lunes, 8 de agosto de 2016

De virus, bacterias y bichejos.

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Antes de empezar con mi habitual perorata mañanera, pido disculpas a mis seguidores habituales por la falta de escritos en estos últimos días. No es que ya no reflexione, es que no he tenido tiempo para plasmarlo como es debido. Problemas de cervicales y virus escatológicos me lo han impedido. La gran desventaja de ser muchos de familia, desde mi humilde punto de vista, es esa: cuando un niño coge un virus -sea del tipo que sea-, corre por la casa como la pólvora. Y digo que lo coge un niño porque, normalmente, los traen del cole... Aunque en verano tampoco nos salvamos de algún brote de virus de esos que exigen un gasto extra en papel, sea en Kleenex o en papel higiénico.  Pero durante el curso es mucho más, sin comparación. Yo, cuando uno de mis hijos viene contando que un compañero ha vomitado en clase, me hecho a temblar. Ya empiezo a hacerme cruces y a quemar romero, porque, madres del mundo, reconozcámoslo, no nos libra ni "la Trinidad". Cuando por fin caemos  en lo inevitable es cuando todos coincidimos en lo práctico que resulta tener más de un cuarto de baño. Perdonad por lo asquerosillo del asunto, pero es que es verdad. Ya sabéis cuánto me gustaría tener una casa grande; por eso, aunque no puedo permitírmelo, de vez en cuando me gusta ver los anuncios de casas en los escaparates  de las inmobiliarias y por Internet. Aunque me diréis que soñar es gratis, lo mío es puro masoquismo, os lo digo yo. Cuando veo un piso con cinco dormitorios, lavadero y tres baños se me ponen los ojillos como a una muñequita manga (que, por cierto, siempre me he preguntado si sus dibujantes tendrán un poquito de complejo, ya que siempre ponen en los dibujitos unos ojos antinaturalmente redondos, cuando ellos los tienen rasgados: yo los tengo un poco achinados, de hecho cuando me resfrío, lloro o pelo cebolla se me ponen cual "puñalada en tomate" y, aun así, puedo asegurar que hacen el mismo apaño que los otros). Pues el que me escucha siempre me dice: "anda ya, ¿para qué quieres tantos cuartos de baño, para hartarte de limpiar?" Cuando se convive con cuatro personas se aprende a apreciar lo que sería disfrutar de ese lujo en condiciones normales -a los niños siempre les entran ganas a la vez, por ejemplo. Yo, la hora de ducharme o arreglarme, nunca tengo intimidad, siempre  hay alguien amenizando mi toilette desde el trono, con salvas de honor o con el alegre chorrito -ríete tú de las fuentes de Versalles-... todo glamour, pompa y boato- y, con gastroenteritis pasa de lujo deseable a necesidad perentoria, os lo digo yo.
