viernes, 28 de octubre de 2016

Mímesis: Octopus vs. "Pascal"

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¿No os habéis visto nunca en esa situación tan incómoda de ver a alguien de lejos a quien no queréis  saludar?  Sí, sí, no os deis golpes de pecho, que todos lo hacemos. Para eso son muy socorridas las gafas de sol. Al no ver tus ojos puedes hacerte la longui, como decimos en Cádiz. Con un poco de suerte el interfecto sentirá tan pocas ganas como tú, pasará mirando hacia otro lado, como tú, y la cosa quedará ahí, en un suspiro de alivio mutuo.
Pero hay ocasiones en que el hado se las apaña para ponértelo más complicado. Se puede dar la circunstancia de que el otro sí que tenga ganas de pararse contigo horas o días divagando y charlando sobre el sexo de los ángeles y que tú no tengas tiempo ni ganas de tanta historia.
En esos casos he descubierto que, desde que soy madre, he perdido  facultades de escaqueo, y mis dotes para el camuflaje. Antes, si me pasaba en un hipermercado, por ejemplo, me bastaba con detenerme en una estantería, de espaldas y en el ángulo apropiado, hasta que pasara el peligro, aunque para disimular tuviera que coger el primer artículo que me viniera a la vista -imaginemos, algo tan poco glamouroso como una pomada para las almorranas- y leerme el prospecto en cuatro idiomas. Haciendo uso, una vez más, de la técnica camaleón, (al que en adelante apodaré "Pascal" en recuerdo a la mascota de Rapunzel, -perdonadme, pero tener niños es lo que tiene, te acabas aprendiendo todos los personajes de las películas Disney, entre otras-) en este caso por dos habilidades envidiables en tan curioso animalillo: la mímesis y la habilidad para mover los ojos dejando inmóvil el resto de los músculos del cuerpo. El sigilo también es una cualidad importante en estas peliagudas situaciones. Esta táctica solía funcionar. Pero cuando vas con tu prole (al menos con la mía) es de todo punto imposible pasar desapercibida. Si no estoy riñendo a uno, la otra está en plena coreografía de Frozen en mitad del pasillo, o el chico está gritando y haciéndose el adorable ante todos los abuelos o potenciales abuelos que pasan por su lado haciéndole carantoñas. Con estos paños, del saludo no te libra ni la Santísima Trinidad y toda la pléyade Apostólica. Os lo digo yo.
Pero si vas sin niños, la cosa es más sencilla... Hace poco me pasó que estaba disfrutando de mi libro electrónico en un bar mientras degustaba un refrescante zumo de naranja y, en pleno ensimismamiento, oí una voz conocida a mis espaldas: "¡Horror! ¡Conocido incómodo, estentóreo y besucón a tus seis!" Me susurró desde el hombro mi mini-yo antisocial y arisco cual gato remojado. ¿Qué hago? No tengo escapatoria...  Mientras aguardaba  con resignación lo inevitable, el destino decidió sonreirme esta vez y el individuo sentó sus posaderas dos mesas más atrás junto con su acompañante. Respiré aliviada. Iba pasando el tiempo; el zumo casi apurado, al libro dejé de prestarle atención porque tenía que irme a currar y no sabía qué hacer para pagar e irme sin necesidad de llevarme puestos dos sonoros y húmedos besos en las mejillas. Es en momentos así cuando de verdad desearía mimetizarme con la pared, hacerme invisible como Pascal.
La coyuntura no era de lo más halagüeña para salir airosa, puesto que el local era estrecho, con dos hileras de mesas en dirección a la salida y un angosto pasillo en medio que terminaba en la puerta.
No obstante, y contra todo pronóstico, una vez más la suerte fue mi aliada y quiso que el objeto de mis cuitas se viera en la necesidad de cambiarle el agua al canario. Para momentos así, de alta peligrosidad, cuando el instante de establecer contacto visual es ya casi inminente -lo que hemos de rehuir a toda costa- nada mejor que buscar algo en el bolso o enfrascarse en la agenda del móvil, agachando la cabeza y con cara de gran concentración por si, a pesar de todas las precauciones, el otro acaba viéndote. Mejor disimular y que parezca que, verdaderamente, no habías notado su presencia. Tampoco es cuestión de ser descortés, llegado el caso.
