Un día, viendo la tele, oí al presentador Pablo Motos decir algo así como que no había tenido niños porque había sido demasiado malo de pequeño y le daba miedo que el karma se volviera en su contra. Sabias palabras. Yo lo he pensado muchas veces, no por haber sido traviesa, de hecho, yo era muy buena, sino por otras circunstancias. Sin ir más lejos, hace dos sábados, el día de la pelea con el del parking en Bolonia, que acabamos dando una vuelta por Tarifa -capital del windsurf y del Levante-, se me vino a la mente esta imagen: el karma es como un boomerang que, por muy lejos que lo lances, siempre acaba dándote en to el molondro. Pongámonos en situación: Tarifa, las cinco de la tarde de un sábado de agosto, calor pa derretir la pasta de las gafas de sol, mi marido con la niña en brazos, abriendo el cortejo, detrás, el niño, como siempre, en su mágico mundo de colores, filosofando acerca de la insoportable levedad del ser o recreándose en ese universo paralelo que se ha inventado y que requiere mucho trabajo desarrollar y, por último, yo con el cochecito del pequeño. Veo a mi niño, como siempre, con sus andares "poco gráciles", por decirlo de alguna manera -la naturaleza le ha dado una inteligencia increíble, pero, desde luego, no le ha dotado con habilidades felinas, precisamente, supongo que será para compensar- y mirando a las musarañas, canturreando y hablando cual papagallo, bombardeándonos con sus complicadas e interminables preguntas, compartiendo sus curiosas reflexiones o, simplemente haciendo la banda sonora del paseo; en definitiva, tan despistado como siempre. Le digo, por enésima vez: "Hijo, mira al suelo, que te vas a caer". Nada, sigue en Babia/La Inopia. Le digo: "Tesoro, baja a la tierra, que te vas a partir los dientes". Él, a lo suyo, a la Luna de Valencia. "Niño, que las paletas son las definitivas, que como te las rompas, ya no te van a salir otras". Sigue con su tarareo, su interminable perorata y cogiendo cocorocos. Y así seguimos hasta que mi profecía se cumple aunque no del todo, gracias a Dios: da un traspiés y, no se parte los dientes de milagro. Os digo yo que estos niños míos son carne de ortodoncia por muchos motivos. Qué ruina. Mi: " Chiquillo, te lo estoy diciendo, que vas a besar el suelo", resuena en toda la calle. Ya está, ya dimos el espectáculo.
Continuamos el paseo, pero cambiando la distribución de los churumbeles. Mi marido delante, con el cochecito del pequeño, los dos mayores, cogidos de la manita y, una vez más, cerrando el desfile, yo, desde una posición privilegiada, donde lo domino todo, al padre, al bebé, por si tira un zapato o saca las manos por fuera para restregarlas bien por farolas y poyetes, a los niños, para que no se caigan, al tráfico, para que no me los atropellen, los escaparates, por si encuentro alguna ganga... Nada escapa a mi ojo de halcón-camaleón, lo controlo todo... Todo, menos el socavón que había ante mi pie izquierdo, en el que me precipito trastabillando y que está a punto de llevarme directa al suelo en dolorosa caída libre, como buen halcón... Ante mi sonoro: "xxxxx, que me matoooooo", se da la vuelta toda la familia y, como era de esperar, mi marido, que no pierde oportunidad de darme un "zas en toda la boca" emulando a Sheldon, de Big Bang Theory, me suelta con altas dosis de sarcasmo y retintín: "Camino, hija, deja de mirar a las musarañas, que te vas a partir los dientes"...
Inmediatamente pienso: "si es que el karma no me perdona ni una..."
Ah, el karma... esa bonita, exótica y sofisticada palabra que ahora está tan de moda y que, como casi todas las situaciones posibles de la vida, encuentra un dicho en el rico y sabio refranero español: "quien escupe para arriba, encima le cae". De acuerdo, tal vez suene un poco menos cosmopolita, pelín más basto, pero viene a significar lo mismo.
