viernes, 19 de mayo de 2017

... Y veganas

Imagen relacionada
Miles de años de evolución del ser humano, desde que andábamos a cuatro patas llenos de piojos y parásitos hasta estar a punto de comprender el nacimiento del universo -gracias a la información obtenida de las ondas espaciales- no nos han servido de nada.  Entonces nos alimentábamos de fruta y de otros seres vivos, incluso de nuestros semejantes, pero cruditos y sin aderezos. Qué asquito, por Dios. Qué barbaridad. Sería impensable para nosotros volver a alimentarnos de cualquier fruto que encontráramos (nutritivo o venenoso) o de animales crudos, así, recién cazados ¿verdad?
Para mí sí. Para mí es absolutamente inconcebible renunciar al calor y los condimentos para cubrir esa necesidad que sigue siendo diaria: comer. Yo pienso en un buen guiso de carne con sus verduras bien pochaditas, su vino y sus especias y es que pierdo el sentido...
Podríamos pensar que, como animales que somos, deberíamos tener un instinto natural de protección de la especie que nos llevara a desechar alimentos que, a priori, fueran potencialmente perjudiciales para nuestra salud. Y sin embargo esto no es así, obviamente. Si no, las hamburgueserías, fábricas de bollería industrial, chucherías varias y licorerías, no habrían llegado ni a nacer. En algún momento de milenios de evolución debimos de  perder ese instinto. Y hace mucho tiempo, además. Es un hecho demostrable empíricamente. Veamos un ejemplo. Es de todos conocida la habilidad de los seres vivos para autoprotegerse con métodos tan conocidos como liberar venenos, sustancias alucinógenas, urticantes, etc... y sin embargo, desde tiempo inmemorial el ser humano se arriesga a comer setas  silvestres y no siempre guiado de un experto. Asimismo ingiere peces venenosos, (no hace falta irse a Japón, Galicia es famosa culinariamente por la preparación de la lamprea, entre otras delicatessen). Si bien se les extrae la ponzoña, no deja de entrañar un riesgo. Y la gente disfruta cada verano -al menos así se hace en Cádiz- de los sabrosos y refrescantes -pero sumamente dolorosos de limpiar- higos chumbos, (menos mal que hay almas caritativas que los pelan y los venden listos para el consumo). Otra estrategia de defensa de los seres vivos es pintarse de vivos colores para disuadir a posibles comensales. Ya sabemos que el rojo en la madre naturaleza es sinónimo de peligro. Las amapolas o "adormideras", las peligrosas setas de sombrero rojo, la brillante y llamativa rana arborícola, los Stop que te saltas y te la pegas fijo ("R.I.P.  amen", eso sí que es mortal de necesidad) etc... Y  un sinfín de señales visuales que hacen de alerta que te dicen: "tú, arriésgate y verás..."
Yo por eso me he preguntado en diversas ocasiones qué impulso temerario o directamente suicida llevó a algún antepasado nuestro a probar una fresa o un tomate (lo del tomate lo menciono para no excluir a nuestros congéneres del otro lado del charco -no se vayan a creer, como acostumbran, que son más listos que nosotros, los del viejo continente-). O bien fue un visionario, un adelantado a su tiempo, o bien era el loco del poblado, o el curandero, o el paria de la tribu que por alguna metedura de pata fue desterrado y, pasando más hambre que el perro de un barbero, no encontró otra cosa y se atrevió, -arriesgando su vida- y descubrió dos manjares llenos de propiedades.  Eso es caer de pie y lo demás es tontería, oye. No sé, pero probar algo rojo que te encuentras por el campo, muy normal, al menos desde el punto de vista animal, no lo veo yo, la verdad.