Además, por otra parte, ¿alguien puede explicarme por qué puñetas algunas madres mandan a sus hijos al colegio enfermos? No es por criticar -anda que no- pero es que, aparte de la poca humanidad que demuestran con el fruto de sus entrañas, -pobrecito hijo- que está en el cole echando los higadillos, acabando con las reservas del Amazonas en tissues o tiritando de la fiebre, encima están esparciendo virus como pequeños aerosoles, más nocivos, seguro, para la capa de ozono, que los clorofluorocarbonos, o al menos, para sus compañeros de clase. Y no hablo de los padres trabajadores que no pueden cogerse días por enfermedad de sus hijos -otra cosa que habría que cambiar en España para poder empezar a hablar de conciliación, con los pertinentes justificantes médicos, claro está, que también es verdad que aquí, el que no corre, vuela-. No, yo hablo de los que no trabajan que, curiosamente, los mandan al cole así casi más que los que trabajan. Debería estar prohibido por razones de salud pública (ojo, que igual lo está, aunque sólo sea por los derechos del niño). De nada sirve que la directora lo repita en cada reunión, la gente pasa y sigue llevando pequeños saquitos de virus al cole, a modo de arma biológica... No veas la gracia que me hace cuando, las pocas veces que estoy en la puerta del colegio para recogerlos, escucho a alguna madre - perdón por la falta de paridad pero es que el 80% de los progenitores que van por ellos son mujeres- que, entre risas dice: "pues a ver cómo sale Fulanito, porque en casa antes de venir vomitó" o, "uff, no veas qué fin de semana, Menganito ha estado con cuarenta de fiebre desde el viernes, lo he traído porque anoche sólo tenía 38,5, y ahora por la mañana estaba fresquito" no te giba... Me dan ganas de abofetarlas inmisericorde y contundentemente, palabrita... "No se iba a quedar sin excursión", "Es que no quería que se perdiera el examen"... A ver: mi hijo el mayor ha terminado segundo de primaria y creo que estoy en condiciones de asegurar que ni por perder uno o dos exámenes por enfermedad van a frustrarse sus  esperanzas de futuro académicas ni creo que, estando justificado, haya maestros tan desalmados que no le repitan la prueba y, si no lo hacen, será porque no era tan importante. Y si los hay, habrá que hablar con ellos, que para eso están las tutorías y digo las tutorías, que es el momento habilitado pata comentar de tú a tú con la tutora o el tutor los avances o problemas de tu hijo, no la puerta del colegio,  más que nada por intimidad de los niños y porque, si otra madre tiene algo urgente y breve que comentar no debería tener que esperar media hora a que la anterior termine, y lo digo yo porque voy muy pocas veces y las pocas que voy, a veces he tenido que desistir e irme  a mi casa sin conseguirlo porque yo no soy de colarme y, tras diez minutos esperando, ya me parece hasta mal hacerle perder más tiempo a la pobre tutora que, como yo, también es madre y tiene otra vida  más allá del muro del cole, en su casa. 
Pero bueno, ese es otro tema, a lo que yo iba, por favor, cuando los niños estén  malitos ya en casa (cuidado, no hablo de cuando están bien y empiezan a encontrarse mal en clase,  eso es un imponderable) dejados allí, reservaditos, o con los abuelos, y no los llevéis, siempre que sea posible, sobre todo si uno de los dos no trabajáis y nos haréis  un favor a la padres de los compañeros, a los mismos niños de la clase y, si esos os la traen al fresco, hacedlo por una mejor y más rápida recuperación de vuestros amados descendientes. Todos os lo agradeceremos. Os recuerdo que un niño enfermo no es un estorbo, sino una responsabilidad. Lo digo por si es que a alguien ha llevado al pequeño al cole porque ese día le estropeaba el plan de las rebajas, el cafelito con las amigas o un día de gimnasio, por decir cosas para mí, total y absolutamente supérfluas y prescindibles. No digo más, que me embalo.
Tampoco digo que no se los lleve cada vez que estornuden o tengan mocos (algunos no irían nunca, verdaderamente, los míos los primeros) hablo de fiebre, virus raros, gastroenteritis y enfermedades infantiles varias) ni cada vez que llueva o sople un poquito de viento. Recuerdo también que, una vez se escolariza a un niño la asistencia a clase es obligatoria. Y que la lluvia es un engorro, vale, pero reconoced que, antes de ser padres, no os detenía para "beberos las calles" de juerga. Hurgad en vuestras conciencias, seguro que tengo razón. 
