Como bien sabéis soy un poquito antisocial. No es que sea sociópata ni misántropa, no llego hasta ese punto. Lo digo sólo en dos sentidos: porque no suelo comulgar con los gustos y opiniones de la mayoría y, sobre todo, porque cada día odio más las aglomeraciones de "humanidad". No soporto la playa masificada, detesto ir en un autobús atestado, empañado del vaho de tantos alientos y oliendo a "sobaco con solera", abomino de las macrofiestas, siento aversión a hacer cola para algo, etc...
Lo de la playa ya lo comenté (en "La playa de mis sueños"), pero ahí hablaba de cuando llegas y ya está "de bote en bote". Hay otro caso más sangrante. Llegas a la orilla y, como hay espacio bastante alrededor, colocas tus sombrillas (nosotros llevamos dos), tus toallas, tu silla, la hamaquita del pequeño, tus niños toman posesión del territorio con los cacharritos, se ponen a hacer castillos y tú te dispones a disfrutar de un ratito de "relativa" tranquilidad (con tres niños la calma absoluta es imposible; esa en la que te relajas de verdad, tanto que terminas mirando dentro, muy, pero que muy, muuuuuuuy dentro de ti hasta que empiezan a revolotear muchas moscas alrededor, con la babilla escapándose por la comisura del labio porque la cabeza se va escorando... esa ya no la consigues ni en el sofá a la hora de la siesta -en ¿el qué?, a la hora de la ¿qué?, hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo). Pues bien; cuando estás a punto de comenzar a disfrutar de dicho éxtasis playero-veraniego, empiezas a oír un lejano rumor, molesto y de tesitura variada que, de lejano pasa a cercano, de cercano a demasiado cercano, de rumor a estruendo y de molesto a insoportable. Es el rumor de la horda invasora que -mira que hay playa, ¿eh?- va y se plantifica a dos metros escasos de tu recién estrenado remanso de paz.
El perfil del enemigo es variado: la megafamilia ruidosa que se reúne en la playa porque son tantos que no hay casa que los resista es el más típico. La pandilla juvenil es otro, pero centrémonos en el primero, que suele ser más ruidoso. No la llamo megafamilia porque sean familia numerosa, sino porque van tres abuelas, dos abuelos, siete matronas (en la más amplia extensión del término, estilo Ana Magnani que, si bien esto es España, no somos tan distintos de la Italia más popular y profunda) de risa estentórea, ocho cuñados que, cañita y cigarrillo en mano se ponen a comentar el estado general de la nación a través de las noticias del Marca, seis pipiolos (cuatro de ellos agrupados de dos en dos, comiéndose con la mirada y, a veces, no sólo con la mirada, en la parte más apartada del grupo), la amiga soltera de toda la vida de la abuela - y compañera del bingo-, la vecina divorciada del quinto y el viudo de la prima segunda de la cuñada de la compañera de trabajo de su niña la mayor, que le pone ojitos a su madre y, la guinda del pastel: diez o doce niños ( como no paran de moverse, se pierde la cuenta), de edades variadas, que empiezan a crear una tormenta de arena aderezada con griterío infanto-maternal: "Niñoooooo, joé, deja a tu hermana y cómete er bocata ya", "Omaaaaa, la tata me ha quitado una trenza", "Niñaaaa, no te metas pa lo jondo, que te vajogá", "¿Con qué va'queré er viena, niño, con foigrá o con chopepó?", "Niño, la crema, que tú estás mu blanco", "Pepe, pregúntale al Antonio si va a querer gazpacho o piriñaca", "Pacoooo, pásame er tinto de verano", etc., etc., etc. y, tras salpicarme de arena a los niños una docena de veces con las carreras de la infantería enemiga y viéndome la cara de asesina, por fin un: "Niños, no correr más, joé, coger la pelota y se vais pa' tras que estáis molestando a la chavala" (sí, me conservo muy bien)... y un largo y variopinto muestrario del habla más castiza y auténtica de mi tierra, a la que adoro, expresiones y acento incluidos, pero no dentro de mis tímpanos, por favor, si no es mucho pedir. Que corra el aire...