Pero bueno, lo que yo quiero demostrar es que el que, siendo humano, se arroga el conocimiento de la dieta ideal a base de cálculos matemáticos y prohibiciones tajantes se contradice con la pura esencia del Homo Sapiens. Si probamos la carne y arriesgamos nuestras vidas por matar animales pudiendo alimentarnos tan sólo de verduritas, frutas y granos, digo yo que por algo será. Si la naturaleza nos llevó por el camino del omnivorismo -no sé si existe esta palabra, que conste-,  supongo que sería por su infinita sabiduría, si no, nos hubiéramos quedado herbívoros. De hecho hay muchos animales herbívoros; no se han extinguido ni se han pasado a la carne, y lo mismo puede decirse de los carnívoros a la inversa. Luego deduzco que hay animales que pueden vivir sólo a base de frutos o sólo a base de carne. O sea, lo que yo vengo a decir es que si la evolución nos ha adaptado a comer de todo, no debe de ser muy natural para el hombre ser herbívoro -véase vegetariano-. No pudo ser producto del azar que aprendiéramos a domesticar animales, ordeñarlos, -con lo que se conseguía leche ( para criar a los niños aunque no hubiera madre para amamantarlos porque se la había cargado alguna infección, alimaña, enfermedad, guerra, hambruna...)- y queso, un alimento nutritivo y calórico (y barato) y descubrimos que la miel era una fuente de propiedades, aun cuando no disponíamos de microscopio ni probetas.
Nuestro organismo debió ver que todas esas cosas eran buenas para él,  de lo contrario seríamos veganos. Y si descubrimos el fuego no sólo para dar calor, ternura y sabor a los alimentos, sino también para conservarlos mejor y matar gérmenes, también será por algo. Si no, seríamos crudo-veganos. Así pues, ahí va mi alegato en pro de la alimentación variada y en contra de dietas vegetarianas, veganas y crudo-veganas, de la dieta de la alcachofa, de esa otra que te quita todas las proteínas pero, como  lógicamente el organismo reacciona y sobreviene la llamada ¿cetosis?, las suple con pastillas y batidos de proteínas (¿habrá cosa más absurda? donde se ponga un chuletón...). Y de la dieta de la sopa, y de la de los zumos... Hay para todos los gustos, tanto dietas como efectos secundarios de las mismas. Si estuviéramos adaptados a alimentarnos tan sólo de líquidos no habríamos desarrollado una dentadura, tendríamos una especie de trompa para libar, ¿no? Pero venimos del mono, no de la mariposa o del colibrí. Y además, todas estas dietas hacen aguas por algún sitio, alguna carencia siempre acaba por dar la cara. Pero bueno, oye, que si alguien se quiere hacerse vegano o crudo-vegano, o zumano, o sopano, vale, es su salud y su cuerpo. Pero no que no priven a sus vástagos de un buen bocata de jamón ibérico, una berza gaditana con su choricito y su morcilla (y sus garbanzos y sus judías verdes y su calabaza, por supuesto), su buen fricasée de ternera, su pollo con ciruelas y almendras... mmm
Ese pargo al horno con vinito (y ajo, rodajitas de cebolla, tomate y limón, claro está), unos buenos calamares rellenos de carne y huevo picados, esa lasagna con su carne, su bechamel y su parmesano o esas simples berenjenas fritas con miel. Y claro, ¿cómo no? un salmorejo con virutas de jamón y huevo picado. Lo dejo ya, que me entra hambre.
Las verduras son un regalo de la creación, como también lo son los animales de tierra, mar y aire, y sus productos (huevos, leche, miel...) y bien hermanados y condimentos nos pueden elevar al paraíso.  Conviene recordar a quien lo olvide que los extremismos no son buenos en ningún aspecto de la vida, tampoco para nuestro estómago y menos aun para la salud física y mental de nuestros retoños. Podéis renunciar a todo y hacer las dietas que queráis, pero si hay quien no bautiza a las niños de pequeños para que puedan elegir de mayores, -y lo veo muy bien- respetemos también su nutrición y que ellos elijan de mayores a qué quieren renunciar. No creéis mini-crudo-veganos-no vacunados.
Perdonad mi defensa de la buena mesa y la dieta mediterránea, reconozco que la cocina me pierde. Yo considero una suerte que una necesidad cotidiana pueda convertirse en un auténtico placer, por el mero arte de combinar bien sabores y texturas. De los pocos lujos al alcance de todos los bolsillos, además. Comamos de todo con moderación y de la manera más natural posible y disfrutemos de la comida.  Como decía la canción del Renacimiento: "hoy comamos y bebamos, y gocemos y holguemos, que mañana ayunaremos". Me voy a casa a darme un homenaje culinario a base de berza gaditana. Llamadme hedonista...

