martes, 13 de diciembre de 2016

Las mamás helicóptero

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Ahora resulta que las madres también podemos volar. Y no sólo porque en algunos casos ya poseamos alas de murciélago (para mayor abundamiento sobre este tema ver mi entrada del mismo título) o porque pasemos por la vida a velocidad supersónica para llegar a todas partes, como auténticas super woman. No, es que hace poco leí, en un suplemento semanal de esos que traen los diarios, un artículo que te proponía hacer un test para ver qué tipo de mamá eres. Que yo, por cierto, eso de mamá lo dejaría para el estricto ámbito familiar. Me gusta que me llamen así mis hijos, pero el resto de la humanidad prefiero que se dirija a mí (cuando se trate de los niños) como la madre de y no como la mamá o, aún peor, la mami de... pero bueno, esa es otra cuestión relacionada con la creciente deriva infantilista que está viviendo esta sociedad en la que pretendemos educar y en la que crecerán nuestros retoños. A lo que iba: el test te catalogaba, según la esfera de libertad que otorgaras a tus hijos como una madre super liberal, neo hippy casi, de las que dejan a sus hijos volar libres hasta partirse los piños contra el pavimento, como el otro deleznable -a los ojos del articulista-extremo, las llamadas en el artículo mamás helicóptero o, finalmente, como la tercera opción (es que está en medio y que, cuando hacemos uno de estos test ya sabemos de antemano que es la mejor desde el punto de vista psicológico): la versión intermedia de las madres, digamos,  equilibradas.
Las mamás helicóptero. Os preguntaréis por qué ese término tan peregrino. Decía que es porque son las que se pasan el día sobrevolando la vida de sus hijos. Las que controlan sus amistades, que no los dejan respirar, que hacen por ellos la tarea, si hace falta, para que no saquen una mala nota... Las que los hiperprotejen de tal manera que no les dan la oportunidad de caerse, de aventurarse, medir sus habilidades y, por ende, de equivocarse, tropezar, caer y levantarse. Es comprensible. Las entiendo perfectamente. Esas madres pasaron su adolescencia como yo, en una época en la que el hombre del saco se tornó de carne y hueso. Un tiempo en el que todos los días se hablaba en el telediario del niño pintor o de las niñas de Alcasser. Es cierto que el sacaúntos siempre existió, que el lobo de Caperucita en realidad era el violador que desfloraba a la niña que empieza a menstruar, siempre hubo padres desnaturalizados que abandonaban a sus hijos, como a Hansel y Grettel, etc... Pero es que en aquella época era diario. Yo recuerdo que  me acostumbré a ir pendiente de quien iba detrás de mí cuando iba sola por la calle. Claro que nosotros hemos jugado en la calle, hemos ido a hacer los mandados para nuestras madres por el barrio soñando con quedarnos con la vuelta para comprar cromos o pipas, hemos trepado a los árboles y nos hemos descalabrado. Pero lo que nos endureció y espabiló a nosotros no lo queremos para nuestros hijos. No queremos dejarlos solos por la calle por miedo a los pederastas. Estamos pendientes de sus amistades por miedo al acoso escolar. Procuramos que sean los mejores para conjurar al fracaso. Y, obviamente, queremos evitarles, en todo lo que está al alcance de nuestra mano, todo tipo de dolor, ya sea espiritual o físico.
No me gustaría ser ese tipo de madre controladora que asfixia a sus hijos como si los llevara con una cadena, sé que, por mucho que me empeñe, mis hijos se caerán en todos los sentidos, no sólo físicamente, y que ellos solos habrán de levantarse miles de veces y que sólo fracasando aprenderán a triunfar en la vida. Que habrá gente que les hará daño (rezo porque sólo sea con decepciones y nunca en su carne) y que sólo así aprenderán en quiénes confiar y se endurecerán para seguir adelante sin perder la fe en la humanidad e intentaré, por su bien ayudarlos a madurar así,  aprendiendo de sus errores. Trataré de apoyarlos cuando estén en horas bajas dándoles los consejos que te inspira la experiencia siendo consciente de que nadie, por mucho que nos lo propongamos, escarmienta en cabeza ajena. Pero tampoco puedo evitar, al mirar sus caritas inocentes, que me salgan las aspas y el rotor y me den ganas de volar permanentemente sobre sus vidas armada  hasta los dientes y dispuesta a disparar como el Trueno Azul.

martes, 22 de noviembre de 2016

Me dan grima los reborn

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El otro día encontré, por casualidad, otro motivo para asombrarme del absurdo que reina por doquier en estos tiempos que vivimos. Iba por la calle y el escaparate de una juguetería me hizo detenerme para observar, pasmada, los cochecitos de capota, las cunas, casitas de muñeca y demás... recuperando unos ojos de niña que, sólo de vez en cuando, recuerdo haber tenido. Y allí estaban ellos, en sus cajitas, con su precio bien visible para que no nos llamemos a engaño, que los buenos superan los 500 euracos:  Los reborn. Esas réplicas casi exactas de bebés que, si no te fijas bien, dan el pego que no veas... Una vez, en la cola del súper, dos niñas llevaban uno en brazos. Debieron verme en la cara cómo la curiosidad por aquel extraño objeto me reconcomía por dentro y me ofrecieron tocarla e incluso cogerla en brazos. Mi sensación de grima también debió notarse en mi semblante. No sólo el tacto y la consistencia imitan bastante bien la carne humana, sino que además  pesan más o menos lo que un retoño de su edad. Desde mi punto de vista es espeluznante. Esos ojitos inertes mirándote desde la sillita, tan fijamente... Demasiadas películas de miedo con muñecos como protagonistas, supongo. Reconozco que las de porcelana "perjudicadas" cual salidas de las secuelas de un tsunami siguen siendo estrella indiscutible de nuestras peores pesadillas, pero estos muñecos nuevos, tan realistas... no sé, yo creo que prometen en la industria cinematográfica del alarido. Os lo digo yo. Ya imagino la trama argumental. La misma realidad, que supera con creces la ficción, da muchas ideas. Y todo porque este "juguete" para muchas personas, al parecer, no es tal. Por lo visto hay mujeres solitarias que las utilizan a modo de terapia. Antes eran los gatos los que se utilizaban a modo de consuelo para la maternidad frustrada puesto que, a decir de los expertos, acariciar a un felino en nuestro regazo se asemeja bastante a acunar a un bebé. Al parecer estos muñecos vienen pisando fuerte y acabarán desplazando a los pobres mininos. Dentro de unos años el tópico de "la vieja de los gatos" será sustituido por la "de los reborn".
Puede sonar a broma, pero es que hay mujeres, dicen las malas lenguas, que los cuidan como a niños de carne y hueso, les hablan, los cambian de ropa según la hora del día, les tienen su cuarto y se gastan un pastizal en su vestuario. Y debe ser verdad, porque yo he visto por la calle a una señora con uno en su cochecito y os aseguro que no lo trataba como a un muñeco y no me pareció que fuera a recoger a su niña al cole con él, me temo que lo que pasa es que lo estaba paseando. Cuando la vi me quedé un tanto conmocionada porque no sabía de la existencia de esos "juguetes" hiperrealistas y como iba dormido me costó un rato tranquilizarme y comprobar que al niño no le pasaba nada, tan sólo que no era tal niño y por eso no respiraba.
Por casos patológicos como ese me parece que el tema puede ser un filón para pelis con trama fantasmagórica, truculenta o thrillers de corte psicológico. Ya veo la sinopsis en la carátula del dvd. "Donna, una joven maestra cuyo hijo acaba de desaparecer en extrañas circunstancias, recibe un misterioso paquete con un siniestro regalo... un reborn ensangrentado". Ya no sigo, que me embalo, y mi calenturienta imaginación no conoce límites. Por cierto, si veis alguna película con este argumento, no olvidéis decírmelo, para pedirme el Copyright, que está la cosita muy mala y no se pueden perder oportunidades de engordar a "la de Ubrique" (o sea, la cartera). Lo que quiero decir es que hasta esto se está deshumanizando. Me explico. ¿No sería mejor terapia ayudar a niños que realmente lo necesiten? Seguro que hay mil maneras de realizarse en el servicio a los demás y más productivas para los interesados y para la sociedad en general que alimentar el fetichismo montando numeritos con muñequitos de lujo vestidos de marca. Y luego se quejan de la Semana Santa. Por lo menos las cofradías hacen muchas obras de caridad, mantienen el patrimonio artístico y están proyectadas hacia los demás, amén de dar bastante dinero al país aunque sólo sea por el turismo que generan. ¿Cómo se critica eso y se comprende que un adulto trate a un pedazo de plástico (muy conseguido, por cierto, todo hay que decirlo) como a un ser humano? La verdad, salvando las distancias, yo le veo cierta similitud. Que no se ofenda nadie. Respeto el coleccionismo, comprendo los traumas y los problemas psicológicos, entiendo que los fabricantes de reborn también tienen que comer. Sólo quiero decir que de esto a tener robots que nos llamen "mami" -como en Inteligencia Artificial, de Spielberg- supliendo nuestras carencias afectivas sin las desventajas que conlleva la educación, con sus pataletas en la infancia y sus desencuentros en la adolescencia, hay sólo un paso. Qué grima...

