domingo, 31 de julio de 2016

Cuando tu hijo toca todos los palos del flamenco

Que todas las madres babeamos al hablar de nuestros hijos es una verdad irrefutable, irrebatible, innegable, algo que queda fuera de toda duda. Al menos las madres normales que, por desgracia, de todo hay en la viña del Señor.
Pero cuando las cosas que hace o dice tu hijo ya son alabadas por todo el mundo, te empiezas a plantear que ya no es sólo pasión de madre.
Pues bien, mi hijo el mayor, siempre apuntó maneras de intelectual. Sólo hay que verlo andando con la vista perdida en el infinito, con pinta de "sabio despistado". De lo de despistado doy fe. Con un añito y medio veía letras en las paredes y en los bocados de las tostadas. Con dos años se aprendió todas las letras del alfabeto a fuerza de verlas en las matrículas de los coches. Conocía todas las marcas de los coches, a pesar de no saber siquiera pronunciarlas y distinguía sus logotipos. Así, decía, por ejemplo: "Zeta Opel", "Rombo Renault" y otras  un poco más cripticas, porque en realidad es que no sabía hablar muy bien, como: "León Kut" (por Peugeot) o "V de Jojamen" (por Volkswagen). Luego le dio, con más o menos tres añitos, por la entomología y se aprendió nombres de un montón de insectos en latín, como anisocellis flavolineata que, si no recuerdo mal, es el nombre científico del escarabajo de la patata.  También tuvo su época de paleontólogo, y se sabía todos y digo todos,  los dinosaurios conocidos -o inventados, porque, con todos mis respetos,  me cuesta creer que por encontrar un fémur ya sepan hasta si el animalejo en cuestión tenía escamas en la cola o si era hervíboro o carnívoro, yo pienso que algo de imaginación sí que le echan, la verdad-.  Pero no los cuatro típicos que se sabe cualquier niño, no: todos. Y no sólo los dinosaurios sino también los ancestros de todos los animales actuales, mamíferos, acuáticos, aves, todo tipos de fósiles y reliquias animales varias, por llamarlo de alguna manera. Las eras geológicas de la tierra, y todos, también, repito, todos, no exagero, los homínidos.  Imaginad que vais en el coche y que, para entretenerlo, proponéis decir nombres de animales que empiecen por a y, después de cuarenta ejemplares, el niño, aburrido de un juego tan fácil, os dice: "mejor decimos la primera letra de un homínido y la acertamos". Cuando le aclaré que nosotros no sabíamos tantos nombres de homínidos,  como mucho el Neanderthalensis, el de Cro-Magnon, el Erectus, el Sapiens, el Habilis y, en un alarde de erudición, el Antecessor, muy ofendido y extrañado nos suelta: "bueno, os digo también la última letra y lo adivináis". Cuánta magnanimidad, así ya está tirado. Él se sabía unos cuantos más, no sé, nombres que no había oído en mi vida. 
Luego empezó con la Astronomía y reconocía, pasando por delante de la tele cualquier astro que saliera, sin errar ni uno. Lo mismo te hablaba de los satélites de Júpiter -se sabía los de todos los planetas del sistema solar-  que del cinturón de Kuiper, que yo tampoco sabía que existía.  Luego se puso metafísico y, empezó a preocuparle lo trascendental. Quiénes somos, adónde vamos, de donde venimos. Esas preguntas que el común de los mortales, ya con espolones sólo se hace con un brazo sobre el hombro del colega,  en un arrebato de cariño de esos que te dan con alguna copilla de más. Esas dudas existenciales que suelen plantearse con  los ojillos vidriosos y la lengua estropajosa. Bueno,  la mayor parte de la gente  común en esas circunstancias, Punset, a todas horas, pero él  no entra en  el común de los mortales. En esa época, con cinco años, le preguntó a mi padre que, si el Génesis habla de Adán y Eva como los primeros humanos, dónde quedan todos los homínidos... Normal, era de esperar... Zoología, Arqueología, Paleontología, Vulcanología, Geografía física y política, Numismática, Astronomía, Anatomía, Zoología, Mitología, Religión, Filosofía, Idiomas, Arqueología, Historia, y un largo etc, de disciplinas han despertado su interés hasta grado sumo. Cuando le dio por los alfabetos, se aprendió hasta el cirílico, es el colmo. 
Verdaderamente. es un auténtico privilegio tener un niño así, nunca te aburres con él, y siempre tiene alguna enciclopedia en las manos, pero no podéis ni imaginar lo agotador que puede llegar a ser cuando tus conocimientos no llegan a satisfacer su continua sed de saber. No sabéis lo que es ir por las pailas de la playa oyendo sus preguntas acerca de la tabla periódica, que si los elementos son puros o si son aleaciones, y si hay de los dos, cuáles son de cada tipo. Y rogándole encarecidamente a su padre que al llegar a casa le deje el ordenador para buscar la escala de Mohs, que para quien no lo sepa, es una escala de diez minerales que se utiliza para medir la dureza de una sustancia. Yo había oído hablar de ella, ahora sé lo que es. Y los que no lo supiérais y estéis leyendo esto, ahora también, esa es la parte didáctica de mi blog... Preguntas sobre la tabla periódica y sobre por qué no se pueden incumplir las leyes de la física son las que me iba haciendo ayer camino de la playa. Es así desde que se levanta hasta que se acuesta. Con tanta pregunta tendría que llevar bajo el brazo una edición de bolsillo del Libro Gordo de Petete (los de mi quinta sabéis de quién hablo) aunque, por la erudición que solicita, creo que se me quedaría corto...
El día que le oí decir Buckminsterfullereno no sabía si era algo de su imaginación (esa es otra, tiene un planeta paralelo del que se ha inventado hasta las dinastías de los reyes y un sistema de monedas y medidas) o si reñirle por decir un taco. Tuve que claudicar, puesto que sí, para los de letras puras o que hace tiempo que han perdido todo tipo de contacto con la tabla periódica, existe ese elemento, lo descubrió un tal Buckminster Fuller.
Todas las madres decimos que tener hijos nos ha enseñado mucho, y es verdad pero, normalmente, se dice en el sentido de los sentimientos, de la sabiduría "humana", digamos. Yo os puedo asegurar que, aunque a veces me hace sentirme exhausta y otras veces, directamente, totalmente frustrada por no poder satisfacer su insaciable curiosidad, sin tirar de internet, yo sí que tengo un profesor en chiquitito en casa. Lo que aprendo con él no tiene precio. Porque encima le gusta compartir sus conocimientos con todo el mundo, aunque no siempre es comprensivo con quien no comparte sus inquietudes, él no puede comprender que haya niños que no estén interesados en la Egiptología, con lo fascinante que es saberse todas las dinastías, hombre por favor, es increíble, inaudito...
Gracias por ser así, no cambies nunca. 

