martes, 30 de agosto de 2016

Agosto, el mes fantasma

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El otro día, cuando me levanté para ir al trabajo hacía niebla. No muy espesa, pero niebla al fin y al cabo. Una mañana de Agosto, bueno, más bien noche -a las siete menos diez de la mañana, en esta época del año es noche cerrada- silenciosa y tranquila. Mis pasos por la calle eran el único sonido, amortiguado, además, por la humedad suspendida en el ambiente. Ya se sabe, en Agosto  parece que se  detiene el mundo. Se cogen las vacaciones hasta los mosquitos de la parada. Y los comentaristas de la tele -paradójicamente currantes agosteros-, nos hacen sentir bichos raros a los que no estamos tostándonos en la playa o matándonos a cervecitas en el mes fantasma, en el que no se fabrican muebles y la justicia duerme. ¿Qué  digo, si la justicia duerme todo el año? Es por eso que la pintan con los ojos cerrados, no porque sea ciega, al menos en España...
Y  con ese silencio sepulcral por la calle, no se me ocurrió a mí otra cosa que pensar: "qué romántico... parece que voy por el Londres decimonónico..." Mi memoria cinematográfica me trasladó a películas de época y se me vino a la mente: "Parece como si tras cualquier esquina fuera a aparecer Jack el Destripador"... Maldita imaginación. De ir tan feliz disfrutando del silencio que me rodeaba y pensando lo bien que se va al trabajo en Agosto pasé a una leve sensación de jindoy que me iba recorriendo la columna vertebral y erizándome el pelo del cogote... Es que en Agosto la calle a esas horas parece la típica escena de ciudad desierta de Abre los ojos, película que, por cierto, no he visto.  Me la apunto, a ver si la veo uno de estos días del poco verano que queda, porque en la tele también se coge vacaciones la buena programación, si es que podemos llamar buena a la de invierno que, para mi gusto, no, desde luego, pero comparada con los programas de saldo del verano,  es excelente, vamos.
La situación de soledad también me recordó a otra película: 28 días, que sí he visto y para quien no la conozca diré que fue una de las primeras de estas modernas de plaga/virus-zombie-apocalíptica, que ahora abundan como los guiris en Chiclana... Esa, sin embargo, he de reconocer que me gustó, por lo novedosa. No puedo decir lo mismo de todas las copias que le han salido como churros. Además, es inglesa y ya sabemos que la estética del cine europeo suele resultar bastante más inquietante que la del americano, más comercial -dejando aparte el caso del Festival de Sundance, que, para mi gusto, ya se pasa de "inquietante" porque hace que los temas más corrientes adquieran tintes de expediente X-.
Ni un alma en la calle. Mis pasos por la acera, único rumor audible, cual duelo del western más spaghetti. Más sola que la una. Y yo acordándome de asesinos en serie y zombies antropófagos... Es que soy única. Yo no soy muy fácil de sugestionar, pero la imaginación suele jugar malas pasadas y, casi sin darme cuenta, empecé a acelerar el paso, no por los zombies, evidentemente, sino porque, admiradores de Jack, por desgracia, siempre ha habido y habrá. Eso me lleva a recordar mi adolescencia. Fue la época del caso de las niñas de Alcasser y muchos otros. Un tiempo en el que, día sí y día también, la noticia era la desaparición de una adolescente, normalmente por carretera y de camino a fiestas o discotecas o de vuelta a su casa. Era de pesadilla, fue como una plaga que asoló, sobre todo, el Levante y la Costa del Sol y principalmente en verano. Las niñas volvíamos a casa de noche con un ojo abierto en la nuca y mirando había atrás cada dos por tres. Creo que el terror no beneficia a nadie, pero como dicen los mayores, el miedo guarda la viña... Un poco más de precaución no les vendría mal a las generaciones actual y venidera. Y lo digo con un caso de desaparición en la palestra na Pobra do Caramiñal (como se dice en galego). Lo dicho, los monstruos como Jack no se cogen vacaciones. El hecho es que llegué super temprano a la parada y con alguna gota de sudor perlando mi frente, suena muy poético, pero el hecho es que llegué cagando leches y con la carne de gallina.
Y mira que se va bien en el autobús en este mes. Casi vacío, llega prontísimo, no te levanta dolor de cabeza del jaleo... Un paraíso para los que sufrimos un poco de gentefobia. Disfrutemos de lo poco que nos queda, que ya mismo llega septiembre y comienza el curso y luego la Universidad y el autobús se llena de jóvenes con muy buenos propósitos de no perderse una clase, que va decayendo conforme avanzan las semanas, armando mucho escándalo para hacerse notar (nunca falta el "graciosillo" que habla por encima de todo el autobús para que todos aprecien su vis cómica y que, maldita la gracia que tiene, el pobre hijo) y, muy a menudo, con escasa educación, que no despegan el culo del asiento aunque tengan al lado a una embarazada que no cabe por el pasillo (lo digo por experiencia) o a un anciano luchando por asirse a la barra para no perder el equilibrio. Bendito agosto, mes fantasma para los que trabajamos en él y que, al parecer, no tenemos derecho al síndrome post vacacional.

