domingo, 17 de julio de 2016

Convivir con el dolor.

Aquí estoy tirada en el sofá hecha una auténtica birria cochambrosa con ganas tan sólo de dormir horas y horas hasta que se me pase el dolor de estómago que me está matando desde hace horas. Los que padecen hernia de hiato dolorosa saben de lo que hablo. Y no hay nada que lo alivie. Dios mío, con la cantidad de remedios que inventa la medicina ¿cómo no han encontrado nada para esto? Y que conste que no soy "quejica", he tenido tres partos con sus contracciones y su episiotomía y lo prefiero a este dolor (al menos parir, al final, tiene su recompensa). Ya sé que no es grave, que es una dolencia común, que, evidentemente, hay cosas peores. Ese es mi único consuelo. Pero manda huevos que cada vez que discuto con alguien, que me llevo un disgusto, que como dos veces seguidas fuera de casa o que trago bilis de impotencia por no cantarle las cuarenta a alguien,  me pase tres días con un dolor que, además de agriarme el carácter -es mundialmente conocido el proverbial mal humor de los que padecemos del estómago, véase Napoleón, que no es que fuera catalán y en los retratos se estuviera agarrando la cartera, no se la fueran a llevar, sino que, al parecer, tenía úlcera- me inutiliza para casi todo. Es patético verme andar por la casa con la cara desencajada del dolor y doblada cual alcayata.
Con la de cosas que tengo que hacer... y aquí perdiendo el tiempo... mi cabreo va in crescendo y mi dolor, obviamente, no mejora.
Lo siento por el resto de la humanidad pero, ya que estoy forzosamente postrada en el lecho del dolor, me alegro de que haga Levante. Perdonadme, de verdad, pero, como os digo, el mal de estómago legitima mi mal carácter.
Además, el viento es una excusa más que me ayuda a justificar ante mis hijos mayores que no hayamos pisado la feria de San Fernando. Y eso que, por mucho que me duela, ni dejo de ir al trabajo, ni dejo de hacer la comida o lavar ropa, ni los niños se han pedido ni un cumpleaños o la fiesta de turno, pero hoy no estoy para feria.  Bendito levante...
Pobrecillos, les gustaría ir a los "chacaritos", como dice mi niña para referirse a los cacharritos o atracciones de feria. Si bien he de reconocer que, siendo gaditana no soy muy dada a la cultura de feria, puesto que, como decía la copla carnavalera hay quien dice que Cádiz no tiene fiestas, ni feria que aventaje a otras capitales... pero siempre he ido, al menos un día, a darme mi paseíto y, desde que soy madre no he dejado una feria de aquí sin llevarlos a montarse en los coches de choque, la noria... etc... Incluso, hace dos años a mi hijo el mayor se le ocurrió que se quería montar en un invento infernal llamado "canguro loco". Yo, pobre incauta, vi niños de tres años montados con sus padres y, para darle un respiro a mi marido, que llevaba ya tres o cuatro atracciones y empezaba a echar humo, le dije, muy valiente: "esa parece tranquilita, yo me monto con él". Cuando ese potro de tortura del averno empezó a moverse pude comprobar que hay padres muy arriesgados o, por lo menos, bastante más que yo. Peso tan poco y soy tan poca cosa -lo reconozco- que al primer bote el aparato me levantó esa parte del cuerpo donde la espalda pierde su casto nombre del asiento y creí que iba a salir despedida. Encima, como tengo menos fuerza que un grillo mojado, no me veía capaz de sujetar al niño, creía que iba a salir disparado... Empecé a vociferar como una posesa: "¡¡¡parad esto, por favor, por favor, dejadme bajar, en seriooooo!!!" Pero nada,  nadie me hacía caso: el mundo daba vueltas, la gente se reía, el niño disfrutaba y mi marido me miraba con aspecto desconcertado. Supongo que mi cara debía ser un poema (de Edgar Allan Poe, si es que alguna vez le dio por la poesía) y debió darse cuenta del mal rato que estaba pasando. ¿Cuánto pudo durar aquella pesadilla, tres, cinco minutos? Para mi fue una eternidad... qué horror...
Bueno, y todo esto ¿a qué venía? Ah, ya, a que me siento super mala madre por no llevarlos a la feria, siendo hoy el último día, pero como es por estar rabiando de dolor, me niego a tener cargo de conciencia, mi carácter de Mr. Scrooge dado por esta maldita dolencia me da bula. Hoy no hay cacharritos, ni puñetero canguro loco, ni otro perrito piloto, ni boletos de tómbola, ni juguetitos inútiles, peligrosos y sin las más mínimas normas de seguridad, ni ISOs, ni de sanidad, ni polverío, ni estruendo, ni picaduras de mosquito, ni asaltos a mano armada a mi cartera...
No... si al final... hasta me voy alegrar de tener dolor de estómago... si todo son ventajas. Si esto no es sacar la parte positiva de todo, que venga Dios y lo vea.
Eso sí, cuando sean mayores mis niños ¿le contarán al psicólogo argentino cuán frustrados les hice sentir hoy?
Pues que se lo arregle él, a base de terapia, que para eso le pagan porque yo, hoy, la verdad, no estoy pa ná...

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