Por eso, intento no criticar mucho lo que veo en los demás, sobre todo en el tema de los niños, porque el discurrir de la historia más que una espiral, es un círculo y, tarde o temprano, como la vida da tantas vueltas, te verás en la misma situación y pensarás: "con lo que yo lo he criticado..." Así, por ejemplo, cuando mi marido ve a una quinceañera por la calle con la faldita demasiado corta, el top demasiado estrecho y escotado, taconazos de vértigo y la cara como una india arapahoe exhibiendo sus mejores pinturas de guerra -vamos, poniendo toda la carne en el asador-, ya no la mira como un hombre, sino como un padre, y se le despierta ese instinto atávico de protección paternal. Entonces ve, en su mente, a su niñita así ataviada en unos años y se acuerda de lo que hacía y pensaba cuando él estaba en plena eclosión hormonal. Automáticamente le invade el pánico y le empiezan a entrar sudores, rechina los dientes y dice: "yo no dejo salir a mi niña así a la calle". Yo, horrorizada, viendo al karma como ángel justiciero apuntando en una libretita nuestras pequeñas faltas para luego dárnoslas todas juntas... le contesto: "calla, calla, no hables muy alto, y no escupas para arriba, que te va a caer encima y, de paso, como la niña también es mía, a mí también"
Lo dicho, un boomerang que acaba dándotela mortal...
Continuamos el paseo, pero cambiando la distribución de los churumbeles. Mi marido delante, con el cochecito del pequeño, los dos mayores, cogidos de la manita y, una vez más, cerrando el desfile, yo, desde una posición privilegiada, donde lo domino todo, al padre, al bebé, por si tira un zapato o saca las manos por fuera para restregarlas bien por farolas y poyetes, a los niños, para que no se caigan, al tráfico, para que no me los atropellen, los escaparates, por si encuentro alguna ganga... Nada escapa a mi ojo de halcón-camaleón, lo controlo todo... Todo, menos el socavón que había ante mi pie izquierdo, en el que me precipito trastabillando y que está a punto de llevarme directa al suelo en dolorosa caída libre, como buen halcón... Ante mi sonoro: "xxxxx, que me matoooooo", se da la vuelta toda la familia y, como era de esperar, mi marido, que no pierde oportunidad de darme un "zas en toda la boca" emulando a Sheldon, de Big Bang Theory, me suelta con altas dosis de sarcasmo y retintín: "Camino, hija, deja de mirar a las musarañas, que te vas a partir los dientes"...
Inmediatamente pienso: "si es que el karma no me perdona ni una..."
Ah, el karma... esa bonita, exótica y sofisticada palabra que ahora está tan de moda y que, como casi todas las situaciones posibles de la vida, encuentra un dicho en el rico y sabio refranero español: "quien escupe para arriba, encima le cae". De acuerdo, tal vez suene un poco menos cosmopolita, pelín más basto, pero viene a significar lo mismo.
Por eso, intento no criticar mucho lo que veo en los demás, sobre todo en el tema de los niños, porque el discurrir de la historia más que una espiral, es un círculo y, tarde o temprano, como la vida da tantas vueltas, te verás en la misma situación y pensarás: "con lo que yo lo he criticado..." Así, por ejemplo, cuando mi marido ve a una quinceañera por la calle con la faldita demasiado corta, el top demasiado estrecho y escotado, taconazos de vértigo y la cara como una india arapahoe exhibiendo sus mejores pinturas de guerra -vamos, poniendo toda la carne en el asador-, ya no la mira como un hombre, sino como un padre, y se le despierta ese instinto atávico de protección paternal. Entonces ve, en su mente, a su niñita así ataviada en unos años y se acuerda de lo que hacía y pensaba cuando él estaba en plena eclosión hormonal. Automáticamente le invade el pánico y le empiezan a entrar sudores, rechina los dientes y dice: "yo no dejo salir a mi niña así a la calle". Yo, horrorizada, viendo al karma como ángel justiciero apuntando en una libretita nuestras pequeñas faltas para luego dárnoslas todas juntas... le contesto: "calla, calla, no hables muy alto, y no escupas para arriba, que te va a caer encima y, de paso, como la niña también es mía, a mí también"
Lo dicho, un boomerang que acaba dándotela mortal...

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