jueves, 25 de agosto de 2016

Envidia sana

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Tras una semana y pico de relax vacacional y apurando los días de asueto que me quedaban vuelvo al tajo y a reflexionar sobre las cosas importantes de la vida. Cosas como la envidia sana.
El martes, antes de la vuelta al trabajo, mientras disfrutaba de mi opíparo desayuno mañanero -sí, yo desayuno en mi casa y sí, antes de afrontar la jornada me pongo bien las pilas, así soy capaz de tomarme a las seis de la mañana un zumo, tostadas con aceite y miel o mantequilla y mermelada, galletas y té con leche, no concibo salir de casa sin energía- leía un suplemento de esos semanales de los diarios que me da mi padre. En él venía, además de la habitual columna de mi adorado Pérez Reverte un artículo sobre Ivanka Trump -sí, sí, la hijísima del magnate  inmobiliario y presidenciable Donald- y otro sobre un fotógrafo que se dedicó a mostrar al mundo la opulencia que rodeaba la vida de unos pocos a través de imágenes de sus piscinas. Así, entre bocado y sorbo pasé del contrasentido de un picoleto a punto de entrar en prisión por cumplir su deber de defendernos matando a un tipo que había atropellado a un compañero suyo guardia civil y evitando con ello que el indeseable rematara la faena (situación tan real como triste e inexplicable y corriente en esta desquiciada España en la que vivimos) al glamour de los ricos, pero ricos, ricos de verdad. Esos ricos indecentemente ricos.
La despampanante Ivanka viene a decir que es una currante de las auténticas, mamá todoterreno, esposa virtuosa, hija ejemplar, ex modelo, perfecta anfitriona... Duerme cuatro horas, la pobrecita, porque después de acostar a sus retoños se vuelve a la oficina para seguir trabajando a destajo... Qué dura es la vida de una rica heredera casada con un pobrecito montado en el dólar. Si no se quitara horas de sueño no sé de qué iban a vivir... Es que son unas incomprendidas estas niñas ricas. Menos mal que confiesa tener que "tirar de niñeras". Porque es que también ha aprendido a cocinar para agasajar a sus invitados. Debe de ser sobrehumana. Pobrecita, y yo ironizando sobre su durísima vida, con el trabajo que le habrá costado a la criatura llegar a ser directiva de la empresa de su padre. La de currículos que habrá echado la chiquilla, hombre... la de puertas que se le habrán cerrado en las narices con ese apellido como carta de presentación y con lo feíta que es. Y yo aquí sacándole punta a todo lo que dice. Si es que la envidia es muy mala.
Pero ojo, que lo mío no es envidia... bueno... a lo mejor un poquito sí... pero envidia sana, ¿eh?
Que es muy buena persona, seguro. Y no lo digo porque si su padre acaba ganando las elecciones vaya a venir la CIA a darme matarile, no. Es que la admiro de verdad, tan abnegada, trabajadora y valiente ella... una auténtica superviviente. Pensadlo: es que, llegar a donde ella ha llegado con las adversidades que ha debido afrontar, las penurias que ha pasado en su infancia... Lo que ha luchado esa mujer... para hacerle un monumento. No me gustaría estar en su pellejo, esa vida tan difícil que viven las multimillonarias entre el lujo y el despilfarro tiene que ser un coñazo, con la vidorra que yo me doy en mi casa de los click de Playmobil jugando al tetris en los armarios. Eso es diversión y no esos aburridos veraneos en yate entre la costa azul y Capri... qué tedio, por Dios...
Y qué decir de las fotos de la Dolce Vita que venían a continuación. Qué agobio, qué sufrimiento y stress se palpaba en el ambiente. Todas esas personas tan despreocupadas e indolentes tomando aperitivos y charlando al borde de piscinas de ensueño. Vamos, yo, ni regalado lo quiero, que se sufre mucho, ya lo dicen ellos en las entrevistas, que se hartan de trabajar (nosotros, los curritos, no, claro) y gastan mucho tiempo -y dinero, porque lo tienen, claro está- en viajes, comilonas de compromiso, fiestas hasta la madrugada para establecer relaciones comerciales, un no parar de sacrificios, unas víctimas de las relaciones públicas. Y total, ¿para qué? ¿para ganar unos milloncejos de nada? Si es que no compensa. Es mejor hartarse de trabajar para ganar un sueldo, con suerte digno, que te dé lo justo para comer y pasarte la vida ahorrando como una hormiguita para darles unos estudios a tus hijos que les habiliten para, por lo menos, atreverse a llamar a la puerta de los despachos de esos que toman el sol en sus piscinas...
Eso sí, tengo que decirlo, serán muy listos para los negocios, pero para otras cosas no son muy avispados que digamos. Debe ser que, como viven tres palmos por encima del suelo, son totalmente ajenos a la realidad y por eso hacen ostentación de sus lujos sin reparos. O eso o es que realmente se ríen en nuestras narices de las facilidades con que cuentan para todo.
Anda que si a mí me tocara la lotería iba a enseñarle mi mansión a los de "¿Quién vive ahí?"... No se iba a enterar ni "er Tato"... Y no sólo por evitar despertar eso que llamamos envidia sana, y cuya supuesta "sanidad" no deja de ser un eufemismo... desengañémonos: la envidia sana no existe, la que hay sólo puede ser más o menos enfermiza, en ciertos casos, hasta patológica. No sólo por eso o por facilitar objetivos a los "amigos de lo ajeno", sino porque se me caería la cara de vergüenza al pensar en las dificultades para llegar a fin de mes de la mayoría de los espectadores.
La riqueza no debería estar reñida con la empatía, a mi entender y, dicho sea de paso: no les vendría mal un baño de realidad a todos esos herederos de las grandes fortunas a quien todo les ha llovido del cielo, igual así, por lo menos no tendríamos que leer artículos como el que mencionaba en el que, para justificar su tren de vida intentan hacernos creer que para conseguirlo sudan la camiseta como cualquier hijo de vecino... Estas cosas claman al cielo.
Y lo vuelvo a decir: todo esto no es más que envidia sana.......

viernes, 12 de agosto de 2016

Karma "Boomerang"