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los Pokemons

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Parece que ha decaído la moda de los Pokemon Go... Parece. Tampoco es que yo esté muy puesta en estas lides, todo hay que decirlo. Este medio que actualmente utilizo es todo un alarde de modernidad para mí. Yo soy más de escribir a mano, de boli BIC Cristal -soy de las que recuerdan perfectamente la cancioncilla de BIC Naranja escribe fino, BIC Cristal escribe normal- o de "teclorrea impenitente".
Pues, a lo que iba... parece que hay menos pollinos arriesgando el pellejo por capturar muñequitos virtuales. O ya no es noticia.  Perdonadme por el insulto gratuito a los seguidores de semejante jueguecito, pero es que me horroriza vivir en una época tan débil de mente. Ya hay un síndrome, con su nombre y todo -que no voy a buscar porque simplemente no me apetece- para los chavales que dejan de salir de sus casas y se pasan el día entero encerrados entre cuatro paredes haciendo una vida virtual. En algunos casos  sus psicólogos alegarán: "Vos sabés que es por miedo a la sociedad". Vamos, al contacto real con los demás seres humanos. Sin embargo, no manifiestan temor a compartir sin pudor alguno sus intimidades más profundas, desde pecados inconfesables hasta fotos de sus partes pasando por trivialidades hasta de cierto tono escatológico, vamos, me refiero a que publican hasta cuando van al retrete... La sociedad les da pavor, pero a ese monstruo, ese que puede fagocitarte hasta la médula y que anida en las redes sociales mal entendidas, ese al que no conocen ni conocerán nunca ni pueden controlar, a ese, precisamente al más peligroso, le confían hasta su ser más íntimo.
Así, es normal que te encuentres con escenas tan surrealistas como una pandilla que, si en mi época compartía risas, refrescos y gusanitos de maíz, hoy se enfrasca, cabizbaja en su móvil o tablet en conversaciones o juegos para construir ciudades  sin intercambiar una mirada. Y digo yo que, si tan grande es su interés por el urbanismo, bien podrían dedicarse a estudiar arquitectura, que es más productivo y estimula más las neuronas, ¿no?.
Ya no se cuentan chistes, se comparten por Internet o por el móvil.  Es más,  como decía, me aterra comprobar que muchos jóvenes ya no se miran a los ojos, sólo se ven ven a través de una pantalla, normalmente de móvil.  Y lo más triste, las parejas a veces, tras semanas bloqueando los mensajes de su media naranja en una moderna versión de la guerra fría amorosa, ya ni siquiera cortan cara a cara, lo hacen por Whatsapp... que tiene guasa la cosa (si me permiten tan facilón y manido juego de palabras). O sea, que utilizamos estos rectángulos de plástico, y metal, cargaditos de circuitos integrados a modo de parapeto o máscara para no dar la cara, igualito que si nos moviéramos en un baile de Carnaval dieciochesco... para que luego digan que no está todo inventado.
Pero las lágrimas que se lloran cuando por fin se cae el antifaz no son de cristal líquido, ¿verdad? Ahí seguimos siendo humanos.
Sin embargo no caigáis en la crítica fácil a mi disertación pensando que critico las redes sociales o la red. Para nada. Sería muy incoherente por mi parte hacerlo, además,  por este medio. Al contrario, me parecen un instrumento que vale su paso en oro y que si hubiera existido en mi época me habría facilitado muchas cosas; como buscar información para los trabajos del cole o ahorrar una pasta en fotocopias y habría resuelto muchas de mis numerosas dudas que en su momento hubieron de esperar. Como descubrir, cuando apenas contaba once años, que la música que salía en el anuncio del perfume Lou Lou de Cacharel era la Pavana de Fauré. Para saberlo tuve que tragarme horas y horas de Radio Dos Clásica hasta que lo logré. Eso sí, escuchar música nunca supuso un sacrificio para mí y la búsqueda de melodías me hizo descubrir otras muchas que, de otro modo me habrían pasado desapercibidas. Además, si los  de mi generación y todas las  anteriores a esta era tecnológica hubiéramos contado con estas herramientas no habríamos tenido que tirarnos de los pelos al perder el papelito donde el nuevo amigo del último verano nos apuntó su dirección y número de teléfono. Hoy en día están las redes sociales y no sólo puedes localizar a casi todo quisque, sino que no tienes que gastar en papel, tinta, sobres y sellos, amén de la inmediatez de la información, que tampoco es una cualidad nada despreciable.
También tiene sus desventajas, claro está, y es que no puedes hacerte el sordo para según qué cosas. Si estas conectado, lo estarás hasta sus últimas consecuencias y nadie se va a tragar que llevas un mes sin mirar el Whatsapp y si quieren dar contigo, es casi inevitable: Facebook, e-mail, Whatsapp, Twitter... Demasiadas formas de conexión para escapar a todas.
Lo que no entiendo es cómo los famosos, que tanto se quejan del acoso al que viven sometidos por sus fans, se crean sus páginas en dichas redes publicando fotos, opiniones, etc... Supongo que la publicidad le agrada a todo el mundo,  sobre todo si, digas lo que digas,  vives de tu imagen, siempre que no sea sin tu consentimiento. Pero no deja de ser un contrasentido, al menos en mi humilde opinión.
¿A dónde no habrían llegado mentes privilegiadas como las de Copérnico o Einstein, sin necesidad de irnos tan lejos en el tiempo, con el acceso  casi ilimitado a la información y a las  demás personas del que disfrutamos ahora?  Hasta el infinito y más allá...
O no... vaya usted a saber... Igual sus mentes, a fuerza de no esforzarse (si me permiten la redundancia) se habrían atrofiado y habrían acabado cazando pokemons, aunque lo dudo. Más bien, imagino que viendo tal grado de infantilidad entre hombres y mujeres hechos y derechos, se abrirían las venas. Imaginen qué pensarían de nosotros los espartanos en la batalla de las Termópilas si un oráculo les cuenta que este iba a ser el futuro de algunos de sus descendientes. Estos no se abrirían las venas, tirarían al visionario por el precipicio por loco, por lo menos...
Vivir para ver...

viernes, 28 de octubre de 2016

Mímesis: Octopus vs. "Pascal"

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¿No os habéis visto nunca en esa situación tan incómoda de ver a alguien de lejos a quien no queréis  saludar?  Sí, sí, no os deis golpes de pecho, que todos lo hacemos. Para eso son muy socorridas las gafas de sol. Al no ver tus ojos puedes hacerte la longui, como decimos en Cádiz. Con un poco de suerte el interfecto sentirá tan pocas ganas como tú, pasará mirando hacia otro lado, como tú, y la cosa quedará ahí, en un suspiro de alivio mutuo.
Pero hay ocasiones en que el hado se las apaña para ponértelo más complicado. Se puede dar la circunstancia de que el otro sí que tenga ganas de pararse contigo horas o días divagando y charlando sobre el sexo de los ángeles y que tú no tengas tiempo ni ganas de tanta historia.
En esos casos he descubierto que, desde que soy madre, he perdido  facultades de escaqueo, y mis dotes para el camuflaje. Antes, si me pasaba en un hipermercado, por ejemplo, me bastaba con detenerme en una estantería, de espaldas y en el ángulo apropiado, hasta que pasara el peligro, aunque para disimular tuviera que coger el primer artículo que me viniera a la vista -imaginemos, algo tan poco glamouroso como una pomada para las almorranas- y leerme el prospecto en cuatro idiomas. Haciendo uso, una vez más, de la técnica camaleón, (al que en adelante apodaré "Pascal" en recuerdo a la mascota de Rapunzel, -perdonadme, pero tener niños es lo que tiene, te acabas aprendiendo todos los personajes de las películas Disney, entre otras-) en este caso por dos habilidades envidiables en tan curioso animalillo: la mímesis y la habilidad para mover los ojos dejando inmóvil el resto de los músculos del cuerpo. El sigilo también es una cualidad importante en estas peliagudas situaciones. Esta táctica solía funcionar. Pero cuando vas con tu prole (al menos con la mía) es de todo punto imposible pasar desapercibida. Si no estoy riñendo a uno, la otra está en plena coreografía de Frozen en mitad del pasillo, o el chico está gritando y haciéndose el adorable ante todos los abuelos o potenciales abuelos que pasan por su lado haciéndole carantoñas. Con estos paños, del saludo no te libra ni la Santísima Trinidad y toda la pléyade Apostólica. Os lo digo yo.
Pero si vas sin niños, la cosa es más sencilla... Hace poco me pasó que estaba disfrutando de mi libro electrónico en un bar mientras degustaba un refrescante zumo de naranja y, en pleno ensimismamiento, oí una voz conocida a mis espaldas: "¡Horror! ¡Conocido incómodo, estentóreo y besucón a tus seis!" Me susurró desde el hombro mi mini-yo antisocial y arisco cual gato remojado. ¿Qué hago? No tengo escapatoria...  Mientras aguardaba  con resignación lo inevitable, el destino decidió sonreirme esta vez y el individuo sentó sus posaderas dos mesas más atrás junto con su acompañante. Respiré aliviada. Iba pasando el tiempo; el zumo casi apurado, al libro dejé de prestarle atención porque tenía que irme a currar y no sabía qué hacer para pagar e irme sin necesidad de llevarme puestos dos sonoros y húmedos besos en las mejillas. Es en momentos así cuando de verdad desearía mimetizarme con la pared, hacerme invisible como Pascal.
La coyuntura no era de lo más halagüeña para salir airosa, puesto que el local era estrecho, con dos hileras de mesas en dirección a la salida y un angosto pasillo en medio que terminaba en la puerta.
No obstante, y contra todo pronóstico, una vez más la suerte fue mi aliada y quiso que el objeto de mis cuitas se viera en la necesidad de cambiarle el agua al canario. Para momentos así, de alta peligrosidad, cuando el instante de establecer contacto visual es ya casi inminente -lo que hemos de rehuir a toda costa- nada mejor que buscar algo en el bolso o enfrascarse en la agenda del móvil, agachando la cabeza y con cara de gran concentración por si, a pesar de todas las precauciones, el otro acaba viéndote. Mejor disimular y que parezca que, verdaderamente, no habías notado su presencia. Tampoco es cuestión de ser descortés, llegado el caso.
Una vez más, como decía, la cosa resultó a mi favor. El hombre se fue tan ufano al miccionario... Yo pensé: "esta es la mía, ahora o nunca" Me levanté y me acerqué a la barra a pagar mi consumición -afortunadamente el camarero fue rápido- y conseguí salir del local, si bien de un modo un tanto atolondrado, pero sin tirar ninguna silla, victoriosa y con mis mejillas bien sequitas. ¡Prueba superada!
Sin embargo en otras muchas ocasiones no he salido airosa con el mismo sujeto. A veces la morfología del lugar lo hace imposible, o el camarero no te hace ni caso y tienes que ir a pagar a la barra -tampoco es plan de  irte haciendo un simpa por pecar un pelín de antisocial, ¿no?-, y allí está él. Apoyado en la barra, soltando su disertación a pleno pulmón para que queden bien patentes sus dotes para la oratoria, su cultura y su "mundo", detalles todos que, otrora lo dotaran de un sex appeal irresistible para el sexo opuesto. Personajes así, tipo pulpo, (animal que,  por cierto,  en algunos especímenes comparte la capacidad de mímesis con nuestro querido Pascal) son altamente difíciles de esquivar porque, mientras abren sus plumas cual pavo real, en plena exhibición pre-nupcial, van fijando objetivos con su mira telescópica y sus víctimas tienen pocas posibilidades de librarse de sus tentáculos. En esos casos no queda otra que mostrar la mejor de las sonrisas y rendirse a lo inevitable cruzando los dedos para que el achuchón y la charla sea lo más breve y llevadera posible. Todos sea en aras del cumplimento del consabido y omnipresente contrato social.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Mamás "Barbie"

