martes, 26 de julio de 2016

Los Increíbles

Mis niños mayores están en un curso intensivo de natación. Y yo estoy con tortícolis. Así, a priori, puede parecer que se me ha ido  definitivamente la olla o que estoy mezclando dos temas distintos, pero no, tiene relación. Eso sí, reconozco que es un poquito rebuscada. Todo esto es para demostraros que vivo en una familia de superhéroes.
Esta mañana llegábamos tarde a la piscina y ahí va el primer super poder de mi hijo mayor: el hacer las cosas a cámara super lenta, en plan tortuga, cuando más prisa hay. Y no en plan tortuga ninja, no, más bien en plan tortuga fosilizada. Ahí lo ves, tan feliz él, tan metido en su mundo, donde no existen los relojes, al parecer, pero donde siempre suena el hilo musical -siempre está tarareando o silbando-. Qué pachorra puede llegar a tener. Exasperante.
Mientras estaban chapoteando bajo la supervisión de su padre yo me fui con el benjamín de la familia a buscar un regalo para el Santo del mayor, que es ya mismo.
Una vez comprobado que la suerte no me acompañaba hoy para encontrar lo que buscaba adornado con las tres b (bueno, bonito y barato) volví a recogerlos para seguir intentándolo en otro centro comercial. Como no nos íbamos para casa les llevé un tentempié mañanero acompañado de batido de chocolate. Como el refrigerio también llevaba chocolate, me senté entre los dos en el coche para evitar un desastre de proporciones bíblicas en la tapicería del coche (que los conozco). Y ahí va uno de los principales super poderes de mi hija: el atraer las manchas a distancia y en los lugares más inverosímiles... ¿Cómo puede acabar teniendo chocolate en los tobillos? ¿Cómo se manchó hoy la ropa si no le dejé tocar la comida? Porque se le cayó un trozo de la boca. Es increíble. No hay prenda de ropa, tejido, ni parte de su indumentaria que se le resistan. Es la niña del churrete.
Y yo llevo dos días con una torticolis impenitente que no se me quita ni a la de tres, aunque no me extraña, porque mi niño el chico me hace darle el pecho todas las noches sin perdonarme ni una sola. Ayer fueron dos veces. Yo, para no despabilarme demasiado me pongo un cojín en la espalda y me lo cuelgo del biberón biológico (teta para los profanos) y acabamos los dos con un montón de moscas alrededor y muchos bocadillos (de comic) rellenos de Zzzzzzzzz... Y con la babilla colgando (vaya cuadro). Lo malo es que mi cabeza también acusa los efectos de la gravedad y se va ladeando dejándome de regalo una bonita y dolorosa torticolis semana sí, semana también... Lo que no se hace por un hijo... Y de ahí viene mi super poder de super villana: el ir por la vida con el hieratismo propio del arte egipcio. Si alguien se ha cruzado conmigo hoy y me ha visto muy altiva no es que se me haya subido el pavo, lo aclaro por si acaso, he ido mirando de reojo y por encima del hombro porque no puedo girar la cabeza hacia la derecha y a duras penas hacia la izquierda -y no veáis propaganda política hacia el centro donde no la hay, que no es más que dolor de cuello-.
Pues allá que íbamos todos a seguir buscando el regalo perfecto hasta que lo encontramos y, como lo hicimos de tapadillo para que el niño no se diera cuenta, le dije a mi marido: "tú lo compras mientras yo me voy con ellos y los voy metiendo en el coche". Y así me fui, tan ufana en dirección a la rampa mecánica -descendente- con mis tres retoños: o lo que es lo mismo, la estatua de Nefertiti con el carro del pequeño acompañada de Turtleboy y Churretigirl. Un poema.
Al llegar al filo de la rampa, caigo en la cuenta de que le tengo que poner el freno al carro si no quiero que el niño se me vaya cuesta abajo y que la otra mano la necesito para sujetar a la niña, que tiene miedo a entrar en ella. En esto que la niña se me suelta en el último momento y se queda en lo alto de la rampa llorando como si yo me fuera a Angola, por lo menos. El mayor, con toda su buena intención,  intentaba ayudar a su hermana subiendo la rampa en sentido contrario al más puro estilo cómico absurdo o de cine mudo y yo sin atinar a poner el freno y siguiendo el mismo recorrido que mi hijo, haciendo el mismo ridículo y dando el espectáculo... Y pensando: ¿quién puñetas me mandará a mi meterme en estos berenjenales... ¿no podía haber cogido el ascensor?  Desde luego... Qué pavo tengo. Para vuestro consuelo deciros que en el siguiente tramo de rampa agarré la mano de la niña con fuerza de esa que corta la circulación por si las moscas. Y descubrí que así nos coordinamos mucho mejor, dónde vamos a parar.
Y hablando de super poderes. Mi marido tiene unos pocos. Por  ejemplo, el de sacarme de mis casillas  (pero creo que ese es común en todos los maridos, no tiene mérito). Él tendría que decir cuál de mis lindezas considera un don de la naturaleza, seguro que tengo más de uno, como empezar hablando de natación  y acabar con las dinastías del Antiguo Egipto y encontrarle relación (lo malo es que a veces cuando hablo con mi media naranja me salto todo mi discurso mental y al pobre le cuesta  trabajo seguirme,  menos mal que, con los años ya conozco esa cara y me apresuro a explicarle cómo he llegado a Nefertiti desde Phelps). Su don es echarme paciencia en esa y otras muchas cosas.
Lo que tengo que descubrir es en qué consiste el super poder del pitufillo. Es que es muy pequeño, pero alguno tiene que tener. Por lo  pronto, cuando empieza a tener hambre y cometo el error de acercarme a él y establecer contacto visual, se pone rojo y casi parece que le van a salir chispas, como al niño de Los Increíbles...

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