Un día, viendo la tele, oí al presentador Pablo Motos decir algo así como que no había tenido niños porque había sido demasiado malo de pequeño y le daba miedo que el karma se volviera en su contra. Sabias palabras. Yo lo he pensado muchas veces, no por haber sido traviesa, de hecho, yo era muy buena, sino por otras circunstancias.  Sin ir más lejos, hace dos sábados, el día de la pelea con el del parking en Bolonia, que acabamos dando una vuelta por Tarifa -capital del windsurf y del Levante-, se me vino a la mente esta imagen: el karma es como un boomerang que, por muy lejos que lo lances, siempre acaba dándote en to el molondro. Pongámonos en situación: Tarifa, las cinco de la tarde de un sábado de agosto, calor pa derretir la pasta de las gafas de sol, mi marido con la niña en brazos, abriendo el cortejo, detrás, el niño, como siempre, en su mágico mundo de colores, filosofando acerca de la insoportable levedad del ser o recreándose en ese universo paralelo que se ha inventado y que requiere mucho trabajo desarrollar y, por último, yo con el cochecito del pequeño. Veo a mi niño, como siempre, con sus andares "poco gráciles", por decirlo de alguna manera -la naturaleza le ha dado una inteligencia increíble, pero, desde luego, no le ha dotado con habilidades felinas, precisamente,  supongo que será para compensar- y mirando a las musarañas, canturreando y hablando cual papagallo, bombardeándonos con sus complicadas e interminables preguntas, compartiendo sus curiosas reflexiones o, simplemente haciendo la banda sonora del paseo; en definitiva, tan despistado como siempre. Le digo, por enésima vez: "Hijo, mira al suelo, que te vas a caer". Nada, sigue en Babia/La Inopia. Le digo: "Tesoro, baja a la tierra, que te vas a partir los dientes". Él, a lo suyo, a la Luna de Valencia. "Niño, que las paletas son las definitivas, que como te las rompas, ya no te van a salir otras". Sigue con su tarareo, su  interminable perorata y cogiendo cocorocos. Y así seguimos hasta que mi profecía se cumple aunque no del todo, gracias a Dios: da un traspiés y, no se parte los dientes de milagro. Os digo yo que estos niños míos son carne de ortodoncia por muchos motivos. Qué ruina. Mi: " Chiquillo, te lo estoy diciendo, que vas a besar el suelo", resuena en toda la calle. Ya está, ya dimos el espectáculo.
Continuamos el paseo, pero cambiando la distribución de los churumbeles. Mi marido delante, con el cochecito del pequeño, los dos mayores, cogidos de la manita y, una vez más, cerrando el desfile, yo, desde una posición privilegiada, donde lo domino todo, al padre,  al bebé, por si tira un zapato o saca las manos por fuera para restregarlas bien por farolas y poyetes, a los niños, para que no se caigan, al tráfico, para que no me los atropellen, los escaparates, por si encuentro alguna ganga... Nada escapa a mi ojo de halcón-camaleón, lo controlo todo... Todo, menos el socavón que había ante mi pie izquierdo, en el que me precipito trastabillando y que está a punto de llevarme directa al suelo en dolorosa caída libre, como buen halcón... Ante mi sonoro: "xxxxx, que me matoooooo", se da la vuelta toda la familia y, como era de esperar, mi marido, que no pierde oportunidad de darme un "zas en toda la boca" emulando a Sheldon, de Big Bang Theory, me suelta con altas dosis de sarcasmo y retintín: "Camino, hija, deja de mirar a las musarañas, que te vas a partir los dientes"...
Inmediatamente pienso: "si es que el karma no me perdona ni una..."
Ah, el karma... esa bonita, exótica y sofisticada palabra que ahora está  tan de moda y que, como casi todas las situaciones posibles de la vida, encuentra un dicho en el rico y sabio refranero español: "quien escupe para arriba, encima le cae". De acuerdo, tal vez suene un poco menos cosmopolita, pelín más basto, pero viene a significar lo mismo.
Por eso, intento no criticar mucho lo que veo en los demás,  sobre todo en el tema de los niños, porque el discurrir de  la historia más que una espiral, es un círculo y, tarde o temprano, como la vida da tantas vueltas, te verás en la misma situación y pensarás: "con lo que yo lo he criticado..." Así, por ejemplo, cuando mi marido ve a una quinceañera por la calle con la faldita demasiado corta, el top demasiado estrecho y escotado, taconazos de vértigo y la cara como una india arapahoe exhibiendo sus mejores pinturas de guerra -vamos,  poniendo toda la carne en el asador-, ya no la mira como un hombre, sino como un padre, y se le despierta ese instinto atávico de protección paternal. Entonces ve, en su mente, a su niñita así ataviada en unos años y se acuerda de lo que hacía y pensaba cuando él estaba en plena eclosión hormonal. Automáticamente le invade el pánico y le empiezan a entrar sudores, rechina los dientes y dice: "yo no dejo salir a mi niña así a la calle". Yo,  horrorizada, viendo al karma como ángel justiciero apuntando en una libretita nuestras pequeñas faltas para luego dárnoslas  todas juntas... le contesto: "calla, calla, no hables muy alto, y no escupas para arriba, que te va a caer encima y, de paso, como la niña también es mía, a mí también"
Lo dicho, un boomerang que acaba dándotela mortal...

