Ahora resulta que las madres también podemos volar. Y no sólo porque en algunos casos ya poseamos alas de murciélago (para mayor abundamiento sobre este tema ver mi entrada del mismo título) o porque pasemos por la vida a velocidad supersónica para llegar a todas partes, como auténticas super woman. No, es que hace poco leí, en un suplemento semanal de esos que traen los diarios, un artículo que te proponía hacer un test para ver qué tipo de mamá eres. Que yo, por cierto, eso de mamá lo dejaría para el estricto ámbito familiar. Me gusta que me llamen así mis hijos, pero el resto de la humanidad prefiero que se dirija a mí (cuando se trate de los niños) como la madre de y no como la mamá o, aún peor, la mami de... pero bueno, esa es otra cuestión relacionada con la creciente deriva infantilista que está viviendo esta sociedad en la que pretendemos educar y en la que crecerán nuestros retoños. A lo que iba: el test te catalogaba, según la esfera de libertad que otorgaras a tus hijos como una madre super liberal, neo hippy casi, de las que dejan a sus hijos volar libres hasta partirse los piños contra el pavimento, como el otro deleznable -a los ojos del articulista-extremo, las llamadas en el artículo mamás helicóptero o, finalmente, como la tercera opción (es que está en medio y que, cuando hacemos uno de estos test ya sabemos de antemano que es la mejor desde el punto de vista psicológico): la versión intermedia de las madres, digamos, equilibradas.
Las mamás helicóptero. Os preguntaréis por qué ese término tan peregrino. Decía que es porque son las que se pasan el día sobrevolando la vida de sus hijos. Las que controlan sus amistades, que no los dejan respirar, que hacen por ellos la tarea, si hace falta, para que no saquen una mala nota... Las que los hiperprotejen de tal manera que no les dan la oportunidad de caerse, de aventurarse, medir sus habilidades y, por ende, de equivocarse, tropezar, caer y levantarse. Es comprensible. Las entiendo perfectamente. Esas madres pasaron su adolescencia como yo, en una época en la que el hombre del saco se tornó de carne y hueso. Un tiempo en el que todos los días se hablaba en el telediario del niño pintor o de las niñas de Alcasser. Es cierto que el sacaúntos siempre existió, que el lobo de Caperucita en realidad era el violador que desfloraba a la niña que empieza a menstruar, siempre hubo padres desnaturalizados que abandonaban a sus hijos, como a Hansel y Grettel, etc... Pero es que en aquella época era diario. Yo recuerdo que me acostumbré a ir pendiente de quien iba detrás de mí cuando iba sola por la calle. Claro que nosotros hemos jugado en la calle, hemos ido a hacer los mandados para nuestras madres por el barrio soñando con quedarnos con la vuelta para comprar cromos o pipas, hemos trepado a los árboles y nos hemos descalabrado. Pero lo que nos endureció y espabiló a nosotros no lo queremos para nuestros hijos. No queremos dejarlos solos por la calle por miedo a los pederastas. Estamos pendientes de sus amistades por miedo al acoso escolar. Procuramos que sean los mejores para conjurar al fracaso. Y, obviamente, queremos evitarles, en todo lo que está al alcance de nuestra mano, todo tipo de dolor, ya sea espiritual o físico.
No me gustaría ser ese tipo de madre controladora que asfixia a sus hijos como si los llevara con una cadena, sé que, por mucho que me empeñe, mis hijos se caerán en todos los sentidos, no sólo físicamente, y que ellos solos habrán de levantarse miles de veces y que sólo fracasando aprenderán a triunfar en la vida. Que habrá gente que les hará daño (rezo porque sólo sea con decepciones y nunca en su carne) y que sólo así aprenderán en quiénes confiar y se endurecerán para seguir adelante sin perder la fe en la humanidad e intentaré, por su bien ayudarlos a madurar así, aprendiendo de sus errores. Trataré de apoyarlos cuando estén en horas bajas dándoles los consejos que te inspira la experiencia siendo consciente de que nadie, por mucho que nos lo propongamos, escarmienta en cabeza ajena. Pero tampoco puedo evitar, al mirar sus caritas inocentes, que me salgan las aspas y el rotor y me den ganas de volar permanentemente sobre sus vidas armada hasta los dientes y dispuesta a disparar como el Trueno Azul.
Las mamás helicóptero. Os preguntaréis por qué ese término tan peregrino. Decía que es porque son las que se pasan el día sobrevolando la vida de sus hijos. Las que controlan sus amistades, que no los dejan respirar, que hacen por ellos la tarea, si hace falta, para que no saquen una mala nota... Las que los hiperprotejen de tal manera que no les dan la oportunidad de caerse, de aventurarse, medir sus habilidades y, por ende, de equivocarse, tropezar, caer y levantarse. Es comprensible. Las entiendo perfectamente. Esas madres pasaron su adolescencia como yo, en una época en la que el hombre del saco se tornó de carne y hueso. Un tiempo en el que todos los días se hablaba en el telediario del niño pintor o de las niñas de Alcasser. Es cierto que el sacaúntos siempre existió, que el lobo de Caperucita en realidad era el violador que desfloraba a la niña que empieza a menstruar, siempre hubo padres desnaturalizados que abandonaban a sus hijos, como a Hansel y Grettel, etc... Pero es que en aquella época era diario. Yo recuerdo que me acostumbré a ir pendiente de quien iba detrás de mí cuando iba sola por la calle. Claro que nosotros hemos jugado en la calle, hemos ido a hacer los mandados para nuestras madres por el barrio soñando con quedarnos con la vuelta para comprar cromos o pipas, hemos trepado a los árboles y nos hemos descalabrado. Pero lo que nos endureció y espabiló a nosotros no lo queremos para nuestros hijos. No queremos dejarlos solos por la calle por miedo a los pederastas. Estamos pendientes de sus amistades por miedo al acoso escolar. Procuramos que sean los mejores para conjurar al fracaso. Y, obviamente, queremos evitarles, en todo lo que está al alcance de nuestra mano, todo tipo de dolor, ya sea espiritual o físico.
No me gustaría ser ese tipo de madre controladora que asfixia a sus hijos como si los llevara con una cadena, sé que, por mucho que me empeñe, mis hijos se caerán en todos los sentidos, no sólo físicamente, y que ellos solos habrán de levantarse miles de veces y que sólo fracasando aprenderán a triunfar en la vida. Que habrá gente que les hará daño (rezo porque sólo sea con decepciones y nunca en su carne) y que sólo así aprenderán en quiénes confiar y se endurecerán para seguir adelante sin perder la fe en la humanidad e intentaré, por su bien ayudarlos a madurar así, aprendiendo de sus errores. Trataré de apoyarlos cuando estén en horas bajas dándoles los consejos que te inspira la experiencia siendo consciente de que nadie, por mucho que nos lo propongamos, escarmienta en cabeza ajena. Pero tampoco puedo evitar, al mirar sus caritas inocentes, que me salgan las aspas y el rotor y me den ganas de volar permanentemente sobre sus vidas armada hasta los dientes y dispuesta a disparar como el Trueno Azul.