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He de reconocer que yo nunca fui una niña típica de las que lloraban con Candy, Candy (para quien no la conozca era una  popular serie manga que ponían los domingos por la tarde allá por los ochenta, muy, pero que muy lacrimógena), de las que querían casarse con Donovan, el de "V", o que con nueve años estuviera enamorada del vecino. No era mi estilo. No tuve prisa por salir con chicos, por pintarme o ponerme tacones, etc. Bueno, en realidad sigo sin ser muy aficionada al maquillaje ni a la autotortura de los tacones de aguja. A lo mejor por eso el otro día, al entrar en la clínica donde me están dando fisioterapia a ver si me quitan la contractura que me hace ponerme tan altiva cada dos por tres -ya sabéis a qué me refiero- me vi en una situación muy curiosa.
Iba con vaquero corto, sandalias, camiseta deportiva, bolso en bandolera y el pelo recogido en una coleta. Cada elemento de mi look tenía un propósito. Las sandalias para afrontar la caminata con comodidad y a paso ligero, el vaquero corto y la camiseta porque la lámpara de infrarrojos me hacen sentirme pecadora en el infierno, así que hay que ir fresquita, y la coleta para facilitar los masajes  en el trapecio y evitar que se me manche el pelo con el gel para los ultrasonidos. Vamos, que no iba así por gusto, aunque en verano sea muy típico en mí. Pues resulta que, con esa pinta, al pasar por el umbral de la clínica una señora le dijo a su nieta: "deja pasar a la nena". Miré hacia un lado y hacia el otro, hacia delante y hacia detrás. No cabía duda; la nena ERA YO. Dos pasos más adelante un señor mayor, tras oír mis "buenas tardes" me dijo: "Hola, guapa" con sonrisa y expresión paternalista, como si le pillara por sorpresa el hecho de que una pipiola, a la sazón, yo, fuera tan educada. No quisiera hacerle perder su esperanza en una juventud bien educada, buen hombre,  pero ya cuento cuarenta primaveras a mis espaldas, mi generación ya no se puede tildar de joven (al menos no tanto como él creyó).
Pero vamos, a lo que iba. Yo tenía muñecas y Barbies y la famosa Cabecita Mágica, o sea, un busto de muñeca para peinar y pintar. Pero también tenía coches pequeños de metal, clicks de Playmobil, el Exin Castillos, etc... es decir, que también me gustaba jugar a cosas típicas de niños. Con ello me vengo a referir a que nunca fui -ni soy ahora- la típica aspirante a princesita de cuento de hadas/supermodelo hiper preocupada por su imagen/empalagosa/edulcorada... Vamos, que nunca he sido de las que suben el azúcar con sólo mirarlas ni  tampoco una precoz depredadora sexual. Mis intereses estaban en otra parte. Yo soñaba con ser independiente económicamente y con poder viajar. Lo de pintarme y ponerme tacones me la traía al fresco. Nunca pensé que mi felicidad pasara necesariamente por casarme, si el amor venía, bienvenido fuera, y si no, pues allá él. Tenía amigas para las que quedarse solteras habría sido un verdadero drama. No era mi caso. Sin embargo siempre deseé ser madre, y si no hubiera tenido pareja, habría recurrido a la inseminación o a la adopción, seguro. Creo que esa mentalidad independiente y, en cierto sentido feminista, debo agradecérsela a mis padres, especialmente a mi madre, que no hizo de mí una mini mujer, y que, junto a mi padre propició una educación en valores como el esfuerzo, la responsabilidad y el respeto y que, con muchos detalles hicieron que disfrutara de una larga infancia, una intensa adolescencia y una serena juventud. Cada cosa a su tiempo. Como debe ser.
Hoy, en plena madurez, aunque a veces no lo aparente, puedo mirar con perspectiva la educación que algunos padres, especialmente madres, están dando a sus hijas. Las pintan desde muy niñas, las visten como Barbies en miniatura y celebran sus cumpleaños desde los  siete en sitios especialmente pensados para inculcar en ellas el culto al cuerpo, a la moda y al aparentar desde su más tierna infancia, como si fueran las protagonistas de Sexo en Nueva York en versión liliputiense. O en la última barbaridad que he oído: el SPA para niñas. Toma ya. SPA para niñas. Es el colmo. No quiero ni imaginar las conversaciones que  pueden tener las niñas en esos sitios, pero no creo que hablen de mascotas, por ejemplo, ni que jueguen a los típicos juegos infantiles, como se hacía en mi  época. Más bien hablarán de las series esas pensadas para preadolescentes tan poco educativas, de ídolos juveniles que en su día protagonizaron series y hoy son muñecas rotas, desorientadas y adictas a casi todo, modelos para nada aconsejables. O pensarán en el hombre de sus sueños, en lugar de jugar, junto a sus compañeros niños  en la calle,  al "matar" (también conocido como balón-tiro"), al pañolito, o yo que sé, a cualquier juego infantil  antiguo o inventado. A ver, mamás "Barbie" - estoy segura de que más de uno conocerá especímenes de este tipo- que eso de querer mini-yos está muy bien, que todas hemos pasado por esa etapa en la que deseábamos pintarnos, dar y recibir nuestro primer beso, por supuesto, pero a la edad adecuada, en su momento y no, desde luego, a los siete años.  Esa no es edad, desde mi punto de vista, de separarlos por sexos: las niñas con cosas de niñas, los niños con cosas de niños, ni para acostumbrarlas a los cosméticos ni para prepararlas para convertirse en top model. Dejemos que sean niñas, el mayor tiempo posible, que no lleguen a la adolescencia cansadas de todo, y que llegada la juventud, sean lo suficientemente maduras, gracias a una maduración -valga la redundancia- en el árbol,  no en cámara, descubran que la realidad no es una serie "Disney" ni un mágico mundo de colores y, para eso... hay que estar preparada. No creo que convertirlas en consumidoras de marcas de moda y cosméticos desde pequeñas, y hacerlas creer que se convertirán en top models -vocación frustrada de la mayoría de dichas madres- sea la mejor receta para prepararlas para el mundo, ni mucho menos. Muy al contrario, más bien las abocará al más estrepitoso de los fracasos y se perderán muchas cosas bonitas y divertidas de ser niñas por vivir como pequeñas mujeres. Sin olvidar que las mini Barbies suelen apartar y rechazar a los que están "en otra onda", lejos del mundo de la moda y del aparentar,  creando su círculo cerrado de amistades. Las pequeñas, emulando a sus madres, en su versión en miniatura de la sociedad van plantando la semilla del sectarismo y el clasismo para, el día de mañana, ser tan elitistas cono sus mamis. A esas mamás les aconsejo que empiecen por ellas mismas y tengan un poco de personalidad, que no se lo pongan tan fácil a este mundo superficial, artificial y comercial. Que la felicidad no pasa por renovar el armario cada temporada, que se puede vivir sin conocer la marca de los vaqueros que llevan las demás madres o si su indumentaria es de hace dos o mil temporadas. Que hay
vida más allá de las revistas de moda y que no es bueno etiquetar a la gente por su aspecto. Que se puede ser hermosa sin tener una talla 38 y elegante con ropa pasada de moda, que a la piel le viene super bien respirar y que no siempre se está más guapa por ir pintada como Toro Sentado. Que recuperen la naturalidad, o al  menos, que no se la arrebaten a sus hijas, haciéndolas copias de sí mismas.
Pero como no hay mayor verdad que la que encierra el refrán español "A quien escupe para arriba, encima le cae", no seré yo quien ponga la mano en el fuego asegurando que mi niña nunca será así. Por eso, yo como madre de niña  que apunta maneras de rebelde, experta en equivocarme, y potencialmente contraria a las tendencias de mi prole, (qué miedo de adolescencia) ruego a mis conocidos que, si alguna vez peco de incoherencia en este sentido, me den un "capón" y me recuerden todo lo que acabo de escribir. Amén.
P.D.: Además, no maltratar a la piel con potingues desde pequeña tiene sus ventajas... os lo dice la nena.

sábado, 1 de octubre de 2016

El contrato social.

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Qué situación más bochornosa cuando sueltas un comentario sin mala intención y suena como el culo. Por ejemplo, estás escuchando música y suena alguna antigualla desfasada (ojo, que a mí me gustan, generalmente) y el que está contigo dice: "ooooh, los Wonders ( el nombre del grupo me lo he inventado,  que conste, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia), ya no quedan grupos así, ¿eh?, ¿te acuerdas de chalalalalalaaaaa  pim pim? (canturreando)" Y se empieza a emocionar tratando de hacerte partícipe de su éxtasis cuando tú vas y le sueltas un sincero y nada malintencionado pero no muy cortés: "no, no los recuerdo, cuando yo nací seguramente ya se habían jubilado"... Ante la cara de coitus interruptus de tu interlocutor, al que se le acaban de caer cuatro décadas encima como por arte de magia, te apresuras a añadir: "que no te estoy llamando viejo, con lo bien que te conservas..." y piensas, cada vez más colorada: "mierda,  otras dos décadas, mira que decirle que se conserva bien, si es la momia de Tutankamon, se va a creer que te estás cachondeando; anda cállate ya, que cada vez lo pones peor... a ver cómo puñetas sales de esta"
El pobre hombre sonríe forzadamente y se va cagando leches  a comprarse el primer tinte que encuentre en la farmacia de guardia. Si es que no se puede ser sincero, hay que seguir las normas del contrato social, por favor.
El otro día me contaba mi marido una conversación que oyó por casualidad pasando junto a un grupo de mujeres de mediana edad.  Al parecer, una trataba de halagar a otra diciéndole: "Hay que ver lo guapa que estás, Fulanita" -bien hasta ahí-. Y a continuación comenta: "y eso que estás una jartá de gorda..." Este es el momento en que la sonrisa de la persona objeto del piropo se congela mientras pone en movimiento todos los engranajes de su cerebro para devolvérsela a la "amiga" esa, más fea que un callo. Desde luego, con amigas como  esa ¿para qué  quieres enemigas?
¿Y cuando eres testigo de una situación, digamos, incómoda, en la que sientes vergüenza ajena y no sabes hacia dónde mirar? Frases como: "Menganita, qué guapa te dejaron en la "pelu" para la boda esa a la que fuiste, no parecias ni tú". Ea, ya metió la pata "hasta el cuadril", es cuestión de tiempo que  la otra se dé cuenta de que lo que le está diciendo en realidad es que, normalmente, está fea. Adornémoslo como queramos, pero ese es el mensaje subyacente, simple y llanamente.  En ocasiones así piensas: "menos mal que no lo he dicho yo" y, según lo morboso que seas: "como la afectada le conteste me voy al servicio" o "la que se va a liar, esta no me la pierdo..."
Y todo porque el subconsciente es muy traicionero y a veces nos juega malas pasadas. Lo que verdaderamente pensamos de los demás está ahí, latente, agazapado, esperando pillarte en un renuncio para ponerte en situaciones difíciles que te hacen desear hacer un agujerito bajo tus pies para que la tierra te trague. No nos engañemos, por muchos intentos que hagamos, salvo que se sea muy, pero que muy flower-power, la sinceridad, tras dura pugna con lo "políticamente correcto" al final, de una forma u otra, acaba saliendo a la luz y te deja con el culo al aire. Maldita sea, -piensas- ¿por qué no me habré mordido la lengua? Vamos, vamos, no miréis a otro lado, que a todos nos ha pasado alguna vez.
Y en realidad, estos malos tragos pasan por culpa del dichoso contrato social, que ya he mencionado. ¿Quién habrá acuñado ese término? Y, además, ¿qué contrato? Yo no he firmado nada acerca de no meter la gamba. Y tampoco creí haber llegado a ningún acuerdo verbal. Alguien debió hacerlo por nosotros hace mucho y ahora, así nos vemos. Una vez vi una película no muy comercial pero bastante interesante. Al menos te hacía pensar. Se titulaba La Invención de la Mentira, aunque en España lo tradujeron con el juego de palabras Increíble pero falso. No sé a qué viene esa manía de cambiar los títulos de los films de forma rocambolesca, como, por ejemplo, ponerle Sonrisas y Lágrimas a la que originalmente se llamaba El Sonido de la Música. Bueno, ese es otro tema, ya me estoy yendo por las ramas. Iba a hablar de la película aquí titulada Increíble pero falso. Para quien no la conozca se desarrolla en un mundo en el que no existe la mentira, ni siquiera la "piadosa". No me digáis que no habéis estado en situaciones en las que expulsaríais todo lo que lleváis dentro,  cual posesos, esas veces en que a todos nos gustaría tener una boca prestada. Para eso no hay nada mejor que una tajá como un piano. El alcohol es el mejor estímulo para la sinceridad más pura e inocente. Por algo se dice que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. Es por ello que las copitas de más están contraindicadas en ciertos ambientes en los que siempre -aviso a los navegantes-, repito, siempre y sin excepción hay que ser estricto cumplidor del contrato al que me referí más arriba. Hablo de contextos como la comida de Navidad con los jefes y compañeros de trabajo o celebraciones de índole familiar  sobre todo si está la parte política presente (la temida y mítica figura de la suegra en este caso es la más susceptible de ponernos en situaciones comprometidas que ponen a prueba nuestra capacidad de autocontrol). En esos casos desaconsejo absolutamente el consumo no moderado de bebidas espirituosas. El moderado es, a veces, incluso recomendable porque, sin él, a ver quién es el guapo que aguanta. .. Aquí, si contestas a ciertos comentarios con total sinceridad tienes un 99 por ciento de probabilidades de divorciarte o de quedarte en el paro. Y como, normalmente, ninguna de las dos situaciones son deseables, mejor atenerse a la letra pequeña del encorsetado contrato y sonreír y morderse la lengua hasta la sangre. Pero en momentos en los que hay menos o nada que perder, merece la pena soltar alguna que otra verdad del barquero, que luego se acumulan, se hacen bola y el día que, inevitablemente nos cogen con la guardia baja o con las narices muy hinchadas soltamos la bomba de Hiroshima... Yo, la verdad, y aun  a riesgo de ir llorando por las esquinas a golpe de ataque de sinceridad ajena, agradecería poder ser más clarita con los demás, sobre todo con algunos especímenes que me ponen en el disparador cada día y por los que agradecería vivir, aunque sólo fuera unas horas en ese paraíso de los antisociales que retrata esa película. Compañeros de trabajo, vecinos, madres del colegio, caraduras en la cola del supermercado, y un largo etcétera se llevaría su merecido si no fuera porque el puñetero contrato social te aconseja callar y ejercitar la diplomacia más que en las Naciones Unidas. Vuelvo a soñar con un mundo sin  hipocresía.  Buena película. La recomiendo muy encarecidamente.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Chimeneas andantes