miércoles, 10 de agosto de 2016

Gente adhesiva


Como bien sabéis soy un poquito antisocial. No es que sea sociópata ni misántropa, no llego hasta ese punto. Lo digo sólo en dos sentidos: porque no suelo comulgar con los gustos y opiniones de la mayoría y, sobre todo, porque cada día odio más las aglomeraciones de "humanidad". No soporto la playa masificada, detesto ir en un autobús atestado, empañado del vaho de tantos alientos y oliendo a "sobaco con solera", abomino de las macrofiestas, siento aversión a hacer cola para algo, etc...
Lo de la playa ya lo comenté (en "La playa de mis sueños"), pero ahí hablaba de cuando llegas y ya está "de bote en bote". Hay otro caso más sangrante. Llegas a la orilla y, como hay espacio bastante alrededor, colocas tus sombrillas (nosotros llevamos dos), tus toallas, tu silla, la hamaquita del pequeño, tus niños toman posesión del territorio con los cacharritos, se ponen a hacer castillos y tú te dispones a disfrutar de un ratito de "relativa" tranquilidad (con tres niños la calma absoluta es imposible; esa en la que te relajas de verdad, tanto que terminas mirando dentro, muy, pero que muy, muuuuuuuy dentro de ti hasta que empiezan a revolotear muchas moscas alrededor, con la babilla escapándose por la comisura del labio porque la cabeza se va escorando... esa ya no la consigues ni en el sofá a la hora de la siesta -en ¿el qué?, a la hora de la ¿qué?, hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo). Pues  bien; cuando estás a punto de comenzar a disfrutar de dicho éxtasis playero-veraniego, empiezas a oír un lejano rumor, molesto y de tesitura variada que, de lejano pasa a cercano, de cercano a demasiado cercano, de rumor a estruendo y de molesto a insoportable. Es el rumor de la horda invasora que -mira que hay playa, ¿eh?- va y se plantifica a dos metros escasos de tu recién estrenado remanso de paz.
El perfil del enemigo es variado: la megafamilia ruidosa que se reúne en la playa porque son tantos que no hay casa que los resista es el más típico. La pandilla juvenil es otro, pero centrémonos en el primero, que suele ser más ruidoso.   No la llamo megafamilia porque sean familia numerosa, sino porque van tres abuelas, dos  abuelos, siete matronas (en la más amplia extensión del término, estilo Ana Magnani que, si bien esto es España, no somos tan distintos de la Italia más popular y profunda) de risa estentórea, ocho cuñados que,  cañita y cigarrillo en mano se ponen a comentar el estado general de la nación a través de las noticias del Marca, seis pipiolos (cuatro de ellos agrupados de dos en dos, comiéndose con la mirada y, a veces, no sólo con la mirada, en la parte más apartada del grupo), la amiga soltera de toda  la vida de la abuela - y compañera del bingo-, la vecina divorciada del quinto y el viudo de la prima segunda de la cuñada de la compañera de trabajo de su niña la mayor, que le pone ojitos a su madre y, la guinda del pastel: diez o doce niños ( como no paran de moverse, se pierde la cuenta), de edades variadas, que empiezan a crear una tormenta de arena aderezada con griterío infanto-maternal: "Niñoooooo, joé, deja a tu hermana y cómete er bocata ya", "Omaaaaa, la tata me ha quitado una trenza", "Niñaaaa, no te metas pa lo jondo, que te vajogá", "¿Con qué va'queré er viena, niño, con foigrá o con chopepó?", "Niño, la crema, que tú estás mu blanco", "Pepe, pregúntale al Antonio si va a querer gazpacho o piriñaca", "Pacoooo, pásame er tinto de verano", etc., etc., etc. y, tras salpicarme de arena a los niños una docena de veces con las carreras de la infantería enemiga y viéndome la cara de asesina, por fin un: "Niños, no correr más, joé, coger la pelota y se vais pa' tras que estáis molestando a la chavala" (sí, me conservo muy bien)... y un largo y variopinto muestrario del habla más castiza y auténtica de mi tierra, a la que adoro, expresiones y acento incluidos, pero no dentro de mis tímpanos, por favor, si no es mucho pedir. Que corra el aire...
Con esta proliferación de sombrillas, mesas, neveras, sillas, toallas, colchonetas y otros enseres poblados de chavalería, ancianidad y gente de todas las edades, que se coloca -cómo no-, entre nosotros y la orilla, mi campo de visión queda obstaculizado y, si la niña está a mi alrededor y el mayor anda por el agua, ya empiezo con el efecto camaleón, un ojo aquí y otro en Pekín (cuando el tercero camine no sé con qué ojo lo voy a controlar a él...) y encima, por la lejanía, me sorprendo vociferando: "Niño, no te vayas a meter a agua tapá, que hoy arrastra, que hay mucha resaca", soslayando la mirada reprobatoria de mi marido, que se separa un poco de mí como si no me conociera de nada... La escandalera que me invadió me contagia, ¿qué digo "contagia"?: ¡horror! ¡¡¡me fagocita!!!
Por eso me gustan las playas con "poca gente". Me gusta oír mis pensamientos con el sólo trasfondo de las peleas de mis niños, de las que, a veces, ya consigo abstraerme alcanzando casi el nirvana...
Ocupémonos ahora del autobús. Pongamos que son las 15.20h. Parada de origen del transporte público. Seis o siete personas desperdigadas por los asientos del coche oruga que me lleva de vuelta a mi casa. Yo, llamadlo manía, pero me suelo sentar en el mismo sitio o su primo hermano: poco antes de la parte flexible del coche, junto a la ventana y del lado del mar, no el de la Bahía, ese lado es para la ida, así veo el amanecer reflejado sobre sus aguas y la Sierra de fondo (un espectáculo, un privilegio, lo sé, y gratis). Además es un sitio incómodo porque sueño coger el más elevado, el que va sobre las ruedas, vamos, que, en marcha, cuesta trabajo encaramarse. Pues, da igual que vaya casi vacío, siempre hay alguien que encuentra irresistible el asiento contiguo al mío. Misterios insondables de la humanidad. ¿Qué tiene de especial el sitio de al lado? ¿Serán ganas de fastidiar, de verme la cara de haber mordido un limón que se me pone? ¿falta de calor humano? ¿horror al vacío? No lo sé, pero no falla: siempre se te pone alguien ahí, pegadito, cual calcomanía... aunque sea una anciana casi octogenaria cargada con la bolsa de la playa y la silla y que necesita una polea para subirse: ahí se coloca. A lo mejor es que yo también me siento ahí porque el magnetismo del núcleo terrestre ejerce una especial atracción hacia ese puntito diminuto y móvil de la tierra, o porque las fuerzas telúricas que en su día orientaron la construcción de los centros druídicos se concentran precisamente ahí, vete tú a saber, oye, manifiesto mi más profunda ignorancia al respecto. El hecho es que ahí se pone, bien sea la señora que no para de darme golpecitos con la silla, el señor con tufillo a tintorro o quien sea, con hedores varios. No todos son así, claro, afortunadamente; también está la señora bien perfumada que se pone junto a mí porque piensa: "mejor con esta, que parece normal, a que me toque un petardo pegajoso y pestilente". Mi teoría es esa en todos los casos de mujeres: al ocupar ese asiento eligen estar a mi lado, que soy la opción menos mala ante lo que les puede caer si se sientan solas. La cuestión es que se me pegan cual Epi y Blas en una cama de velcro.
Y ¿dónde  nos dejamos a la típica señora  (ignoro el por qué, pero suele ser mujer) que, en una cola, llega justo después que tú pero, poco a poco, sibilina y subrepticiamente se va desplazando a "paso camgrejero" hasta colocarse justo al lado de tu codo?  ¿no saben que cuando se hace cola nos referimos a fila india?  Es decir, uno detrás del anterior, no a su lado. Y, no contenta con estar leyendo lo que lleves entre tus manos, como no ve bien, se acerca más, hasta que te llega a dar codazos y empujones, sutiles, pero molestos, al fin y al cabo. Te apartas un poquito. Te vuelves a apartar, ya con cara de mosca chamuscada. A lo mejor incluso, de ver tu cara de pocos amigos te suelta un sorprendido: "Uy, perdona, que no me he dado cuenta...". Al siguiente envite es cuando caes en la cuenta de que su objetivo no ha sido otro que el de colarse desde el principio y la espera ya empieza a ser amena, puesto que se convierte en el campo de una batalla silenciosa, una especie de guerra fría para ganar centímetros al adversario... En realidad debería agradecérselo, porque, no sólo ha logrado picarme cosa que -habréis notado-, no tiene mucho mérito, sino que, además, me ha dado tema para escribir.
Pero vamos, lo dicho: por caridad cristiana, que corra el aire, que hace una jartá de calor y que, cuanto menos bulto, más claridad.

