Vamos, de un ridículo lamentable.
Eso sí, pasar tantos malos ratos me sirvió para firmar un acuerdo con él: yo veía esos horrores y, a cambio, él venía conmigo a las que a mí me gustaban, o sea, las históricas, musicales, comedias románticas... Aunque, seamos francos, yo más bien le acompañaba, porque ver, ver, lo que es ver, veía más bien poco. Al principio me ocultaba tras su brazo, pasé a taparme los ojos y terminé por darme cuenta de que, con cerrar los ojos ya llegaba. Seguía sin mirar, pero mi lenguaje corporal no revelaba nada, la procesión iba por dentro. Lo malo es que ya el mismo sonido era una tortura.
Sin embargo, a base de sobresaltos, niños con mechones blancos -El Sexto Sentido-, niños con fotofobia -Los Otros-, niños con los huesos de cristal -de esa no recuerdo bien el nombre, pero era española, se desarrollaba en un hospital y salía la de Ally McBeal (¿se escribía así?, no sé, es que yo no veía esa serie), creo que se llamaba Frágiles-, niños tuertos -El Espinazo del Diablo-, niños con sacos en la cabeza -El Orfanato-, niñas soltando espumarajos por la boca -El Exorcista- , niñas gemelas entre ríos de sangre - El Resplandor - , y un largo etc. de niños con desgracias de lo más variopinto, y de sierras eléctricas, casas de cera, familias endogámicas de la América más profunda, cadáveres en manglares, zombies devorando vísceras con las costillas al aire y otro largo etc. de lindezas varias, se me fue haciendo callo. Así, me fui endureciendo y, a estas alturas, soy capaz de ver todo lo que me echen sin dejar de comerme las papas con carne, lo cual no deja de tener su mérito. El día que mi marido llegó a las dos de la mañana del trabajo y me di cuenta de que me había quedado frita en el sofá, sola, viendo una de zombies, supe que ya estaba curada de espanto.
Pero mi reflexión de hoy que, dicho sea de paso, me ha hecho preguntarme qué puñetas le habrán hecho los pobres niños a los guionistas de las pelis de terror y por qué mi marido sólo me llevaba a ver películas españolas si eran de miedo (podía haberme llevado a una de Almodóvar o de Garci, por ejemplo) quería centrarse en cómo a fuerza de habernos endurecido a base de muy logrados escenarios de ficción, hemos perdido la capacidad de impresionarnos cuando el fotograma que sale en la pantalla no retrata un maniquí un tanto descolorido, sino a alguien de carne y hueso cuya realidad desgraciadamente y a buen seguro habrá superado con creces la más cruda de las ficciones.
Ya no nos afecta nada y, absurdamente, nos avisan de que las escenas pueden herir la sensibilidad, cuando no se ve nada, a lo sumo un tiroteo lejano, y en el descanso se ve un fragmento de alguna película con sádicos de la talla de Jigsaw, el asesino de Saw o de Hannibal Lecter, mientras nuestros niños mojan el pan en el plato. Me faltan manos para buscar el mando y cambiar la tele... Tal vez ahora ya no se preocupan por el público infantil porque hay multitud de canales, y pensarán que somos los padres los responsables de cambiar de canal. Y ya está.
Tampoco se preocupan de mirar el DNI de los chavales al entrar en las salas de cine, para ver si tienen la edad adecuada para que su sensibilidad no se vea afectada por lo que está a punto de ver. Así, recuerdo cuando, moral y físicamente asqueada vi el estreno de Saw, la primera. Me estaba causando un trauma psicológico, mientras una pandillita de pipiolos con escasos trece años hacía comentarios y se reía de las escenas, que presentaban unas torturas, que ya hubiera querido en la Edad Media la Santa Inquisición... Y encima, tanto Saw como Hannibal son justificados por la trama argumental, porque uno se comía, al parecer a los que tenían "mal gusto", de un modo u otro y desde su punto de vista, y Jigsaw mataba a los que no valoraban lo suficiente su vida y la malgastaban o ponían en riesgo su salud. Es que los ponían como héroes. Lo realmente perverso del tema es que una película así, vista desde la inmadurez de la pubertad o la adolescencia puede crear auténticos monstruos, y en eso, al parecer, no se mete nadie. Lo que importa es vender entradas y merchandising. De la salud mental de nuestros jóvenes, que se ocupen sus padres.
A mí, ya me horroriza pensar en el hecho de que exista alguien con una mente tan enfermiza como para ser capaz de idear semejantes aberraciones, aunque sea en la ficción, pero el que los jóvenes, cuya mente no está del todo preparada para separar realidad y ficción, y algunos, por lo que se ve, tampoco demasiado para discernir qué es moral o éticamente bueno o malo, vean esas películas con la frialdad del que ve un anuncio de detergente, me causa más pavor que el mismísimo Armaggedon.
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