martes, 28 de marzo de 2017

De vacunas...

Resultado de imagen de vacuna
Tras un lago paréntesis vuelvo a la carga con un tema de actualidad. Sé que ya lo he tocado en otra entrada (ver De virus, bacterias y bichejos) pero sería una pena no aprovechar la coyuntura para ahondar en un  asunto de vital importancia cual es la vacunación infantil.
Qué gran avance supuso para la humanidad este descubrimiento. Cuántas vidas ha salvado y podría seguir salvando si los gobiernos y los que dominan la industria farmacéutica velaran más por el bien de las personas, como se supone deberían hacer, y menos por el de sus carteras. Cuando se leen libros en los que se habla de epidemias de escarlatina o viruela, del tifus (cuyo nombre científico es fiebre tifoidea y que, afortunadamente para nosotros, está incluido desde hace muchos años en nuestro calendario de vacunación), la tuberculosis y un largo etcétera de horrores médicos de los que ahora estamos más protegidos gracias a Edward Jenner, se le ponen a una los vellos de punta.
O más doloroso aún, cuando una ha convivido desde siempre con una persona, modelo de superación, que hoy podría andar si la ignorancia y penurias de la época no la hubieran privado de la vacuna de la polio, en lugar de vivir un calvario con cada paso desde que se levanta y se pone el aparato hasta que se lo quita para acostarse; cuando una ve la corriente de padres modernitos -sin ánimo de  ofender- que propugnan la no vacunación de sus hijos, se la llevan los demonios.
No sé si es ignorancia contemporánea, más censurable por el acceso a la información de la que hoy disponemos y la cultura que se supone recibimos en el colegio, al que a principios del siglo pasado sólo asistían unos pocos y sólo para aprender a leer, escribir y las cuatro reglas, a saber: sumar, restar, multiplicar y dividir. No sé si es inconsciencia, una confianza ciega en su buena estrella, que les protegerá a ellos y sus vástagos de la enfermedad, o si es simple y llanamente estulticia pura y dura. Algo de ello tiene que haber, porque si no, no me lo explico. A poquita cabeza que se tenga y salvo que se sea un padre desnaturalizado, lo más lógico y natural, es velar por la salud de la prole. Incluso diría que responde a un impulso "animal", refiriéndome al instinto más salvaje que nos queda, cual es el de la conservación de la especie.
Si la ciencia, a golpe de experimento y laboratorio avanza para darnos instrumentos cuyo objetivo principal es salvar vidas, deberíamos aprovecharlo. Recordemos que los que vivimos en países civilizados somos unos privilegiados, puesto que las vacunas son un lujo al alcance de muy pocos si miramos la totalidad de la población mundial. Estoy segura de que si muchos masacrados por epidemias que hoy son un recuerdo levantaran la cabeza, se llevarían las manos a la calavera al ver que hay quien, pudiendo defender a sus niños de esos males que antes mataban (y algunos hoy también) no lo hacen por... Espera, que la cosa es que no tengo muy claro el motivo.
Unos alegan que como la protección en algunos casos no es total, que ¿pa qué?. Otros quieren preservarlos de los efectos secundarios (muy lógico, para evitar la febrícula o leve erupción cutánea que puede provocar la vacuna de la varicela, mejor arriesgarse a que la cojan con su fiebrón y picor incontenible que suele dejar marcas, por no hablar de las muchas secuelas que puede provocar y no precisamente de carácter estético). Otros, los típicos  conspiranoicos, alegan que todo eso es un montaje de la industria farmacéutica, en connivencia con los gobiernos, para llenarse los bolsillos. Y conste que no niego que en otros casos no sea así, y admito la manifiesta inmoralidad que muestran los dueños de dichas empresas pidiendo cantidades  abusivas por esos salvavidas que son los medicamentos. Otros, los flower power, los que parecen haberse quedado pillados en Woodstock, aunque ninguno lo vivió ni de lejos, pero que sí que parecen haber probado sus alucinógenos, confían en las bondades de la naturaleza. Luego se les cae la boca de ponerse como ejemplo de padres responsables... será con el medio ambiente, que lo que es con sus hijos... ¿y los míos, y los tuyos?, porque estamos muy equivocados si creemos que esta falta de protección sólo afecta al  hijo del padre guay que se niega a vacunarlo por los motivos que sean (dejando aparte la de índole económica, que sobre eso también hay mucho que hablar, pues no falta quien no tiene dinero para pagarle la vacuna al niño pero sí para el móvil de última generación, para la play station o para ir al fútbol o matarse fumando). El niño que no se vacuna y pilla la enfermedad puede que no contagie, por ejemplo, a sus compañeros de clase si estos, por mor del calendario de vacunación ya han recibido su dosis, pero sí pueden transmitir la enfermedad a los compañeros de colegio más pequeños, a los hermanos menores de sus amigos con los que comparten patio, juegos, fiestas de cumpleaños, actividades extraescolares, etc y que aún no han sido protegidos, porque por su edad, aún no les toca... En fin, que la poca cabeza de unos pocos nos puede llegar a afectar a todos.
Yo no sé de donde habrá venido la moda esta anti-vacuna. No me extrañaría que provenga del otro lado del charco, de algún gurú hollywoodiense como Gwyneth Paltrow, conocida por sus soluciones milagrosas para mil y un problemas de salud... como cuando puso de moda las duchas vaginales a base de vapor. Lo que fue denunciado por ginecólogos porque acababa con la flora interna de la vagina. ¿De dónde sacarán esas ideas estas celebrities? Pero bueno, haya partido la idea de quien haya partido, que haya alguno que en su blog propugne que para acabar con los dolores de cabeza no hay nada como tirarse por los bloques del Campo del Sur está bien, pero que haya quien se lo crea y se estrelle de cabeza contra las piedras del rompeolas porque lo ha leído en Internet ya preocupa... más que nada por su salud mental, porque desde luego que el dolor de cabeza se le quita, radical, oye. No vuelve a gastar un euro en ibuprofeno. Garantizado.
Bueno, yo lo que vengo a querer decir es que si alguien quiere jugar con su propia salud, lo puedo admitir, pero que cuando tenemos hijos somos responsables de procurarles el mayor bienestar que esté al alcance de nuestra mano, así que, por favor, es mejor para ellos vacunarlos que comprarles la Play, y más beneficioso para sus neuronas, eso seguro.

jueves, 12 de enero de 2017

Ooooh, blanca Navidad...

