
Estaba yo anteayer por la mañana pasando calor mientras mi niño el mayor disfrutaba de lo lindo lanzándose en tirolina por los pinares de Roche, y recordaba cuando hace ya quince años tenía mi primera experiencia laboral (la única antes de aprobar las oposiciones); aunque os parezca mentira, si tenemos en cuenta que soy licenciada en Derecho, mi primer trabajo fue de ayudante de recepción en un hotel del Novo Sancti Petri en Chiclana. Después de terminar la carrera, mientras me salía algún trabajo, decidí concluir mis estudios de Alemán e Italiano y mejorar el Inglés en la Escuela de Idiomas, porque pensé que me ayudaría a encontrar trabajo en algún bufete, además de porque me gustaba y el saber no ocupa lugar. Además, en mi busqueda de trabajo activa me recorría todos los tablones de anuncios buscando ofertas de empleo o cursos que complementaran mi formación, y así, encontré uno de Alemán para atención al público donde pasaba cinco horas al día durante toda la semana hablando Alemán. Eso me dio una soltura que, por supuesto, no tengo hoy ni de lejos, pero que me ayudó para conseguir el trabajo del que os hablo. Después de meses echando el curriculum en bufetes de abogados, y ante la lluvia de ofertas que recibí, calada hasta los huesos, y sacudiéndome los contratos millonarios que me ofrecían (evidentemente, nada más lejos de la realidad, sólo me llamó uno para ofrecerme una pasantía sin cobrar y sin garantía de que en algún momento fuera a ver un duro) decidí ampliar el espectro de búsqueda y orientarme hacía el mundo del turismo: hoteles, agencias de viaje, guias de ruta, etc, y, ¿cual no fue mi sorpresa al recibir una oferta de este hotel del que os hablo en el que buscaban recepcionistas que hablaran Alemán (el 85% de la clientela eran teutones, y para el que lo piense, no, no era el Aldiana, era un hotel español). Podréis imaginar qué idea tenía yo de la recepción de un hotel, la misma que un sherpa del Nepal de cantar por soleares. Por ello, la jefa de recepción en la entrevista me insistió en que me habían llamado sólo porque en mi curriculum decía que hablaba Alemán, no por los conocimientos de un recepción, que eran nulos, y por ello, me amenazó con que, para comprobarlo, la entrevista sería en Alemán, a lo que respondí, muy ufana: "Pues claro que sí, sin problemas". Evidentemente superé la prueba, y allá que fui muerta de los nervios y sin encomendarme a Dios ni al diablo a trabajar en algo que era totalmente ajeno a mí. Lo primero que me agobió un poquillo, por no decir un montón, es que tenía que estar en la recepción en pleno verano en Chiclana con faldita diplomática, camisa de manga larga con el cuello cerrado, pañuelo al cuello a modo de corbata y chaleco, que a partir de las siete de la tarde se convertía en torerita - eso no hay aire acondicionado que lo resista-. Por lo demás, aprendí un montón de cosas sobre españoles, alemanes e irlandeses, que es el público que me encontré, y lo que es un auténtico trabajo en equipo (el público no lo nota, pero para que todo funcione, la recepción coordina desde la limpieza, hasta las excursiones, transfers, los picnics de primera hora de la mañana, menús, reservas de sauna, restaurante, y atenciones que no os podeis ni imaginar, no penseis mal, me refiero a pedir taxis, indicaciones en planos, cambios de divisas, -todavía no estaba el euro-, etc, etc). Todo lo que el cliente necesite, teniendo en cuenta que no está en su casa (era un 4 estrellas). Una cosa curiosa, por ejemplo, era la visita periódica de un señor que me resultaba super simpático, con sus bermudas, su gorro como de pescador, sus chanclas... vamos, un auténtico guiri. La primera vez que lo oí hablar -en perfecto chiclanero-, me dejó muerta: era el policía secreta. Toma ya. Nos advertía de que cuando nos quedáramos de turno por la noche anduviéramos con ojo, que andaban robando en los chalés de la zona. El o la recepcionista de noche se queda solo. Lo normal es que por la noche se queden los hombres, pero nuestros tres compañeros del sexo opuesto, muy modernos y, por ende, poco caballerosos, nos dejaron bien claro que, si queríamos igualdad, a hacer noches. Te quedabas sola en la recepción de doce de la noche a ocho de la mañana a cargo de trescientas habitaciones con sus guiris incluidos. Yo no había pensado en la responsabilidad que eso suponía hasta la primera noche que me tocó. Entonces, con los ojos fuera de sus órbitas e inyectados en sangre por efecto del sueño y del termo de té que me ayudaba a soportarlo, mi calenturienta imaginación empezó a desvariar y a pensar: ¿y si le da un infarto a un cliente?, o ¿y si vienen a robar?, o ¿y si se declara un incendio? ¿y si viene un maremoto con su tsunami, corrimiento de tierras o entra en erupción un volcán? ¿y si nota atacan los extraterrestres? El miedo empezaba a hacer efecto en mis tripas y me pasaba la noche con dolor de barriga... y a aquellas alturas aún no había visto "El resplandor"... gracias a Dios... Cuando iba al servicio, con el canguelo pegado a la nuca, con las luces de los cien metros largos de recorrido hasta el aseo apagadas para ahorrar, iba como si perteneciera a un grupo de operaciones especiales. Con el móvil en la mano -que entonces podía pasar por un walkie talkie pequeño-, una linterna porque, encima, por aquel entonces la estación eléctrica de la zona no daba abasto con la hilera de hoteles y urbanizaciones que empezaban a proliferar y "petaba" cada dos por tres y nos dejandonos tan a oscuras como jopo de topo y, para completar el kit de supervivencia, una navajita de unos cinco cms. de hoja como efecto disuasorio ante posibles atacantes. Ríete tú de la Natascha Romanov la de los Vengadores... Vamos, una estampa para no perdérsela.
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