Con esta proliferación de sombrillas, mesas, neveras, sillas, toallas, colchonetas y otros enseres poblados de chavalería, ancianidad y gente de todas las edades, que se coloca -cómo no-, entre nosotros y la orilla, mi campo de visión queda obstaculizado y, si la niña está a mi alrededor y el mayor anda por el agua, ya empiezo con el efecto camaleón, un ojo aquí y otro en Pekín (cuando el tercero camine no sé con qué ojo lo voy a controlar a él...) y encima, por la lejanía, me sorprendo vociferando: "Niño, no te vayas a meter a agua tapá, que hoy arrastra, que hay mucha resaca", soslayando la mirada reprobatoria de mi marido, que se separa un poco de mí como si no me conociera de nada... La escandalera que me invadió me contagia, ¿qué digo "contagia"?: ¡horror! ¡¡¡me fagocita!!!
Por eso me gustan las playas con "poca gente". Me gusta oír mis pensamientos con el sólo trasfondo de las peleas de mis niños, de las que, a veces, ya consigo abstraerme alcanzando casi el nirvana...
Ocupémonos ahora del autobús. Pongamos que son las 15.20h. Parada de origen del transporte público. Seis o siete personas desperdigadas por los asientos del coche oruga que me lleva de vuelta a mi casa. Yo, llamadlo manía, pero me suelo sentar en el mismo sitio o su primo hermano: poco antes de la parte flexible del coche, junto a la ventana y del lado del mar, no el de la Bahía, ese lado es para la ida, así veo el amanecer reflejado sobre sus aguas y la Sierra de fondo (un espectáculo, un privilegio, lo sé, y gratis). Además es un sitio incómodo porque sueño coger el más elevado, el que va sobre las ruedas, vamos, que, en marcha, cuesta trabajo encaramarse. Pues, da igual que vaya casi vacío, siempre hay alguien que encuentra irresistible el asiento contiguo al mío. Misterios insondables de la humanidad. ¿Qué tiene de especial el sitio de al lado? ¿Serán ganas de fastidiar, de verme la cara de haber mordido un limón que se me pone? ¿falta de calor humano? ¿horror al vacío? No lo sé, pero no falla: siempre se te pone alguien ahí, pegadito, cual calcomanía... aunque sea una anciana casi octogenaria cargada con la bolsa de la playa y la silla y que necesita una polea para subirse: ahí se coloca. A lo mejor es que yo también me siento ahí porque el magnetismo del núcleo terrestre ejerce una especial atracción hacia ese puntito diminuto y móvil de la tierra, o porque las fuerzas telúricas que en su día orientaron la construcción de los centros druídicos se concentran precisamente ahí, vete tú a saber, oye, manifiesto mi más profunda ignorancia al respecto. El hecho es que ahí se pone, bien sea la señora que no para de darme golpecitos con la silla, el señor con tufillo a tintorro o quien sea, con hedores varios. No todos son así, claro, afortunadamente; también está la señora bien perfumada que se pone junto a mí porque piensa: "mejor con esta, que parece normal, a que me toque un petardo pegajoso y pestilente". Mi teoría es esa en todos los casos de mujeres: al ocupar ese asiento eligen estar a mi lado, que soy la opción menos mala ante lo que les puede caer si se sientan solas. La cuestión es que se me pegan cual Epi y Blas en una cama de velcro.
Y ¿dónde nos dejamos a la típica señora (ignoro el por qué, pero suele ser mujer) que, en una cola, llega justo después que tú pero, poco a poco, sibilina y subrepticiamente se va desplazando a "paso camgrejero" hasta colocarse justo al lado de tu codo? ¿no saben que cuando se hace cola nos referimos a fila india? Es decir, uno detrás del anterior, no a su lado. Y, no contenta con estar leyendo lo que lleves entre tus manos, como no ve bien, se acerca más, hasta que te llega a dar codazos y empujones, sutiles, pero molestos, al fin y al cabo. Te apartas un poquito. Te vuelves a apartar, ya con cara de mosca chamuscada. A lo mejor incluso, de ver tu cara de pocos amigos te suelta un sorprendido: "Uy, perdona, que no me he dado cuenta...". Al siguiente envite es cuando caes en la cuenta de que su objetivo no ha sido otro que el de colarse desde el principio y la espera ya empieza a ser amena, puesto que se convierte en el campo de una batalla silenciosa, una especie de guerra fría para ganar centímetros al adversario... En realidad debería agradecérselo, porque, no sólo ha logrado picarme cosa que -habréis notado-, no tiene mucho mérito, sino que, además, me ha dado tema para escribir.
