miércoles, 19 de octubre de 2016

Mamás "Barbie"

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He de reconocer que yo nunca fui una niña típica de las que lloraban con Candy, Candy (para quien no la conozca era una  popular serie manga que ponían los domingos por la tarde allá por los ochenta, muy, pero que muy lacrimógena), de las que querían casarse con Donovan, el de "V", o que con nueve años estuviera enamorada del vecino. No era mi estilo. No tuve prisa por salir con chicos, por pintarme o ponerme tacones, etc. Bueno, en realidad sigo sin ser muy aficionada al maquillaje ni a la autotortura de los tacones de aguja. A lo mejor por eso el otro día, al entrar en la clínica donde me están dando fisioterapia a ver si me quitan la contractura que me hace ponerme tan altiva cada dos por tres -ya sabéis a qué me refiero- me vi en una situación muy curiosa.
Iba con vaquero corto, sandalias, camiseta deportiva, bolso en bandolera y el pelo recogido en una coleta. Cada elemento de mi look tenía un propósito. Las sandalias para afrontar la caminata con comodidad y a paso ligero, el vaquero corto y la camiseta porque la lámpara de infrarrojos me hacen sentirme pecadora en el infierno, así que hay que ir fresquita, y la coleta para facilitar los masajes  en el trapecio y evitar que se me manche el pelo con el gel para los ultrasonidos. Vamos, que no iba así por gusto, aunque en verano sea muy típico en mí. Pues resulta que, con esa pinta, al pasar por el umbral de la clínica una señora le dijo a su nieta: "deja pasar a la nena". Miré hacia un lado y hacia el otro, hacia delante y hacia detrás. No cabía duda; la nena ERA YO. Dos pasos más adelante un señor mayor, tras oír mis "buenas tardes" me dijo: "Hola, guapa" con sonrisa y expresión paternalista, como si le pillara por sorpresa el hecho de que una pipiola, a la sazón, yo, fuera tan educada. No quisiera hacerle perder su esperanza en una juventud bien educada, buen hombre,  pero ya cuento cuarenta primaveras a mis espaldas, mi generación ya no se puede tildar de joven (al menos no tanto como él creyó).
Pero vamos, a lo que iba. Yo tenía muñecas y Barbies y la famosa Cabecita Mágica, o sea, un busto de muñeca para peinar y pintar. Pero también tenía coches pequeños de metal, clicks de Playmobil, el Exin Castillos, etc... es decir, que también me gustaba jugar a cosas típicas de niños. Con ello me vengo a referir a que nunca fui -ni soy ahora- la típica aspirante a princesita de cuento de hadas/supermodelo hiper preocupada por su imagen/empalagosa/edulcorada... Vamos, que nunca he sido de las que suben el azúcar con sólo mirarlas ni  tampoco una precoz depredadora sexual. Mis intereses estaban en otra parte. Yo soñaba con ser independiente económicamente y con poder viajar. Lo de pintarme y ponerme tacones me la traía al fresco. Nunca pensé que mi felicidad pasara necesariamente por casarme, si el amor venía, bienvenido fuera, y si no, pues allá él. Tenía amigas para las que quedarse solteras habría sido un verdadero drama. No era mi caso. Sin embargo siempre deseé ser madre, y si no hubiera tenido pareja, habría recurrido a la inseminación o a la adopción, seguro. Creo que esa mentalidad independiente y, en cierto sentido feminista, debo agradecérsela a mis padres, especialmente a mi madre, que no hizo de mí una mini mujer, y que, junto a mi padre propició una educación en valores como el esfuerzo, la responsabilidad y el respeto y que, con muchos detalles hicieron que disfrutara de una larga infancia, una intensa adolescencia y una serena juventud. Cada cosa a su tiempo. Como debe ser.
