

¿No os habéis visto nunca en esa situación tan incómoda de ver a alguien de lejos a quien no queréis saludar? Sí, sí, no os deis golpes de pecho, que todos lo hacemos. Para eso son muy socorridas las gafas de sol. Al no ver tus ojos puedes hacerte la longui, como decimos en Cádiz. Con un poco de suerte el interfecto sentirá tan pocas ganas como tú, pasará mirando hacia otro lado, como tú, y la cosa quedará ahí, en un suspiro de alivio mutuo.
Pero hay ocasiones en que el hado se las apaña para ponértelo más complicado. Se puede dar la circunstancia de que el otro sí que tenga ganas de pararse contigo horas o días divagando y charlando sobre el sexo de los ángeles y que tú no tengas tiempo ni ganas de tanta historia.
En esos casos he descubierto que, desde que soy madre, he perdido facultades de escaqueo, y mis dotes para el camuflaje. Antes, si me pasaba en un hipermercado, por ejemplo, me bastaba con detenerme en una estantería, de espaldas y en el ángulo apropiado, hasta que pasara el peligro, aunque para disimular tuviera que coger el primer artículo que me viniera a la vista -imaginemos, algo tan poco glamouroso como una pomada para las almorranas- y leerme el prospecto en cuatro idiomas. Haciendo uso, una vez más, de la técnica camaleón, (al que en adelante apodaré "Pascal" en recuerdo a la mascota de Rapunzel, -perdonadme, pero tener niños es lo que tiene, te acabas aprendiendo todos los personajes de las películas Disney, entre otras-) en este caso por dos habilidades envidiables en tan curioso animalillo: la mímesis y la habilidad para mover los ojos dejando inmóvil el resto de los músculos del cuerpo. El sigilo también es una cualidad importante en estas peliagudas situaciones. Esta táctica solía funcionar. Pero cuando vas con tu prole (al menos con la mía) es de todo punto imposible pasar desapercibida. Si no estoy riñendo a uno, la otra está en plena coreografía de Frozen en mitad del pasillo, o el chico está gritando y haciéndose el adorable ante todos los abuelos o potenciales abuelos que pasan por su lado haciéndole carantoñas. Con estos paños, del saludo no te libra ni la Santísima Trinidad y toda la pléyade Apostólica. Os lo digo yo.
Pero si vas sin niños, la cosa es más sencilla... Hace poco me pasó que estaba disfrutando de mi libro electrónico en un bar mientras degustaba un refrescante zumo de naranja y, en pleno ensimismamiento, oí una voz conocida a mis espaldas: "¡Horror! ¡Conocido incómodo, estentóreo y besucón a tus seis!" Me susurró desde el hombro mi mini-yo antisocial y arisco cual gato remojado. ¿Qué hago? No tengo escapatoria... Mientras aguardaba con resignación lo inevitable, el destino decidió sonreirme esta vez y el individuo sentó sus posaderas dos mesas más atrás junto con su acompañante. Respiré aliviada. Iba pasando el tiempo; el zumo casi apurado, al libro dejé de prestarle atención porque tenía que irme a currar y no sabía qué hacer para pagar e irme sin necesidad de llevarme puestos dos sonoros y húmedos besos en las mejillas. Es en momentos así cuando de verdad desearía mimetizarme con la pared, hacerme invisible como Pascal.
La coyuntura no era de lo más halagüeña para salir airosa, puesto que el local era estrecho, con dos hileras de mesas en dirección a la salida y un angosto pasillo en medio que terminaba en la puerta.
No obstante, y contra todo pronóstico, una vez más la suerte fue mi aliada y quiso que el objeto de mis cuitas se viera en la necesidad de cambiarle el agua al canario. Para momentos así, de alta peligrosidad, cuando el instante de establecer contacto visual es ya casi inminente -lo que hemos de rehuir a toda costa- nada mejor que buscar algo en el bolso o enfrascarse en la agenda del móvil, agachando la cabeza y con cara de gran concentración por si, a pesar de todas las precauciones, el otro acaba viéndote. Mejor disimular y que parezca que, verdaderamente, no habías notado su presencia. Tampoco es cuestión de ser descortés, llegado el caso.
Una vez más, como decía, la cosa resultó a mi favor. El hombre se fue tan ufano al miccionario... Yo pensé: "esta es la mía, ahora o nunca" Me levanté y me acerqué a la barra a pagar mi consumición -afortunadamente el camarero fue rápido- y conseguí salir del local, si bien de un modo un tanto atolondrado, pero sin tirar ninguna silla, victoriosa y con mis mejillas bien sequitas. ¡Prueba superada!
Sin embargo en otras muchas ocasiones no he salido airosa con el mismo sujeto. A veces la morfología del lugar lo hace imposible, o el camarero no te hace ni caso y tienes que ir a pagar a la barra -tampoco es plan de irte haciendo un simpa por pecar un pelín de antisocial, ¿no?-, y allí está él. Apoyado en la barra, soltando su disertación a pleno pulmón para que queden bien patentes sus dotes para la oratoria, su cultura y su "mundo", detalles todos que, otrora lo dotaran de un sex appeal irresistible para el sexo opuesto. Personajes así, tipo pulpo, (animal que, por cierto, en algunos especímenes comparte la capacidad de mímesis con nuestro querido Pascal) son altamente difíciles de esquivar porque, mientras abren sus plumas cual pavo real, en plena exhibición pre-nupcial, van fijando objetivos con su mira telescópica y sus víctimas tienen pocas posibilidades de librarse de sus tentáculos. En esos casos no queda otra que mostrar la mejor de las sonrisas y rendirse a lo inevitable cruzando los dedos para que el achuchón y la charla sea lo más breve y llevadera posible. Todos sea en aras del cumplimento del consabido y omnipresente contrato social.