martes, 26 de julio de 2016

Los Increíbles

Mis niños mayores están en un curso intensivo de natación. Y yo estoy con tortícolis. Así, a priori, puede parecer que se me ha ido  definitivamente la olla o que estoy mezclando dos temas distintos, pero no, tiene relación. Eso sí, reconozco que es un poquito rebuscada. Todo esto es para demostraros que vivo en una familia de superhéroes.
Esta mañana llegábamos tarde a la piscina y ahí va el primer super poder de mi hijo mayor: el hacer las cosas a cámara super lenta, en plan tortuga, cuando más prisa hay. Y no en plan tortuga ninja, no, más bien en plan tortuga fosilizada. Ahí lo ves, tan feliz él, tan metido en su mundo, donde no existen los relojes, al parecer, pero donde siempre suena el hilo musical -siempre está tarareando o silbando-. Qué pachorra puede llegar a tener. Exasperante.
Mientras estaban chapoteando bajo la supervisión de su padre yo me fui con el benjamín de la familia a buscar un regalo para el Santo del mayor, que es ya mismo.
Una vez comprobado que la suerte no me acompañaba hoy para encontrar lo que buscaba adornado con las tres b (bueno, bonito y barato) volví a recogerlos para seguir intentándolo en otro centro comercial. Como no nos íbamos para casa les llevé un tentempié mañanero acompañado de batido de chocolate. Como el refrigerio también llevaba chocolate, me senté entre los dos en el coche para evitar un desastre de proporciones bíblicas en la tapicería del coche (que los conozco). Y ahí va uno de los principales super poderes de mi hija: el atraer las manchas a distancia y en los lugares más inverosímiles... ¿Cómo puede acabar teniendo chocolate en los tobillos? ¿Cómo se manchó hoy la ropa si no le dejé tocar la comida? Porque se le cayó un trozo de la boca. Es increíble. No hay prenda de ropa, tejido, ni parte de su indumentaria que se le resistan. Es la niña del churrete.
Y yo llevo dos días con una torticolis impenitente que no se me quita ni a la de tres, aunque no me extraña, porque mi niño el chico me hace darle el pecho todas las noches sin perdonarme ni una sola. Ayer fueron dos veces. Yo, para no despabilarme demasiado me pongo un cojín en la espalda y me lo cuelgo del biberón biológico (teta para los profanos) y acabamos los dos con un montón de moscas alrededor y muchos bocadillos (de comic) rellenos de Zzzzzzzzz... Y con la babilla colgando (vaya cuadro). Lo malo es que mi cabeza también acusa los efectos de la gravedad y se va ladeando dejándome de regalo una bonita y dolorosa torticolis semana sí, semana también... Lo que no se hace por un hijo... Y de ahí viene mi super poder de super villana: el ir por la vida con el hieratismo propio del arte egipcio. Si alguien se ha cruzado conmigo hoy y me ha visto muy altiva no es que se me haya subido el pavo, lo aclaro por si acaso, he ido mirando de reojo y por encima del hombro porque no puedo girar la cabeza hacia la derecha y a duras penas hacia la izquierda -y no veáis propaganda política hacia el centro donde no la hay, que no es más que dolor de cuello-.
Pues allá que íbamos todos a seguir buscando el regalo perfecto hasta que lo encontramos y, como lo hicimos de tapadillo para que el niño no se diera cuenta, le dije a mi marido: "tú lo compras mientras yo me voy con ellos y los voy metiendo en el coche". Y así me fui, tan ufana en dirección a la rampa mecánica -descendente- con mis tres retoños: o lo que es lo mismo, la estatua de Nefertiti con el carro del pequeño acompañada de Turtleboy y Churretigirl. Un poema.
Al llegar al filo de la rampa, caigo en la cuenta de que le tengo que poner el freno al carro si no quiero que el niño se me vaya cuesta abajo y que la otra mano la necesito para sujetar a la niña, que tiene miedo a entrar en ella. En esto que la niña se me suelta en el último momento y se queda en lo alto de la rampa llorando como si yo me fuera a Angola, por lo menos. El mayor, con toda su buena intención,  intentaba ayudar a su hermana subiendo la rampa en sentido contrario al más puro estilo cómico absurdo o de cine mudo y yo sin atinar a poner el freno y siguiendo el mismo recorrido que mi hijo, haciendo el mismo ridículo y dando el espectáculo... Y pensando: ¿quién puñetas me mandará a mi meterme en estos berenjenales... ¿no podía haber cogido el ascensor?  Desde luego... Qué pavo tengo. Para vuestro consuelo deciros que en el siguiente tramo de rampa agarré la mano de la niña con fuerza de esa que corta la circulación por si las moscas. Y descubrí que así nos coordinamos mucho mejor, dónde vamos a parar.
Y hablando de super poderes. Mi marido tiene unos pocos. Por  ejemplo, el de sacarme de mis casillas  (pero creo que ese es común en todos los maridos, no tiene mérito). Él tendría que decir cuál de mis lindezas considera un don de la naturaleza, seguro que tengo más de uno, como empezar hablando de natación  y acabar con las dinastías del Antiguo Egipto y encontrarle relación (lo malo es que a veces cuando hablo con mi media naranja me salto todo mi discurso mental y al pobre le cuesta  trabajo seguirme,  menos mal que, con los años ya conozco esa cara y me apresuro a explicarle cómo he llegado a Nefertiti desde Phelps). Su don es echarme paciencia en esa y otras muchas cosas.
Lo que tengo que descubrir es en qué consiste el super poder del pitufillo. Es que es muy pequeño, pero alguno tiene que tener. Por lo  pronto, cuando empieza a tener hambre y cometo el error de acercarme a él y establecer contacto visual, se pone rojo y casi parece que le van a salir chispas, como al niño de Los Increíbles...

Disculpas a mis lectores.

Tengo que pedir disculpas a mis lectores habituales por no prodigarme más en estos días, pero es que estoy de vacaciones hasta el día 1 y me falta el trayecto del bus hacia el trabajo, que es el único remanso de paz y soledad que puedo dedicar a mis escritos  sin robarle horas al sueño. Porque, aunque no lo creáis, las mamás de familias numerosas trabajamos mucho más en casa que en la calle: si no hay algo doméstico que hacer, siempre habrá algún hijo que requiera tu atención, aunque sólo sea para hacer dibujitos, contarle un cuento, o un largo etcétera de atenciones que no permiten tener una mano libre para teclear, ni sería lo más adecuado, por otra parte. Prometo colgar algo mañana, ahora lo siento, pero voy a ver si consigo hacer algo para que se me alivie la tortícolis.

sábado, 23 de julio de 2016

Cómo hemos cambiado...

Hoy me comentaba mi marido una entrada de Facebook de algún amigo de nuestra generación. O sea, la de la EGB, Barrio Sésamo, el Naranjito, Gloria Fuertes, El libro gordo de Petete, María Luisa Seco, el pan con chocolate, la Nivea para la playa, los caramelos con palitos y rellenos de chicle Kojak, y un largo etcétera de detallitos que nos marcaron y nos hicieron tal y como somos ahora, para bien o para mal. La entrada hablaba de que los actuales Bollycaos ya no son lo que eran. Yo no puedo certificarlo, puesto que yo era más de viena o cundy con chocolate o foie gras, menos sofisticada. Pero sí doy fe de que, al menos a mí, hay un montón de cosas que no me saben igual. Recuerdo, sin ir más lejos, los Donuts que se compraban a granel en la panadería y que había que consumir en el día porque a la mañana siguiente ya no valían "pa na". De hecho, los retiraban de la venta. Sólo se vendían los fresquitos del día. Qué buenos estaban, qué tiernos y esponjosos y qué grandes. Hoy se te hacen chicle en la boca y parecen rosquillas por el tamaño. Para que te llegue  a una muela, por fuerza tienes que comerte uno doble (para el que no conozca el anuncio eso significaba zamparse dos). A ver quién es el guapo que aguanta hoy hasta el mediodía con uno sólo de los actuales. Ya ni te cuento con medio. Y recuerdo la ilusión que me hacía cuando se acercaba la Navidad, porque mi abuela siempre me compraba una caja de las de cartón de hojaldrinas Mata que me dejaba desayunar en la cama utilizando como mantel el plastiquito con forma de blonda que cubría ese manjar. Qué dulces y crujientes... Tampoco son lo mismo, aunque las sigo comprando  todos los años.
Y ¿alguien puede explicarme qué daño hizo a la humanidad la caracola que traía como un almíbar por encima y venía rellena de chocolate fundido para desaparecer y dar paso a otras insulseces? O ¿por qué cuando buscas el típico  pastelito de chocolate te encuentras el trío: Bonnie, Tigretón y ¡Pantera Rosa!? ¿Quién eliminó de la ecuación al Bucanero -que sí era de chocolate- cargándose al trío ganador por meter con calzador a esa advenediza teñida de Rosa? Indignante, vamos. Y que conste que me gusta ese pastelito, pero que me devuelvan a Bucanero. Y, ya de paso al Konty, que venía relleno de mermelada de fresa y, sobre todo y por favor, a mi adorada caracola blanca.
Sin embargo, después de abogar por una vuelta a la tradición pastelero-industrial tengo que reconocer que también me he planteado si verdaderamente es que las cosas ya no son como eran, que no saben igual o que son nuestros paladares los que han cambiado. O es que la polución que respiramos tiene el mismo efecto en nuestras papilas gustativas que el tabaco, y las deja más insensibles, que también puede ser. Supongo que la causa será, como siempre, la cantidad de conservantes (para que no pierdan dinero por tener que tirar los excedentes), colorantes (para que quede más bonito), grasas vegetales (para que parezca que son mejores para el colesterol) edulcorantes artificiales (para no subirnos el azúcar, pero arriesgándose a hacernos irnos de bareta, porque todos tienen efecto laxante) y un largo etcétera de palabrejas con el sufijo -ante, como aglutinante, espesante, acidulante, o en -or, como corrector de la acidez, estabilizador, potenciador del sabor, etc, etc, etc... que procuran que no te intoxiques  o que engordes lo justo, pero que te van envenenando poco a poco.  
Sin embargo, volviendo a mi pregunta. ¿Antes todo sabía mejor o nosotros hemos crecido? Supongo que habrá un poco de las dos cosas, pero, reconozcámoslo: las cosas no se ven igual ni se disfrutan del mismo modo en la niñez que en la adolescencia, y no digamos ya en la edad adulta. Por ejemplo, ¿quién no se ha sentido profundamente decepcionado al ver una película por segunda vez, ya de mayor, después de hartarse de reír (o morirse de miedo) al verla por vez primera en la infancia? Todos. ¿A que sí? Pues yo me pregunto si no será igual.  Pensando en esto mientras me duchaba caí en la cuenta de que hace años que no me da un ataque  de risa. Esa contagiosa, la que ya hasta molesta porque te duele la barriga y se te está encajando la mandíbula de tanta carcajada. Esa que normalmente es imposible de disimular y que a menudo te hace pasar un mal rato por intentar ocultarla con todas las fuerzas de tu ser. Me refiero a esa risa clandestina, la que quieres reprimir porque, una de dos, o bien es una situación tan ridícula que temes ofender a otro si te ríes o porque te viene un recuerdo altamente hilarante en un momento increíblemente inoportuno (sobre ese tema, ya sabemos que son muy típicos los chistes de entierro). O ese chiste bueno, bueno de verdad, que te hace visualizar la escena y acabas revolcándote de la risa. No sé si es que mi sentido del humor anda "revenío" por el paso de los años o si es que los chistes traen más conservantes pero menos sabor, como los Donuts...

miércoles, 20 de julio de 2016

Los hermanos "Ladrillo"