Imagen relacionada
Aaaaah, el tiempo del amor y la fraternidad, del bullicio en las tiendas, de los excesos gastronómicos (y etílicos), de los gastos inasumibles, del buen rollo, la hipocresía disfrazada de buenos deseos con fecha de caducidad, de Loterías y horas de descorche de champán rellenando los telediarios, de colas interminables a la puerta de los belenes, parkings llenos a rebosar en los centros comerciales, de luces navideñas, espumillón, bolsas de cotillón, lencería roja, gorros de Papá Noel, programación televisiva no apta para diabéticos, papel de regalo, marisco, pavo, besugo, jamón, lentejas, uvas, polvorones, turrón, sal de frutas, renos, camellos, la mula, el buey, y un largo etcétera de típicos tópicos navideños que van subiendo de nivel hasta tenernos a agüita tapá de tanta edulcorina artificial y repelente.
Muchos dirán: "ya está aquí Mr. Scrooge"... a lo que yo me apresuro a contestar un sonoro: "Paparruchas".
No, no es que quiera chafar las fiestas a nadie, ni que odie estas fechas que siguen teniendo su punto entrañable aunque sean las que hacen que los que se sienten solos  todo el año lo noten aun más si cabe a lo largo de estas dos semanas de ¿paz y amor?. A pesar de que la vida me ha ido dando motivos más que sobrados para aborrecerlas desde mi más tierna infancia, me sigue gustando la Navidad.
Es cierto que cada año son más duras porque los ausentes se hacen más presentes en el pensamiento, no porque no estén ahí el resto del año, no, sino porque, al juntarnos todos, se nota más su falta. Ese hueco en la mesa, ese sillón vacío. La falta de su risa o incluso de su regañina al ver que aún ni está puesta la mesa... Por desgracia, si bien cumplir años es una bendición en estos tiempos que corren, ello trae consigo la maldición de ir contando bajas. Ver que cada vez hay menos gente por detrás de ti. Que, de repente, ya no hay ancianos con los que conversar y que ahora la que lleva comida eres tú. Que ya no te espera mamá con la comida preparada...
Bueno, ya acabé llorando, y nada más lejos de mi intención. Yo lo que iba a denunciar es esa mentalidad de ser "buena gente" sólo en estos días. De acordarse de los que están más lejos o de los solitarios sólo en estas fechas; o de decirse, entre copa y copa, cuánto nos queremos para volver a ponernos la zancadilla una vez pasada la resaca. De hacer cientos de operaciones kilo durante el mes  diciembre y olvidarse  en la cuesta de enero de los que no tienen ni dónde caerse muertos (y no es una forma de hablar, porque ¡anda que no sale caro morirse en España!, ya no te digo heredar, especialmente en Andalucía).
También tengo que criticar el bombardeo de publicidad que crea un espejismo en el que el común de los mortales verdaderamente acaba convencido de que todo está al alcance de todos y, si no, pues a endeudarse y punto. Luego vendrá Mateo con la rebaja... Entiendo que las tiendas tienen que vender, que generan puestos de trabajo y que la industria del lujo es la única que ha medrado a pesar de la crisis. Creemos que hemos superado la Edad Media, pero desde que el hombre es hombre, las crisis no hacen otra cosa que abrir más la brecha existente entre las clases sociales: haciendo al rico más rico a costa de que el pobre sea más pobre. Y que conste que el comunismo no es lo mío, pero
me joroba que nos hagan creer que todos han perdido con esta situación cuando todos sabemos de sobra que muchos empresarios la han usado como excusa para despedir a empleados y exprimir hasta el tuétano a los que mantienen en su puesto de trabajo, sin atreverse ni a rechistar por miedo a verse en la calle como sus excompañeros. Desgraciadamente sé de lo que hablo... Ellos siempre tienen que ganar más, y si hay una coyuntura económica que lo justifique, pues mejor que mejor. Hablo de las grandes empresas, ojo, no del pequeño empresario que, asfixiado por los impuestos va echando el bofe para cumplir con todas sus muchas obligaciones tributarias.
Y sin embargo y volviendo al tema, sigo creyendo en la humanidad porque también conozco a mucha gente que siente de verdad y vive eso que los americanos nos han importado a través del cine y la publicidad y que hemos dado en llamar espíritu navideño. Y vivo estas fiestas cumpliendo con todos los rituales que al principio describía, como todo hijo de vecino, para que cada año sea inolvidable para esos tres tesoros que miran belenes y escaparates llenos de juguetes con más brillo en los ojos que un millón de fuegos artificiales. Por ellos merece la pena tragarse colas, recorrer tiendas atestadas para encontrar ese juguete tan especial, poner espumillón y Belén, cantar hasta desgañitarse villancicos pandereta en ristre (aunque se llore por dentro) y hasta, si me apuras, disfrazarse de reno... Bueno, eso último no, que los cuernos no le sientan bien a nadie... mejor de elfo o, ya puestos, de algo más patrio, de pastorcita, hay que defender lo nuestro.
En resumen: muchas cestas de Navidad, muchas comidas de empresa, muchos buenos deseos y mucha hipocresía mezclados con carencias económicas y afectivas más visibles y ausencias más dolorosas, todo ello salpicado -por fortuna-  de momentos auténticos, entrañables y verdaderamente inolvidables (siempre de la mano de los más pequeños de la casa) marcan estas fechas que ya han pasado hasta dentro de unos once meses, si Dios quiere. Auf wiedersehen.

