jueves, 25 de agosto de 2016

Envidia sana

Resultado de imagen de piscina en la costa azul
Tras una semana y pico de relax vacacional y apurando los días de asueto que me quedaban vuelvo al tajo y a reflexionar sobre las cosas importantes de la vida. Cosas como la envidia sana.
El martes, antes de la vuelta al trabajo, mientras disfrutaba de mi opíparo desayuno mañanero -sí, yo desayuno en mi casa y sí, antes de afrontar la jornada me pongo bien las pilas, así soy capaz de tomarme a las seis de la mañana un zumo, tostadas con aceite y miel o mantequilla y mermelada, galletas y té con leche, no concibo salir de casa sin energía- leía un suplemento de esos semanales de los diarios que me da mi padre. En él venía, además de la habitual columna de mi adorado Pérez Reverte un artículo sobre Ivanka Trump -sí, sí, la hijísima del magnate  inmobiliario y presidenciable Donald- y otro sobre un fotógrafo que se dedicó a mostrar al mundo la opulencia que rodeaba la vida de unos pocos a través de imágenes de sus piscinas. Así, entre bocado y sorbo pasé del contrasentido de un picoleto a punto de entrar en prisión por cumplir su deber de defendernos matando a un tipo que había atropellado a un compañero suyo guardia civil y evitando con ello que el indeseable rematara la faena (situación tan real como triste e inexplicable y corriente en esta desquiciada España en la que vivimos) al glamour de los ricos, pero ricos, ricos de verdad. Esos ricos indecentemente ricos.
La despampanante Ivanka viene a decir que es una currante de las auténticas, mamá todoterreno, esposa virtuosa, hija ejemplar, ex modelo, perfecta anfitriona... Duerme cuatro horas, la pobrecita, porque después de acostar a sus retoños se vuelve a la oficina para seguir trabajando a destajo... Qué dura es la vida de una rica heredera casada con un pobrecito montado en el dólar. Si no se quitara horas de sueño no sé de qué iban a vivir... Es que son unas incomprendidas estas niñas ricas. Menos mal que confiesa tener que "tirar de niñeras". Porque es que también ha aprendido a cocinar para agasajar a sus invitados. Debe de ser sobrehumana. Pobrecita, y yo ironizando sobre su durísima vida, con el trabajo que le habrá costado a la criatura llegar a ser directiva de la empresa de su padre. La de currículos que habrá echado la chiquilla, hombre... la de puertas que se le habrán cerrado en las narices con ese apellido como carta de presentación y con lo feíta que es. Y yo aquí sacándole punta a todo lo que dice. Si es que la envidia es muy mala.
Pero ojo, que lo mío no es envidia... bueno... a lo mejor un poquito sí... pero envidia sana, ¿eh?
Que es muy buena persona, seguro. Y no lo digo porque si su padre acaba ganando las elecciones vaya a venir la CIA a darme matarile, no. Es que la admiro de verdad, tan abnegada, trabajadora y valiente ella... una auténtica superviviente. Pensadlo: es que, llegar a donde ella ha llegado con las adversidades que ha debido afrontar, las penurias que ha pasado en su infancia... Lo que ha luchado esa mujer... para hacerle un monumento. No me gustaría estar en su pellejo, esa vida tan difícil que viven las multimillonarias entre el lujo y el despilfarro tiene que ser un coñazo, con la vidorra que yo me doy en mi casa de los click de Playmobil jugando al tetris en los armarios. Eso es diversión y no esos aburridos veraneos en yate entre la costa azul y Capri... qué tedio, por Dios...
Y qué decir de las fotos de la Dolce Vita que venían a continuación. Qué agobio, qué sufrimiento y stress se palpaba en el ambiente. Todas esas personas tan despreocupadas e indolentes tomando aperitivos y charlando al borde de piscinas de ensueño. Vamos, yo, ni regalado lo quiero, que se sufre mucho, ya lo dicen ellos en las entrevistas, que se hartan de trabajar (nosotros, los curritos, no, claro) y gastan mucho tiempo -y dinero, porque lo tienen, claro está- en viajes, comilonas de compromiso, fiestas hasta la madrugada para establecer relaciones comerciales, un no parar de sacrificios, unas víctimas de las relaciones públicas. Y total, ¿para qué? ¿para ganar unos milloncejos de nada? Si es que no compensa. Es mejor hartarse de trabajar para ganar un sueldo, con suerte digno, que te dé lo justo para comer y pasarte la vida ahorrando como una hormiguita para darles unos estudios a tus hijos que les habiliten para, por lo menos, atreverse a llamar a la puerta de los despachos de esos que toman el sol en sus piscinas...
Eso sí, tengo que decirlo, serán muy listos para los negocios, pero para otras cosas no son muy avispados que digamos. Debe ser que, como viven tres palmos por encima del suelo, son totalmente ajenos a la realidad y por eso hacen ostentación de sus lujos sin reparos. O eso o es que realmente se ríen en nuestras narices de las facilidades con que cuentan para todo.
Anda que si a mí me tocara la lotería iba a enseñarle mi mansión a los de "¿Quién vive ahí?"... No se iba a enterar ni "er Tato"... Y no sólo por evitar despertar eso que llamamos envidia sana, y cuya supuesta "sanidad" no deja de ser un eufemismo... desengañémonos: la envidia sana no existe, la que hay sólo puede ser más o menos enfermiza, en ciertos casos, hasta patológica. No sólo por eso o por facilitar objetivos a los "amigos de lo ajeno", sino porque se me caería la cara de vergüenza al pensar en las dificultades para llegar a fin de mes de la mayoría de los espectadores.
La riqueza no debería estar reñida con la empatía, a mi entender y, dicho sea de paso: no les vendría mal un baño de realidad a todos esos herederos de las grandes fortunas a quien todo les ha llovido del cielo, igual así, por lo menos no tendríamos que leer artículos como el que mencionaba en el que, para justificar su tren de vida intentan hacernos creer que para conseguirlo sudan la camiseta como cualquier hijo de vecino... Estas cosas claman al cielo.
Y lo vuelvo a decir: todo esto no es más que envidia sana.......

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