Hay que ver qué casas salen en las series americanas. Es que allí tiene jardín, sótano, desván y garaje hasta "el Tato". Ya supongo que en la realidad no será tan exagerado, pero los americanos -del Norte, ojo,  en el Sur, como en España, es otra cosa-, cuando se dedican a la ficción, en general, tratan de hacernos soñar, aun a riesgo de cargar un poco las tintas con el azúcar.  No en vano al cine siempre se le llamó algo así como fábrica de sueños. Los cineastas patrios son más de bajarte a la cruda realidad: a la infravivienda, al partidito, como llamamos en Cádiz a una especie de cuartito que se hacía en las azoteas y que aquí algunos desalmados consideran vivienda apropiada para familias con niños, etc... 
Que de vez en cuando es cierto que no viene mal un baño de realidad, vale, sea, pero yo, creo que ya lo he dicho alguna vez, el ínfimo ratito que saco para mirar de reojo la tele, francamente, prefiero alegrarme un poco la vista.
Me gusta mucho un programa que hay en el canal De Casa en el que dos hermanos  gemelos -creo que estos son canadienses, no me hagáis mucho caso- intentan convencer a parejas que buscan la casa de sus sueños de que lo que quieren tal y como lo quieren está muy por encima  sus posibilidades, y de que es mejor que compren una casa de segunda mano toda hecha polvo y que la reformen.  Un hermano es agente inmobiliario y el otro es contratista de obras.  Creo que los llaman los gemelos Scott, pero yo, que nunca me acuerdo de cómo era, (el espacio libre en mi disco duro no da para tanto, si quiero acordarme de todas las cosas que tengo que hacer en el día, no me queda otra que liberar memoria RAM) los  llamo "Hermanos Ladrillo". No sé si lo habéis visto, se llama precisamente así: "La Casa de tus Sueños". También tienen otro programa en el que ayudan a familias a reformar y redecorar su casa para aumentar su valor de venta y poder comprarse la casa que sueñan, siempre mejor, con más jardín o con su despachito o su salón de juegos, piscina, cocina "con isla", baño tipo SPA, vestidores... Vamos, todo lo que yo siempre soñé. Ese se llama "Vender para comprar". No veas cómo dejan las casas. Pasan de partidito a Palacio. Tienen un arte que no se puede aguantar (y encima son guapos y simpáticos).
Al ver los presupuestos que manejan  esas parejas, que suelen ser bastante jóvenes o esas familias que tienen trabajos normalitos,  de empleados, vamos, y las casas que consiguen, me asaltan muchas dudas de provinciana. La primera, ¿qué sueldazos tienen los jóvenes allí? La segunda, ¿cuán generosos son los bancos allí concediendo hipotecas? Y la última, ¿Cómo salen tan baratas en comparación con las nuestras esas casas? Ya sé que es cuestión de nivel de vida, de densidad de población, datos demográficos y de tipo macroeconómico  así como de índole cultural que,  evidentemente, marcan unas distancias insalvables entre el viejo y el nuevo mundo.  Mi marido dice que una cuestión importante en cuanto al coste de la reforma es que allí las casas son de madera, y obviamente, es más barato que el ladrillo.  Así se entiende también  que pase un huracán y no deje una pared en pie, claro, no todo van a ser ventajas...  Así visto, tendría que llamarlos "Hermanos palillo",  que rima con ladrillo y hace más honor a la verdad. 
Aunque, bien mirado, en verdad, no debería verlo más, ya  que lo único que consigo es acabar de una mala leche que pa qué... Apago la tele y me voy a colocar la ropa en mis mini armarios y me veo haciendo el Tetris poniendo pilas de ropa por aquí, montañitas por allá, perchas de esas que cogen cuatro o cinco pantalones o faldas, y la ropa de invierno en la parte más inaccesible en verano y viceversa... Cada vez que abro el armario voy con miedo a que se me desmorone toda la ropa encima. Me da más terror acercarme a arreglar la ropa que el típico monstruo ese que se supone que da tanto miedo a los niños americanos. Tengo un armario y medio (el arquitecto que diseñó mi casa decidió que el cuarto que ocupa mi hijo el mayor tuviera una columna que ocupa un tercio del armario empotrado) para tres niños... Le doy un premio a quien venga a mi casa y me arregle los armarios.  De verdad.  Es que hasta el pasillo de mi casa es estrecho. Y la cocina estaba bien cuando éramos dos, pero con cinco. .. 
Y en los supermercados, venga con los "formato ahorro" y las bolsas de naranjas de cinco kgs. A ver,  señores fabricantes, que no me entran ni en los armarios ni en los cajones de la nevera... Y cuando me entra la vena repostera, al final yo misma me obligo a cambiar de idea, porque sólo de pensar en la cantidad de cosas que tengo que mover para coger el instrumental necesario y que tengo que ponerme a pesar, amasar y batir con todos los tiestos,  que suelen estar dentro del horno, ciscados por la cocina, se me quitan las ganas... qué triste. ¿Soy la única que vive en una casa tamaño click de Playmovil? Luego nos dicen que hay que aumentar la población.  
También hay quien, para consolarte, te dice: "en verdad, las casas grandes son un rollo porque te hartas de limpiar". Eso seguro que lo dicen porque nunca han vivido como los piojos en costura... Al menos tendría sitio para pasar a limpiar. .. 
En fin, lo dicho, que esos programas y las revistas de decoración están contraindicadas para mí, que me irritan la hernia de hiato. Una de dos: o me quito de ver esos programas o emigro a Canadá, como es mi  plan si, por fin, los políticos que hablan de fomentar la natalidad pero no hacen casas grandes asequibles para las familias numerosas que no son del Opus, consiguen acabar  con las diputaciones...

martes, 19 de julio de 2016

Volar libre.

Hoy estoy soñadora e inconformista. Bueno, lo de inconformista no es novedad. Pero lo de soñadora... Un día lo fui. Pero un día muy lejano, ya. Tanto que a veces ya, ni me acuerdo. Yo soñaba a todas horas, dormida también, pero sobre todo, despierta. Yo iba a ser arqueóloga, exploraría las pirámides de Egipto, vería Teotihuacán, Stonehenge... O diplomática, viviría de país en país. Los idiomas y el vivir otras culturas, visitar museos, respirar otras fragancias y descansar en otros paisajes siempre estaba ahí. No me veía en España. Y no porque no me guste mi país, que me encanta, sino porque se me quedaba pequeño.
Entonces, cuando le insinué a mi madre mis planes, la pobre, que se había pasado la vida junto a mi padre ahorrando como una hormiguita para pagarme los estudios, me hizo poner los pies en el suelo recordándome que, para ser arqueóloga hacía falta mucho dinero para costear los viajes de estudios y que a la carrera diplomática no accedía cualquiera, y que además, también había que tener bien forrada la de Ubrique, vamos...
Qué duro debió resultar para ella decirme aquello. Yo, que me lo imaginé de inmediato, no necesité una segunda vez. Apagué la luz de mis sueños y pasé al plan B. Estudiar Derecho. También me daba acceso a la larga a la Diplomacia y, si me iba bien, podría dedicarme a estudiar arqueología más adelante. Una vez que ganara dinero, yo me pagaría los viajes.
Y estudié Derecho. Primera promoción del Plan Nuevo, que lo llamaban. La terminé en cuatro añitos. Tenía prisa por seguir adelante.
Pero entonces, ¡oh, sorpresa! llegó el amor. Y no lo había buscado, que conste, yo siempre me vi independiente en un futuro (aunque siempre veía niños en él, eso sí). Simplemente, surgió. Y me dio tan fuerte que mi mente cambió. Claro, ya no me quería ir a ningún sitio. De repente me volví v super casera. Ya lo que quería era ahorrar para comprar una casa, viajar con él y tener niños. Esos que ahora, afortunadamente, tengo y que llenan mi vida de alegrías, penas, preocupaciones, orgullo, detergentes y quitamanchas, pegamento, plastilina, purpurina, tiritas, virus... Esos por los que ahora no me queda más remedio que aparcar los estudios para promocionarme en mi trabajo y por los que, con lo cara que está la vida hemos tenido que replantearnos el tema y la forma de viajar. Esos por los que ahora me paso la vida ahorrando como una hormiguita para pagarles los estudios con la esperanza  de que ellos sí puedan, si quieren, realizar sus sueños.
Y me siento inconformista porque no me conformaré con que ellos se conformen. E intentaré seguir viajando, aunque sea de camping con el bocadillo bajo el brazo, para realizar un poquito, aunque sea, aquellos sueños de amplio horizonte que, de joven parecen tan alcanzables y que, con la edad no siempre se ven más cerca.
Pero no creáis, ni me arrepiento ni cambiaría a mi familia de hoy por ninguna embajada ni por ninguna excavación, ni todos los días me siento así. La culpa la tiene la nefasta programación de verano, que me obliga a engancharme al canal Viajar y al National Geographic Channel cuando no estoy viendo dibujitos... Y claro, venga a meter el dedo en la llaga, y a echarle sal... con lo tranquila que estoy yo en invierno...

domingo, 17 de julio de 2016

Convivir con el dolor.