martes, 13 de diciembre de 2016

Las mamás helicóptero

Resultado de imagen de trueno azul
Ahora resulta que las madres también podemos volar. Y no sólo porque en algunos casos ya poseamos alas de murciélago (para mayor abundamiento sobre este tema ver mi entrada del mismo título) o porque pasemos por la vida a velocidad supersónica para llegar a todas partes, como auténticas super woman. No, es que hace poco leí, en un suplemento semanal de esos que traen los diarios, un artículo que te proponía hacer un test para ver qué tipo de mamá eres. Que yo, por cierto, eso de mamá lo dejaría para el estricto ámbito familiar. Me gusta que me llamen así mis hijos, pero el resto de la humanidad prefiero que se dirija a mí (cuando se trate de los niños) como la madre de y no como la mamá o, aún peor, la mami de... pero bueno, esa es otra cuestión relacionada con la creciente deriva infantilista que está viviendo esta sociedad en la que pretendemos educar y en la que crecerán nuestros retoños. A lo que iba: el test te catalogaba, según la esfera de libertad que otorgaras a tus hijos como una madre super liberal, neo hippy casi, de las que dejan a sus hijos volar libres hasta partirse los piños contra el pavimento, como el otro deleznable -a los ojos del articulista-extremo, las llamadas en el artículo mamás helicóptero o, finalmente, como la tercera opción (es que está en medio y que, cuando hacemos uno de estos test ya sabemos de antemano que es la mejor desde el punto de vista psicológico): la versión intermedia de las madres, digamos,  equilibradas.
Las mamás helicóptero. Os preguntaréis por qué ese término tan peregrino. Decía que es porque son las que se pasan el día sobrevolando la vida de sus hijos. Las que controlan sus amistades, que no los dejan respirar, que hacen por ellos la tarea, si hace falta, para que no saquen una mala nota... Las que los hiperprotejen de tal manera que no les dan la oportunidad de caerse, de aventurarse, medir sus habilidades y, por ende, de equivocarse, tropezar, caer y levantarse. Es comprensible. Las entiendo perfectamente. Esas madres pasaron su adolescencia como yo, en una época en la que el hombre del saco se tornó de carne y hueso. Un tiempo en el que todos los días se hablaba en el telediario del niño pintor o de las niñas de Alcasser. Es cierto que el sacaúntos siempre existió, que el lobo de Caperucita en realidad era el violador que desfloraba a la niña que empieza a menstruar, siempre hubo padres desnaturalizados que abandonaban a sus hijos, como a Hansel y Grettel, etc... Pero es que en aquella época era diario. Yo recuerdo que  me acostumbré a ir pendiente de quien iba detrás de mí cuando iba sola por la calle. Claro que nosotros hemos jugado en la calle, hemos ido a hacer los mandados para nuestras madres por el barrio soñando con quedarnos con la vuelta para comprar cromos o pipas, hemos trepado a los árboles y nos hemos descalabrado. Pero lo que nos endureció y espabiló a nosotros no lo queremos para nuestros hijos. No queremos dejarlos solos por la calle por miedo a los pederastas. Estamos pendientes de sus amistades por miedo al acoso escolar. Procuramos que sean los mejores para conjurar al fracaso. Y, obviamente, queremos evitarles, en todo lo que está al alcance de nuestra mano, todo tipo de dolor, ya sea espiritual o físico.
No me gustaría ser ese tipo de madre controladora que asfixia a sus hijos como si los llevara con una cadena, sé que, por mucho que me empeñe, mis hijos se caerán en todos los sentidos, no sólo físicamente, y que ellos solos habrán de levantarse miles de veces y que sólo fracasando aprenderán a triunfar en la vida. Que habrá gente que les hará daño (rezo porque sólo sea con decepciones y nunca en su carne) y que sólo así aprenderán en quiénes confiar y se endurecerán para seguir adelante sin perder la fe en la humanidad e intentaré, por su bien ayudarlos a madurar así,  aprendiendo de sus errores. Trataré de apoyarlos cuando estén en horas bajas dándoles los consejos que te inspira la experiencia siendo consciente de que nadie, por mucho que nos lo propongamos, escarmienta en cabeza ajena. Pero tampoco puedo evitar, al mirar sus caritas inocentes, que me salgan las aspas y el rotor y me den ganas de volar permanentemente sobre sus vidas armada  hasta los dientes y dispuesta a disparar como el Trueno Azul.