Una vez más, como decía, la cosa resultó a mi favor. El hombre se fue tan ufano al miccionario... Yo pensé: "esta es la mía, ahora o nunca" Me levanté y me acerqué a la barra a pagar mi consumición -afortunadamente el camarero fue rápido- y conseguí salir del local, si bien de un modo un tanto atolondrado, pero sin tirar ninguna silla, victoriosa y con mis mejillas bien sequitas. ¡Prueba superada!
Sin embargo en otras muchas ocasiones no he salido airosa con el mismo sujeto. A veces la morfología del lugar lo hace imposible, o el camarero no te hace ni caso y tienes que ir a pagar a la barra -tampoco es plan de  irte haciendo un simpa por pecar un pelín de antisocial, ¿no?-, y allí está él. Apoyado en la barra, soltando su disertación a pleno pulmón para que queden bien patentes sus dotes para la oratoria, su cultura y su "mundo", detalles todos que, otrora lo dotaran de un sex appeal irresistible para el sexo opuesto. Personajes así, tipo pulpo, (animal que,  por cierto,  en algunos especímenes comparte la capacidad de mímesis con nuestro querido Pascal) son altamente difíciles de esquivar porque, mientras abren sus plumas cual pavo real, en plena exhibición pre-nupcial, van fijando objetivos con su mira telescópica y sus víctimas tienen pocas posibilidades de librarse de sus tentáculos. En esos casos no queda otra que mostrar la mejor de las sonrisas y rendirse a lo inevitable cruzando los dedos para que el achuchón y la charla sea lo más breve y llevadera posible. Todos sea en aras del cumplimento del consabido y omnipresente contrato social.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Mamás "Barbie"

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He de reconocer que yo nunca fui una niña típica de las que lloraban con Candy, Candy (para quien no la conozca era una  popular serie manga que ponían los domingos por la tarde allá por los ochenta, muy, pero que muy lacrimógena), de las que querían casarse con Donovan, el de "V", o que con nueve años estuviera enamorada del vecino. No era mi estilo. No tuve prisa por salir con chicos, por pintarme o ponerme tacones, etc. Bueno, en realidad sigo sin ser muy aficionada al maquillaje ni a la autotortura de los tacones de aguja. A lo mejor por eso el otro día, al entrar en la clínica donde me están dando fisioterapia a ver si me quitan la contractura que me hace ponerme tan altiva cada dos por tres -ya sabéis a qué me refiero- me vi en una situación muy curiosa.
Iba con vaquero corto, sandalias, camiseta deportiva, bolso en bandolera y el pelo recogido en una coleta. Cada elemento de mi look tenía un propósito. Las sandalias para afrontar la caminata con comodidad y a paso ligero, el vaquero corto y la camiseta porque la lámpara de infrarrojos me hacen sentirme pecadora en el infierno, así que hay que ir fresquita, y la coleta para facilitar los masajes  en el trapecio y evitar que se me manche el pelo con el gel para los ultrasonidos. Vamos, que no iba así por gusto, aunque en verano sea muy típico en mí. Pues resulta que, con esa pinta, al pasar por el umbral de la clínica una señora le dijo a su nieta: "deja pasar a la nena". Miré hacia un lado y hacia el otro, hacia delante y hacia detrás. No cabía duda; la nena ERA YO. Dos pasos más adelante un señor mayor, tras oír mis "buenas tardes" me dijo: "Hola, guapa" con sonrisa y expresión paternalista, como si le pillara por sorpresa el hecho de que una pipiola, a la sazón, yo, fuera tan educada. No quisiera hacerle perder su esperanza en una juventud bien educada, buen hombre,  pero ya cuento cuarenta primaveras a mis espaldas, mi generación ya no se puede tildar de joven (al menos no tanto como él creyó).