Aquí estoy tirada en el sofá hecha una auténtica birria cochambrosa con ganas tan sólo de dormir horas y horas hasta que se me pase el dolor de estómago que me está matando desde hace horas. Los que padecen hernia de hiato dolorosa saben de lo que hablo. Y no hay nada que lo alivie. Dios mío, con la cantidad de remedios que inventa la medicina ¿cómo no han encontrado nada para esto? Y que conste que no soy "quejica", he tenido tres partos con sus contracciones y su episiotomía y lo prefiero a este dolor (al menos parir, al final, tiene su recompensa). Ya sé que no es grave, que es una dolencia común, que, evidentemente, hay cosas peores. Ese es mi único consuelo. Pero manda huevos que cada vez que discuto con alguien, que me llevo un disgusto, que como dos veces seguidas fuera de casa o que trago bilis de impotencia por no cantarle las cuarenta a alguien,  me pase tres días con un dolor que, además de agriarme el carácter -es mundialmente conocido el proverbial mal humor de los que padecemos del estómago, véase Napoleón, que no es que fuera catalán y en los retratos se estuviera agarrando la cartera, no se la fueran a llevar, sino que, al parecer, tenía úlcera- me inutiliza para casi todo. Es patético verme andar por la casa con la cara desencajada del dolor y doblada cual alcayata.
Con la de cosas que tengo que hacer... y aquí perdiendo el tiempo... mi cabreo va in crescendo y mi dolor, obviamente, no mejora.
Lo siento por el resto de la humanidad pero, ya que estoy forzosamente postrada en el lecho del dolor, me alegro de que haga Levante. Perdonadme, de verdad, pero, como os digo, el mal de estómago legitima mi mal carácter.
Además, el viento es una excusa más que me ayuda a justificar ante mis hijos mayores que no hayamos pisado la feria de San Fernando. Y eso que, por mucho que me duela, ni dejo de ir al trabajo, ni dejo de hacer la comida o lavar ropa, ni los niños se han pedido ni un cumpleaños o la fiesta de turno, pero hoy no estoy para feria.  Bendito levante...
Pobrecillos, les gustaría ir a los "chacaritos", como dice mi niña para referirse a los cacharritos o atracciones de feria. Si bien he de reconocer que, siendo gaditana no soy muy dada a la cultura de feria, puesto que, como decía la copla carnavalera hay quien dice que Cádiz no tiene fiestas, ni feria que aventaje a otras capitales... pero siempre he ido, al menos un día, a darme mi paseíto y, desde que soy madre no he dejado una feria de aquí sin llevarlos a montarse en los coches de choque, la noria... etc... Incluso, hace dos años a mi hijo el mayor se le ocurrió que se quería montar en un invento infernal llamado "canguro loco". Yo, pobre incauta, vi niños de tres años montados con sus padres y, para darle un respiro a mi marido, que llevaba ya tres o cuatro atracciones y empezaba a echar humo, le dije, muy valiente: "esa parece tranquilita, yo me monto con él". Cuando ese potro de tortura del averno empezó a moverse pude comprobar que hay padres muy arriesgados o, por lo menos, bastante más que yo. Peso tan poco y soy tan poca cosa -lo reconozco- que al primer bote el aparato me levantó esa parte del cuerpo donde la espalda pierde su casto nombre del asiento y creí que iba a salir despedida. Encima, como tengo menos fuerza que un grillo mojado, no me veía capaz de sujetar al niño, creía que iba a salir disparado... Empecé a vociferar como una posesa: "¡¡¡parad esto, por favor, por favor, dejadme bajar, en seriooooo!!!" Pero nada,  nadie me hacía caso: el mundo daba vueltas, la gente se reía, el niño disfrutaba y mi marido me miraba con aspecto desconcertado. Supongo que mi cara debía ser un poema (de Edgar Allan Poe, si es que alguna vez le dio por la poesía) y debió darse cuenta del mal rato que estaba pasando. ¿Cuánto pudo durar aquella pesadilla, tres, cinco minutos? Para mi fue una eternidad... qué horror...
Bueno, y todo esto ¿a qué venía? Ah, ya, a que me siento super mala madre por no llevarlos a la feria, siendo hoy el último día, pero como es por estar rabiando de dolor, me niego a tener cargo de conciencia, mi carácter de Mr. Scrooge dado por esta maldita dolencia me da bula. Hoy no hay cacharritos, ni puñetero canguro loco, ni otro perrito piloto, ni boletos de tómbola, ni juguetitos inútiles, peligrosos y sin las más mínimas normas de seguridad, ni ISOs, ni de sanidad, ni polverío, ni estruendo, ni picaduras de mosquito, ni asaltos a mano armada a mi cartera...
No... si al final... hasta me voy alegrar de tener dolor de estómago... si todo son ventajas. Si esto no es sacar la parte positiva de todo, que venga Dios y lo vea.
Eso sí, cuando sean mayores mis niños ¿le contarán al psicólogo argentino cuán frustrados les hice sentir hoy?
Pues que se lo arregle él, a base de terapia, que para eso le pagan porque yo, hoy, la verdad, no estoy pa ná...

martes, 12 de julio de 2016

Trabajar en un hotel II

Abundando en mis recuerdos del hotel,  comentar que, si bien tan sólo trabajé en la recepción cuatro meses, la cosa dio  bastante de sí. Anécdotas tengo bastantes y de todo tipo. Como el día que una alemana vino a quejarse a la recepción porque  estaba nublado y le habían garantizado en su agencia que aquí siempre estaba soleado, a lo que respondí intentando hacerle entender que en España necesitábamos el agua de lluvia, entre otras cosas, para lavarnos y  que tenía que llover (no sé si es que allí se bañan en cerveza y por eso están todos tan rubitos...) O el día que vimos a un alemán paseándose en calzoncillos por la recepción. Pero no unos boxer de esos de Calvin Klein, que pueden pasar por un bañador, a unas malas, no, sino unos de esos de abuelete, blancos de algodón y con abertura. No vayáis a creer, no me fijé en sí tenía palominos, la visión ya de por sí fue bastante traumática, porque no era Brad Pitt, precisamemte (supongo que se le olvidó o no quiso gastar dinero en un bañador y decidió irse así a la piscina). Muy bueno también cuando las ancianas alemanas tenían el detalle de regalarnos las sobras de sus bolsitas de picnic, o sea, algún yogur recalentado, algún panecillo chicloso o, ya con gran suerte un kiwi entero. Todo auténticas delicatessen. La primera vez creí que me lo daba para tirarlo a la basura, pero por sus gestos comprendí que se sentía supergenerosa dándomelo, debía creer que el sueldo no me daba ni para comer. Mira que no sentirme agradecida... ya sabemos que en toda Europa España viene a ser como el norte del Magreb, más o menos...
O cuando vino un grupo de golfistas -que no golfantes- irlandeses y comprendí que allí hablan una especie de dialecto del inglés, como los andaluces el castellano o, al menos a mí, me costaba la vida entenderlos. Quizá también porque con los únicos que tuve una auténtica conversación fueron cinco tipos como cinco trinquetes que, tras vaciar la bodega del bar del hotel se fueron a Chiclana a continuar la juerga y volvieron con una melopea como un piano y descalabrados, no sé si por una pelea o porque mantener el equilibrio en su estado era misión más que imposible... y venga a darme la brasa con que les curase las "pupitas" y yo, tiesa como un palo haciéndoles ver que no tenía la más mínima intención de curarles nada y apresurándome a buscar el Betadine y las tiritas para darles un kit de te curas solito y si no, te apañas... Al final, tras varios intentos de subir sus piernas sobre el mostrador para enseñarme las mataduras, se dieron cuenta de que allí no había nada que rascar y me dejaron, pero tengo que reconocer que, allí sola a las cinco de la mañana, pasé bastante miedo. No pasó nada porque, evidentemente, eran inofensivos, sólo iban "a agüita tapá" de alcohol, ahora que... si hubieran tenido malas intenciones, otro gallo hubiera cantado...
En fin, lo que sí puedo decir de esa etapa de mi vida profesional es que aprendí a tener ochenta cosas en la cabeza a la vez para que todo marchara a la perfección ya que, al trabajar por turnos todos nos hacíamos cargo de todo, y nadie era imprescindible. Pienso que en un trabajo si quieres poder irte de vacaciones tranquilo no debe haber nada que sólo puedas hacer tú en exclusiva, las parcelitas de poder no son prácticas,  desde mi punto de vista. Las parcelas... mejor en la Toscana.
También aprendí que, con todos sus defectos los turistas alemanes son, de lejos, infinitamente más simpáticos y agradecidos que los españoles. Lamento decir que el cliente patrio es, con diferencia, el más desagradable, maleducado, exigente y desagradecido que he conocido. Una lástima, pero esa ha sido mi experiencia.
Si bien fue un trabajo bonito y me sentí muy a gusto (de hecho, como me hicieron fija, tal vez seguiría trabajando allí si no hubiera aprobado las oposiciones) lo que más agradezco de esa etapa es que los horarios y el sueldo (la hostelería no está pagada en España) me empujaron a preparar mi acceso a la Función Pública y ya no tuve que hacer más noches con mi termo de té, mi móvil, mi linterna y mi navajita, en plan "comando" (pa verme...)

sábado, 9 de julio de 2016

Trabajar en un hotel.