martes, 22 de noviembre de 2016

Me dan grima los reborn

Resultado de imagen de imagen de inteligencia artificial pelicula
El otro día encontré, por casualidad, otro motivo para asombrarme del absurdo que reina por doquier en estos tiempos que vivimos. Iba por la calle y el escaparate de una juguetería me hizo detenerme para observar, pasmada, los cochecitos de capota, las cunas, casitas de muñeca y demás... recuperando unos ojos de niña que, sólo de vez en cuando, recuerdo haber tenido. Y allí estaban ellos, en sus cajitas, con su precio bien visible para que no nos llamemos a engaño, que los buenos superan los 500 euracos:  Los reborn. Esas réplicas casi exactas de bebés que, si no te fijas bien, dan el pego que no veas... Una vez, en la cola del súper, dos niñas llevaban uno en brazos. Debieron verme en la cara cómo la curiosidad por aquel extraño objeto me reconcomía por dentro y me ofrecieron tocarla e incluso cogerla en brazos. Mi sensación de grima también debió notarse en mi semblante. No sólo el tacto y la consistencia imitan bastante bien la carne humana, sino que además  pesan más o menos lo que un retoño de su edad. Desde mi punto de vista es espeluznante. Esos ojitos inertes mirándote desde la sillita, tan fijamente... Demasiadas películas de miedo con muñecos como protagonistas, supongo. Reconozco que las de porcelana "perjudicadas" cual salidas de las secuelas de un tsunami siguen siendo estrella indiscutible de nuestras peores pesadillas, pero estos muñecos nuevos, tan realistas... no sé, yo creo que prometen en la industria cinematográfica del alarido. Os lo digo yo. Ya imagino la trama argumental. La misma realidad, que supera con creces la ficción, da muchas ideas. Y todo porque este "juguete" para muchas personas, al parecer, no es tal. Por lo visto hay mujeres solitarias que las utilizan a modo de terapia. Antes eran los gatos los que se utilizaban a modo de consuelo para la maternidad frustrada puesto que, a decir de los expertos, acariciar a un felino en nuestro regazo se asemeja bastante a acunar a un bebé. Al parecer estos muñecos vienen pisando fuerte y acabarán desplazando a los pobres mininos. Dentro de unos años el tópico de "la vieja de los gatos" será sustituido por la "de los reborn".
Puede sonar a broma, pero es que hay mujeres, dicen las malas lenguas, que los cuidan como a niños de carne y hueso, les hablan, los cambian de ropa según la hora del día, les tienen su cuarto y se gastan un pastizal en su vestuario. Y debe ser verdad, porque yo he visto por la calle a una señora con uno en su cochecito y os aseguro que no lo trataba como a un muñeco y no me pareció que fuera a recoger a su niña al cole con él, me temo que lo que pasa es que lo estaba paseando. Cuando la vi me quedé un tanto conmocionada porque no sabía de la existencia de esos "juguetes" hiperrealistas y como iba dormido me costó un rato tranquilizarme y comprobar que al niño no le pasaba nada, tan sólo que no era tal niño y por eso no respiraba.
Por casos patológicos como ese me parece que el tema puede ser un filón para pelis con trama fantasmagórica, truculenta o thrillers de corte psicológico. Ya veo la sinopsis en la carátula del dvd. "Donna, una joven maestra cuyo hijo acaba de desaparecer en extrañas circunstancias, recibe un misterioso paquete con un siniestro regalo... un reborn ensangrentado". Ya no sigo, que me embalo, y mi calenturienta imaginación no conoce límites. Por cierto, si veis alguna película con este argumento, no olvidéis decírmelo, para pedirme el Copyright, que está la cosita muy mala y no se pueden perder oportunidades de engordar a "la de Ubrique" (o sea, la cartera). Lo que quiero decir es que hasta esto se está deshumanizando. Me explico. ¿No sería mejor terapia ayudar a niños que realmente lo necesiten? Seguro que hay mil maneras de realizarse en el servicio a los demás y más productivas para los interesados y para la sociedad en general que alimentar el fetichismo montando numeritos con muñequitos de lujo vestidos de marca. Y luego se quejan de la Semana Santa. Por lo menos las cofradías hacen muchas obras de caridad, mantienen el patrimonio artístico y están proyectadas hacia los demás, amén de dar bastante dinero al país aunque sólo sea por el turismo que generan. ¿Cómo se critica eso y se comprende que un adulto trate a un pedazo de plástico (muy conseguido, por cierto, todo hay que decirlo) como a un ser humano? La verdad, salvando las distancias, yo le veo cierta similitud. Que no se ofenda nadie. Respeto el coleccionismo, comprendo los traumas y los problemas psicológicos, entiendo que los fabricantes de reborn también tienen que comer. Sólo quiero decir que de esto a tener robots que nos llamen "mami" -como en Inteligencia Artificial, de Spielberg- supliendo nuestras carencias afectivas sin las desventajas que conlleva la educación, con sus pataletas en la infancia y sus desencuentros en la adolescencia, hay sólo un paso. Qué grima...