Pero hay ocasiones en que el hado se las apaña para ponértelo más complicado. Se puede dar la circunstancia de que el otro sí que tenga ganas de pararse contigo horas o días divagando y charlando sobre el sexo de los ángeles y que tú no tengas tiempo ni ganas de tanta historia.
En esos casos he descubierto que, desde que soy madre, he perdido facultades de escaqueo, y mis dotes para el camuflaje. Antes, si me pasaba en un hipermercado, por ejemplo, me bastaba con detenerme en una estantería, de espaldas y en el ángulo apropiado, hasta que pasara el peligro, aunque para disimular tuviera que coger el primer artículo que me viniera a la vista -imaginemos, algo tan poco glamouroso como una pomada para las almorranas- y leerme el prospecto en cuatro idiomas. Haciendo uso, una vez más, de la técnica camaleón, (al que en adelante apodaré "Pascal" en recuerdo a la mascota de Rapunzel, -perdonadme, pero tener niños es lo que tiene, te acabas aprendiendo todos los personajes de las películas Disney, entre otras-) en este caso por dos habilidades envidiables en tan curioso animalillo: la mímesis y la habilidad para mover los ojos dejando inmóvil el resto de los músculos del cuerpo. El sigilo también es una cualidad importante en estas peliagudas situaciones. Esta táctica solía funcionar. Pero cuando vas con tu prole (al menos con la mía) es de todo punto imposible pasar desapercibida. Si no estoy riñendo a uno, la otra está en plena coreografía de Frozen en mitad del pasillo, o el chico está gritando y haciéndose el adorable ante todos los abuelos o potenciales abuelos que pasan por su lado haciéndole carantoñas. Con estos paños, del saludo no te libra ni la Santísima Trinidad y toda la pléyade Apostólica. Os lo digo yo.
Pero si vas sin niños, la cosa es más sencilla... Hace poco me pasó que estaba disfrutando de mi libro electrónico en un bar mientras degustaba un refrescante zumo de naranja y, en pleno ensimismamiento, oí una voz conocida a mis espaldas: "¡Horror! ¡Conocido incómodo, estentóreo y besucón a tus seis!" Me susurró desde el hombro mi mini-yo antisocial y arisco cual gato remojado. ¿Qué hago? No tengo escapatoria... Mientras aguardaba con resignación lo inevitable, el destino decidió sonreirme esta vez y el individuo sentó sus posaderas dos mesas más atrás junto con su acompañante. Respiré aliviada. Iba pasando el tiempo; el zumo casi apurado, al libro dejé de prestarle atención porque tenía que irme a currar y no sabía qué hacer para pagar e irme sin necesidad de llevarme puestos dos sonoros y húmedos besos en las mejillas. Es en momentos así cuando de verdad desearía mimetizarme con la pared, hacerme invisible como Pascal.
La coyuntura no era de lo más halagüeña para salir airosa, puesto que el local era estrecho, con dos hileras de mesas en dirección a la salida y un angosto pasillo en medio que terminaba en la puerta.
No obstante, y contra todo pronóstico, una vez más la suerte fue mi aliada y quiso que el objeto de mis cuitas se viera en la necesidad de cambiarle el agua al canario. Para momentos así, de alta peligrosidad, cuando el instante de establecer contacto visual es ya casi inminente -lo que hemos de rehuir a toda costa- nada mejor que buscar algo en el bolso o enfrascarse en la agenda del móvil, agachando la cabeza y con cara de gran concentración por si, a pesar de todas las precauciones, el otro acaba viéndote. Mejor disimular y que parezca que, verdaderamente, no habías notado su presencia. Tampoco es cuestión de ser descortés, llegado el caso.
Una vez más, como decía, la cosa resultó a mi favor. El hombre se fue tan ufano al miccionario... Yo pensé: "esta es la mía, ahora o nunca" Me levanté y me acerqué a la barra a pagar mi consumición -afortunadamente el camarero fue rápido- y conseguí salir del local, si bien de un modo un tanto atolondrado, pero sin tirar ninguna silla, victoriosa y con mis mejillas bien sequitas. ¡Prueba superada!
Sin embargo en otras muchas ocasiones no he salido airosa con el mismo sujeto. A veces la morfología del lugar lo hace imposible, o el camarero no te hace ni caso y tienes que ir a pagar a la barra -tampoco es plan de irte haciendo un simpa por pecar un pelín de antisocial, ¿no?-, y allí está él. Apoyado en la barra, soltando su disertación a pleno pulmón para que queden bien patentes sus dotes para la oratoria, su cultura y su "mundo", detalles todos que, otrora lo dotaran de un sex appeal irresistible para el sexo opuesto. Personajes así, tipo pulpo, (animal que, por cierto, en algunos especímenes comparte la capacidad de mímesis con nuestro querido Pascal) son altamente difíciles de esquivar porque, mientras abren sus plumas cual pavo real, en plena exhibición pre-nupcial, van fijando objetivos con su mira telescópica y sus víctimas tienen pocas posibilidades de librarse de sus tentáculos. En esos casos no queda otra que mostrar la mejor de las sonrisas y rendirse a lo inevitable cruzando los dedos para que el achuchón y la charla sea lo más breve y llevadera posible. Todos sea en aras del cumplimento del consabido y omnipresente contrato social.
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