Pero vamos, a lo que iba. Yo tenía muñecas y Barbies y la famosa Cabecita Mágica, o sea, un busto de muñeca para peinar y pintar. Pero también tenía coches pequeños de metal, clicks de Playmobil, el Exin Castillos, etc... es decir, que también me gustaba jugar a cosas típicas de niños. Con ello me vengo a referir a que nunca fui -ni soy ahora- la típica aspirante a princesita de cuento de hadas/supermodelo hiper preocupada por su imagen/empalagosa/edulcorada... Vamos, que nunca he sido de las que suben el azúcar con sólo mirarlas ni  tampoco una precoz depredadora sexual. Mis intereses estaban en otra parte. Yo soñaba con ser independiente económicamente y con poder viajar. Lo de pintarme y ponerme tacones me la traía al fresco. Nunca pensé que mi felicidad pasara necesariamente por casarme, si el amor venía, bienvenido fuera, y si no, pues allá él. Tenía amigas para las que quedarse solteras habría sido un verdadero drama. No era mi caso. Sin embargo siempre deseé ser madre, y si no hubiera tenido pareja, habría recurrido a la inseminación o a la adopción, seguro. Creo que esa mentalidad independiente y, en cierto sentido feminista, debo agradecérsela a mis padres, especialmente a mi madre, que no hizo de mí una mini mujer, y que, junto a mi padre propició una educación en valores como el esfuerzo, la responsabilidad y el respeto y que, con muchos detalles hicieron que disfrutara de una larga infancia, una intensa adolescencia y una serena juventud. Cada cosa a su tiempo. Como debe ser.
Hoy, en plena madurez, aunque a veces no lo aparente, puedo mirar con perspectiva la educación que algunos padres, especialmente madres, están dando a sus hijas. Las pintan desde muy niñas, las visten como Barbies en miniatura y celebran sus cumpleaños desde los  siete en sitios especialmente pensados para inculcar en ellas el culto al cuerpo, a la moda y al aparentar desde su más tierna infancia, como si fueran las protagonistas de Sexo en Nueva York en versión liliputiense. O en la última barbaridad que he oído: el SPA para niñas. Toma ya. SPA para niñas. Es el colmo. No quiero ni imaginar las conversaciones que  pueden tener las niñas en esos sitios, pero no creo que hablen de mascotas, por ejemplo, ni que jueguen a los típicos juegos infantiles, como se hacía en mi  época. Más bien hablarán de las series esas pensadas para preadolescentes tan poco educativas, de ídolos juveniles que en su día protagonizaron series y hoy son muñecas rotas, desorientadas y adictas a casi todo, modelos para nada aconsejables. O pensarán en el hombre de sus sueños, en lugar de jugar, junto a sus compañeros niños  en la calle,  al "matar" (también conocido como balón-tiro"), al pañolito, o yo que sé, a cualquier juego infantil  antiguo o inventado. A ver, mamás "Barbie" - estoy segura de que más de uno conocerá especímenes de este tipo- que eso de querer mini-yos está muy bien, que todas hemos pasado por esa etapa en la que deseábamos pintarnos, dar y recibir nuestro primer beso, por supuesto, pero a la edad adecuada, en su momento y no, desde luego, a los siete años.  Esa no es edad, desde mi punto de vista, de separarlos por sexos: las niñas con cosas de niñas, los niños con cosas de niños, ni para acostumbrarlas a los cosméticos ni para prepararlas para convertirse en top model. Dejemos que sean niñas, el mayor tiempo posible, que no lleguen a la adolescencia cansadas de todo, y que llegada la juventud, sean lo suficientemente maduras, gracias a una maduración -valga la redundancia- en el árbol,  no en cámara, descubran que la realidad no es una serie "Disney" ni un mágico mundo de colores y, para eso... hay que estar preparada. No creo que convertirlas en consumidoras de marcas de moda y cosméticos desde pequeñas, y hacerlas creer que se convertirán en top models -vocación frustrada de la mayoría de dichas madres- sea la mejor receta para prepararlas para el mundo, ni mucho menos. Muy al contrario, más bien las abocará al más estrepitoso de los fracasos y se perderán muchas cosas bonitas y divertidas de ser niñas por vivir como pequeñas mujeres. Sin olvidar que las mini Barbies suelen apartar y rechazar a los que están "en otra onda", lejos del mundo de la moda y del aparentar,  creando su círculo cerrado de amistades. Las pequeñas, emulando a sus madres, en su versión en miniatura de la sociedad van plantando la semilla del sectarismo y el clasismo para, el día de mañana, ser tan elitistas cono sus mamis. A esas mamás les aconsejo que empiecen por ellas mismas y tengan un poco de personalidad, que no se lo pongan tan fácil a este mundo superficial, artificial y comercial. Que la felicidad no pasa por renovar el armario cada temporada, que se puede vivir sin conocer la marca de los vaqueros que llevan las demás madres o si su indumentaria es de hace dos o mil temporadas. Que hay
vida más allá de las revistas de moda y que no es bueno etiquetar a la gente por su aspecto. Que se puede ser hermosa sin tener una talla 38 y elegante con ropa pasada de moda, que a la piel le viene super bien respirar y que no siempre se está más guapa por ir pintada como Toro Sentado. Que recuperen la naturalidad, o al  menos, que no se la arrebaten a sus hijas, haciéndolas copias de sí mismas.