lunes, 8 de agosto de 2016

De virus, bacterias y bichejos.

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Antes de empezar con mi habitual perorata mañanera, pido disculpas a mis seguidores habituales por la falta de escritos en estos últimos días. No es que ya no reflexione, es que no he tenido tiempo para plasmarlo como es debido. Problemas de cervicales y virus escatológicos me lo han impedido. La gran desventaja de ser muchos de familia, desde mi humilde punto de vista, es esa: cuando un niño coge un virus -sea del tipo que sea-, corre por la casa como la pólvora. Y digo que lo coge un niño porque, normalmente, los traen del cole... Aunque en verano tampoco nos salvamos de algún brote de virus de esos que exigen un gasto extra en papel, sea en Kleenex o en papel higiénico.  Pero durante el curso es mucho más, sin comparación. Yo, cuando uno de mis hijos viene contando que un compañero ha vomitado en clase, me hecho a temblar. Ya empiezo a hacerme cruces y a quemar romero, porque, madres del mundo, reconozcámoslo, no nos libra ni "la Trinidad". Cuando por fin caemos  en lo inevitable es cuando todos coincidimos en lo práctico que resulta tener más de un cuarto de baño. Perdonad por lo asquerosillo del asunto, pero es que es verdad. Ya sabéis cuánto me gustaría tener una casa grande; por eso, aunque no puedo permitírmelo, de vez en cuando me gusta ver los anuncios de casas en los escaparates  de las inmobiliarias y por Internet. Aunque me diréis que soñar es gratis, lo mío es puro masoquismo, os lo digo yo. Cuando veo un piso con cinco dormitorios, lavadero y tres baños se me ponen los ojillos como a una muñequita manga (que, por cierto, siempre me he preguntado si sus dibujantes tendrán un poquito de complejo, ya que siempre ponen en los dibujitos unos ojos antinaturalmente redondos, cuando ellos los tienen rasgados: yo los tengo un poco achinados, de hecho cuando me resfrío, lloro o pelo cebolla se me ponen cual "puñalada en tomate" y, aun así, puedo asegurar que hacen el mismo apaño que los otros). Pues el que me escucha siempre me dice: "anda ya, ¿para qué quieres tantos cuartos de baño, para hartarte de limpiar?" Cuando se convive con cuatro personas se aprende a apreciar lo que sería disfrutar de ese lujo en condiciones normales -a los niños siempre les entran ganas a la vez, por ejemplo. Yo, la hora de ducharme o arreglarme, nunca tengo intimidad, siempre  hay alguien amenizando mi toilette desde el trono, con salvas de honor o con el alegre chorrito -ríete tú de las fuentes de Versalles-... todo glamour, pompa y boato- y, con gastroenteritis pasa de lujo deseable a necesidad perentoria, os lo digo yo.
Además, por otra parte, ¿alguien puede explicarme por qué puñetas algunas madres mandan a sus hijos al colegio enfermos? No es por criticar -anda que no- pero es que, aparte de la poca humanidad que demuestran con el fruto de sus entrañas, -pobrecito hijo- que está en el cole echando los higadillos, acabando con las reservas del Amazonas en tissues o tiritando de la fiebre, encima están esparciendo virus como pequeños aerosoles, más nocivos, seguro, para la capa de ozono, que los clorofluorocarbonos, o al menos, para sus compañeros de clase. Y no hablo de los padres trabajadores que no pueden cogerse días por enfermedad de sus hijos -otra cosa que habría que cambiar en España para poder empezar a hablar de conciliación, con los pertinentes justificantes médicos, claro está, que también es verdad que aquí, el que no corre, vuela-. No, yo hablo de los que no trabajan que, curiosamente, los mandan al cole así casi más que los que trabajan. Debería estar prohibido por razones de salud pública (ojo, que igual lo está, aunque sólo sea por los derechos del niño). De nada sirve que la directora lo repita en cada reunión, la gente pasa y sigue llevando pequeños saquitos de virus al cole, a modo de arma biológica... No veas la gracia que me hace cuando, las pocas veces que estoy en la puerta del colegio para recogerlos, escucho a alguna madre - perdón por la falta de paridad pero es que el 80% de los progenitores que van por ellos son mujeres- que, entre risas dice: "pues a ver cómo sale Fulanito, porque en casa antes de venir vomitó" o, "uff, no veas qué fin de semana, Menganito ha estado con cuarenta de fiebre desde el viernes, lo he traído porque anoche sólo tenía 38,5, y ahora por la mañana estaba fresquito" no te giba... Me dan ganas de abofetarlas inmisericorde y contundentemente, palabrita... "No se iba a quedar sin excursión", "Es que no quería que se perdiera el examen"... A ver: mi hijo el mayor ha terminado segundo de primaria y creo que estoy en condiciones de asegurar que ni por perder uno o dos exámenes por enfermedad van a frustrarse sus  esperanzas de futuro académicas ni creo que, estando justificado, haya maestros tan desalmados que no le repitan la prueba y, si no lo hacen, será porque no era tan importante. Y si los hay, habrá que hablar con ellos, que para eso están las tutorías y digo las tutorías, que es el momento habilitado pata comentar de tú a tú con la tutora o el tutor los avances o problemas de tu hijo, no la puerta del colegio,  más que nada por intimidad de los niños y porque, si otra madre tiene algo urgente y breve que comentar no debería tener que esperar media hora a que la anterior termine, y lo digo yo porque voy muy pocas veces y las pocas que voy, a veces he tenido que desistir e irme  a mi casa sin conseguirlo porque yo no soy de colarme y, tras diez minutos esperando, ya me parece hasta mal hacerle perder más tiempo a la pobre tutora que, como yo, también es madre y tiene otra vida  más allá del muro del cole, en su casa. 
