya sabemos que el rojo en la madre naturaleza es sinónimo de peligro. Las amapolas o "adormideras", las peligrosas setas de sombrero rojo, la brillante y llamativa rana arborícola, los Stop que te saltas y te la pegas fijo ("R.I.P. amen", eso sí que es mortal de necesidad) etc... Y un sinfín de señales visuales que hacen de alerta que te dicen: "tú, arriésgate y verás..."
Yo por eso me he preguntado en diversas ocasiones qué impulso temerario o directamente suicida llevó a algún antepasado nuestro a probar una fresa o un tomate (lo del tomate lo menciono para no excluir a nuestros congéneres del otro lado del charco -no se vayan a creer, como acostumbran, que son más listos que nosotros, los del viejo continente-). O bien fue un visionario, un adelantado a su tiempo, o bien era el loco del poblado, o el curandero, o el paria de la tribu que por alguna metedura de pata fue desterrado y, pasando más hambre que el perro de un barbero, no encontró otra cosa y se atrevió, -arriesgando su vida- y descubrió dos manjares llenos de propiedades. Eso es caer de pie y lo demás es tontería, oye. No sé, pero probar algo rojo que te encuentras por el campo, muy normal, al menos desde el punto de vista animal, no lo veo yo, la verdad.
Pero bueno, lo que yo quiero demostrar es que el que, siendo humano, se arroga el conocimiento de la dieta ideal a base de cálculos matemáticos y prohibiciones tajantes se contradice con la pura esencia del Homo Sapiens. Si probamos la carne y arriesgamos nuestras vidas por matar animales pudiendo alimentarnos tan sólo de verduritas, frutas y granos, digo yo que por algo será. Si la naturaleza nos llevó por el camino del omnivorismo -no sé si existe esta palabra, que conste-, supongo que sería por su infinita sabiduría, si no, nos hubiéramos quedado herbívoros. De hecho hay muchos animales herbívoros; no se han extinguido ni se han pasado a la carne, y lo mismo puede decirse de los carnívoros a la inversa. Luego deduzco que hay animales que pueden vivir sólo a base de frutos o sólo a base de carne. O sea, lo que yo vengo a decir es que si la evolución nos ha adaptado a comer de todo, no debe de ser muy natural para el hombre ser herbívoro -véase vegetariano-. No pudo ser producto del azar que aprendiéramos a domesticar animales, ordeñarlos, -con lo que se conseguía leche ( para criar a los niños aunque no hubiera madre para amamantarlos porque se la había cargado alguna infección, alimaña, enfermedad, guerra, hambruna...)- y queso, un alimento nutritivo y calórico (y barato) y descubrimos que la miel era una fuente de propiedades, aun cuando no disponíamos de microscopio ni probetas.
Nuestro organismo debió ver que todas esas cosas eran buenas para él, de lo contrario seríamos veganos. Y si descubrimos el fuego no sólo para dar calor, ternura y sabor a los alimentos, sino también para conservarlos mejor y matar gérmenes, también será por algo. Si no, seríamos crudo-veganos. Así pues, ahí va mi alegato en pro de la alimentación variada y en contra de dietas vegetarianas, veganas y crudo-veganas, de la dieta de la alcachofa, de esa otra que te quita todas las proteínas pero, como lógicamente el organismo reacciona y sobreviene la llamada ¿cetosis?, las suple con pastillas y batidos de proteínas (¿habrá cosa más absurda? donde se ponga un chuletón...). Y de la dieta de la sopa, y de la de los zumos... Hay para todos los gustos, tanto dietas como efectos secundarios de las mismas. Si estuviéramos adaptados a alimentarnos tan sólo de líquidos no habríamos desarrollado una dentadura, tendríamos una especie de trompa para libar, ¿no? Pero venimos del mono, no de la mariposa o del colibrí. Y además, todas estas dietas hacen aguas por algún sitio, alguna carencia siempre acaba por dar la cara. Pero bueno, oye, que si alguien se quiere hacerse vegano o crudo-vegano, o zumano, o sopano, vale, es su salud y su cuerpo. Pero no que no priven a sus vástagos de un buen bocata de jamón ibérico, una berza gaditana con su choricito y su morcilla (y sus garbanzos y sus judías verdes y su calabaza, por supuesto), su buen fricasée de ternera, su pollo con ciruelas y almendras... mmm
Ese pargo al horno con vinito (y ajo, rodajitas de cebolla, tomate y limón, claro está), unos buenos calamares rellenos de carne y huevo picados, esa lasagna con su carne, su bechamel y su parmesano o esas simples berenjenas fritas con miel. Y claro, ¿cómo no? un salmorejo con virutas de jamón y huevo picado. Lo dejo ya, que me entra hambre.