Pero como no hay mayor verdad que la que encierra el refrán español "A quien escupe para arriba, encima le cae", no seré yo quien ponga la mano en el fuego asegurando que mi niña nunca será así. Por eso, yo como madre de niña  que apunta maneras de rebelde, experta en equivocarme, y potencialmente contraria a las tendencias de mi prole, (qué miedo de adolescencia) ruego a mis conocidos que, si alguna vez peco de incoherencia en este sentido, me den un "capón" y me recuerden todo lo que acabo de escribir. Amén.
P.D.: Además, no maltratar a la piel con potingues desde pequeña tiene sus ventajas... os lo dice la nena.

sábado, 1 de octubre de 2016

El contrato social.

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Qué situación más bochornosa cuando sueltas un comentario sin mala intención y suena como el culo. Por ejemplo, estás escuchando música y suena alguna antigualla desfasada (ojo, que a mí me gustan, generalmente) y el que está contigo dice: "ooooh, los Wonders ( el nombre del grupo me lo he inventado,  que conste, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia), ya no quedan grupos así, ¿eh?, ¿te acuerdas de chalalalalalaaaaa  pim pim? (canturreando)" Y se empieza a emocionar tratando de hacerte partícipe de su éxtasis cuando tú vas y le sueltas un sincero y nada malintencionado pero no muy cortés: "no, no los recuerdo, cuando yo nací seguramente ya se habían jubilado"... Ante la cara de coitus interruptus de tu interlocutor, al que se le acaban de caer cuatro décadas encima como por arte de magia, te apresuras a añadir: "que no te estoy llamando viejo, con lo bien que te conservas..." y piensas, cada vez más colorada: "mierda,  otras dos décadas, mira que decirle que se conserva bien, si es la momia de Tutankamon, se va a creer que te estás cachondeando; anda cállate ya, que cada vez lo pones peor... a ver cómo puñetas sales de esta"
El pobre hombre sonríe forzadamente y se va cagando leches  a comprarse el primer tinte que encuentre en la farmacia de guardia. Si es que no se puede ser sincero, hay que seguir las normas del contrato social, por favor.
El otro día me contaba mi marido una conversación que oyó por casualidad pasando junto a un grupo de mujeres de mediana edad.  Al parecer, una trataba de halagar a otra diciéndole: "Hay que ver lo guapa que estás, Fulanita" -bien hasta ahí-. Y a continuación comenta: "y eso que estás una jartá de gorda..." Este es el momento en que la sonrisa de la persona objeto del piropo se congela mientras pone en movimiento todos los engranajes de su cerebro para devolvérsela a la "amiga" esa, más fea que un callo. Desde luego, con amigas como  esa ¿para qué  quieres enemigas?
¿Y cuando eres testigo de una situación, digamos, incómoda, en la que sientes vergüenza ajena y no sabes hacia dónde mirar? Frases como: "Menganita, qué guapa te dejaron en la "pelu" para la boda esa a la que fuiste, no parecias ni tú". Ea, ya metió la pata "hasta el cuadril", es cuestión de tiempo que  la otra se dé cuenta de que lo que le está diciendo en realidad es que, normalmente, está fea. Adornémoslo como queramos, pero ese es el mensaje subyacente, simple y llanamente.  En ocasiones así piensas: "menos mal que no lo he dicho yo" y, según lo morboso que seas: "como la afectada le conteste me voy al servicio" o "la que se va a liar, esta no me la pierdo..."