Pero bueno, ese es otro tema, a lo que yo iba, por favor, cuando los niños estén  malitos ya en casa (cuidado, no hablo de cuando están bien y empiezan a encontrarse mal en clase,  eso es un imponderable) dejados allí, reservaditos, o con los abuelos, y no los llevéis, siempre que sea posible, sobre todo si uno de los dos no trabajáis y nos haréis  un favor a la padres de los compañeros, a los mismos niños de la clase y, si esos os la traen al fresco, hacedlo por una mejor y más rápida recuperación de vuestros amados descendientes. Todos os lo agradeceremos. Os recuerdo que un niño enfermo no es un estorbo, sino una responsabilidad. Lo digo por si es que a alguien ha llevado al pequeño al cole porque ese día le estropeaba el plan de las rebajas, el cafelito con las amigas o un día de gimnasio, por decir cosas para mí, total y absolutamente supérfluas y prescindibles. No digo más, que me embalo.
Tampoco digo que no se los lleve cada vez que estornuden o tengan mocos (algunos no irían nunca, verdaderamente, los míos los primeros) hablo de fiebre, virus raros, gastroenteritis y enfermedades infantiles varias) ni cada vez que llueva o sople un poquito de viento. Recuerdo también que, una vez se escolariza a un niño la asistencia a clase es obligatoria. Y que la lluvia es un engorro, vale, pero reconoced que, antes de ser padres, no os detenía para "beberos las calles" de juerga. Hurgad en vuestras conciencias, seguro que tengo razón. 
¿Y el tema de las vacunas? Me joroba un montón oír a madres a las que no le faltan las últimas gafas de sol de moda o que estrenan móviles de última generación, decir que no piensan poner a sus hijos las vacunas no incluídas en el calendario de vacunación pero recomendadas por los pediatras, porque son muy caras y encima, no son efectivas, se ve que todas han estudiado pediatría. Es el caso de la de la varicela. En el cole de mis hijos este año hubo una auténtica epidemia. Los míos están vacunados, a costa de mi peculio, evidentemente, pero aseguro que prefiero no comprarme modelitos nuevos (tampoco los necesito, no soy vanidosa ni mucho menos fashion victim) y apretarme un poco el cinturón, no comprar caprichos en general para evitarles a mis niños todo mal que esté en mi mano. Ojalá pudiera hacer más, pero la ciencia llega hasta donde llega. Otra cosa que habría que cambiar en el mundo. No entiendo que estemos viendo campañas todos los días de UNICEF, de SAVE THE CHILDREN, de ACNUR, etc, etc, etc, diciendo lo necesarias que son las vacunas para salvar la vida de millones de niños y que las dosis para prevenir de enfermedades básicas aún cuesten dinero. ¿Por qué nos comen la conciencia a nosotros por la calle y no directamente a los gobiernos y magnates (curiosa la similitud de esta palabra con mangante, ahí lo dejo) de las farmacéuticas, con los que se codean los dirigentes de esas mismas ONGs en recepciones y cócteles?. Este mundo está lleno de hipocresía. La salud no debería ser objeto de mercadería, y me dan pena moralmente los que se llenan los bolsillos a costa de patentes que salvarían vidas. No digo que las regalen, pero de regalarlas a pedir fortunas por salvar a alguien de un virus como el de la hepatitis, hay un abismo: es algo que clama al cielo. Pero lo dicho, cuando oigo a una madre que no le pone la vacuna a su hijo, porque, total, así ya la pasa y a ver si contagia también a su hermano para pasarlo los dos juntos, me dan ganas de tirarle de los pelos. Con la cantidad de muertes infantiles que se han logrado evitar desde que se inventó la vacuna, la de enfermedades que se han conseguido controlar gracias a ese bendito descubrimiento, y sabiendo lo que habría dado mi tía, por ejemplo, sin ir más lejos, afectada de polio desde los once meses de vida, porque le hubieran puesto la vacuna a tiempo... Que todavía haya personas capaces de decir eso me parece indignante, y un comentario que denota, si no ignorancia, sí un gran desconocimiento del tema y de las secuelas que muchas enfermedades infantiles pueden provocar en nuestros pequeños. Es cierto que son caras, pero conozco casos de abuelos que el regalo que le han hecho a sus nietos por sus cumpleaños han sido esas vacunas de pago, por ejemplo, y también estoy segura de que, ahorrando, raro es el que verdaderamente no puede pagarlas. Repito, se ven muchos móviles y táblets ultramodernos, muchas equipaciones de fútbol oficiales y mucha cervecita y comida fuera, en personas que "supuestamente" no pueden pagarles las vacunas a los niños. Luego se dan muchos golpes de pecho de lo mucho que quieren a sus niños, manda huevos, con perdón de la expresión. Si los queréis, velad por su salud y, de paso por la de sus compañeros, que otras cosas sobran si falta la salud. Los que vacunamos a nuestros niños no sólo los protegemos a ellos, sino también a sus hijos, que no se contagiarán de los nuestros, que no lo olviden.
Y ¿qué decir de los pipis? Odio esa palabreja. Por lo que se ve hay alguien que se cree que, por ponerle un nombre gracioso, van a convertirse en adorables mascotas, como por arte de magia. Por caridad cristiana, a las cosas a hay que llamarlas por su nombre, o sea: piojos. Yo, pipi, sólo conozco a una: Pippi Calzaslargas (qué vieja soy)... Recientemente me he enterado de que hay padres que no intentan siquiera desparasitar a sus hijos, de ese abominable ser porque es difícil, caro, incómodo e inútil, (claro, como los pueden pillar otra vez...) ¿Se puede ser más ruin, mísero y flojo? Se nota que no les pica a ellos. y si los tienen, mientras dura la pediculosis, a casita, que llueve, por favor...
Me voy a callar, que me vuelvo a embalar.
Bueno, en resumen, un ruego, para el cual utilizaré una expresión muy española que viene que ni pintada: que los virus y los parásitos, como los trapos sucios, se airean en casa...