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Estaba yo anteayer por la mañana pasando calor mientras mi niño el mayor disfrutaba de lo lindo lanzándose en tirolina por los pinares de Roche, y recordaba cuando hace ya quince años tenía mi primera experiencia laboral (la única antes de aprobar las oposiciones); aunque os parezca mentira, si tenemos en cuenta que soy licenciada en Derecho, mi primer trabajo fue de ayudante de recepción en un hotel del Novo Sancti Petri en Chiclana. Después de terminar la carrera, mientras me salía algún trabajo, decidí concluir mis estudios de Alemán e Italiano y mejorar el Inglés en la Escuela de Idiomas, porque pensé que me ayudaría a encontrar trabajo en algún bufete, además de porque me gustaba y el saber no ocupa lugar. Además, en mi busqueda de trabajo activa me recorría todos los tablones de anuncios buscando ofertas de empleo o cursos que complementaran mi formación, y así, encontré uno de Alemán para atención al público donde pasaba cinco horas al día durante toda la semana hablando Alemán. Eso me dio una soltura que, por supuesto, no tengo hoy ni de lejos, pero que me ayudó para conseguir el trabajo del que os hablo. Después de meses echando el curriculum en bufetes de abogados, y ante la lluvia de ofertas que recibí, calada hasta los huesos, y sacudiéndome los contratos millonarios que me ofrecían (evidentemente, nada más lejos de la realidad, sólo me llamó uno para ofrecerme una pasantía sin cobrar y sin garantía de que en algún momento fuera a ver un duro) decidí ampliar el espectro  de búsqueda y orientarme hacía el mundo del turismo: hoteles, agencias de viaje, guias de ruta, etc, y, ¿cual no fue mi sorpresa al recibir una oferta de este hotel del que os hablo en el que buscaban recepcionistas que hablaran Alemán (el 85% de la clientela eran teutones, y para el que lo piense, no, no era el Aldiana, era un hotel español). Podréis imaginar qué idea tenía yo de la recepción de un hotel, la misma que un sherpa del Nepal de cantar por soleares. Por ello, la jefa de recepción en la entrevista me insistió en que me habían llamado sólo porque en mi curriculum decía que hablaba Alemán, no por los conocimientos de un recepción, que eran nulos, y por ello, me amenazó con que, para comprobarlo, la entrevista sería en Alemán, a lo que respondí, muy ufana: "Pues claro que sí, sin problemas". Evidentemente superé la prueba, y allá que fui muerta de los nervios y sin encomendarme a Dios ni al diablo a trabajar en algo que era totalmente ajeno a mí. Lo primero que me agobió un poquillo, por no decir un montón, es que tenía que estar en la recepción en pleno verano en Chiclana con faldita diplomática, camisa de manga larga con el cuello cerrado, pañuelo al cuello a modo de corbata y chaleco, que a partir de las siete de la tarde se convertía en torerita - eso no hay aire acondicionado que lo resista-. Por lo demás, aprendí un montón de cosas sobre españoles, alemanes e irlandeses, que es el público que me encontré, y lo que es un auténtico trabajo en equipo (el público no lo nota, pero para que todo funcione, la recepción coordina desde la limpieza, hasta las excursiones, transfers, los picnics de primera hora de la mañana, menús, reservas de sauna, restaurante, y atenciones que no os podeis ni imaginar, no penseis mal, me refiero a pedir taxis, indicaciones en planos, cambios de divisas, -todavía no estaba el euro-, etc, etc). Todo lo que el cliente necesite, teniendo en cuenta que no está en su casa (era un 4 estrellas). Una cosa curiosa, por ejemplo, era la visita periódica de un señor que me resultaba super simpático, con sus bermudas, su gorro como de pescador, sus chanclas... vamos, un auténtico guiri. La primera vez que lo oí hablar -en perfecto chiclanero-, me dejó muerta: era el policía secreta. Toma ya. Nos advertía de que cuando nos quedáramos  de turno por la noche anduviéramos con ojo, que andaban robando en los chalés de la zona. El o la recepcionista de noche se queda solo. Lo normal es que por la noche se queden los hombres, pero nuestros tres compañeros del sexo opuesto, muy modernos y, por ende, poco caballerosos, nos dejaron bien claro que, si queríamos igualdad, a hacer noches. Te quedabas sola en la recepción de doce de la noche a ocho de la mañana a cargo de trescientas habitaciones con sus guiris incluidos. Yo no había pensado en  la responsabilidad que eso suponía hasta la primera noche que me tocó. Entonces,  con los ojos fuera de sus órbitas e inyectados en sangre  por efecto del sueño y del termo de té  que me ayudaba a soportarlo,  mi calenturienta imaginación empezó a desvariar y a pensar: ¿y si le da un infarto a un cliente?, o ¿y si vienen a robar?, o ¿y si se declara un incendio?  ¿y si viene un maremoto con su tsunami, corrimiento de tierras o entra en erupción un volcán? ¿y si nota atacan los extraterrestres?  El miedo empezaba a hacer efecto en mis tripas y me pasaba la noche con dolor de barriga... y a aquellas alturas  aún no había visto "El resplandor"... gracias a Dios... Cuando iba al servicio, con el canguelo pegado a la nuca, con las luces de los cien metros largos de recorrido  hasta el aseo apagadas para ahorrar, iba como  si perteneciera a un grupo de operaciones especiales.  Con el móvil en la mano -que entonces podía pasar por un walkie talkie  pequeño-, una linterna porque,  encima, por aquel entonces la estación eléctrica de la zona no daba abasto con la hilera de hoteles y urbanizaciones que empezaban a proliferar y "petaba" cada dos por tres y nos dejandonos tan a oscuras como jopo de topo y, para completar el kit de supervivencia, una navajita de unos cinco cms. de hoja como efecto disuasorio ante posibles atacantes. Ríete tú de la  Natascha Romanov la  de los Vengadores... Vamos, una estampa para no perdérsela. 

¿Con ocho basta?

Al hilo de lo que comentaba una amiga madre de dos niños sobre los múltiples comentarios que nos hacen otras madres cuando nos ven por la calle con nuestros retoños, quería comentar mis experiencias al respecto. Vaya por delante, por supuesto, mis respetos a todos los tipos de familia: con o sin hijos, numerosas, o con hijos únicos. Tener hijos o no, y su número es una cuestión demasiado seria como para entrometerse en las razones que te llevan a optar por uno u otro.
Junto a las frases típicas que ella mencionaba, como: "Tú no te aburres....", las madres de familia numerosa, atesoramos un bagaje de coletillas enojosas como: "Tú pararas ya, ¿no?", "Tú estás loca, vamos", o "Hay que tener ganas".
No dudo de que son bienintencionadas y que incluso en ocasiones pueden expresar admiración por lo que ellas consideran una proeza: atreverse a tener más de uno o dos hijos. Pero tengo que reconocer que, estando embarazada del tercero los comentarios no eran tan fastidiosos como la cara con la que me miraban, sin dar crédito. Tuve que oír más de una vez la insinuación de que debía haber sido un desliz, porque, trabajando yo, con mi marido en paro y con estos tiempos en que los niños salen tan caros no era posible que hubiera sido intencionado. Eso si que me jodía.
Me faltó el canto de un duro en más de una ocasión para contestar: "¿Acaso crees que te voy a pedir que me los cuides o me los mantengas tú?", ¿no te joroba?.... Desde luego, es que es para tener una boca prestada.
También me han hecho ver, alabando las bondades de tener uno o dos hijos, el hecho de que así podría comprarles más cosas o cosas más caras, pero yo pienso que estarán más preparados para la vida aprendiendo a compartir pocas y modestas cosas que obteniendo todo lo que alcancen a desear, pero, disfrutando de raudales de cariño por parte de sus compañeros de fatigas, sus hermanos. Las cosas no dejan de ser eso: cosas.
No es que vaya a retirarle la palabra a nadie por haberme hecho tales comentarios, de hecho, ni siquiera se los tengo en cuenta; un rasgo mío es que no soy para nada rencorosa, pero merece la pena mencionar que, al menos en nuestro caso, la opción de tener familia numerosa fue deseada y consciente. Sabemos que hemos renunciado a muchas salidas nocturnas, a muchos lujos, a una gran parte de intimidad, a tener tiempo y espacio para nosotros mismos, y un largo etcétera de "privilegios" que, siendo evidentemente importantes, no pueden competir con el honor de dedicar nuestro tiempo, dinero, esfuerzo y la misma vida a criar, educar y, sobre todo, querer a tres pequeños pero grandes seres humanos que llenan por completo nuestro hogar y nuestros corazones.
Puedo decir sinceramente que, si no fuera porque, reconozcámoslo también, no somos precisamente Amancio Ortega, ni Bill Gates, y yo tampoco soy una jovencita, no me importaría tener otro más. Pero la vida y la sensatez me obligan a detenerme aquí. 
Supongo que muchas personas que lean esto y no lo comprendan, tendrán hermanos, pero yo, por desgracia, el único que tuve lo perdí en la más tierna infancia, y siempre me he sentido tan sola, que no quería eso para mis hijos. Sé que muchos también estarán pensando lo que ya me ha dicho más de una amiga: "Para tener hermanos que no se preocupan por ti, mejor estar sola", o me recuerdan casos de hermanos que no se hablan entre sí, y se odian. Y sí, tienen razón, tiene que ser verdaderamente triste, pero como los hijos no son una figura de arcilla de nuestra propiedad y a los que podemos malear a nuestro antojo - o no debería ser así -, sino que son seres libres que pertenecen a la vida, y a los que simplemente debemos encauzar para que ellos mismos orienten sus caminos, el que en un futuro elijan seguir en contacto y cuidándose entre sí o no, será una opción personal. Obviamente nuestro deseo es que se quieran y se apoyen hasta el fin de sus días. se alegren por los logros mutuos y se acompañen cuando vienen mal dadas, y nosotros, sus padres, intentaremos por todos los medios guiarlos para que así sea; pero, como digo, el futuro se nos escapa de las manos, como la arena de la playa que ahora vemos deslizarse por sus adorables manitas mientras juegan en la playa.

jueves, 7 de julio de 2016

El Deporte Nacional.