Las verduras son un regalo de la creación, como también lo son los animales de tierra, mar y aire, y sus productos (huevos, leche, miel...) y bien hermanados y condimentos nos pueden elevar al paraíso. Conviene recordar a quien lo olvide que los extremismos no son buenos en ningún aspecto de la vida, tampoco para nuestro estómago y menos aun para la salud física y mental de nuestros retoños. Podéis renunciar a todo y hacer las dietas que queráis, pero si hay quien no bautiza a las niños de pequeños para que puedan elegir de mayores, -y lo veo muy bien- respetemos también su nutrición y que ellos elijan de mayores a qué quieren renunciar. No creéis mini-crudo-veganos-no vacunados.
Perdonad mi defensa de la buena mesa y la dieta mediterránea, reconozco que la cocina me pierde. Yo considero una suerte que una necesidad cotidiana pueda convertirse en un auténtico placer, por el mero arte de combinar bien sabores y texturas. De los pocos lujos al alcance de todos los bolsillos, además. Comamos de todo con moderación y de la manera más natural posible y disfrutemos de la comida. Como decía la canción del Renacimiento: "hoy comamos y bebamos, y gocemos y holguemos, que mañana ayunaremos". Me voy a casa a darme un homenaje culinario a base de berza gaditana. Llamadme hedonista...
Para mí sí. Para mí es absolutamente inconcebible renunciar al calor y los condimentos para cubrir esa necesidad que sigue siendo diaria: comer. Yo pienso en un buen guiso de carne con sus verduras bien pochaditas, su vino y sus especias y es que pierdo el sentido...
Podríamos pensar que, como animales que somos, deberíamos tener un instinto natural de protección de la especie que nos llevara a desechar alimentos que, a priori, fueran potencialmente perjudiciales para nuestra salud. Y sin embargo esto no es así, obviamente. Si no, las hamburgueserías, fábricas de bollería industrial, chucherías varias y licorerías, no habrían llegado ni a nacer. En algún momento de milenios de evolución debimos de perder ese instinto. Y hace mucho tiempo, además. Es un hecho demostrable empíricamente. Veamos un ejemplo. Es de todos conocida la habilidad de los seres vivos para autoprotegerse con métodos tan conocidos como liberar venenos, sustancias alucinógenas, urticantes, etc... y sin embargo, desde tiempo inmemorial el ser humano se arriesga a comer setas silvestres y no siempre guiado de un experto. Asimismo ingiere peces venenosos, (no hace falta irse a Japón, Galicia es famosa culinariamente por la preparación de la lamprea, entre otras delicatessen). Si bien se les extrae la ponzoña, no deja de entrañar un riesgo. Y la gente disfruta cada verano -al menos así se hace en Cádiz- de los sabrosos y refrescantes -pero sumamente dolorosos de limpiar- higos chumbos, (menos mal que hay almas caritativas que los pelan y los venden listos para el consumo). Otra estrategia de defensa de los seres vivos es pintarse de vivos colores para disuadir a posibles comensales. Ya sabemos que el rojo en la madre naturaleza es sinónimo de peligro. Las amapolas o "adormideras", las peligrosas setas de sombrero rojo, la brillante y llamativa rana arborícola, los Stop que te saltas y te la pegas fijo ("R.I.P. amen", eso sí que es mortal de necesidad) etc... Y un sinfín de señales visuales que hacen de alerta que te dicen: "tú, arriésgate y verás..."
Yo por eso me he preguntado en diversas ocasiones qué impulso temerario o directamente suicida llevó a algún antepasado nuestro a probar una fresa o un tomate (lo del tomate lo menciono para no excluir a nuestros congéneres del otro lado del charco -no se vayan a creer, como acostumbran, que son más listos que nosotros, los del viejo continente-). O bien fue un visionario, un adelantado a su tiempo, o bien era el loco del poblado, o el curandero, o el paria de la tribu que por alguna metedura de pata fue desterrado y, pasando más hambre que el perro de un barbero, no encontró otra cosa y se atrevió, -arriesgando su vida- y descubrió dos manjares llenos de propiedades. Eso es caer de pie y lo demás es tontería, oye. No sé, pero probar algo rojo que te encuentras por el campo, muy normal, al menos desde el punto de vista animal, no lo veo yo, la verdad.