jueves, 4 de agosto de 2016

La playa de mis sueños

De vuelta al tajo, afortunadamente (no seré yo de esos que no pierden oportunidad para quejarse del trabajo, será que no han estado nunca en paro). Y hoy me he levantado, además de con mucho sueño y otra vez demasiado temprano para el común de los mortales) acordándome del buen día que pasamos el sábado -contra todo pronóstico- mis niños, mi marido y yo. Y digo "contra todo pronóstico" porque el día no pudo empezar peor. Comenzó con una discusión entre mi marido y el cobrador del parking de la playa.
Recapitulemos... Yo, desde que pisé por primera vez las suaves arenas de la playa de Bolonia, allá por 1993, sentí un flechazo que aún me dura. Y mira que ha llovido desde entonces.  Precisamente era un bonito día de lluvia cuando fui con el colegio a ver las ruinas de Baelo Claudia,  no recuerdo si en primavera, otoño o invierno pero,  desde luego,  no en temporada de playa; hacía  frío y estaba desierta. Nunca olvidaré estar sentada en la arena mirando al mar que, por efecto de la tormenta, era plata líquida. Es una estampa que vive fresca en mi memoria y que me trae muy gratos recuerdos. Desde aquel día me prometí a mí misma que, en cuanto pudiera, iría a sumergirme en sus plácidas y cristalinas aguas. Como no tenía carné de conducir, ni coche, ni edad para hacer lo que me diera la gana -los 17 años de entonces no eran los de ahora, al menos en mi casa- tracé un plan infalible para lograr mi objetivo: tenía que conseguir a alguien que me llevara, o sea, alguien con coche y de fiar (soy de naturaleza desconfiada). Y cuando empecé a salir con el que hoy es mi marido y padre de mis hijos me di cuenta de que ya lo había conseguido: mi maquiavélico plan había surtido efecto...
Bueno, tal vez esté exagerando un poco, tampoco es que fuera la meta de mi vida, como dominar el mundo para los malos de las pelis de James Bond (o algo más modesto, más de andar por casa, como el área de los tres Estados para  el profesor Pérfido Doofenschmirtz, el entrañable malvado de Phineas y Ferb -me encantan esos dibujos, de los pocos con humor inteligente para niños de la factoría Disney-). Pero, fuera de bromas, necesité tan sólo tres meses desde que empezamos nuestra relación para ir con mi novio a estrenar la entonces no tan masificada playa de mis sueños. Tampoco es que él necesite mucho para coger el coche y tirar millas, ese es uno de los muchos gustos que tenemos en común, todo hay que decirlo. Lástima no tener dinero, si no, no habría destino que se nos resistiera, pero, bien pensado... ¿quién necesita playas paradisíacas al otro lado del charco teniendo a una hora en coche la que creo que puede ser la mejor playa de España, que no es poco, puesto que en nuestro país hay muchas y muy buenas?
Pues allá que fuimos, en mayo, había cuatro gatos y además iban en pelota picá. Por aquel entonces aún no había apenas móviles, y los que había tenían la pantalla de cristal líquido, asemejaban más bien calculadoras y, ya en un alarde de sofisticación, si la cobertura daba para ello, se podían mandar mensajes. Mis hijos y los de la mayoría de los que me estáis leyendo seguramente no conciben una vida así, sin posibilidad de mandar selfies desde la playa, pero así era y eso también contribuía a la menor afluencia de público, aún había sitios secretos y perfectos.
Hablando de todo un poco, qué  bonito amanecer estoy viendo. La Bahía es un espejo de tonos azules y lavanda. No le hago una foto porque va a salir movida del  movimiento del autobús...
Bueno, a lo que iba, que mi media naranja fue conmigo a la playa y, aunque ya la conocía, se enamoró como yo. Desde entonces se convirtió en nuestra playa favorita, un lugar que nos hacía sentir que el Edén existe y está en la tierra. Aunque he de decir también que se vuelve un auténtico infierno, cuando el Levante la convierte en el reverso tenebroso del paraíso de los surferos. Pues también acudíamos  a nuestra ineludible cita de festivo en los días de levantera y nos hemos sentido beduínos en medio de una tormenta de arena. Pero también sabíamos encontrarle encanto a comer bocata crocanti... Era como al principio de una  relación, en pena eclosión químico-hormonal, cuando se vive en un estado de enajenación tal que ves un trozo de perejil en un diente de tu pareja y piensas: qué gracioso está (poned vosotros la música de violines de fondo que más os guste). Todos sabemos que con el tiempo, le dices directamente: "anda, límpiate ese colmillo que estás haciendo el ridículo, hijo..."