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Vaya por delante mi respeto hacia todos los fumadores respetuosos con los que no comparten su gusto por ir matándose lentamente. No es que tenga nada en contra del tabaquismo, aparte de no comprender el atractivo de tener un cilindro blanco entre los labios que, no sólo es manifiestamente insano sino que mancha los dientes, deja un aliento pestilente, amarillea paredes y cortinas, merma el gusto y el olfato, "atufa" la ropa, puede provocar cáncer y otras afecciones, defectos congénitos, asma y bajo peso en los bebés de madres fumadoras y, para colmo, te vacía los bolsillos en un cotidiano asalto a mano armada. Pero bueno, como ya sabéis que me encanta, vuelvo a recurrir al sabio refranero español:  "sarna con gusto no pica, pero mortifica"  o "quien por su gusto muere, hasta la muerte le sabe". Allá ellos y sus economías familiares,  no seré yo quien demonice su, a mi entender, absurdo vicio. Pero sí les pediría un favor: más respeto para con los no fumadores, especialmente con los niños.
Sé que es un tema peliagudo, y que habrá quien me diga que ya es bastante con todas las prohibiciones que les han impuesto. Pero pensad en todos los años que hemos aguantado estoicamente los demás estar comiendo en un restaurante rodeados de pequeñas chimeneas malolientes, o entrar en bares y pubs en los que ni se veía por la humareda reinante. Y entrabas porque no te quedaba más remedio: en todos pasaba igual y, una de dos: o te congelabas en la calle (con su consiguiente aislamiento, porque nadie, en plena efervescencia hormonal se iba a solidarizar contigo) o pasabas por el aro, llegando a casa con un hedor insufrible  incrustado en el pelo, dejando perfumada la habitación hasta por la mañana.  Hemos soportado el humo en los colegios (¿quién de mi edad -40-, no ha tenido maestros que fumaban mientras impartían clase? ), trabajos, centros oficiales e incluso hospitales... Y hablo con conocimiento de causa. Mi padre fue fumador de Ducados (tabaco negro, para más inri) y no sólo fumaba en casa, sino también -HORROR- en el coche. No quiero ni acordarme de las catorce horas largas que se tardaba en llegar a las cercanías de Vigo, a donde íbamos todos los veranos para ver a mi abuela y donde sigue viviendo mi tío, aguantando un cigarrillo tras otro. Qué mareo me provocaba... pero entonces era lo normal, estábamos acostumbrados. Mi padre lo dejó cuando tomó conciencia de que nos había convertido a mi madre y a mí en fumadoras pasivas y del riesgo que ello suponía para nuestra salud.  Desde el día que tomó la decisión de dejarlo no volvió a fumar un pitillo en nuestra presencia, y me consta lo mucho que le costó, pero por nosotras, lo hizo. Y no negaré que lo he probado. Fue cuando era joven, pero no me gustó en absoluto y me importó más mi salud, la coherencia y mi bolsillo que hacerme la guay.
Dicho esto, voy al grano. Supongo que el que fuma lo hace porque le gusta. Sin embargo, si observamos su lenguaje corporal parece que el humo del cigarrillo le molesta, lo digo, más que nada, porque todo fumador o fumadora -seamos políticamente correctos o correctas- mientras disfruta de su vicio y no lo tiene entre los labios mantiene su pitillo bien alejado de su cara, con la mano hacia abajo y/o hacia afuera, (especialmente las mujeres en esto son especialistas, no es sexismo, y lo digo como mujer: fijaos; es un hecho). Me parece genial que les fastidie el humo, aunque no lo comprenda, pero mientras hacen eso ¿hacia dónde se dirigen sus tóxicos efluvios? Hacia el que está a su lado en la parada, en la cola de turno, en la playa, en la terraza del bar... Y, más en concreto, hacia los más bajitos, o sea, directamente hacia los pulmones de nuestros pequeños, y más aún, a los cochecitos donde descansan nuestros bebés. Y la puntita que quema, directa a sus ojos y caritas, hay que tener siete ojos para que NO les quemen, porque el que fuma  NO se fija y los niños, menos, una gracia,  vamos. No sé que pensarán las madres fumadoras  cuando les pasa con sus retoños, pero a mí maldita la gracia que me hace estar preservando a mis hijos de tan nocivo vicio en mi casa para encontrarme con esas situaciones en la calle. Y hay ocasiones en que puedes huir cambiando de sitio, pero otras veces no te queda otra que jorobarte y mirar con cara de asesina en serie al interfecto, a ver si se da por enterado y echa el humo para otro lado o apaga el cigarrillo (eso no suelen hacerlo, que su dinerito les cuesta). Y los fumadores diréis: "pues habla, hija, que pidiéndolo con educación..."  la que lo hayáis pensado no comprendéis que, en la mayoría de los casos te pueden espetar un: "estoy en la calle, cámbiese usted de sitio" y, para no empezar una discusión sobre qué derecho prima, tan bizantina como si versara sobre el sexo de los ángeles o si fue antes el huevo o la gallina, te callas y, o bien aguantas o bien te vas. Pero cuando no te puedes ir,  como cuando has plantificado tu campamento en la playa con sus sombrillas, sillas, nevera, etc... y más en Cádiz, donde el viento te trae los humos desde los lugares más insospechados, no te queda otra que aguantarte, ya que es imposible decir a todos los fumadores que se van poniendo a tu  lado que te respeten porque además, como  está permitido, no te puedes quejar, así de simple. Y es absurdo cambiarte cada vez que te toque uno al lado porque te tomarían por Jack Nicholson en "Mejor Imposible", o sea, por paranoico o hipocondríaco... Encima te mirarán mal. Y mientras, mis niños, donde deberían estar respirando el aire más puro es donde más mierda están tragando. Contrasentidos de este mi país.
Por eso voto por prohibir fumar, por lo menos en la playa, porque además de ser beneficioso para  la salud pública, nos ahorraríamos encontrar tanta colilla en la arena.
Y, sobre todo, madres y padres chimeneas si, desgraciadamente para vuestros vástagos no os preocupa vuestra salud, si al menos os preocupa la de ellos, y no les fumáis encima, poneos en el lugar de los padres que no fumamos y no contaminéis a nuestros pequeños, que ya bastante aguantamos los mayores en todos los espacios abiertos.
Fumadores del mundo, comprendednos a los no fumadores. Sé que no os dais cuenta -la inmensa mayoría-, pero es que, aunque ya no podáis fumar en espacios cerrados salvo en los lugares habilitados para ello, por la calle los demás vamos aguantando vuestros humos, y no tenemos escapatoria. Hoy, sin ir más lejos, caminando por un tramo de calle de apenas cincuenta metros he adelantado a tres chimeneas  andantes para no tragarme su aroma por ir detrás. Sé que os sentís perseguidos, y que por la calle está permitido, pero también lo está tirarse pedos y, que yo sepa, la mayor parte de la población no va dando rienda suelta a su meteorismo por la calle,  lo deja para la intimidad  de su casa o retrete,  aunque se le vaya poniendo la cara moraíta cual berenjena
de aguantar, ya sea por educación o por vergüenza torera (aunque de todo hay en la viña del Señor).
Yo, particularmente, puestos a elegir entre uno u otro olor, casi prefiero el hedor a coles de un buen pedo por ser menos frecuente (me encuentro más fumadores que pedorros, -en sentido literal, del figurado, mejor me callo...-) y más sano, al menos para quien lo expulsa, amén de más natural, ecológico y barato.