Esta nación en la que vivimos, que conoció días gloriosos y que ha parido genios como Velázquez, Falla o García Lorca (andaluces todos estos, por cierto) adolece de un defecto que lo está llevando irremisiblemente a la ruina. No estoy hablando de política ni de economía (aunque, al final estas cuestiones acaban siendo afectadas, claro está). Hablo de una cuestión de carácter. Pronto comprenderéis a qué me refiero.
Por ejemplo. Pongamos el caso de los funcionarios. Dejando de un lado que yo lo soy (mi trabajo me costó, nadie me lo regaló). ¿Quién no se alegró de que nos quitaran una extra, nos bajaran el sueldo, nos aumentaran  la jornada y nos quitaran días de asuntos propios? Pocos. Probablemente sólo los familiares que conviven con nosotros y que se vieron afectados de un modo u otro. El sentimiento general era de pura satisfacción. Comentarios como "ya era hora de que les tocara a estos, con tanto privilegio", "que se jodan, que viven muy bien" o "me alegro, que son todos unos enchufados y unos flojos" estaban en el aire, fruto de una envidia insana arraigada en lo más profundo de la conciencia nacional. Iba en el bus, por aquel entonces, aprendiendo partituras corales o leyendo e intentando aislarme de tanto lugar común y tanta inquina injustificada y evitando saltar y contestarle a más de uno lo que se merecía. Así es la triste realidad de nuestra sociedad: el deporte nacional no es el fútbol, sino la crítica destructiva y el deseo de que a tu prójimo, si no le iba muy mal, ya no digamos "bien", le vaya peor, para igualar a la baja.
Es decir, un país moderno, que quiere progresar y mejorar la vida de sus habitantes no empeora las condiciones de los que consiguen no ahogarse en la marea de la crisis a base de sufrir torticolis de tanto estirar el cuello, al contrario, lucha por que todos los demás consigan, al menos, el mismo status.
Se trata de igualar al alza. No es cuestión de fastidiar a unos pocos, sino de conseguir que esos pocos que, lejos de ser unos privilegiados, lo único que tienen son unas condiciones  de trabajo y unos sueldos dignos, no destaquen, porque eso debería ser lo normal, no la excepción.
Pero no, como siempre, confundimos al enemigo. Y el españolito de a pie concentra sus iras contra su vecino, no contra el que consiente tales desigualdades. No somos  más que unos ciudadanos con sueldos que dan para vivir. De todos es sabido que siendo funcionario no te harás rico (conste que me refiero a trabajadores, no a altos cargos, esos no suelen ser funcionarios ni han pasado un examen, esos están puestos a dedo). También deberían todos saber, igual que lo aprendí yo al prepararme las oposiciones, que la razón de ser del funcionariado es que ciertas acciones que corresponden al Estado por suponer el ejercicio del imperio (o sea dar órdenes y disponer directrices para ordenar el bien público) no estén mediatizadas por los partidos políticos. Se supone que, al ser funcionario debes cumplir la legalidad sin miedo a desobedecer al político de turno porque no puede represaliarte con la pérdida de tu puesto de trabajo. No se puede decir lo mismo del  sinnúmero de empresas semi públicas. Eso es harina de otro costal, ahí ya no hay funcionarios, y sus trabajadores sí  tienen mucho que perder si no gana el partido político que las gestó, dejémoslo ahí.  Pero no, con esos no se meten los políticos,  claro, no conviene, es más fácil alimentar el ensañamiento contra los que no nos tenemos que someter a  unos u otros colores y echar más leña al fuego.
También deberían saber que, si bien y por desgracia, hay enchufes, la mayoría hemos hecho callo en los codos estudiando para pasar unos exámenes que están abiertos a todos. Lo recuerdo por si hay alguien que cree que  no puede presentarse por alguna razón. Sólo es necesario tener la nacionalidad española, tener 16 años cumplidos, no haber sido apartado por expediente administrativo firme del ejercicio de la Función Pública por ninguna administración pública (no la de lotería, a esa también vamos los funcionarios, a ver si nos hacemos ricos, pero parece que con aprobar, nos tocó el gordo), estar en posesión de la titulación Academia exigida y superar las pruebas de acceso, prepararse, estudiar, insistir y, cierto, ponerle velas a todos los santos para hacerlo lo suficientemente bien como para sacar una plaza, al menos mejor que el siguiente de la lista que ya no puede optar a una plaza.
Al menos, en mi caso, la opción de la Función Publica nos dio a los buenos pero pobres estudiantes la posibilidad de tener un trabajo digno porque, precisamente, nuestros padres no podían ponernos un bufete ni pagar el Colegio de Abogados ni los impuestos o el alquiler del despacho, y tampoco teníamos enchufe para que nos contrataran otros. Y bien que lo intenté, pero mi padre no jugaba al golf con ningún abogado,  así que..., a seguir estudiando...
Nuestros sueldos son dignos, los de los demás, no. Tenemos días de asuntos propios, como debería tenerlo todo hijo de vecino. Y pagamos nuestros impuestos, que conste. Lo digo porque a veces parece que somos una carga pública, meros parásitos de la sociedad y zánganos que no dan un palo al agua. No sé cómo funcionaría el país sin médicos, maestros, enseñantes en general, policías, militares, bomberos, jardineros, peones camineros,  barrenderos, etc, y sí, también burócratas, que no sólo tramitan multas e impuestos, también el pago de pensiones, subsidios, prestaciones, indemnizaciones y facilitan servicios. Que hay muchos flojos, pues claro,  como en la empresa privada, es otro defecto nacional. Que se lo pregunten a algunas empresas, que han tenido que irse a otros países porque estaban hartos de bajas falsas mientras trabajaban en otros menesteres, o después de los carnavales o hartos de robos de material.
La existencia de escaqueados y de enchufados inútiles es una desgracia que llevamos como sambenito ya todos los funcionarios. Incluso los que hemos sacado una oposición legalmente y que no se pasan la mañana de barra en barra.......
En fín, calumnia, que algo queda......

miércoles, 6 de julio de 2016

Titanic

A mí, como sabéis, me hace más llevadero el farragoso  trabajo administrativo oir  música. Así, entre montañas de papeles voy oyendo listas de reproducción de lo más variado. El viernes, sin ir más lejos, me dio por las bandas sonoras, reducto, en mi opinión, de los auténticos compositores  actuales de música clásica. Hay verdaderas preciosidades. De un inspiradísimo Morricone en Cinema Paradiso o La Misión a un super romántico -en el sentido artístico del término- John Barry en Memorias de África, pasando por el inolvidable Nino Rota de Amarcord o El Padrino, y otros más modernos, como Harry Gregson-Wiliams (El Reino de los Cielos) entre otros muchos genios de la composición.
Pues entre las melodías que estuve oyendo estaba la de Titanic. Con sus notas suspendidas en el aire se me coló el recuerdo de la primera película que fui a ver al cine con el que hoy es mi marido. Fijaos si ha llovido, porque fue esa: Titanic.
Yo tengo que reconocer que nunca me caractericé por la sensiblería. No era de las que lloraban con las escenas de amor. De hecho, era de las que reventaban el final diciendo a mis amigas: "verás tú que a este se lo van a cargar" y que, compadecida, trataba de quitar hierro al asunto haciendo bromas  cuando oía el primer crujido del paquete de Kleenex de mi amiga de la butaca de al lado y el sorbido de mocos mal disimulado de la del otro lado. Es que éramos tres. Yo no entendía que hubiera gente a la que le gustaba sufrir y llorar a moco tendido en el cine, al fin y al cabo se supone que vas para pasar un buen rato, para  sufrir con las miserias humanas ya está el día a día, por desgracia. Con los años y, sobre todo, con las duras experiencias que me ha tocado vivir en la vida, me he vuelto más llorona, y desde que soy madre me emociono hasta viendo fotos o vídeos de mis niños en la fiesta del cole de este mismo año. Quién me ha visto y quién me ve.
Pues ya os digo, fuimos a ver Titanic. A mí no me volvió loca, la verdad, demasiado edulcorada para mi gusto, además, ni me gustaba Leonardo Di Caprio ni me parecía guapo. Y siempre he pensado que era una pareja que no pegaba. Kate Winslet me parecía mucha mujer para el -entonces imberbe- Leo, pero bueno, la vimos porque íbamos con la prima de él -a la que sí le gustaba y que era una de mis dos mejores amigas, la del Kleenex o la del sorbido, vamos- y porque, con el taquillazo que había dado, había que verla. Pero, como os digo, a mí, jovencita poco romántica, no me hizo ni fu ni fa. Pues imaginad lo que debió pensar mi novio... Entonces no lo sabía, pero hoy, dieciocho años después y tras pasar a su lado alegrías y penas, y teniendo en cuenta sus gustos cinematográficos,  de los que ya di cuenta ayer, me puedo hacer una idea: "menudo tostonazo me acabo de tragar por acompañar a estas dos, lo que hay que hacer por una novia...".
Pues ahí no queda la cosa. A las pocas semanas fue su cumpleaños y, agobiada, sin saber nada de sus gustos, fui a comprarle el regalo. Si hay una cosa que supe enseguida de él era que adoraba Escocia y que le gustaba la música. Los engranajes cerebrales se pusieron en marcha y pensé: el de Titanic era irlandés y salía música folk irlandesa. Total, Irlanda, Escocia... viene a ser lo mismo, al menos, la música suena igual. Supongo que si lee esto un irlandés o un escocés se estarán rasgando las vestiduras. Mis disculpas. Nada más lejos de mi intención que herir sensibilidades nacionalistas, Dios me libre.
La cosa es que, ni corta ni perezosa me fui a JM y le compré la banda sonora de Titanic y me quedé tan pancha.
Vaya tela, como dice mi niña. Qué pensaría de mí al abrir el paquete, la verdad es que no se lo he preguntado nunca, pero dudo de que lo haya escuchado más de una vez para comprobar, ante  mi insistencia, si sonaba bien. Qué ojo. Con esos inicios, hoy en día me parece un milagro que todavía estemos juntos. Supongo que el tiempo me dio oportunidades más que sobradas para redimirme de un regalo tan disparatado.
En fin, la intención es lo que cuenta, dicen y, que conste que sigo sin entender a quien va al cine a gastar paquetes y paquetes de pañuelos de papel, pero como sobre gustos no hay nada escrito...