Pero vamos, lo dicho: por caridad cristiana, que corra el aire, que hace una jartá de calor y que, cuanto menos bulto, más claridad.
Lo de la playa ya lo comenté (en "La playa de mis sueños"), pero ahí hablaba de cuando llegas y ya está "de bote en bote". Hay otro caso más sangrante. Llegas a la orilla y, como hay espacio bastante alrededor, colocas tus sombrillas (nosotros llevamos dos), tus toallas, tu silla, la hamaquita del pequeño, tus niños toman posesión del territorio con los cacharritos, se ponen a hacer castillos y tú te dispones a disfrutar de un ratito de "relativa" tranquilidad (con tres niños la calma absoluta es imposible; esa en la que te relajas de verdad, tanto que terminas mirando dentro, muy, pero que muy, muuuuuuuy dentro de ti hasta que empiezan a revolotear muchas moscas alrededor, con la babilla escapándose por la comisura del labio porque la cabeza se va escorando... esa ya no la consigues ni en el sofá a la hora de la siesta -en ¿el qué?, a la hora de la ¿qué?, hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo). Pues bien; cuando estás a punto de comenzar a disfrutar de dicho éxtasis playero-veraniego, empiezas a oír un lejano rumor, molesto y de tesitura variada que, de lejano pasa a cercano, de cercano a demasiado cercano, de rumor a estruendo y de molesto a insoportable. Es el rumor de la horda invasora que -mira que hay playa, ¿eh?- va y se plantifica a dos metros escasos de tu recién estrenado remanso de paz.
El perfil del enemigo es variado: la megafamilia ruidosa que se reúne en la playa porque son tantos que no hay casa que los resista es el más típico. La pandilla juvenil es otro, pero centrémonos en el primero, que suele ser más ruidoso. No la llamo megafamilia porque sean familia numerosa, sino porque van tres abuelas, dos abuelos, siete matronas (en la más amplia extensión del término, estilo Ana Magnani que, si bien esto es España, no somos tan distintos de la Italia más popular y profunda) de risa estentórea, ocho cuñados que, cañita y cigarrillo en mano se ponen a comentar el estado general de la nación a través de las noticias del Marca, seis pipiolos (cuatro de ellos agrupados de dos en dos, comiéndose con la mirada y, a veces, no sólo con la mirada, en la parte más apartada del grupo), la amiga soltera de toda la vida de la abuela - y compañera del bingo-, la vecina divorciada del quinto y el viudo de la prima segunda de la cuñada de la compañera de trabajo de su niña la mayor, que le pone ojitos a su madre y, la guinda del pastel: diez o doce niños ( como no paran de moverse, se pierde la cuenta), de edades variadas, que empiezan a crear una tormenta de arena aderezada con griterío infanto-maternal: "Niñoooooo, joé, deja a tu hermana y cómete er bocata ya", "Omaaaaa, la tata me ha quitado una trenza", "Niñaaaa, no te metas pa lo jondo, que te vajogá", "¿Con qué va'queré er viena, niño, con foigrá o con chopepó?", "Niño, la crema, que tú estás mu blanco", "Pepe, pregúntale al Antonio si va a querer gazpacho o piriñaca", "Pacoooo, pásame er tinto de verano", etc., etc., etc. y, tras salpicarme de arena a los niños una docena de veces con las carreras de la infantería enemiga y viéndome la cara de asesina, por fin un: "Niños, no correr más, joé, coger la pelota y se vais pa' tras que estáis molestando a la chavala" (sí, me conservo muy bien)... y un largo y variopinto muestrario del habla más castiza y auténtica de mi tierra, a la que adoro, expresiones y acento incluidos, pero no dentro de mis tímpanos, por favor, si no es mucho pedir. Que corra el aire...
Con esta proliferación de sombrillas, mesas, neveras, sillas, toallas, colchonetas y otros enseres poblados de chavalería, ancianidad y gente de todas las edades, que se coloca -cómo no-, entre nosotros y la orilla, mi campo de visión queda obstaculizado y, si la niña está a mi alrededor y el mayor anda por el agua, ya empiezo con el efecto camaleón, un ojo aquí y otro en Pekín (cuando el tercero camine no sé con qué ojo lo voy a controlar a él...) y encima, por la lejanía, me sorprendo vociferando: "Niño, no te vayas a meter a agua tapá, que hoy arrastra, que hay mucha resaca", soslayando la mirada reprobatoria de mi marido, que se separa un poco de mí como si no me conociera de nada... La escandalera que me invadió me contagia, ¿qué digo "contagia"?: ¡horror! ¡¡¡me fagocita!!!