viernes, 9 de septiembre de 2016

La noche que deseé ser Neo

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Desde luego... Está visto que el glamour no es lo mío, ni proponiéndomelo...
El viernes pasado se me metió en la cabeza salir a dar un paseíto vespertino con mi familia, a la "fresquita". Sin embargo, entre unas cosas y otras, se nos hizo tarde, tanto que ya ni siquiera merecía la pena salir, teniendo en cuenta que nos iba a coger en la calle la hora en que a mi niña se les empiezan a agotar las pilas, o sea, de diez y media a once de la noche. Pero como a mí se me meta una idea entre ceja y ceja... Pensé: "anda, total, si mañana es sábado... si se duerme en el coche, la trae el padre en brazos, la cambio dormida y la acuesto así, no sería la primera vez... que se va a acabar el verano y  dentro de nada ya no se puede salir a estas horas con niños". Y, tengo que reconocerlo, tenía ganas de arreglarme un poco, de ponerme un vestido especial, de soltarme la coleta que se ha instalado en mi cabeza para permitirme cocinar, tender, pintar con los niños y darle el pecho al pequeño con la frente despejada.  De sentirme guapa.  Craso error. Ya me lo dijo mi marido: "ya es muy tarde, no merece el esfuerzo". Pues no, no quise escucharlo e hice oídos sordos a las señales del universo que me decían: "no salgas, no seas cabezota, quédate en casa tranquilita, que se está más fresquito". Dura de mollera como soy, arreglé a los niños, me solté el pelo, me puse un vestido monísimo de hace dos temporadas que no me he puesto apenas y que llega hasta los pies, azul marino, cogido al cuello con una especie de collar y con toda la espalda al aire, hasta la cintura... hay que lucir el colorcito que he cogido, que luego llega el invierno y me pongo color blanco nuclear. Y para completar el look unos pendientes con pluma de pavo real que le iban a la perfección. No soy mucho de maquillarme; el tiempo que tendría que dedicarle, normalmente, prefiero emplearlo en otras cosas más útiles o que me reporten más beneficios, como dormir diez minutos más (cinco para pintarme y cinco para desmaquillarme). Salvo ocasiones especiales,  un poco de cacao con color para los labios,  más que nada para que no se agrieten y, en un alarde de sofisticación, para situaciones como esta de la que hablo, lápiz de ojos y rimmel suelen completar mi "bajada de fachá", como decimos en Cádiz. Por último, y para no partirme los piños pisándome el bajo del vestido, unas cuñas de esparto discretamente doradas, muy monas ellas, también.
Y allá que iba yo, tan contenta, sintiéndome tan guapa y tan orgullosa a la vez de mis tesoros, que también iban guapisimos.
Fuimos al paseo marítimo de Cádiz - como buena noche estival, lleno a rebosar-. Vendedores ambulantes de abalorios varios, marroquinería, mujeres del África negra haciendo trencitas... las terrazas de bote en bote... un hervidero de gente de todas las edades y estilos. Y nosotros con nuestros churumbeles entre la marea de personajes de todo tipo.
Como los niños, niños son y así debe ser, el mayor quiso guiar el cochecito del pequeño, y la niña tenía que ir por encima del pretil dándole la manita a su padre. Genial, porque no me hace ni mijita de gracia ir sujetándola yo, la verdad, que ya pesa casi 16 quilos y me da una paliza entre saltitos y subiditas. Así que iba relativamente relajada, tan sólo tenía que ir pendiente de que el niño no arrollara a un transeúnte ni me chocara al hermano contra una farola, algo relativamente fácil de controlar. 
Pero mi alegría y mi tranquilidad iban a durar poco. A los tres tramos de pretil, más o menos, a mi niña le dio mamitis y me pidió que la llevara yo. Como no me puedo resistir a esos arranques de amor filial, accedí. Segundo craso error. ¿Quién me mandaría a mí darle la manita a la niña, con lo bien que yo iba concentrada exclusivamente en pasear, a ver? No llevaría cuatro tramos cuando debí colocar el zapato justamente en un desnivel del suelo, realmente no sé decir qué pasó: todo sucedió demasiado deprisa. El hecho es que el suelo se difuminó bajo mis pies y, mientras mi brazo derecho -aspa de molino en plena actividad-, buscaba ansioso asideros inexistentes, dibujabando con la mano círculos en el viscoso aire de la noche, toda mi vida pasó delante de mis ojos.  Lo que fueron dos o tres segundos para la humanidad, para mí duró una eternidad.  Hasta me dio tiempo a pensar: "Del batacazo no me libra ni la Trinidad, me parto la cara, fijo". A la vez, sopesé las posibilidades con respecto a la caída de mi niña, asida a la otra mano y a la que agarré con fuerza sobrehumana. Podía soltarla, opción que, según dijo mi marido después, era la más lógica, a su entender. Pero yo creí que si la soltaba, la inercia la empujaría hacia el otro lado del pretil, desde donde había más de un metro de caída. Así que mi mente hizo una rápida evaluación de los posibles y seguros daños de la pobre niña y decidí sujetarla en plan ventosa: no nos habría separado ni una rotaflex. Otro pensamiento que me vino en esa rápida secuencia de acontecimientos fue: "vaya numerito". Y a la vez temí romperme algo más que el careto y más necesario cuando se tienen niños pequeños: una pierna o un brazo. Asimismo tuve oportunidad de concentrarme en los comentarios de los viandantes, como: "Uy, que se cae", "Allá van las dos" o "Poooom, la madre y la niña".
También tuve ocasión de reflexionar acerca de lo prodigiosa que es la mente humana, capaz de pensar en todas esas cosas tan importantes en ese momento en que todo se ralentiza. Y de asombrarme de la incapacidad del cerebro de hacer reaccionar a la otra pierna para recuperar el equilibrio. Me refiero a un cerebro normalito, como el mío. En casos así, el común  de los mortales se va al suelo sin remedio.  A no ser que seas como Neo, el de Matrix, o que tengas reflejos de gato (que -a la vista está- no es mi caso; bueno, como mucho de gato de escayola). La cuestión es que me caí arrastrando conmigo a mi niña, la pobrecita.
Así que protagonicé un espectáculo gratuito para todo el público del Paseo al más puro estilo Bridget Jones. Lamentable.
Al dar con mis huesos en el pavimento tan sólo era capaz de decir: "Ay, mi niña, ay, mi niña", con miedo de mirarla por si había caído de cara, pero no, afortunadamente, aunque rompió a llorar ipso facto. Pronto puede comprobar que, como cayó en blandito, o sea, encima de mí, estaba ilesa. Mi marido la levantó al vuelo y comenzó a consolarla y a mí me  levantó un señor mayor que pasaba por al lado. Mi niña lloraba como si la estuvieran matando, así que, dolorida en el cuerpo y en el amor propio, me levanté presurosa para comprobar los daños, pero afortunadamente, no tenía ni siquiera un rasguño, nada,  lo dicho, como si hubiera caído sobre un colchón de plumas... Me dispuse a continuar el paseo tratando de recuperar la poca dignidad que me quedaba y a paso ligero intentando distanciarme del escenario del crimen, haciendo como si nada hubiera pasado, deseando hacerme invisible, lo cual era bastante difícil con una niña dando alaridos junto a mí. Seguí adelante aguantando estoicamente el llanto de la niña, que lo único que deseaba era que el padre la llevara en brazos, porque, por lo demás, estaba fresca como una rosa. Y por supuesto, bajo la mirada reprobatoria de mi marido que no hacía nada más que recriminarme que no hubiera soltado a la niña, en lugar de arrastrarla conmigo... Supongo que ese sería el impulso normal en un hombre que, como dicen los expertos -no es que lo diga yo, ojo- sólo son capaces de seguir una línea de pensamiento, no como nosotras, que creamos un universo de posibilidades en cuestión de segundos. Y yo me sentía confusa -no es que me golpeara la cabeza, gracias a Dios-, es que consiguió hacerme dudar de si había hecho lo correcto. Menos mal que, después, hablando con otras madres dijeron que ellas habrían hecho lo mismo, si no, ya me plantearía incluso si soy una madre desnaturalizada. Confusa, avergonzada y lesionada, con ganas a ratos de reír por el ridículo que había hecho (ya sabéis, esa risa tonta que te entra como para quitarle hierro al asunto )y a ratos de llorar porque ¿vosotros os lo habéis preguntado?: sí, YO SÍ me había hecho daño, aunque nadie me lo preguntó. Ese es un fenómeno que nos pasa a todas las madres desde el mismo momento en que salimos del paritorio por primera vez. Si cuando estabas embarazada alguien se preocupaba por tu estado y bienestar, en el momento en que cortan en cordón umbilical, es como si desaparecieras. Con suerte, si te ven por la calle, algún alma caritativa te preguntará: ¿y tú cómo estás? Pero normalmente se vuelven automáticamente hacia el bebé y en las visitas, salvo que haya una embarazada interesada en tu experiencia, la conversación gira en torno al bebé. En el segundo embarazo ya no se preocupan tanto por ti, en el tercero ya ni parece que estés embarazada. No quiero ni imaginarme qué pasará si tienes más hijos...
Bueno, pues yo, al final me había hecho una herida en la rodilla del tamaño de una moneda de dos euros, la piel se quedó pegada al vestido, menos mal, si voy en bermudas, no veas... herida sobre el cardenal que ya se intuía. Un señor hematoma en la cadera, el codo despellejado, al igual que la palma de la mano que, además, tenía un cardenal. Vamos, que la que tenía que ir llorando cual Magdalena Penitente, era yo y no la niña, porque además me daba mucha penita de mí misma.
Y encima, cuando íbamos de vuelta, la niña va y le suelta al padre el siguiente comentario: "Papá, menos mal que se ha caído mamá y no tú, así puedes llevarme en brazos..."
Lo dicho, mejor que me hubiera quedado en casita...

viernes, 2 de septiembre de 2016

El síndrome post vacacional

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Uno de septiembre. El autobús ya va más cargado. Se ve tráfico al ir de camino a la parada, cosa que no sucedía durante el mes de agosto. Muchos trabajadores vuelven al curro. Unos contando lo bien que lo han pasado de viaje, otros hablando de la playa y del persistente viento de Levante, que poca tregua nos ha dado este verano a los habitantes de la costa gaditana, y otros escuchando. Muchos callan, acaso porque ni siquiera están escuchando la perorata de su acompañante, aún tienen las marcas de la sábana en el moflete y muchas telarañas en las neuronas.
Se oyen comentarios para todos los gustos, pero ninguno comparable con la solemne idiotez que derrocharán hoy los telediarios. Si ayer fue la "operación retorno" -un tanto eclipsada por la actualidad política, todo hay que decirlo- hoy será la depresión post vacacional. Por suerte para nuestras inteligencias y nuestra capacidad de aguante de la siempre creciente estupidez humana, también en esta ocasión la noticia quedará eclipsada por comentarios, ruedas de prensa y declaraciones de nuestros estimados políticos que este año han tenido la deferencia de organizar un circo mediático a finales de agosto. Qué poca consideración muestran con los editores y periodistas de los noticiarios. Con lo bien que les viene siempre a los que eligen las noticias de los telediarios la consabida encuesta a pie de chiringuito dando su momentito de gloria a todo graciosillo que se precie, rivalizando con el anterior en la estolidez y simpleza de su respuesta. Aún está por ver que no les fastidien también la típica noticia sobre el menú de la cena de Nochebuena y comida de Navidad...
Y a continuación el consabido médico que informa sobre los perniciosos efectos de la vuelta al trabajo -ninguno ha estado en paro, por lo que se ve- y que incluyen dolores de cabeza -nada comentan de los que provoca el no tener qué darles de comer a tus hijos, claro-, mareos, fatiga, ansiedad -nada comparable con la que se tiene cuando no tienes para pagar la hipoteca, pero esa, por lo que se ve no merece considerarse síntoma de depresión, como el síndrome post vacacional-. Mamarrachadas varias que me hacen pensar en la inmadurez y falta de empatía que impera en nuestra sociedad.
El otro día oí una respuesta inteligente, habrá que poner una pica en Flandes. Un chaval decía que se alegaba de volver al trabajo. ¡Albricias! Alguien que me ayuda a recuperar la esperanza de que no todo está perdido. ¿En qué están pensando los memos que nos hastían con sus quejas por volver a madrugar? ¿Es que no saben la suerte que tienen? Puede que haya trabajos precarios, trabajos que no nos gustan, jornadas maratonianas y un sinfín de cosas muy mejorables, evidentemente. Pero todos esos que hacen un rosario de quejas deberían ponerse en el pellejo de aquellos para los que cada día siempre es igual que el anterior, porque no distingue fines de semana ni vacaciones, simplemente porque no tiene un trabajo al que volver ni del que quejarse. Me parece una tomadura de pelo que clama al cielo que se le dé cobertura mediática a una gilipollez como la depresión post vacacional en un país donde el problema del paro es más preocupante que la propia inestabilidad política, situación ya grave de por sí.
Y luego la nutricionista que aporta sus consejos para bajar la tripita cervecera tras los excesos veraniegos.
Me reafirmo, todas estas noticias típicas, como las de las rebajas, la de la operación bikini y otras muchas denotan la pobreza intelectual y la falta de inquietudes imperante en nuestra sociedad, enferma de otro síndrome también muy conocido: el de Peter Pan, que no quiere crecer y huye de sus responsabilidades.