martes, 5 de julio de 2016

Encendiendo la luz del pasillo por la noche.

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Allá por 1998, cuando empecé mi relación con el que hoy es mi marido, yo no había visto ninguna peli de miedo. Bueno, miento, había visto "Al final de la escalera" y alguna escena de otra, sin querer, en el vídeo comunitario (todos los de mi quinta saben lo que era eso,  hoy es una anécdota del pasado). Pues bien, fui a salir con el hombre más amante de ese género cinematográfico de la historia. Mira tú qué papeleta. Ahora dile tú, las primeras veces que vas a ir al cine que no, que a ti no te gusta eso. Con el pavo que yo tenía (a pesar de tener 21 añazos) y el corte que me daba. Pues nada, a fingir se ha dicho, a hacerse la valiente. Sin embargo tengo que reconocer que la fachada se cayó enseguida. Creo que incluso antes de que empezara la película (porque, todos conocemos la manía de poner escenas inquietantes desde los créditos iniciales que tienen los expertos en hacernos encender la luz por la noche al ir al servicio). Menos mal que yo soy muy chica y mi marido un "armario ropero" porque su hombro conseguía ocultar toda mi cara. Me pasé tres cuartos de película observando el tejido de la camisa que llevaba... y, ya rendida a la evidencia, me resigné a preguntar, de vez en cuando, más que nada para no asfixiarme: "¿ahora puedo mirar? ".
Vamos, de un ridículo lamentable.
Eso sí, pasar tantos malos ratos me sirvió para firmar un acuerdo con él: yo veía esos horrores y, a cambio, él venía conmigo a las que a mí me gustaban, o sea, las históricas, musicales, comedias románticas... Aunque, seamos francos, yo más bien le acompañaba, porque ver, ver, lo que es ver, veía más bien poco. Al principio me ocultaba tras su brazo, pasé a taparme los ojos y terminé por darme cuenta de que, con cerrar los ojos ya llegaba. Seguía sin mirar,  pero mi lenguaje corporal no revelaba nada, la procesión iba por dentro. Lo malo es que ya el mismo sonido era una tortura.
Sin embargo, a base de sobresaltos, niños con mechones blancos -El Sexto Sentido-, niños con fotofobia -Los Otros-, niños con los huesos de cristal -de esa no recuerdo bien el nombre, pero era española, se desarrollaba en un hospital y salía la de Ally McBeal (¿se escribía así?, no sé, es que yo no veía esa serie), creo que se llamaba Frágiles-, niños tuertos -El Espinazo del Diablo-, niños con sacos en la cabeza -El Orfanato-, niñas soltando espumarajos por la boca -El Exorcista- , niñas gemelas entre ríos de sangre - El Resplandor - , y un largo etc. de niños con desgracias de lo más variopinto, y de sierras eléctricas, casas de cera, familias endogámicas de la América más profunda, cadáveres en manglares, zombies devorando vísceras con las costillas al aire y otro largo etc. de lindezas varias, se me fue haciendo callo. Así, me fui endureciendo y, a estas alturas, soy capaz de ver todo lo que me echen sin dejar de comerme las papas con carne, lo cual no deja de tener su mérito. El día que mi marido llegó a las dos de la mañana del trabajo y me di cuenta de que me había quedado frita en el sofá, sola, viendo una de zombies, supe que ya estaba curada de espanto.
Pero mi reflexión de hoy que, dicho sea de paso, me ha hecho preguntarme qué puñetas le habrán hecho los pobres niños a los guionistas de las pelis de terror y por qué mi marido sólo me llevaba a ver películas españolas si eran de miedo (podía haberme llevado a una de Almodóvar o de Garci, por ejemplo) quería centrarse en cómo a fuerza de habernos endurecido a base de muy logrados escenarios de ficción, hemos perdido la capacidad de impresionarnos cuando el fotograma que sale en la pantalla no retrata un maniquí un tanto descolorido, sino a alguien de carne y hueso cuya realidad desgraciadamente y a buen seguro habrá superado con creces la más cruda de las ficciones.
Ya no nos afecta nada y, absurdamente, nos avisan de que las escenas pueden herir la sensibilidad, cuando no se ve nada, a lo sumo un tiroteo lejano, y en el descanso se ve un fragmento de alguna película con sádicos de la talla de Jigsaw, el asesino de Saw o de Hannibal Lecter, mientras nuestros niños mojan el pan en el plato. Me faltan manos para buscar el mando y cambiar la tele... Tal vez ahora ya no se preocupan por el público infantil porque hay multitud de canales, y pensarán que somos los padres los responsables de cambiar de canal. Y ya está.
Tampoco se preocupan de mirar el DNI de los chavales al entrar en las salas de cine, para ver si tienen la edad adecuada para que su sensibilidad no se vea afectada por lo que está a punto de ver. Así, recuerdo cuando, moral y físicamente asqueada vi el estreno de Saw, la primera. Me estaba causando un trauma psicológico, mientras una pandillita de pipiolos con escasos trece años hacía comentarios y se reía de las escenas, que presentaban unas torturas, que ya hubiera querido en la Edad Media la Santa Inquisición... Y encima, tanto Saw como Hannibal son justificados por la trama argumental, porque uno se comía, al parecer a los que tenían "mal gusto", de un modo u otro y desde su punto de vista, y Jigsaw mataba a los que no valoraban lo suficiente su vida y la malgastaban o ponían en riesgo su salud. Es que los ponían como héroes. Lo realmente perverso del tema es que una película así, vista desde la inmadurez de la pubertad o la adolescencia puede crear auténticos monstruos, y en eso, al parecer, no se mete nadie. Lo que importa es vender entradas y merchandising. De la salud mental de nuestros jóvenes, que se ocupen sus padres.
A mí, ya me horroriza pensar en el hecho de que exista alguien con una mente tan enfermiza como para ser capaz de idear semejantes aberraciones, aunque sea en la ficción, pero el que los jóvenes, cuya mente no está del todo preparada para separar realidad y ficción, y algunos, por lo que se ve, tampoco demasiado para discernir qué es moral o éticamente bueno o malo, vean esas películas con la frialdad del que ve un anuncio de detergente, me causa más pavor que el mismísimo Armaggedon.