¿Y el tema de las vacunas? Me joroba un montón oír a madres a las que no le faltan las últimas gafas de sol de moda o que estrenan móviles de última generación, decir que no piensan poner a sus hijos las vacunas no incluídas en el calendario de vacunación pero recomendadas por los pediatras, porque son muy caras y encima, no son efectivas, se ve que todas han estudiado pediatría. Es el caso de la de la varicela. En el cole de mis hijos este año hubo una auténtica epidemia. Los míos están vacunados, a costa de mi peculio, evidentemente, pero aseguro que prefiero no comprarme modelitos nuevos (tampoco los necesito, no soy vanidosa ni mucho menos fashion victim) y apretarme un poco el cinturón, no comprar caprichos en general para evitarles a mis niños todo mal que esté en mi mano. Ojalá pudiera hacer más, pero la ciencia llega hasta donde llega. Otra cosa que habría que cambiar en el mundo. No entiendo que estemos viendo campañas todos los días de UNICEF, de SAVE THE CHILDREN, de ACNUR, etc, etc, etc, diciendo lo necesarias que son las vacunas para salvar la vida de millones de niños y que las dosis para prevenir de enfermedades básicas aún cuesten dinero. ¿Por qué nos comen la conciencia a nosotros por la calle y no directamente a los gobiernos y magnates (curiosa la similitud de esta palabra con mangante, ahí lo dejo) de las farmacéuticas, con los que se codean los dirigentes de esas mismas ONGs en recepciones y cócteles?. Este mundo está lleno de hipocresía. La salud no debería ser objeto de mercadería, y me dan pena moralmente los que se llenan los bolsillos a costa de patentes que salvarían vidas. No digo que las regalen, pero de regalarlas a pedir fortunas por salvar a alguien de un virus como el de la hepatitis, hay un abismo: es algo que clama al cielo. Pero lo dicho, cuando oigo a una madre que no le pone la vacuna a su hijo, porque, total, así ya la pasa y a ver si contagia también a su hermano para pasarlo los dos juntos, me dan ganas de tirarle de los pelos. Con la cantidad de muertes infantiles que se han logrado evitar desde que se inventó la vacuna, la de enfermedades que se han conseguido controlar gracias a ese bendito descubrimiento, y sabiendo lo que habría dado mi tía, por ejemplo, sin ir más lejos, afectada de polio desde los once meses de vida, porque le hubieran puesto la vacuna a tiempo... Que todavía haya personas capaces de decir eso me parece indignante, y un comentario que denota, si no ignorancia, sí un gran desconocimiento del tema y de las secuelas que muchas enfermedades infantiles pueden provocar en nuestros pequeños. Es cierto que son caras, pero conozco casos de abuelos que el regalo que le han hecho a sus nietos por sus cumpleaños han sido esas vacunas de pago, por ejemplo, y también estoy segura de que, ahorrando, raro es el que verdaderamente no puede pagarlas. Repito, se ven muchos móviles y táblets ultramodernos, muchas equipaciones de fútbol oficiales y mucha cervecita y comida fuera, en personas que "supuestamente" no pueden pagarles las vacunas a los niños. Luego se dan muchos golpes de pecho de lo mucho que quieren a sus niños, manda huevos, con perdón de la expresión. Si los queréis, velad por su salud y, de paso por la de sus compañeros, que otras cosas sobran si falta la salud. Los que vacunamos a nuestros niños no sólo los protegemos a ellos, sino también a sus hijos, que no se contagiarán de los nuestros, que no lo olviden.
Y ¿qué decir de los pipis? Odio esa palabreja. Por lo que se ve hay alguien que se cree que, por ponerle un nombre gracioso, van a convertirse en adorables mascotas, como por arte de magia. Por caridad cristiana, a las cosas a hay que llamarlas por su nombre, o sea: piojos. Yo, pipi, sólo conozco a una: Pippi Calzaslargas (qué vieja soy)... Recientemente me he enterado de que hay padres que no intentan siquiera desparasitar a sus hijos, de ese abominable ser porque es difícil, caro, incómodo e inútil, (claro, como los pueden pillar otra vez...) ¿Se puede ser más ruin, mísero y flojo? Se nota que no les pica a ellos. y si los tienen, mientras dura la pediculosis, a casita, que llueve, por favor...
Me voy a callar, que me vuelvo a embalar.
Bueno, en resumen, un ruego, para el cual utilizaré una expresión muy española que viene que ni pintada: que los virus y los parásitos, como los trapos sucios, se airean en casa...

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