martes, 30 de agosto de 2016

Agosto, el mes fantasma

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El otro día, cuando me levanté para ir al trabajo hacía niebla. No muy espesa, pero niebla al fin y al cabo. Una mañana de Agosto, bueno, más bien noche -a las siete menos diez de la mañana, en esta época del año es noche cerrada- silenciosa y tranquila. Mis pasos por la calle eran el único sonido, amortiguado, además, por la humedad suspendida en el ambiente. Ya se sabe, en Agosto  parece que se  detiene el mundo. Se cogen las vacaciones hasta los mosquitos de la parada. Y los comentaristas de la tele -paradójicamente currantes agosteros-, nos hacen sentir bichos raros a los que no estamos tostándonos en la playa o matándonos a cervecitas en el mes fantasma, en el que no se fabrican muebles y la justicia duerme. ¿Qué  digo, si la justicia duerme todo el año? Es por eso que la pintan con los ojos cerrados, no porque sea ciega, al menos en España...
Y  con ese silencio sepulcral por la calle, no se me ocurrió a mí otra cosa que pensar: "qué romántico... parece que voy por el Londres decimonónico..." Mi memoria cinematográfica me trasladó a películas de época y se me vino a la mente: "Parece como si tras cualquier esquina fuera a aparecer Jack el Destripador"... Maldita imaginación. De ir tan feliz disfrutando del silencio que me rodeaba y pensando lo bien que se va al trabajo en Agosto pasé a una leve sensación de jindoy que me iba recorriendo la columna vertebral y erizándome el pelo del cogote... Es que en Agosto la calle a esas horas parece la típica escena de ciudad desierta de Abre los ojos, película que, por cierto, no he visto.  Me la apunto, a ver si la veo uno de estos días del poco verano que queda, porque en la tele también se coge vacaciones la buena programación, si es que podemos llamar buena a la de invierno que, para mi gusto, no, desde luego, pero comparada con los programas de saldo del verano,  es excelente, vamos.
La situación de soledad también me recordó a otra película: 28 días, que sí he visto y para quien no la conozca diré que fue una de las primeras de estas modernas de plaga/virus-zombie-apocalíptica, que ahora abundan como los guiris en Chiclana... Esa, sin embargo, he de reconocer que me gustó, por lo novedosa. No puedo decir lo mismo de todas las copias que le han salido como churros. Además, es inglesa y ya sabemos que la estética del cine europeo suele resultar bastante más inquietante que la del americano, más comercial -dejando aparte el caso del Festival de Sundance, que, para mi gusto, ya se pasa de "inquietante" porque hace que los temas más corrientes adquieran tintes de expediente X-.
Ni un alma en la calle. Mis pasos por la acera, único rumor audible, cual duelo del western más spaghetti. Más sola que la una. Y yo acordándome de asesinos en serie y zombies antropófagos... Es que soy única. Yo no soy muy fácil de sugestionar, pero la imaginación suele jugar malas pasadas y, casi sin darme cuenta, empecé a acelerar el paso, no por los zombies, evidentemente, sino porque, admiradores de Jack, por desgracia, siempre ha habido y habrá. Eso me lleva a recordar mi adolescencia. Fue la época del caso de las niñas de Alcasser y muchos otros. Un tiempo en el que, día sí y día también, la noticia era la desaparición de una adolescente, normalmente por carretera y de camino a fiestas o discotecas o de vuelta a su casa. Era de pesadilla, fue como una plaga que asoló, sobre todo, el Levante y la Costa del Sol y principalmente en verano. Las niñas volvíamos a casa de noche con un ojo abierto en la nuca y mirando había atrás cada dos por tres. Creo que el terror no beneficia a nadie, pero como dicen los mayores, el miedo guarda la viña... Un poco más de precaución no les vendría mal a las generaciones actual y venidera. Y lo digo con un caso de desaparición en la palestra na Pobra do Caramiñal (como se dice en galego). Lo dicho, los monstruos como Jack no se cogen vacaciones. El hecho es que llegué super temprano a la parada y con alguna gota de sudor perlando mi frente, suena muy poético, pero el hecho es que llegué cagando leches y con la carne de gallina.
Y mira que se va bien en el autobús en este mes. Casi vacío, llega prontísimo, no te levanta dolor de cabeza del jaleo... Un paraíso para los que sufrimos un poco de gentefobia. Disfrutemos de lo poco que nos queda, que ya mismo llega septiembre y comienza el curso y luego la Universidad y el autobús se llena de jóvenes con muy buenos propósitos de no perderse una clase, que va decayendo conforme avanzan las semanas, armando mucho escándalo para hacerse notar (nunca falta el "graciosillo" que habla por encima de todo el autobús para que todos aprecien su vis cómica y que, maldita la gracia que tiene, el pobre hijo) y, muy a menudo, con escasa educación, que no despegan el culo del asiento aunque tengan al lado a una embarazada que no cabe por el pasillo (lo digo por experiencia) o a un anciano luchando por asirse a la barra para no perder el equilibrio. Bendito agosto, mes fantasma para los que trabajamos en él y que, al parecer, no tenemos derecho al síndrome post vacacional.

jueves, 25 de agosto de 2016

Envidia sana

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Tras una semana y pico de relax vacacional y apurando los días de asueto que me quedaban vuelvo al tajo y a reflexionar sobre las cosas importantes de la vida. Cosas como la envidia sana.
El martes, antes de la vuelta al trabajo, mientras disfrutaba de mi opíparo desayuno mañanero -sí, yo desayuno en mi casa y sí, antes de afrontar la jornada me pongo bien las pilas, así soy capaz de tomarme a las seis de la mañana un zumo, tostadas con aceite y miel o mantequilla y mermelada, galletas y té con leche, no concibo salir de casa sin energía- leía un suplemento de esos semanales de los diarios que me da mi padre. En él venía, además de la habitual columna de mi adorado Pérez Reverte un artículo sobre Ivanka Trump -sí, sí, la hijísima del magnate  inmobiliario y presidenciable Donald- y otro sobre un fotógrafo que se dedicó a mostrar al mundo la opulencia que rodeaba la vida de unos pocos a través de imágenes de sus piscinas. Así, entre bocado y sorbo pasé del contrasentido de un picoleto a punto de entrar en prisión por cumplir su deber de defendernos matando a un tipo que había atropellado a un compañero suyo guardia civil y evitando con ello que el indeseable rematara la faena (situación tan real como triste e inexplicable y corriente en esta desquiciada España en la que vivimos) al glamour de los ricos, pero ricos, ricos de verdad. Esos ricos indecentemente ricos.
La despampanante Ivanka viene a decir que es una currante de las auténticas, mamá todoterreno, esposa virtuosa, hija ejemplar, ex modelo, perfecta anfitriona... Duerme cuatro horas, la pobrecita, porque después de acostar a sus retoños se vuelve a la oficina para seguir trabajando a destajo... Qué dura es la vida de una rica heredera casada con un pobrecito montado en el dólar. Si no se quitara horas de sueño no sé de qué iban a vivir... Es que son unas incomprendidas estas niñas ricas. Menos mal que confiesa tener que "tirar de niñeras". Porque es que también ha aprendido a cocinar para agasajar a sus invitados. Debe de ser sobrehumana. Pobrecita, y yo ironizando sobre su durísima vida, con el trabajo que le habrá costado a la criatura llegar a ser directiva de la empresa de su padre. La de currículos que habrá echado la chiquilla, hombre... la de puertas que se le habrán cerrado en las narices con ese apellido como carta de presentación y con lo feíta que es. Y yo aquí sacándole punta a todo lo que dice. Si es que la envidia es muy mala.
Pero ojo, que lo mío no es envidia... bueno... a lo mejor un poquito sí... pero envidia sana, ¿eh?
Que es muy buena persona, seguro. Y no lo digo porque si su padre acaba ganando las elecciones vaya a venir la CIA a darme matarile, no. Es que la admiro de verdad, tan abnegada, trabajadora y valiente ella... una auténtica superviviente. Pensadlo: es que, llegar a donde ella ha llegado con las adversidades que ha debido afrontar, las penurias que ha pasado en su infancia... Lo que ha luchado esa mujer... para hacerle un monumento. No me gustaría estar en su pellejo, esa vida tan difícil que viven las multimillonarias entre el lujo y el despilfarro tiene que ser un coñazo, con la vidorra que yo me doy en mi casa de los click de Playmobil jugando al tetris en los armarios. Eso es diversión y no esos aburridos veraneos en yate entre la costa azul y Capri... qué tedio, por Dios...
Y qué decir de las fotos de la Dolce Vita que venían a continuación. Qué agobio, qué sufrimiento y stress se palpaba en el ambiente. Todas esas personas tan despreocupadas e indolentes tomando aperitivos y charlando al borde de piscinas de ensueño. Vamos, yo, ni regalado lo quiero, que se sufre mucho, ya lo dicen ellos en las entrevistas, que se hartan de trabajar (nosotros, los curritos, no, claro) y gastan mucho tiempo -y dinero, porque lo tienen, claro está- en viajes, comilonas de compromiso, fiestas hasta la madrugada para establecer relaciones comerciales, un no parar de sacrificios, unas víctimas de las relaciones públicas. Y total, ¿para qué? ¿para ganar unos milloncejos de nada? Si es que no compensa. Es mejor hartarse de trabajar para ganar un sueldo, con suerte digno, que te dé lo justo para comer y pasarte la vida ahorrando como una hormiguita para darles unos estudios a tus hijos que les habiliten para, por lo menos, atreverse a llamar a la puerta de los despachos de esos que toman el sol en sus piscinas...
Eso sí, tengo que decirlo, serán muy listos para los negocios, pero para otras cosas no son muy avispados que digamos. Debe ser que, como viven tres palmos por encima del suelo, son totalmente ajenos a la realidad y por eso hacen ostentación de sus lujos sin reparos. O eso o es que realmente se ríen en nuestras narices de las facilidades con que cuentan para todo.
Anda que si a mí me tocara la lotería iba a enseñarle mi mansión a los de "¿Quién vive ahí?"... No se iba a enterar ni "er Tato"... Y no sólo por evitar despertar eso que llamamos envidia sana, y cuya supuesta "sanidad" no deja de ser un eufemismo... desengañémonos: la envidia sana no existe, la que hay sólo puede ser más o menos enfermiza, en ciertos casos, hasta patológica. No sólo por eso o por facilitar objetivos a los "amigos de lo ajeno", sino porque se me caería la cara de vergüenza al pensar en las dificultades para llegar a fin de mes de la mayoría de los espectadores.
La riqueza no debería estar reñida con la empatía, a mi entender y, dicho sea de paso: no les vendría mal un baño de realidad a todos esos herederos de las grandes fortunas a quien todo les ha llovido del cielo, igual así, por lo menos no tendríamos que leer artículos como el que mencionaba en el que, para justificar su tren de vida intentan hacernos creer que para conseguirlo sudan la camiseta como cualquier hijo de vecino... Estas cosas claman al cielo.
Y lo vuelvo a decir: todo esto no es más que envidia sana.......

viernes, 12 de agosto de 2016

Karma "Boomerang"