domingo, 3 de julio de 2016

En busca de la piedra filosofal

Ayer estuve divagando acerca de lo que es mi día a día en la cocina y, como podéis imaginar, trabajando y con tres niños, los platos que yo preparo siempre caben en un renglón.  Al contrario que en mis entradas en este blog, soy bastante sintética, de hecho se componen de tres palabras, por ejemplo: pollo-en-pepitoria, pescado-al-horno, papas-con-chocos, garbanzos-con-langostinos, lentejas-con-sobrasada, arroz-al-curry... Los ingredientes son fáciles de adivinar: cebolla, ajo,pimientos, zanahorias, tomate, caldo, almendras,  perejil, aceite de oliva, azafrán, etc. Y, ¿cómo no? vino oloroso o manzanilla. Dicen que si el vino es bueno, la comida estará mejor, y yo, para asegurarme, siempre me echo un traguito al coleto -o dos o tres-, pero siempre pensando en el bien de mis comensales, ojo, no vaya a ser que esté picado y me fastidie la comida, no por disfrute personal, es un gran sacrificio, no vayáis a pensar...  Vamos, quitando un par de concesiones al exotismo (curry, cúrcuma, jengibre, garam massala, ras el hanout, etc...),  la mayoría ingredientes que, si una abuela entrara en mi cocina dominaría a la perfección. En cuanto a los utensilios: ollas, sartenes,  fuentes refractarias y de barro, mortero, vitro, horno convencional y, en un alarde de sofisticación, hervidero de agua y batidora de mano. Por no tener, no tengo ni Thermo-Mix. Me gusta hacerlo todo yo, poco a poco, disfrutando de aromas, colores y texturas de primera mano. 
Igualito que los cocineros de moda, a los que respeto mucho, pero no entiendo. Para leer el nombre de sus platos necesitas beber agua y respirar tres veces: 
Emoción de toro de mar  confitado a baja temperatura con aire de alga nori sobre lecho de plancton liofilizado con contorno de caviar de arbequina y espuma de wakame en tierra de trufa blanca acompañado de chupito de agua de bloody Mary con esferificaciones de aguacate
Yo, en lo de toro de mar, ya me habría perdido. Total, para que te pongan una pedazo de palangana tamaño familiar con una lasquita de atún, con algo que se parece a un escupitajo al lado, salpicado por un montón de manchitas multicolores y un vasito lleno de un mejunje con aspecto de agua sucia. Que estará sublime, no lo dudo, que la experiencia culinaria será cercana al orgasmo, seguramente, que se habrán pasado tres años investigando en un laboratorio para hacer el plancton liofilizado, vale, ole sus huevos, pero... sinceramente: cobrarte, vamos a poner, 150 euros, por un menú degustación con siete platos con mijitas acompañadas de gotitas de salsa, caídas como por causalidad en el plato, cuando yo cogería el biberón con dicha salsa y una barra de pan y me pondría morá de mojar, me parece un timo.
Es que el tema de la cocina y los cocineros, en mi opinión, hace ya tiempo que se ha salido de madre. Con eso de que está de moda y de que, digan lo que digan, la crisis lo que ha hecho es aumentar las distancias entre las clases y hacer ricos más ricos, dispuestos a gastar cantidades astronómicas por catar lo último del cocinero más in, se les ha subido un poquito el vapor de las reducciones de vino tinto a la cabeza y, con el calor de los fogones, se les han derretido algo los sesos, a estos cocineros, la verdad. Y ya no les baja los humos ni el abatidor más pintado.
No veas el cocinero del Noma, que arrebató temporalmente el puesto de mejor restaurante del mundo a nuestro Can Roca, cómo les hablaba a sus subordinados en un reportaje que vi en la tele, eso era pura humillación, mostraba un despotismo rayano en lo sado. Y el pobre currito de turno entonaba un mea culpa porque un boquerón estaba un milímetro más inclinado de lo que debía. Encima se sentía super agradecido de la bronca que le había echado el chef de marras: un señor con el ego más subidito que el Kilimanjaro que se creía de verdad que había que rendirlre pleitesía  y aguantar sus modos agresivos y su mala educación porque era un artista, porque él lo valía, vamos. Además, le estaba haciendo un favor compartiendo con él las migajas de su elevado conocimiento. Vaya tela. 
Ahora les exigen a sus trabajadores ese tratamiento que, si se pidiera en otros trabajos, sería criticado y saldría en todos los periódicos. Me refiero a eso de "Sí, Chef". Suena a peli americana de corte militar, de campo de entrenamiento de marines, tipo Teniente O'Neil, para que nos entendamos. Si se lo hubieran pedido en la mili, se habrían hecho objetores.
Creo que, nunca mejor dicho, se les ha ido "la olla" o "el coco". Ya no sé si lo que hacen es cocina o alquimia. La Inquisición los habría quemado en la hoguera, en su punto y sin aderezos. Sí, sí, parecen copias de Nicolas Flamel, (en cuya casa, por cierto, en París, hay un restaurante, dato muy revelador), porque además, hay mas de uno que emplea polvos de oro en sus platos, que no sé si será muy sano, dicho sea de paso.
No es que los critique pero yo, teniendo en cuenta que me gusta mojar salsa y que el plato me cunda cuando me gusta, (no que no me llegue ni a la muela dejándome con la miel en los labios) y que,  como todo adorno me llega con la ramita de perejil,  la verdad, soy más de Arguiñano.

sábado, 2 de julio de 2016

Master chef casero

Ayer me tocaba la siempre deseada visita semanal de mi tía, con lo que, sin contar al pequeño, éramos seis a la mesa (normalmente somos cinco, ya que mi padre viene todos los días a comer, desde que falleció mi madre) y, mientras en la vitrocerámica se cocían la papilla en una olla, las patatas en otra,  seis huevos para hacerlos rellenos en un cazo, y el pescado en el horno, pensaba en cómo ha cambiado mi vida en poco tiempo.
Recordé cuando, recién casada, con una ensaladita (no necesitaba emplear ni siquiera la bolsa entera) y medio paquete de pasta cocinada a la carbonara, por ejemplo, aun nos sobraba comida. Cuando hacía un potaje y me daba para dos veces, por lo que podía congelar para otro día que anduviera más apurada.
Por aquel entonces cuando tenía algún invitado me moría de la ansiedad y preparaba el menú con días de antelación. Quién me ha visto y quién me ve. Ahora todos los días hago viandas para cinco y cada semana. más o menos, me toca hacer de " Nutribén", o sea, que me pongo a pelar y cortar verdura por un tubo, que voy disponiendo en distintas combinaciones en dos ollas para preparar una tanda de potitos de ternera y otra de pollo, porque mi niño el chico me ha salido de paladar fino y no hay manera de que tome, ni siquiera en caso de necesidad, un potito de los comprados. No se lo reprocho, porque las papillas que le hago, si les pones una mijita de sal, nos los comeríamos a gusto cualquier adulto, desde luego, superan con creces los que puedes encontrar en cualquier estantería, que saben todos igual, y además, yo sé lo que les echo.
En definitiva, que ahora todos los días mi cocina es un hervidero de tarteras, sartenes, fuentes, boles, cucharones, etc., etc., etc. Me encanta. Lo único que me gusta de las labores que el cuidado de la familia nos exigen a las madres es encerrarme en mi adorada cocina, que, eso sí, me gustaría que fuera más grande para poder trabajar más cómoda y disponer de ollas más grandes, porque, por ejemplo, cuando quiero hacer merluza en salsa verde, a ver quién es el guapo que lo apaña en un sautè normal en un sólo piso (y para cinco personas, con una merluza no llega), así que tengo que coger dos ollas. Vamos, que ahora mi día a día, es una celebración constante, en la que me desvivo por hacer que mis comensales, paladares exquisitos aunque agradecidos donde los haya, disfruten de platos nutritivos, caseros, naturales y sabrosos.
Pues ese amor que siempre he profesado a la buena cocina, supongo que porque también me gusta comer bien, ahora es una moda. En la tele te ponen un programa, y otro y otro sobre cocina, algunos sobre tapas, otros sobre cocina casera, otros sobre cocina de autor, etc... y yo, por más cocineros que vea, en la única persona en la que consigo pensar cuando hago la comida es en mi querida madre, fallecida hace ya tres años, demasiado prematuramente.
Recuerdo cuando, siendo una mocosa, de once o doce años, empecé a curiosear sus libros de cocina, -tenía una buena biblioteca-, y los ojeaba todos, pero reconozco que los dos que más me gustaban eran dos que eran los dos primeros de una colección por fascículos que se llamaba "El Menú" y que ella se cansó de comprar, para mi desgracia, porque ya digo que me encantaban. Adoraba ver las fotos con esos platos tan apetitosos de cocina internacional. En ellos aprendí a distinguir estilos y preparaciones, e imaginaba sabores y olores de todo el mundo. Los colores de las especias de la India, de Marruecos, el brillo de los pescados mediterráneos, los mariscos atlánticos...  todo un universo de matices e idiomas culinarios que me fascinaba.
Mi madre, que por aquel entonces, trabajaba, no comprendía que, mientras veíamos un rato la tele después de comer, los sábados, por ejemplo, "Sesión de Tarde", (probablemente, una de vaqueros), y tras saborear los magníficos platos que ella elaboraba, con tanto amor y, -hoy comprendo- también, con tanto esfuerzo, devorara las páginas de sus libros de cocina y que le pidiera que algún día probara a hacer, por ejemplo, el pato laqueado. Pobre de mí, ignorante de la vida, con el trabajo que tenía la pobre, ya, lo que le faltaba, ponerse a hacer pato laqueado...
Gracias a esa afición conozco desde mi más tierna infancia, palabras como bridar, napar, ajedrea, ras el hanout, pasta kataifi, falafel, haggis, mirepoix, brunoise, juliana, cúrcuma, coriandro, casia, y un largo etc. de términos, técnicas, platos, ingredientes, utensilios, y demás. Hoy en día, cualquier aficionado que se precie sabe un poquito de estas cosas, pero hoy es muy fácil, hoy existe internet. Yo lo leía. Y miraba, no me cansaba de ver a mi madre cocinando, y ella me transmitía los conocimientos más importantes, los que no te dará ningún libro, ni, seamos más modernos, ningún cd interactivo: la experiencia, el mimo, la maestría de las madres, de las abuelas, de la cocina de toda la vida.
Hasta que me casé, sin embargo, no empecé a cocinar, aparte de alguna experiencia esporádica, cuando mi madre me decía; "Anda, hija, en lugar de leer tanto, practica un poquito y échame una manita, ¿no?"
Ay, mamá, sé que me estarás viendo mientras hoy me coloco junto a la vitro para intentar hacer las delicias de mis seres queridos, que también son los tuyos, pero cómo me gustaría que pudieras probarlo y darme tu opinión. Cómo te echo de menos y cómo te agradezco haber insuflado en mí el cariño por la cocina, haberme enseñado a comer bien y, lo que es más importante, a añadir a todo lo que cocino el ingrediente secreto que tú siempre le ponías a todo lo que hacías, y no me refiero sólo a la cocina: el AMOR.