Por eso me gustan las playas con "poca gente". Me gusta oír mis pensamientos con el sólo trasfondo de las peleas de mis niños, de las que, a veces, ya consigo abstraerme alcanzando casi el nirvana...
Ocupémonos ahora del autobús. Pongamos que son las 15.20h. Parada de origen del transporte público. Seis o siete personas desperdigadas por los asientos del coche oruga que me lleva de vuelta a mi casa. Yo, llamadlo manía, pero me suelo sentar en el mismo sitio o su primo hermano: poco antes de la parte flexible del coche, junto a la ventana y del lado del mar, no el de la Bahía, ese lado es para la ida, así veo el amanecer reflejado sobre sus aguas y la Sierra de fondo (un espectáculo, un privilegio, lo sé, y gratis). Además es un sitio incómodo porque sueño coger el más elevado, el que va sobre las ruedas, vamos, que, en marcha, cuesta trabajo encaramarse. Pues, da igual que vaya casi vacío, siempre hay alguien que encuentra irresistible el asiento contiguo al mío. Misterios insondables de la humanidad. ¿Qué tiene de especial el sitio de al lado? ¿Serán ganas de fastidiar, de verme la cara de haber mordido un limón que se me pone? ¿falta de calor humano? ¿horror al vacío? No lo sé, pero no falla: siempre se te pone alguien ahí, pegadito, cual calcomanía... aunque sea una anciana casi octogenaria cargada con la bolsa de la playa y la silla y que necesita una polea para subirse: ahí se coloca. A lo mejor es que yo también me siento ahí porque el magnetismo del núcleo terrestre ejerce una especial atracción hacia ese puntito diminuto y móvil de la tierra, o porque las fuerzas telúricas que en su día orientaron la construcción de los centros druídicos se concentran precisamente ahí, vete tú a saber, oye, manifiesto mi más profunda ignorancia al respecto. El hecho es que ahí se pone, bien sea la señora que no para de darme golpecitos con la silla, el señor con tufillo a tintorro o quien sea, con hedores varios. No todos son así, claro, afortunadamente; también está la señora bien perfumada que se pone junto a mí porque piensa: "mejor con esta, que parece normal, a que me toque un petardo pegajoso y pestilente". Mi teoría es esa en todos los casos de mujeres: al ocupar ese asiento eligen estar a mi lado, que soy la opción menos mala ante lo que les puede caer si se sientan solas. La cuestión es que se me pegan cual Epi y Blas en una cama de velcro.
Y ¿dónde nos dejamos a la típica señora (ignoro el por qué, pero suele ser mujer) que, en una cola, llega justo después que tú pero, poco a poco, sibilina y subrepticiamente se va desplazando a "paso camgrejero" hasta colocarse justo al lado de tu codo? ¿no saben que cuando se hace cola nos referimos a fila india? Es decir, uno detrás del anterior, no a su lado. Y, no contenta con estar leyendo lo que lleves entre tus manos, como no ve bien, se acerca más, hasta que te llega a dar codazos y empujones, sutiles, pero molestos, al fin y al cabo. Te apartas un poquito. Te vuelves a apartar, ya con cara de mosca chamuscada. A lo mejor incluso, de ver tu cara de pocos amigos te suelta un sorprendido: "Uy, perdona, que no me he dado cuenta...". Al siguiente envite es cuando caes en la cuenta de que su objetivo no ha sido otro que el de colarse desde el principio y la espera ya empieza a ser amena, puesto que se convierte en el campo de una batalla silenciosa, una especie de guerra fría para ganar centímetros al adversario... En realidad debería agradecérselo, porque, no sólo ha logrado picarme cosa que -habréis notado-, no tiene mucho mérito, sino que, además, me ha dado tema para escribir.
Pero vamos, lo dicho: por caridad cristiana, que corra el aire, que hace una jartá de calor y que, cuanto menos bulto, más claridad.

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