Un día, viendo la tele, oí al presentador Pablo Motos decir algo así como que no había tenido niños porque había sido demasiado malo de pequeño y le daba miedo que el karma se volviera en su contra. Sabias palabras. Yo lo he pensado muchas veces, no por haber sido traviesa, de hecho, yo era muy buena, sino por otras circunstancias.  Sin ir más lejos, hace dos sábados, el día de la pelea con el del parking en Bolonia, que acabamos dando una vuelta por Tarifa -capital del windsurf y del Levante-, se me vino a la mente esta imagen: el karma es como un boomerang que, por muy lejos que lo lances, siempre acaba dándote en to el molondro. Pongámonos en situación: Tarifa, las cinco de la tarde de un sábado de agosto, calor pa derretir la pasta de las gafas de sol, mi marido con la niña en brazos, abriendo el cortejo, detrás, el niño, como siempre, en su mágico mundo de colores, filosofando acerca de la insoportable levedad del ser o recreándose en ese universo paralelo que se ha inventado y que requiere mucho trabajo desarrollar y, por último, yo con el cochecito del pequeño. Veo a mi niño, como siempre, con sus andares "poco gráciles", por decirlo de alguna manera -la naturaleza le ha dado una inteligencia increíble, pero, desde luego, no le ha dotado con habilidades felinas, precisamente,  supongo que será para compensar- y mirando a las musarañas, canturreando y hablando cual papagallo, bombardeándonos con sus complicadas e interminables preguntas, compartiendo sus curiosas reflexiones o, simplemente haciendo la banda sonora del paseo; en definitiva, tan despistado como siempre. Le digo, por enésima vez: "Hijo, mira al suelo, que te vas a caer". Nada, sigue en Babia/La Inopia. Le digo: "Tesoro, baja a la tierra, que te vas a partir los dientes". Él, a lo suyo, a la Luna de Valencia. "Niño, que las paletas son las definitivas, que como te las rompas, ya no te van a salir otras". Sigue con su tarareo, su  interminable perorata y cogiendo cocorocos. Y así seguimos hasta que mi profecía se cumple aunque no del todo, gracias a Dios: da un traspiés y, no se parte los dientes de milagro. Os digo yo que estos niños míos son carne de ortodoncia por muchos motivos. Qué ruina. Mi: " Chiquillo, te lo estoy diciendo, que vas a besar el suelo", resuena en toda la calle. Ya está, ya dimos el espectáculo.
Continuamos el paseo, pero cambiando la distribución de los churumbeles. Mi marido delante, con el cochecito del pequeño, los dos mayores, cogidos de la manita y, una vez más, cerrando el desfile, yo, desde una posición privilegiada, donde lo domino todo, al padre,  al bebé, por si tira un zapato o saca las manos por fuera para restregarlas bien por farolas y poyetes, a los niños, para que no se caigan, al tráfico, para que no me los atropellen, los escaparates, por si encuentro alguna ganga... Nada escapa a mi ojo de halcón-camaleón, lo controlo todo... Todo, menos el socavón que había ante mi pie izquierdo, en el que me precipito trastabillando y que está a punto de llevarme directa al suelo en dolorosa caída libre, como buen halcón... Ante mi sonoro: "xxxxx, que me matoooooo", se da la vuelta toda la familia y, como era de esperar, mi marido, que no pierde oportunidad de darme un "zas en toda la boca" emulando a Sheldon, de Big Bang Theory, me suelta con altas dosis de sarcasmo y retintín: "Camino, hija, deja de mirar a las musarañas, que te vas a partir los dientes"...
Inmediatamente pienso: "si es que el karma no me perdona ni una..."
Ah, el karma... esa bonita, exótica y sofisticada palabra que ahora está  tan de moda y que, como casi todas las situaciones posibles de la vida, encuentra un dicho en el rico y sabio refranero español: "quien escupe para arriba, encima le cae". De acuerdo, tal vez suene un poco menos cosmopolita, pelín más basto, pero viene a significar lo mismo.
Por eso, intento no criticar mucho lo que veo en los demás,  sobre todo en el tema de los niños, porque el discurrir de  la historia más que una espiral, es un círculo y, tarde o temprano, como la vida da tantas vueltas, te verás en la misma situación y pensarás: "con lo que yo lo he criticado..." Así, por ejemplo, cuando mi marido ve a una quinceañera por la calle con la faldita demasiado corta, el top demasiado estrecho y escotado, taconazos de vértigo y la cara como una india arapahoe exhibiendo sus mejores pinturas de guerra -vamos,  poniendo toda la carne en el asador-, ya no la mira como un hombre, sino como un padre, y se le despierta ese instinto atávico de protección paternal. Entonces ve, en su mente, a su niñita así ataviada en unos años y se acuerda de lo que hacía y pensaba cuando él estaba en plena eclosión hormonal. Automáticamente le invade el pánico y le empiezan a entrar sudores, rechina los dientes y dice: "yo no dejo salir a mi niña así a la calle". Yo,  horrorizada, viendo al karma como ángel justiciero apuntando en una libretita nuestras pequeñas faltas para luego dárnoslas  todas juntas... le contesto: "calla, calla, no hables muy alto, y no escupas para arriba, que te va a caer encima y, de paso, como la niña también es mía, a mí también"
Lo dicho, un boomerang que acaba dándotela mortal...

miércoles, 10 de agosto de 2016

Gente adhesiva


Como bien sabéis soy un poquito antisocial. No es que sea sociópata ni misántropa, no llego hasta ese punto. Lo digo sólo en dos sentidos: porque no suelo comulgar con los gustos y opiniones de la mayoría y, sobre todo, porque cada día odio más las aglomeraciones de "humanidad". No soporto la playa masificada, detesto ir en un autobús atestado, empañado del vaho de tantos alientos y oliendo a "sobaco con solera", abomino de las macrofiestas, siento aversión a hacer cola para algo, etc...
Lo de la playa ya lo comenté (en "La playa de mis sueños"), pero ahí hablaba de cuando llegas y ya está "de bote en bote". Hay otro caso más sangrante. Llegas a la orilla y, como hay espacio bastante alrededor, colocas tus sombrillas (nosotros llevamos dos), tus toallas, tu silla, la hamaquita del pequeño, tus niños toman posesión del territorio con los cacharritos, se ponen a hacer castillos y tú te dispones a disfrutar de un ratito de "relativa" tranquilidad (con tres niños la calma absoluta es imposible; esa en la que te relajas de verdad, tanto que terminas mirando dentro, muy, pero que muy, muuuuuuuy dentro de ti hasta que empiezan a revolotear muchas moscas alrededor, con la babilla escapándose por la comisura del labio porque la cabeza se va escorando... esa ya no la consigues ni en el sofá a la hora de la siesta -en ¿el qué?, a la hora de la ¿qué?, hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo). Pues  bien; cuando estás a punto de comenzar a disfrutar de dicho éxtasis playero-veraniego, empiezas a oír un lejano rumor, molesto y de tesitura variada que, de lejano pasa a cercano, de cercano a demasiado cercano, de rumor a estruendo y de molesto a insoportable. Es el rumor de la horda invasora que -mira que hay playa, ¿eh?- va y se plantifica a dos metros escasos de tu recién estrenado remanso de paz.
El perfil del enemigo es variado: la megafamilia ruidosa que se reúne en la playa porque son tantos que no hay casa que los resista es el más típico. La pandilla juvenil es otro, pero centrémonos en el primero, que suele ser más ruidoso.   No la llamo megafamilia porque sean familia numerosa, sino porque van tres abuelas, dos  abuelos, siete matronas (en la más amplia extensión del término, estilo Ana Magnani que, si bien esto es España, no somos tan distintos de la Italia más popular y profunda) de risa estentórea, ocho cuñados que,  cañita y cigarrillo en mano se ponen a comentar el estado general de la nación a través de las noticias del Marca, seis pipiolos (cuatro de ellos agrupados de dos en dos, comiéndose con la mirada y, a veces, no sólo con la mirada, en la parte más apartada del grupo), la amiga soltera de toda  la vida de la abuela - y compañera del bingo-, la vecina divorciada del quinto y el viudo de la prima segunda de la cuñada de la compañera de trabajo de su niña la mayor, que le pone ojitos a su madre y, la guinda del pastel: diez o doce niños ( como no paran de moverse, se pierde la cuenta), de edades variadas, que empiezan a crear una tormenta de arena aderezada con griterío infanto-maternal: "Niñoooooo, joé, deja a tu hermana y cómete er bocata ya", "Omaaaaa, la tata me ha quitado una trenza", "Niñaaaa, no te metas pa lo jondo, que te vajogá", "¿Con qué va'queré er viena, niño, con foigrá o con chopepó?", "Niño, la crema, que tú estás mu blanco", "Pepe, pregúntale al Antonio si va a querer gazpacho o piriñaca", "Pacoooo, pásame er tinto de verano", etc., etc., etc. y, tras salpicarme de arena a los niños una docena de veces con las carreras de la infantería enemiga y viéndome la cara de asesina, por fin un: "Niños, no correr más, joé, coger la pelota y se vais pa' tras que estáis molestando a la chavala" (sí, me conservo muy bien)... y un largo y variopinto muestrario del habla más castiza y auténtica de mi tierra, a la que adoro, expresiones y acento incluidos, pero no dentro de mis tímpanos, por favor, si no es mucho pedir. Que corra el aire...
Con esta proliferación de sombrillas, mesas, neveras, sillas, toallas, colchonetas y otros enseres poblados de chavalería, ancianidad y gente de todas las edades, que se coloca -cómo no-, entre nosotros y la orilla, mi campo de visión queda obstaculizado y, si la niña está a mi alrededor y el mayor anda por el agua, ya empiezo con el efecto camaleón, un ojo aquí y otro en Pekín (cuando el tercero camine no sé con qué ojo lo voy a controlar a él...) y encima, por la lejanía, me sorprendo vociferando: "Niño, no te vayas a meter a agua tapá, que hoy arrastra, que hay mucha resaca", soslayando la mirada reprobatoria de mi marido, que se separa un poco de mí como si no me conociera de nada... La escandalera que me invadió me contagia, ¿qué digo "contagia"?: ¡horror! ¡¡¡me fagocita!!!
Por eso me gustan las playas con "poca gente". Me gusta oír mis pensamientos con el sólo trasfondo de las peleas de mis niños, de las que, a veces, ya consigo abstraerme alcanzando casi el nirvana...
Ocupémonos ahora del autobús. Pongamos que son las 15.20h. Parada de origen del transporte público. Seis o siete personas desperdigadas por los asientos del coche oruga que me lleva de vuelta a mi casa. Yo, llamadlo manía, pero me suelo sentar en el mismo sitio o su primo hermano: poco antes de la parte flexible del coche, junto a la ventana y del lado del mar, no el de la Bahía, ese lado es para la ida, así veo el amanecer reflejado sobre sus aguas y la Sierra de fondo (un espectáculo, un privilegio, lo sé, y gratis). Además es un sitio incómodo porque sueño coger el más elevado, el que va sobre las ruedas, vamos, que, en marcha, cuesta trabajo encaramarse. Pues, da igual que vaya casi vacío, siempre hay alguien que encuentra irresistible el asiento contiguo al mío. Misterios insondables de la humanidad. ¿Qué tiene de especial el sitio de al lado? ¿Serán ganas de fastidiar, de verme la cara de haber mordido un limón que se me pone? ¿falta de calor humano? ¿horror al vacío? No lo sé, pero no falla: siempre se te pone alguien ahí, pegadito, cual calcomanía... aunque sea una anciana casi octogenaria cargada con la bolsa de la playa y la silla y que necesita una polea para subirse: ahí se coloca. A lo mejor es que yo también me siento ahí porque el magnetismo del núcleo terrestre ejerce una especial atracción hacia ese puntito diminuto y móvil de la tierra, o porque las fuerzas telúricas que en su día orientaron la construcción de los centros druídicos se concentran precisamente ahí, vete tú a saber, oye, manifiesto mi más profunda ignorancia al respecto. El hecho es que ahí se pone, bien sea la señora que no para de darme golpecitos con la silla, el señor con tufillo a tintorro o quien sea, con hedores varios. No todos son así, claro, afortunadamente; también está la señora bien perfumada que se pone junto a mí porque piensa: "mejor con esta, que parece normal, a que me toque un petardo pegajoso y pestilente". Mi teoría es esa en todos los casos de mujeres: al ocupar ese asiento eligen estar a mi lado, que soy la opción menos mala ante lo que les puede caer si se sientan solas. La cuestión es que se me pegan cual Epi y Blas en una cama de velcro.
Y ¿dónde  nos dejamos a la típica señora  (ignoro el por qué, pero suele ser mujer) que, en una cola, llega justo después que tú pero, poco a poco, sibilina y subrepticiamente se va desplazando a "paso camgrejero" hasta colocarse justo al lado de tu codo?  ¿no saben que cuando se hace cola nos referimos a fila india?  Es decir, uno detrás del anterior, no a su lado. Y, no contenta con estar leyendo lo que lleves entre tus manos, como no ve bien, se acerca más, hasta que te llega a dar codazos y empujones, sutiles, pero molestos, al fin y al cabo. Te apartas un poquito. Te vuelves a apartar, ya con cara de mosca chamuscada. A lo mejor incluso, de ver tu cara de pocos amigos te suelta un sorprendido: "Uy, perdona, que no me he dado cuenta...". Al siguiente envite es cuando caes en la cuenta de que su objetivo no ha sido otro que el de colarse desde el principio y la espera ya empieza a ser amena, puesto que se convierte en el campo de una batalla silenciosa, una especie de guerra fría para ganar centímetros al adversario... En realidad debería agradecérselo, porque, no sólo ha logrado picarme cosa que -habréis notado-, no tiene mucho mérito, sino que, además, me ha dado tema para escribir.
Pero vamos, lo dicho: por caridad cristiana, que corra el aire, que hace una jartá de calor y que, cuanto menos bulto, más claridad.

lunes, 8 de agosto de 2016

De virus, bacterias y bichejos.

