Junto a las frases típicas que ella mencionaba, como: "Tú no te aburres....", las madres de familia numerosa, atesoramos un bagaje de coletillas enojosas como: "Tú pararas ya, ¿no?", "Tú estás loca, vamos", o "Hay que tener ganas".
No dudo de que son bienintencionadas y que incluso en ocasiones pueden expresar admiración por lo que ellas consideran una proeza: atreverse a tener más de uno o dos hijos. Pero tengo que reconocer que, estando embarazada del tercero los comentarios no eran tan fastidiosos como la cara con la que me miraban, sin dar crédito. Tuve que oír más de una vez la insinuación de que debía haber sido un desliz, porque, trabajando yo, con mi marido en paro y con estos tiempos en que los niños salen tan caros no era posible que hubiera sido intencionado. Eso si que me jodía.
Me faltó el canto de un duro en más de una ocasión para contestar: "¿Acaso crees que te voy a pedir que me los cuides o me los mantengas tú?", ¿no te joroba?.... Desde luego, es que es para tener una boca prestada.
También me han hecho ver, alabando las bondades de tener uno o dos hijos, el hecho de que así podría comprarles más cosas o cosas más caras, pero yo pienso que estarán más preparados para la vida aprendiendo a compartir pocas y modestas cosas que obteniendo todo lo que alcancen a desear, pero, disfrutando de raudales de cariño por parte de sus compañeros de fatigas, sus hermanos. Las cosas no dejan de ser eso: cosas.
No es que vaya a retirarle la palabra a nadie por haberme hecho tales comentarios, de hecho, ni siquiera se los tengo en cuenta; un rasgo mío es que no soy para nada rencorosa, pero merece la pena mencionar que, al menos en nuestro caso, la opción de tener familia numerosa fue deseada y consciente. Sabemos que hemos renunciado a muchas salidas nocturnas, a muchos lujos, a una gran parte de intimidad, a tener tiempo y espacio para nosotros mismos, y un largo etcétera de "privilegios" que, siendo evidentemente importantes, no pueden competir con el honor de dedicar nuestro tiempo, dinero, esfuerzo y la misma vida a criar, educar y, sobre todo, querer a tres pequeños pero grandes seres humanos que llenan por completo nuestro hogar y nuestros corazones.
Puedo decir sinceramente que, si no fuera porque, reconozcámoslo también, no somos precisamente Amancio Ortega, ni Bill Gates, y yo tampoco soy una jovencita, no me importaría tener otro más. Pero la vida y la sensatez me obligan a detenerme aquí.
Supongo que muchas personas que lean esto y no lo comprendan, tendrán hermanos, pero yo, por desgracia, el único que tuve lo perdí en la más tierna infancia, y siempre me he sentido tan sola, que no quería eso para mis hijos. Sé que muchos también estarán pensando lo que ya me ha dicho más de una amiga: "Para tener hermanos que no se preocupan por ti, mejor estar sola", o me recuerdan casos de hermanos que no se hablan entre sí, y se odian. Y sí, tienen razón, tiene que ser verdaderamente triste, pero como los hijos no son una figura de arcilla de nuestra propiedad y a los que podemos malear a nuestro antojo - o no debería ser así -, sino que son seres libres que pertenecen a la vida, y a los que simplemente debemos encauzar para que ellos mismos orienten sus caminos, el que en un futuro elijan seguir en contacto y cuidándose entre sí o no, será una opción personal. Obviamente nuestro deseo es que se quieran y se apoyen hasta el fin de sus días. se alegren por los logros mutuos y se acompañen cuando vienen mal dadas, y nosotros, sus padres, intentaremos por todos los medios guiarlos para que así sea; pero, como digo, el futuro se nos escapa de las manos, como la arena de la playa que ahora vemos deslizarse por sus adorables manitas mientras juegan en la playa.
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