domingo, 13 de noviembre de 2016

Los Pokemons

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Parece que ha decaído la moda de los Pokemon Go... Parece. Tampoco es que yo esté muy puesta en estas lides, todo hay que decirlo. Este medio que actualmente utilizo es todo un alarde de modernidad para mí. Yo soy más de escribir a mano, de boli BIC Cristal -soy de las que recuerdan perfectamente la cancioncilla de BIC Naranja escribe fino, BIC Cristal escribe normal- o de "teclorrea impenitente".
Pues, a lo que iba... parece que hay menos pollinos arriesgando el pellejo por capturar muñequitos virtuales. O ya no es noticia.  Perdonadme por el insulto gratuito a los seguidores de semejante jueguecito, pero es que me horroriza vivir en una época tan débil de mente. Ya hay un síndrome, con su nombre y todo -que no voy a buscar porque simplemente no me apetece- para los chavales que dejan de salir de sus casas y se pasan el día entero encerrados entre cuatro paredes haciendo una vida virtual. En algunos casos  sus psicólogos alegarán: "Vos sabés que es por miedo a la sociedad". Vamos, al contacto real con los demás seres humanos. Sin embargo, no manifiestan temor a compartir sin pudor alguno sus intimidades más profundas, desde pecados inconfesables hasta fotos de sus partes pasando por trivialidades hasta de cierto tono escatológico, vamos, me refiero a que publican hasta cuando van al retrete... La sociedad les da pavor, pero a ese monstruo, ese que puede fagocitarte hasta la médula y que anida en las redes sociales mal entendidas, ese al que no conocen ni conocerán nunca ni pueden controlar, a ese, precisamente al más peligroso, le confían hasta su ser más íntimo.
Así, es normal que te encuentres con escenas tan surrealistas como una pandilla que, si en mi época compartía risas, refrescos y gusanitos de maíz, hoy se enfrasca, cabizbaja en su móvil o tablet en conversaciones o juegos para construir ciudades  sin intercambiar una mirada. Y digo yo que, si tan grande es su interés por el urbanismo, bien podrían dedicarse a estudiar arquitectura, que es más productivo y estimula más las neuronas, ¿no?.
Ya no se cuentan chistes, se comparten por Internet o por el móvil.  Es más,  como decía, me aterra comprobar que muchos jóvenes ya no se miran a los ojos, sólo se ven ven a través de una pantalla, normalmente de móvil.  Y lo más triste, las parejas a veces, tras semanas bloqueando los mensajes de su media naranja en una moderna versión de la guerra fría amorosa, ya ni siquiera cortan cara a cara, lo hacen por Whatsapp... que tiene guasa la cosa (si me permiten tan facilón y manido juego de palabras). O sea, que utilizamos estos rectángulos de plástico, y metal, cargaditos de circuitos integrados a modo de parapeto o máscara para no dar la cara, igualito que si nos moviéramos en un baile de Carnaval dieciochesco... para que luego digan que no está todo inventado.
Pero las lágrimas que se lloran cuando por fin se cae el antifaz no son de cristal líquido, ¿verdad? Ahí seguimos siendo humanos.
Sin embargo no caigáis en la crítica fácil a mi disertación pensando que critico las redes sociales o la red. Para nada. Sería muy incoherente por mi parte hacerlo, además,  por este medio. Al contrario, me parecen un instrumento que vale su paso en oro y que si hubiera existido en mi época me habría facilitado muchas cosas; como buscar información para los trabajos del cole o ahorrar una pasta en fotocopias y habría resuelto muchas de mis numerosas dudas que en su momento hubieron de esperar. Como descubrir, cuando apenas contaba once años, que la música que salía en el anuncio del perfume Lou Lou de Cacharel era la Pavana de Fauré. Para saberlo tuve que tragarme horas y horas de Radio Dos Clásica hasta que lo logré. Eso sí, escuchar música nunca supuso un sacrificio para mí y la búsqueda de melodías me hizo descubrir otras muchas que, de otro modo me habrían pasado desapercibidas. Además, si los  de mi generación y todas las  anteriores a esta era tecnológica hubiéramos contado con estas herramientas no habríamos tenido que tirarnos de los pelos al perder el papelito donde el nuevo amigo del último verano nos apuntó su dirección y número de teléfono. Hoy en día están las redes sociales y no sólo puedes localizar a casi todo quisque, sino que no tienes que gastar en papel, tinta, sobres y sellos, amén de la inmediatez de la información, que tampoco es una cualidad nada despreciable.
También tiene sus desventajas, claro está, y es que no puedes hacerte el sordo para según qué cosas. Si estas conectado, lo estarás hasta sus últimas consecuencias y nadie se va a tragar que llevas un mes sin mirar el Whatsapp y si quieren dar contigo, es casi inevitable: Facebook, e-mail, Whatsapp, Twitter... Demasiadas formas de conexión para escapar a todas.
Lo que no entiendo es cómo los famosos, que tanto se quejan del acoso al que viven sometidos por sus fans, se crean sus páginas en dichas redes publicando fotos, opiniones, etc... Supongo que la publicidad le agrada a todo el mundo,  sobre todo si, digas lo que digas,  vives de tu imagen, siempre que no sea sin tu consentimiento. Pero no deja de ser un contrasentido, al menos en mi humilde opinión.
¿A dónde no habrían llegado mentes privilegiadas como las de Copérnico o Einstein, sin necesidad de irnos tan lejos en el tiempo, con el acceso  casi ilimitado a la información y a las  demás personas del que disfrutamos ahora?  Hasta el infinito y más allá...
O no... vaya usted a saber... Igual sus mentes, a fuerza de no esforzarse (si me permiten la redundancia) se habrían atrofiado y habrían acabado cazando pokemons, aunque lo dudo. Más bien, imagino que viendo tal grado de infantilidad entre hombres y mujeres hechos y derechos, se abrirían las venas. Imaginen qué pensarían de nosotros los espartanos en la batalla de las Termópilas si un oráculo les cuenta que este iba a ser el futuro de algunos de sus descendientes. Estos no se abrirían las venas, tirarían al visionario por el precipicio por loco, por lo menos...
Vivir para ver...

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