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Antes de empezar con mi habitual perorata mañanera, pido disculpas a mis seguidores habituales por la falta de escritos en estos últimos días. No es que ya no reflexione, es que no he tenido tiempo para plasmarlo como es debido. Problemas de cervicales y virus escatológicos me lo han impedido. La gran desventaja de ser muchos de familia, desde mi humilde punto de vista, es esa: cuando un niño coge un virus -sea del tipo que sea-, corre por la casa como la pólvora. Y digo que lo coge un niño porque, normalmente, los traen del cole... Aunque en verano tampoco nos salvamos de algún brote de virus de esos que exigen un gasto extra en papel, sea en Kleenex o en papel higiénico.  Pero durante el curso es mucho más, sin comparación. Yo, cuando uno de mis hijos viene contando que un compañero ha vomitado en clase, me hecho a temblar. Ya empiezo a hacerme cruces y a quemar romero, porque, madres del mundo, reconozcámoslo, no nos libra ni "la Trinidad". Cuando por fin caemos  en lo inevitable es cuando todos coincidimos en lo práctico que resulta tener más de un cuarto de baño. Perdonad por lo asquerosillo del asunto, pero es que es verdad. Ya sabéis cuánto me gustaría tener una casa grande; por eso, aunque no puedo permitírmelo, de vez en cuando me gusta ver los anuncios de casas en los escaparates  de las inmobiliarias y por Internet. Aunque me diréis que soñar es gratis, lo mío es puro masoquismo, os lo digo yo. Cuando veo un piso con cinco dormitorios, lavadero y tres baños se me ponen los ojillos como a una muñequita manga (que, por cierto, siempre me he preguntado si sus dibujantes tendrán un poquito de complejo, ya que siempre ponen en los dibujitos unos ojos antinaturalmente redondos, cuando ellos los tienen rasgados: yo los tengo un poco achinados, de hecho cuando me resfrío, lloro o pelo cebolla se me ponen cual "puñalada en tomate" y, aun así, puedo asegurar que hacen el mismo apaño que los otros). Pues el que me escucha siempre me dice: "anda ya, ¿para qué quieres tantos cuartos de baño, para hartarte de limpiar?" Cuando se convive con cuatro personas se aprende a apreciar lo que sería disfrutar de ese lujo en condiciones normales -a los niños siempre les entran ganas a la vez, por ejemplo. Yo, la hora de ducharme o arreglarme, nunca tengo intimidad, siempre  hay alguien amenizando mi toilette desde el trono, con salvas de honor o con el alegre chorrito -ríete tú de las fuentes de Versalles-... todo glamour, pompa y boato- y, con gastroenteritis pasa de lujo deseable a necesidad perentoria, os lo digo yo.
Además, por otra parte, ¿alguien puede explicarme por qué puñetas algunas madres mandan a sus hijos al colegio enfermos? No es por criticar -anda que no- pero es que, aparte de la poca humanidad que demuestran con el fruto de sus entrañas, -pobrecito hijo- que está en el cole echando los higadillos, acabando con las reservas del Amazonas en tissues o tiritando de la fiebre, encima están esparciendo virus como pequeños aerosoles, más nocivos, seguro, para la capa de ozono, que los clorofluorocarbonos, o al menos, para sus compañeros de clase. Y no hablo de los padres trabajadores que no pueden cogerse días por enfermedad de sus hijos -otra cosa que habría que cambiar en España para poder empezar a hablar de conciliación, con los pertinentes justificantes médicos, claro está, que también es verdad que aquí, el que no corre, vuela-. No, yo hablo de los que no trabajan que, curiosamente, los mandan al cole así casi más que los que trabajan. Debería estar prohibido por razones de salud pública (ojo, que igual lo está, aunque sólo sea por los derechos del niño). De nada sirve que la directora lo repita en cada reunión, la gente pasa y sigue llevando pequeños saquitos de virus al cole, a modo de arma biológica... No veas la gracia que me hace cuando, las pocas veces que estoy en la puerta del colegio para recogerlos, escucho a alguna madre - perdón por la falta de paridad pero es que el 80% de los progenitores que van por ellos son mujeres- que, entre risas dice: "pues a ver cómo sale Fulanito, porque en casa antes de venir vomitó" o, "uff, no veas qué fin de semana, Menganito ha estado con cuarenta de fiebre desde el viernes, lo he traído porque anoche sólo tenía 38,5, y ahora por la mañana estaba fresquito" no te giba... Me dan ganas de abofetarlas inmisericorde y contundentemente, palabrita... "No se iba a quedar sin excursión", "Es que no quería que se perdiera el examen"... A ver: mi hijo el mayor ha terminado segundo de primaria y creo que estoy en condiciones de asegurar que ni por perder uno o dos exámenes por enfermedad van a frustrarse sus  esperanzas de futuro académicas ni creo que, estando justificado, haya maestros tan desalmados que no le repitan la prueba y, si no lo hacen, será porque no era tan importante. Y si los hay, habrá que hablar con ellos, que para eso están las tutorías y digo las tutorías, que es el momento habilitado pata comentar de tú a tú con la tutora o el tutor los avances o problemas de tu hijo, no la puerta del colegio,  más que nada por intimidad de los niños y porque, si otra madre tiene algo urgente y breve que comentar no debería tener que esperar media hora a que la anterior termine, y lo digo yo porque voy muy pocas veces y las pocas que voy, a veces he tenido que desistir e irme  a mi casa sin conseguirlo porque yo no soy de colarme y, tras diez minutos esperando, ya me parece hasta mal hacerle perder más tiempo a la pobre tutora que, como yo, también es madre y tiene otra vida  más allá del muro del cole, en su casa. 
Pero bueno, ese es otro tema, a lo que yo iba, por favor, cuando los niños estén  malitos ya en casa (cuidado, no hablo de cuando están bien y empiezan a encontrarse mal en clase,  eso es un imponderable) dejados allí, reservaditos, o con los abuelos, y no los llevéis, siempre que sea posible, sobre todo si uno de los dos no trabajáis y nos haréis  un favor a la padres de los compañeros, a los mismos niños de la clase y, si esos os la traen al fresco, hacedlo por una mejor y más rápida recuperación de vuestros amados descendientes. Todos os lo agradeceremos. Os recuerdo que un niño enfermo no es un estorbo, sino una responsabilidad. Lo digo por si es que a alguien ha llevado al pequeño al cole porque ese día le estropeaba el plan de las rebajas, el cafelito con las amigas o un día de gimnasio, por decir cosas para mí, total y absolutamente supérfluas y prescindibles. No digo más, que me embalo.
Tampoco digo que no se los lleve cada vez que estornuden o tengan mocos (algunos no irían nunca, verdaderamente, los míos los primeros) hablo de fiebre, virus raros, gastroenteritis y enfermedades infantiles varias) ni cada vez que llueva o sople un poquito de viento. Recuerdo también que, una vez se escolariza a un niño la asistencia a clase es obligatoria. Y que la lluvia es un engorro, vale, pero reconoced que, antes de ser padres, no os detenía para "beberos las calles" de juerga. Hurgad en vuestras conciencias, seguro que tengo razón. 
¿Y el tema de las vacunas? Me joroba un montón oír a madres a las que no le faltan las últimas gafas de sol de moda o que estrenan móviles de última generación, decir que no piensan poner a sus hijos las vacunas no incluídas en el calendario de vacunación pero recomendadas por los pediatras, porque son muy caras y encima, no son efectivas, se ve que todas han estudiado pediatría. Es el caso de la de la varicela. En el cole de mis hijos este año hubo una auténtica epidemia. Los míos están vacunados, a costa de mi peculio, evidentemente, pero aseguro que prefiero no comprarme modelitos nuevos (tampoco los necesito, no soy vanidosa ni mucho menos fashion victim) y apretarme un poco el cinturón, no comprar caprichos en general para evitarles a mis niños todo mal que esté en mi mano. Ojalá pudiera hacer más, pero la ciencia llega hasta donde llega. Otra cosa que habría que cambiar en el mundo. No entiendo que estemos viendo campañas todos los días de UNICEF, de SAVE THE CHILDREN, de ACNUR, etc, etc, etc, diciendo lo necesarias que son las vacunas para salvar la vida de millones de niños y que las dosis para prevenir de enfermedades básicas aún cuesten dinero. ¿Por qué nos comen la conciencia a nosotros por la calle y no directamente a los gobiernos y magnates (curiosa la similitud de esta palabra con mangante, ahí lo dejo) de las farmacéuticas, con los que se codean los dirigentes de esas mismas ONGs en recepciones y cócteles?. Este mundo está lleno de hipocresía. La salud no debería ser objeto de mercadería, y me dan pena moralmente los que se llenan los bolsillos a costa de patentes que salvarían vidas. No digo que las regalen, pero de regalarlas a pedir fortunas por salvar a alguien de un virus como el de la hepatitis, hay un abismo: es algo que clama al cielo. Pero lo dicho, cuando oigo a una madre que no le pone la vacuna a su hijo, porque, total, así ya la pasa y a ver si contagia también a su hermano para pasarlo los dos juntos, me dan ganas de tirarle de los pelos. Con la cantidad de muertes infantiles que se han logrado evitar desde que se inventó la vacuna, la de enfermedades que se han conseguido controlar gracias a ese bendito descubrimiento, y sabiendo lo que habría dado mi tía, por ejemplo, sin ir más lejos, afectada de polio desde los once meses de vida, porque le hubieran puesto la vacuna a tiempo... Que todavía haya personas capaces de decir eso me parece indignante, y un comentario que denota, si no ignorancia, sí un gran desconocimiento del tema y de las secuelas que muchas enfermedades infantiles pueden provocar en nuestros pequeños. Es cierto que son caras, pero conozco casos de abuelos que el regalo que le han hecho a sus nietos por sus cumpleaños han sido esas vacunas de pago, por ejemplo, y también estoy segura de que, ahorrando, raro es el que verdaderamente no puede pagarlas. Repito, se ven muchos móviles y táblets ultramodernos, muchas equipaciones de fútbol oficiales y mucha cervecita y comida fuera, en personas que "supuestamente" no pueden pagarles las vacunas a los niños. Luego se dan muchos golpes de pecho de lo mucho que quieren a sus niños, manda huevos, con perdón de la expresión. Si los queréis, velad por su salud y, de paso por la de sus compañeros, que otras cosas sobran si falta la salud. Los que vacunamos a nuestros niños no sólo los protegemos a ellos, sino también a sus hijos, que no se contagiarán de los nuestros, que no lo olviden.
Y ¿qué decir de los pipis? Odio esa palabreja. Por lo que se ve hay alguien que se cree que, por ponerle un nombre gracioso, van a convertirse en adorables mascotas, como por arte de magia. Por caridad cristiana, a las cosas a hay que llamarlas por su nombre, o sea: piojos. Yo, pipi, sólo conozco a una: Pippi Calzaslargas (qué vieja soy)... Recientemente me he enterado de que hay padres que no intentan siquiera desparasitar a sus hijos, de ese abominable ser porque es difícil, caro, incómodo e inútil, (claro, como los pueden pillar otra vez...) ¿Se puede ser más ruin, mísero y flojo? Se nota que no les pica a ellos. y si los tienen, mientras dura la pediculosis, a casita, que llueve, por favor...
Me voy a callar, que me vuelvo a embalar.
Bueno, en resumen, un ruego, para el cual utilizaré una expresión muy española que viene que ni pintada: que los virus y los parásitos, como los trapos sucios, se airean en casa...