Y todo porque el subconsciente es muy traicionero y a veces nos juega malas pasadas. Lo que verdaderamente pensamos de los demás está ahí, latente, agazapado, esperando pillarte en un renuncio para ponerte en situaciones difíciles que te hacen desear hacer un agujerito bajo tus pies para que la tierra te trague. No nos engañemos, por muchos intentos que hagamos, salvo que se sea muy, pero que muy flower-power, la sinceridad, tras dura pugna con lo "políticamente correcto" al final, de una forma u otra, acaba saliendo a la luz y te deja con el culo al aire. Maldita sea, -piensas- ¿por qué no me habré mordido la lengua? Vamos, vamos, no miréis a otro lado, que a todos nos ha pasado alguna vez.
Y en realidad, estos malos tragos pasan por culpa del dichoso contrato social, que ya he mencionado. ¿Quién habrá acuñado ese término? Y, además, ¿qué contrato? Yo no he firmado nada acerca de no meter la gamba. Y tampoco creí haber llegado a ningún acuerdo verbal. Alguien debió hacerlo por nosotros hace mucho y ahora, así nos vemos. Una vez vi una película no muy comercial pero bastante interesante. Al menos te hacía pensar. Se titulaba La Invención de la Mentira, aunque en España lo tradujeron con el juego de palabras Increíble pero falso. No sé a qué viene esa manía de cambiar los títulos de los films de forma rocambolesca, como, por ejemplo, ponerle Sonrisas y Lágrimas a la que originalmente se llamaba El Sonido de la Música. Bueno, ese es otro tema, ya me estoy yendo por las ramas. Iba a hablar de la película aquí titulada Increíble pero falso. Para quien no la conozca se desarrolla en un mundo en el que no existe la mentira, ni siquiera la "piadosa". No me digáis que no habéis estado en situaciones en las que expulsaríais todo lo que lleváis dentro,  cual posesos, esas veces en que a todos nos gustaría tener una boca prestada. Para eso no hay nada mejor que una tajá como un piano. El alcohol es el mejor estímulo para la sinceridad más pura e inocente. Por algo se dice que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. Es por ello que las copitas de más están contraindicadas en ciertos ambientes en los que siempre -aviso a los navegantes-, repito, siempre y sin excepción hay que ser estricto cumplidor del contrato al que me referí más arriba. Hablo de contextos como la comida de Navidad con los jefes y compañeros de trabajo o celebraciones de índole familiar  sobre todo si está la parte política presente (la temida y mítica figura de la suegra en este caso es la más susceptible de ponernos en situaciones comprometidas que ponen a prueba nuestra capacidad de autocontrol). En esos casos desaconsejo absolutamente el consumo no moderado de bebidas espirituosas. El moderado es, a veces, incluso recomendable porque, sin él, a ver quién es el guapo que aguanta. .. Aquí, si contestas a ciertos comentarios con total sinceridad tienes un 99 por ciento de probabilidades de divorciarte o de quedarte en el paro. Y como, normalmente, ninguna de las dos situaciones son deseables, mejor atenerse a la letra pequeña del encorsetado contrato y sonreír y morderse la lengua hasta la sangre. Pero en momentos en los que hay menos o nada que perder, merece la pena soltar alguna que otra verdad del barquero, que luego se acumulan, se hacen bola y el día que, inevitablemente nos cogen con la guardia baja o con las narices muy hinchadas soltamos la bomba de Hiroshima... Yo, la verdad, y aun  a riesgo de ir llorando por las esquinas a golpe de ataque de sinceridad ajena, agradecería poder ser más clarita con los demás, sobre todo con algunos especímenes que me ponen en el disparador cada día y por los que agradecería vivir, aunque sólo fuera unas horas en ese paraíso de los antisociales que retrata esa película. Compañeros de trabajo, vecinos, madres del colegio, caraduras en la cola del supermercado, y un largo etcétera se llevaría su merecido si no fuera porque el puñetero contrato social te aconseja callar y ejercitar la diplomacia más que en las Naciones Unidas. Vuelvo a soñar con un mundo sin  hipocresía.  Buena película. La recomiendo muy encarecidamente.