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los Pokemons

Resultado de imagen de leonidas 300 patada
Parece que ha decaído la moda de los Pokemon Go... Parece. Tampoco es que yo esté muy puesta en estas lides, todo hay que decirlo. Este medio que actualmente utilizo es todo un alarde de modernidad para mí. Yo soy más de escribir a mano, de boli BIC Cristal -soy de las que recuerdan perfectamente la cancioncilla de BIC Naranja escribe fino, BIC Cristal escribe normal- o de "teclorrea impenitente".
Pues, a lo que iba... parece que hay menos pollinos arriesgando el pellejo por capturar muñequitos virtuales. O ya no es noticia.  Perdonadme por el insulto gratuito a los seguidores de semejante jueguecito, pero es que me horroriza vivir en una época tan débil de mente. Ya hay un síndrome, con su nombre y todo -que no voy a buscar porque simplemente no me apetece- para los chavales que dejan de salir de sus casas y se pasan el día entero encerrados entre cuatro paredes haciendo una vida virtual. En algunos casos  sus psicólogos alegarán: "Vos sabés que es por miedo a la sociedad". Vamos, al contacto real con los demás seres humanos. Sin embargo, no manifiestan temor a compartir sin pudor alguno sus intimidades más profundas, desde pecados inconfesables hasta fotos de sus partes pasando por trivialidades hasta de cierto tono escatológico, vamos, me refiero a que publican hasta cuando van al retrete... La sociedad les da pavor, pero a ese monstruo, ese que puede fagocitarte hasta la médula y que anida en las redes sociales mal entendidas, ese al que no conocen ni conocerán nunca ni pueden controlar, a ese, precisamente al más peligroso, le confían hasta su ser más íntimo.
Así, es normal que te encuentres con escenas tan surrealistas como una pandilla que, si en mi época compartía risas, refrescos y gusanitos de maíz, hoy se enfrasca, cabizbaja en su móvil o tablet en conversaciones o juegos para construir ciudades  sin intercambiar una mirada. Y digo yo que, si tan grande es su interés por el urbanismo, bien podrían dedicarse a estudiar arquitectura, que es más productivo y estimula más las neuronas, ¿no?.
Ya no se cuentan chistes, se comparten por Internet o por el móvil.  Es más,  como decía, me aterra comprobar que muchos jóvenes ya no se miran a los ojos, sólo se ven ven a través de una pantalla, normalmente de móvil.  Y lo más triste, las parejas a veces, tras semanas bloqueando los mensajes de su media naranja en una moderna versión de la guerra fría amorosa, ya ni siquiera cortan cara a cara, lo hacen por Whatsapp... que tiene guasa la cosa (si me permiten tan facilón y manido juego de palabras). O sea, que utilizamos estos rectángulos de plástico, y metal, cargaditos de circuitos integrados a modo de parapeto o máscara para no dar la cara, igualito que si nos moviéramos en un baile de Carnaval dieciochesco... para que luego digan que no está todo inventado.
Pero las lágrimas que se lloran cuando por fin se cae el antifaz no son de cristal líquido, ¿verdad? Ahí seguimos siendo humanos.
Sin embargo no caigáis en la crítica fácil a mi disertación pensando que critico las redes sociales o la red. Para nada. Sería muy incoherente por mi parte hacerlo, además,  por este medio. Al contrario, me parecen un instrumento que vale su paso en oro y que si hubiera existido en mi época me habría facilitado muchas cosas; como buscar información para los trabajos del cole o ahorrar una pasta en fotocopias y habría resuelto muchas de mis numerosas dudas que en su momento hubieron de esperar. Como descubrir, cuando apenas contaba once años, que la música que salía en el anuncio del perfume Lou Lou de Cacharel era la Pavana de Fauré. Para saberlo tuve que tragarme horas y horas de Radio Dos Clásica hasta que lo logré. Eso sí, escuchar música nunca supuso un sacrificio para mí y la búsqueda de melodías me hizo descubrir otras muchas que, de otro modo me habrían pasado desapercibidas. Además, si los  de mi generación y todas las  anteriores a esta era tecnológica hubiéramos contado con estas herramientas no habríamos tenido que tirarnos de los pelos al perder el papelito donde el nuevo amigo del último verano nos apuntó su dirección y número de teléfono. Hoy en día están las redes sociales y no sólo puedes localizar a casi todo quisque, sino que no tienes que gastar en papel, tinta, sobres y sellos, amén de la inmediatez de la información, que tampoco es una cualidad nada despreciable.
También tiene sus desventajas, claro está, y es que no puedes hacerte el sordo para según qué cosas. Si estas conectado, lo estarás hasta sus últimas consecuencias y nadie se va a tragar que llevas un mes sin mirar el Whatsapp y si quieren dar contigo, es casi inevitable: Facebook, e-mail, Whatsapp, Twitter... Demasiadas formas de conexión para escapar a todas.
Lo que no entiendo es cómo los famosos, que tanto se quejan del acoso al que viven sometidos por sus fans, se crean sus páginas en dichas redes publicando fotos, opiniones, etc... Supongo que la publicidad le agrada a todo el mundo,  sobre todo si, digas lo que digas,  vives de tu imagen, siempre que no sea sin tu consentimiento. Pero no deja de ser un contrasentido, al menos en mi humilde opinión.
¿A dónde no habrían llegado mentes privilegiadas como las de Copérnico o Einstein, sin necesidad de irnos tan lejos en el tiempo, con el acceso  casi ilimitado a la información y a las  demás personas del que disfrutamos ahora?  Hasta el infinito y más allá...
O no... vaya usted a saber... Igual sus mentes, a fuerza de no esforzarse (si me permiten la redundancia) se habrían atrofiado y habrían acabado cazando pokemons, aunque lo dudo. Más bien, imagino que viendo tal grado de infantilidad entre hombres y mujeres hechos y derechos, se abrirían las venas. Imaginen qué pensarían de nosotros los espartanos en la batalla de las Termópilas si un oráculo les cuenta que este iba a ser el futuro de algunos de sus descendientes. Estos no se abrirían las venas, tirarían al visionario por el precipicio por loco, por lo menos...
Vivir para ver...

viernes, 28 de octubre de 2016

Mímesis: Octopus vs. "Pascal"