Hoy, en plena madurez, aunque a veces no lo aparente, puedo mirar con perspectiva la educación que algunos padres, especialmente madres, están dando a sus hijas. Las pintan desde muy niñas, las visten como Barbies en miniatura y celebran sus cumpleaños desde los  siete en sitios especialmente pensados para inculcar en ellas el culto al cuerpo, a la moda y al aparentar desde su más tierna infancia, como si fueran las protagonistas de Sexo en Nueva York en versión liliputiense. O en la última barbaridad que he oído: el SPA para niñas. Toma ya. SPA para niñas. Es el colmo. No quiero ni imaginar las conversaciones que  pueden tener las niñas en esos sitios, pero no creo que hablen de mascotas, por ejemplo, ni que jueguen a los típicos juegos infantiles, como se hacía en mi  época. Más bien hablarán de las series esas pensadas para preadolescentes tan poco educativas, de ídolos juveniles que en su día protagonizaron series y hoy son muñecas rotas, desorientadas y adictas a casi todo, modelos para nada aconsejables. O pensarán en el hombre de sus sueños, en lugar de jugar, junto a sus compañeros niños  en la calle,  al "matar" (también conocido como balón-tiro"), al pañolito, o yo que sé, a cualquier juego infantil  antiguo o inventado. A ver, mamás "Barbie" - estoy segura de que más de uno conocerá especímenes de este tipo- que eso de querer mini-yos está muy bien, que todas hemos pasado por esa etapa en la que deseábamos pintarnos, dar y recibir nuestro primer beso, por supuesto, pero a la edad adecuada, en su momento y no, desde luego, a los siete años.  Esa no es edad, desde mi punto de vista, de separarlos por sexos: las niñas con cosas de niñas, los niños con cosas de niños, ni para acostumbrarlas a los cosméticos ni para prepararlas para convertirse en top model. Dejemos que sean niñas, el mayor tiempo posible, que no lleguen a la adolescencia cansadas de todo, y que llegada la juventud, sean lo suficientemente maduras, gracias a una maduración -valga la redundancia- en el árbol,  no en cámara, descubran que la realidad no es una serie "Disney" ni un mágico mundo de colores y, para eso... hay que estar preparada. No creo que convertirlas en consumidoras de marcas de moda y cosméticos desde pequeñas, y hacerlas creer que se convertirán en top models -vocación frustrada de la mayoría de dichas madres- sea la mejor receta para prepararlas para el mundo, ni mucho menos. Muy al contrario, más bien las abocará al más estrepitoso de los fracasos y se perderán muchas cosas bonitas y divertidas de ser niñas por vivir como pequeñas mujeres. Sin olvidar que las mini Barbies suelen apartar y rechazar a los que están "en otra onda", lejos del mundo de la moda y del aparentar,  creando su círculo cerrado de amistades. Las pequeñas, emulando a sus madres, en su versión en miniatura de la sociedad van plantando la semilla del sectarismo y el clasismo para, el día de mañana, ser tan elitistas cono sus mamis. A esas mamás les aconsejo que empiecen por ellas mismas y tengan un poco de personalidad, que no se lo pongan tan fácil a este mundo superficial, artificial y comercial. Que la felicidad no pasa por renovar el armario cada temporada, que se puede vivir sin conocer la marca de los vaqueros que llevan las demás madres o si su indumentaria es de hace dos o mil temporadas. Que hay
vida más allá de las revistas de moda y que no es bueno etiquetar a la gente por su aspecto. Que se puede ser hermosa sin tener una talla 38 y elegante con ropa pasada de moda, que a la piel le viene super bien respirar y que no siempre se está más guapa por ir pintada como Toro Sentado. Que recuperen la naturalidad, o al  menos, que no se la arrebaten a sus hijas, haciéndolas copias de sí mismas.
Pero como no hay mayor verdad que la que encierra el refrán español "A quien escupe para arriba, encima le cae", no seré yo quien ponga la mano en el fuego asegurando que mi niña nunca será así. Por eso, yo como madre de niña  que apunta maneras de rebelde, experta en equivocarme, y potencialmente contraria a las tendencias de mi prole, (qué miedo de adolescencia) ruego a mis conocidos que, si alguna vez peco de incoherencia en este sentido, me den un "capón" y me recuerden todo lo que acabo de escribir. Amén.
P.D.: Además, no maltratar a la piel con potingues desde pequeña tiene sus ventajas... os lo dice la nena.

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