Hemos pasado momentos memorables allí, como aquella vez  que se pusieron cerca de nosotros (entonces "cerca" allí era a unos cincuenta metros) unos nudistas -un hombre y dos mujeres- que nos hicieron pensar que debía de haber una cámara por allí, o bien oculta para ver la reacción de los que, como nosotros, asistíamos al espectáculo, o porque estaban grabando una película porno, directamente. O el día que estábamos visitando las ruinas y pasaron a nuestro lado dos parejas de pipiolos que se preguntaban de quién sería la estatua que preside la Basílica, y dijo uno de ellos, muy puesto, que debía de ser Baelo Claudio. Con la cultura que rezuma esta juventud me da pánico pensar en el futuro. Por cierto, ni siquiera es el emperador Claudio, es Trajano. Me apunto en la agenda ir a ver las ruinas con los niños, el mayor va a alucinar, porque no hay nada que le guste más que un Museo o unas ruinas; es el hijo ideal para mí, porque soy igualita.
La cuestión es que, ahora que ir a la playa se ha convertido en jugar al Tetris  en el maletero con las sillas, sombrillas, nevera, bolsas y juguetes, seguimos yendo alguna que otra vez en el verano para que nuestros niños disfruten tanto o más, si cabe, que nosotros. Así que ahí fuimos la familia Telerín con todos los bártulos dispuestos a disfrutar de una tranquila jornada playera el sábado pasado. Sí, el sábado pasado, 30 de julio.  Sábado, sí, repito y, como quien dice el primero de agosto, o como si lo fuera. A quién se le ocurre, ni que fuéramos nuevos... Eso parecía una feria. Doce y cuarto de la mañana y los parkings colapsados. Y el guardia que cobra por aparcar -cualquier día también cobran por el gasto del agua del mar y el desgaste de la arena- poniéndose flamenco. Dejando pasar a sus amiguitos de turno cuando la valla estaba echada para todo quisque porque, según él, esos sitios los tenía reservados "el encargado"... no te giba... esto es España y si este es el precio que hay que pagar por ser different, casi prefiero ser más "del montón", más nórdica, incluso, si ello conlleva que todos seamos más legales, no tener que sufrir la falta de educación, el compadreo, el amiguismo y la caradura que, por desgracia imperan en nuestra España que, por muy europea que se crea, en eso (y en otras cosas) sigue siendo de charanga y pandereta.
En fin, lo dejo, que me caliento, y no quiero entrar en política.
Después de media hora manteniendo un pulso con el cobrador del parking para que nos abriera la valla, como a sus amigotes, para dar la vuelta y salir (véase buscar un huequecillo para aparcar) nos aburrimos y aparcamos en otra zona donde había sitio de sobra -en el parking, la playa  es otra cosa, parecía infestada por la marabunta, al menos desde lejos-. Entonces recordé por qué siempre nos gusta ponernos enfrente de las ruinas. No es por el puro placer de las vistas, no porque en los tres restaurantes de esa zona se come bastante bien, ni por estar cerca de la duna. No es por hedonismo. Es porque somos en ciertos aspectos bastante antisociales y, en esa parte, como hay poco sitio para aparcar,  por ende, hay poca gente. Donde fuimos el otro día, no. Estaba petado. Yo no soporto eso de estar en la playa como los piojos en costura, metida en la conversación de la familia de al lado sin proponérmelo porque están tan cerca que es imposible no oírlo todo, aguantando casi que me caigan en el hombro las miguitas del bocata del niño de la sombrilla contigua.
Y todo es culpa de la maldita sociedad de la información, llamadlo globalidad, o como os dé la gana. Si no hubiera Internet, selfies, ochocientos canales de televisión dando publicidad de todos los auténticos paraísos cercanos, no pasaría esto y MI PLAYA seguiría siendo minoritaria y se podría ir en agosto sin tener que salir de casa a las seis de la mañana para plantar la sombrilla. Y la cosa es que sigue siendo de las menos agobiantes. Si yo tuviera que ir a esos sitios que se ven en la tele donde las orillas son jacuzzis con todos los cuerpos apiñados y el montón de toallas parecen una moqueta que cubre toda la arena del hacinamiento que hay, creo que iría a la piscina.
Pero bueno, seamos consecuentes, yo misma estoy haciendo publicidad de mi playa a través de Internet. ¿De qué me quejo?
No obstante, eso no significa que no piense que, para mí, en la playa, cuanto menos bulto, más claridad...