Resultado de imagen de imagen pulpoResultado de imagen de imagen pascal rapunzel
¿No os habéis visto nunca en esa situación tan incómoda de ver a alguien de lejos a quien no queréis  saludar?  Sí, sí, no os deis golpes de pecho, que todos lo hacemos. Para eso son muy socorridas las gafas de sol. Al no ver tus ojos puedes hacerte la longui, como decimos en Cádiz. Con un poco de suerte el interfecto sentirá tan pocas ganas como tú, pasará mirando hacia otro lado, como tú, y la cosa quedará ahí, en un suspiro de alivio mutuo.
Pero hay ocasiones en que el hado se las apaña para ponértelo más complicado. Se puede dar la circunstancia de que el otro sí que tenga ganas de pararse contigo horas o días divagando y charlando sobre el sexo de los ángeles y que tú no tengas tiempo ni ganas de tanta historia.
En esos casos he descubierto que, desde que soy madre, he perdido  facultades de escaqueo, y mis dotes para el camuflaje. Antes, si me pasaba en un hipermercado, por ejemplo, me bastaba con detenerme en una estantería, de espaldas y en el ángulo apropiado, hasta que pasara el peligro, aunque para disimular tuviera que coger el primer artículo que me viniera a la vista -imaginemos, algo tan poco glamouroso como una pomada para las almorranas- y leerme el prospecto en cuatro idiomas. Haciendo uso, una vez más, de la técnica camaleón, (al que en adelante apodaré "Pascal" en recuerdo a la mascota de Rapunzel, -perdonadme, pero tener niños es lo que tiene, te acabas aprendiendo todos los personajes de las películas Disney, entre otras-) en este caso por dos habilidades envidiables en tan curioso animalillo: la mímesis y la habilidad para mover los ojos dejando inmóvil el resto de los músculos del cuerpo. El sigilo también es una cualidad importante en estas peliagudas situaciones. Esta táctica solía funcionar. Pero cuando vas con tu prole (al menos con la mía) es de todo punto imposible pasar desapercibida. Si no estoy riñendo a uno, la otra está en plena coreografía de Frozen en mitad del pasillo, o el chico está gritando y haciéndose el adorable ante todos los abuelos o potenciales abuelos que pasan por su lado haciéndole carantoñas. Con estos paños, del saludo no te libra ni la Santísima Trinidad y toda la pléyade Apostólica. Os lo digo yo.
Pero si vas sin niños, la cosa es más sencilla... Hace poco me pasó que estaba disfrutando de mi libro electrónico en un bar mientras degustaba un refrescante zumo de naranja y, en pleno ensimismamiento, oí una voz conocida a mis espaldas: "¡Horror! ¡Conocido incómodo, estentóreo y besucón a tus seis!" Me susurró desde el hombro mi mini-yo antisocial y arisco cual gato remojado. ¿Qué hago? No tengo escapatoria...  Mientras aguardaba  con resignación lo inevitable, el destino decidió sonreirme esta vez y el individuo sentó sus posaderas dos mesas más atrás junto con su acompañante. Respiré aliviada. Iba pasando el tiempo; el zumo casi apurado, al libro dejé de prestarle atención porque tenía que irme a currar y no sabía qué hacer para pagar e irme sin necesidad de llevarme puestos dos sonoros y húmedos besos en las mejillas. Es en momentos así cuando de verdad desearía mimetizarme con la pared, hacerme invisible como Pascal.
La coyuntura no era de lo más halagüeña para salir airosa, puesto que el local era estrecho, con dos hileras de mesas en dirección a la salida y un angosto pasillo en medio que terminaba en la puerta.
No obstante, y contra todo pronóstico, una vez más la suerte fue mi aliada y quiso que el objeto de mis cuitas se viera en la necesidad de cambiarle el agua al canario. Para momentos así, de alta peligrosidad, cuando el instante de establecer contacto visual es ya casi inminente -lo que hemos de rehuir a toda costa- nada mejor que buscar algo en el bolso o enfrascarse en la agenda del móvil, agachando la cabeza y con cara de gran concentración por si, a pesar de todas las precauciones, el otro acaba viéndote. Mejor disimular y que parezca que, verdaderamente, no habías notado su presencia. Tampoco es cuestión de ser descortés, llegado el caso.
Una vez más, como decía, la cosa resultó a mi favor. El hombre se fue tan ufano al miccionario... Yo pensé: "esta es la mía, ahora o nunca" Me levanté y me acerqué a la barra a pagar mi consumición -afortunadamente el camarero fue rápido- y conseguí salir del local, si bien de un modo un tanto atolondrado, pero sin tirar ninguna silla, victoriosa y con mis mejillas bien sequitas. ¡Prueba superada!
Sin embargo en otras muchas ocasiones no he salido airosa con el mismo sujeto. A veces la morfología del lugar lo hace imposible, o el camarero no te hace ni caso y tienes que ir a pagar a la barra -tampoco es plan de  irte haciendo un simpa por pecar un pelín de antisocial, ¿no?-, y allí está él. Apoyado en la barra, soltando su disertación a pleno pulmón para que queden bien patentes sus dotes para la oratoria, su cultura y su "mundo", detalles todos que, otrora lo dotaran de un sex appeal irresistible para el sexo opuesto. Personajes así, tipo pulpo, (animal que,  por cierto,  en algunos especímenes comparte la capacidad de mímesis con nuestro querido Pascal) son altamente difíciles de esquivar porque, mientras abren sus plumas cual pavo real, en plena exhibición pre-nupcial, van fijando objetivos con su mira telescópica y sus víctimas tienen pocas posibilidades de librarse de sus tentáculos. En esos casos no queda otra que mostrar la mejor de las sonrisas y rendirse a lo inevitable cruzando los dedos para que el achuchón y la charla sea lo más breve y llevadera posible. Todos sea en aras del cumplimento del consabido y omnipresente contrato social.