Pero bueno, lo que yo quiero demostrar es que el que, siendo humano, se arroga el conocimiento de la dieta ideal a base de cálculos matemáticos y prohibiciones tajantes se contradice con la pura esencia del Homo Sapiens. Si probamos la carne y arriesgamos nuestras vidas por matar animales pudiendo alimentarnos tan sólo de verduritas, frutas y granos, digo yo que por algo será. Si la naturaleza nos llevó por el camino del omnivorismo -no sé si existe esta palabra, que conste-, supongo que sería por su infinita sabiduría, si no, nos hubiéramos quedado herbívoros. De hecho hay muchos animales herbívoros; no se han extinguido ni se han pasado a la carne, y lo mismo puede decirse de los carnívoros a la inversa. Luego deduzco que hay animales que pueden vivir sólo a base de frutos o sólo a base de carne. O sea, lo que yo vengo a decir es que si la evolución nos ha adaptado a comer de todo, no debe de ser muy natural para el hombre ser herbívoro -véase vegetariano-. No pudo ser producto del azar que aprendiéramos a domesticar animales, ordeñarlos, -con lo que se conseguía leche ( para criar a los niños aunque no hubiera madre para amamantarlos porque se la había cargado alguna infección, alimaña, enfermedad, guerra, hambruna...)- y queso, un alimento nutritivo y calórico (y barato) y descubrimos que la miel era una fuente de propiedades, aun cuando no disponíamos de microscopio ni probetas.
Nuestro organismo debió ver que todas esas cosas eran buenas para él, de lo contrario seríamos veganos. Y si descubrimos el fuego no sólo para dar calor, ternura y sabor a los alimentos, sino también para conservarlos mejor y matar gérmenes, también será por algo. Si no, seríamos crudo-veganos. Así pues, ahí va mi alegato en pro de la alimentación variada y en contra de dietas vegetarianas, veganas y crudo-veganas, de la dieta de la alcachofa, de esa otra que te quita todas las proteínas pero, como lógicamente el organismo reacciona y sobreviene la llamada ¿cetosis?, las suple con pastillas y batidos de proteínas (¿habrá cosa más absurda? donde se ponga un chuletón...). Y de la dieta de la sopa, y de la de los zumos... Hay para todos los gustos, tanto dietas como efectos secundarios de las mismas. Si estuviéramos adaptados a alimentarnos tan sólo de líquidos no habríamos desarrollado una dentadura, tendríamos una especie de trompa para libar, ¿no? Pero venimos del mono, no de la mariposa o del colibrí. Y además, todas estas dietas hacen aguas por algún sitio, alguna carencia siempre acaba por dar la cara. Pero bueno, oye, que si alguien se quiere hacerse vegano o crudo-vegano, o zumano, o sopano, vale, es su salud y su cuerpo. Pero no que no priven a sus vástagos de un buen bocata de jamón ibérico, una berza gaditana con su choricito y su morcilla (y sus garbanzos y sus judías verdes y su calabaza, por supuesto), su buen fricasée de ternera, su pollo con ciruelas y almendras... mmm
Ese pargo al horno con vinito (y ajo, rodajitas de cebolla, tomate y limón, claro está), unos buenos calamares rellenos de carne y huevo picados, esa lasagna con su carne, su bechamel y su parmesano o esas simples berenjenas fritas con miel. Y claro, ¿cómo no? un salmorejo con virutas de jamón y huevo picado. Lo dejo ya, que me entra hambre.
Las verduras son un regalo de la creación, como también lo son los animales de tierra, mar y aire, y sus productos (huevos, leche, miel...) y bien hermanados y condimentos nos pueden elevar al paraíso. Conviene recordar a quien lo olvide que los extremismos no son buenos en ningún aspecto de la vida, tampoco para nuestro estómago y menos aun para la salud física y mental de nuestros retoños. Podéis renunciar a todo y hacer las dietas que queráis, pero si hay quien no bautiza a las niños de pequeños para que puedan elegir de mayores, -y lo veo muy bien- respetemos también su nutrición y que ellos elijan de mayores a qué quieren renunciar. No creéis mini-crudo-veganos-no vacunados.
Perdonad mi defensa de la buena mesa y la dieta mediterránea, reconozco que la cocina me pierde. Yo considero una suerte que una necesidad cotidiana pueda convertirse en un auténtico placer, por el mero arte de combinar bien sabores y texturas. De los pocos lujos al alcance de todos los bolsillos, además. Comamos de todo con moderación y de la manera más natural posible y disfrutemos de la comida. Como decía la canción del Renacimiento: "hoy comamos y bebamos, y gocemos y holguemos, que mañana ayunaremos". Me voy a casa a darme un homenaje culinario a base de berza gaditana. Llamadme hedonista...


