sábado, 1 de octubre de 2016

El contrato social.

Resultado de imagen de increible pero falso
Qué situación más bochornosa cuando sueltas un comentario sin mala intención y suena como el culo. Por ejemplo, estás escuchando música y suena alguna antigualla desfasada (ojo, que a mí me gustan, generalmente) y el que está contigo dice: "ooooh, los Wonders ( el nombre del grupo me lo he inventado,  que conste, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia), ya no quedan grupos así, ¿eh?, ¿te acuerdas de chalalalalalaaaaa  pim pim? (canturreando)" Y se empieza a emocionar tratando de hacerte partícipe de su éxtasis cuando tú vas y le sueltas un sincero y nada malintencionado pero no muy cortés: "no, no los recuerdo, cuando yo nací seguramente ya se habían jubilado"... Ante la cara de coitus interruptus de tu interlocutor, al que se le acaban de caer cuatro décadas encima como por arte de magia, te apresuras a añadir: "que no te estoy llamando viejo, con lo bien que te conservas..." y piensas, cada vez más colorada: "mierda,  otras dos décadas, mira que decirle que se conserva bien, si es la momia de Tutankamon, se va a creer que te estás cachondeando; anda cállate ya, que cada vez lo pones peor... a ver cómo puñetas sales de esta"
El pobre hombre sonríe forzadamente y se va cagando leches  a comprarse el primer tinte que encuentre en la farmacia de guardia. Si es que no se puede ser sincero, hay que seguir las normas del contrato social, por favor.
El otro día me contaba mi marido una conversación que oyó por casualidad pasando junto a un grupo de mujeres de mediana edad.  Al parecer, una trataba de halagar a otra diciéndole: "Hay que ver lo guapa que estás, Fulanita" -bien hasta ahí-. Y a continuación comenta: "y eso que estás una jartá de gorda..." Este es el momento en que la sonrisa de la persona objeto del piropo se congela mientras pone en movimiento todos los engranajes de su cerebro para devolvérsela a la "amiga" esa, más fea que un callo. Desde luego, con amigas como  esa ¿para qué  quieres enemigas?
¿Y cuando eres testigo de una situación, digamos, incómoda, en la que sientes vergüenza ajena y no sabes hacia dónde mirar? Frases como: "Menganita, qué guapa te dejaron en la "pelu" para la boda esa a la que fuiste, no parecias ni tú". Ea, ya metió la pata "hasta el cuadril", es cuestión de tiempo que  la otra se dé cuenta de que lo que le está diciendo en realidad es que, normalmente, está fea. Adornémoslo como queramos, pero ese es el mensaje subyacente, simple y llanamente.  En ocasiones así piensas: "menos mal que no lo he dicho yo" y, según lo morboso que seas: "como la afectada le conteste me voy al servicio" o "la que se va a liar, esta no me la pierdo..."
Y todo porque el subconsciente es muy traicionero y a veces nos juega malas pasadas. Lo que verdaderamente pensamos de los demás está ahí, latente, agazapado, esperando pillarte en un renuncio para ponerte en situaciones difíciles que te hacen desear hacer un agujerito bajo tus pies para que la tierra te trague. No nos engañemos, por muchos intentos que hagamos, salvo que se sea muy, pero que muy flower-power, la sinceridad, tras dura pugna con lo "políticamente correcto" al final, de una forma u otra, acaba saliendo a la luz y te deja con el culo al aire. Maldita sea, -piensas- ¿por qué no me habré mordido la lengua? Vamos, vamos, no miréis a otro lado, que a todos nos ha pasado alguna vez.
Y en realidad, estos malos tragos pasan por culpa del dichoso contrato social, que ya he mencionado. ¿Quién habrá acuñado ese término? Y, además, ¿qué contrato? Yo no he firmado nada acerca de no meter la gamba. Y tampoco creí haber llegado a ningún acuerdo verbal. Alguien debió hacerlo por nosotros hace mucho y ahora, así nos vemos. Una vez vi una película no muy comercial pero bastante interesante. Al menos te hacía pensar. Se titulaba La Invención de la Mentira, aunque en España lo tradujeron con el juego de palabras Increíble pero falso. No sé a qué viene esa manía de cambiar los títulos de los films de forma rocambolesca, como, por ejemplo, ponerle Sonrisas y Lágrimas a la que originalmente se llamaba El Sonido de la Música. Bueno, ese es otro tema, ya me estoy yendo por las ramas. Iba a hablar de la película aquí titulada Increíble pero falso. Para quien no la conozca se desarrolla en un mundo en el que no existe la mentira, ni siquiera la "piadosa". No me digáis que no habéis estado en situaciones en las que expulsaríais todo lo que lleváis dentro,  cual posesos, esas veces en que a todos nos gustaría tener una boca prestada. Para eso no hay nada mejor que una tajá como un piano. El alcohol es el mejor estímulo para la sinceridad más pura e inocente. Por algo se dice que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. Es por ello que las copitas de más están contraindicadas en ciertos ambientes en los que siempre -aviso a los navegantes-, repito, siempre y sin excepción hay que ser estricto cumplidor del contrato al que me referí más arriba. Hablo de contextos como la comida de Navidad con los jefes y compañeros de trabajo o celebraciones de índole familiar  sobre todo si está la parte política presente (la temida y mítica figura de la suegra en este caso es la más susceptible de ponernos en situaciones comprometidas que ponen a prueba nuestra capacidad de autocontrol). En esos casos desaconsejo absolutamente el consumo no moderado de bebidas espirituosas. El moderado es, a veces, incluso recomendable porque, sin él, a ver quién es el guapo que aguanta. .. Aquí, si contestas a ciertos comentarios con total sinceridad tienes un 99 por ciento de probabilidades de divorciarte o de quedarte en el paro. Y como, normalmente, ninguna de las dos situaciones son deseables, mejor atenerse a la letra pequeña del encorsetado contrato y sonreír y morderse la lengua hasta la sangre. Pero en momentos en los que hay menos o nada que perder, merece la pena soltar alguna que otra verdad del barquero, que luego se acumulan, se hacen bola y el día que, inevitablemente nos cogen con la guardia baja o con las narices muy hinchadas soltamos la bomba de Hiroshima... Yo, la verdad, y aun  a riesgo de ir llorando por las esquinas a golpe de ataque de sinceridad ajena, agradecería poder ser más clarita con los demás, sobre todo con algunos especímenes que me ponen en el disparador cada día y por los que agradecería vivir, aunque sólo fuera unas horas en ese paraíso de los antisociales que retrata esa película. Compañeros de trabajo, vecinos, madres del colegio, caraduras en la cola del supermercado, y un largo etcétera se llevaría su merecido si no fuera porque el puñetero contrato social te aconseja callar y ejercitar la diplomacia más que en las Naciones Unidas. Vuelvo a soñar con un mundo sin  hipocresía.  Buena película. La recomiendo muy encarecidamente.

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