
A mí, como sabéis, me hace más llevadero el farragoso trabajo administrativo oir música. Así, entre montañas de papeles voy oyendo listas de reproducción de lo más variado. El viernes, sin ir más lejos, me dio por las bandas sonoras, reducto, en mi opinión, de los auténticos compositores actuales de música clásica. Hay verdaderas preciosidades. De un inspiradísimo Morricone en Cinema Paradiso o La Misión a un super romántico -en el sentido artístico del término- John Barry en Memorias de África, pasando por el inolvidable Nino Rota de Amarcord o El Padrino, y otros más modernos, como Harry Gregson-Wiliams (El Reino de los Cielos) entre otros muchos genios de la composición.
Pues entre las melodías que estuve oyendo estaba la de Titanic. Con sus notas suspendidas en el aire se me coló el recuerdo de la primera película que fui a ver al cine con el que hoy es mi marido. Fijaos si ha llovido, porque fue esa: Titanic.
Yo tengo que reconocer que nunca me caractericé por la sensiblería. No era de las que lloraban con las escenas de amor. De hecho, era de las que reventaban el final diciendo a mis amigas: "verás tú que a este se lo van a cargar" y que, compadecida, trataba de quitar hierro al asunto haciendo bromas cuando oía el primer crujido del paquete de Kleenex de mi amiga de la butaca de al lado y el sorbido de mocos mal disimulado de la del otro lado. Es que éramos tres. Yo no entendía que hubiera gente a la que le gustaba sufrir y llorar a moco tendido en el cine, al fin y al cabo se supone que vas para pasar un buen rato, para sufrir con las miserias humanas ya está el día a día, por desgracia. Con los años y, sobre todo, con las duras experiencias que me ha tocado vivir en la vida, me he vuelto más llorona, y desde que soy madre me emociono hasta viendo fotos o vídeos de mis niños en la fiesta del cole de este mismo año. Quién me ha visto y quién me ve.
Pues ya os digo, fuimos a ver Titanic. A mí no me volvió loca, la verdad, demasiado edulcorada para mi gusto, además, ni me gustaba Leonardo Di Caprio ni me parecía guapo. Y siempre he pensado que era una pareja que no pegaba. Kate Winslet me parecía mucha mujer para el -entonces imberbe- Leo, pero bueno, la vimos porque íbamos con la prima de él -a la que sí le gustaba y que era una de mis dos mejores amigas, la del Kleenex o la del sorbido, vamos- y porque, con el taquillazo que había dado, había que verla. Pero, como os digo, a mí, jovencita poco romántica, no me hizo ni fu ni fa. Pues imaginad lo que debió pensar mi novio... Entonces no lo sabía, pero hoy, dieciocho años después y tras pasar a su lado alegrías y penas, y teniendo en cuenta sus gustos cinematográficos, de los que ya di cuenta ayer, me puedo hacer una idea: "menudo tostonazo me acabo de tragar por acompañar a estas dos, lo que hay que hacer por una novia...".
Pues ahí no queda la cosa. A las pocas semanas fue su cumpleaños y, agobiada, sin saber nada de sus gustos, fui a comprarle el regalo. Si hay una cosa que supe enseguida de él era que adoraba Escocia y que le gustaba la música. Los engranajes cerebrales se pusieron en marcha y pensé: el de Titanic era irlandés y salía música folk irlandesa. Total, Irlanda, Escocia... viene a ser lo mismo, al menos, la música suena igual. Supongo que si lee esto un irlandés o un escocés se estarán rasgando las vestiduras. Mis disculpas. Nada más lejos de mi intención que herir sensibilidades nacionalistas, Dios me libre.
La cosa es que, ni corta ni perezosa me fui a JM y le compré la banda sonora de Titanic y me quedé tan pancha.
Vaya tela, como dice mi niña. Qué pensaría de mí al abrir el paquete, la verdad es que no se lo he preguntado nunca, pero dudo de que lo haya escuchado más de una vez para comprobar, ante mi insistencia, si sonaba bien. Qué ojo. Con esos inicios, hoy en día me parece un milagro que todavía estemos juntos. Supongo que el tiempo me dio oportunidades más que sobradas para redimirme de un regalo tan disparatado.
En fin, la intención es lo que cuenta, dicen y, que conste que sigo sin entender a quien va al cine a gastar paquetes y paquetes de pañuelos de papel, pero como sobre gustos no hay nada escrito...
Pues entre las melodías que estuve oyendo estaba la de Titanic. Con sus notas suspendidas en el aire se me coló el recuerdo de la primera película que fui a ver al cine con el que hoy es mi marido. Fijaos si ha llovido, porque fue esa: Titanic.
Yo tengo que reconocer que nunca me caractericé por la sensiblería. No era de las que lloraban con las escenas de amor. De hecho, era de las que reventaban el final diciendo a mis amigas: "verás tú que a este se lo van a cargar" y que, compadecida, trataba de quitar hierro al asunto haciendo bromas cuando oía el primer crujido del paquete de Kleenex de mi amiga de la butaca de al lado y el sorbido de mocos mal disimulado de la del otro lado. Es que éramos tres. Yo no entendía que hubiera gente a la que le gustaba sufrir y llorar a moco tendido en el cine, al fin y al cabo se supone que vas para pasar un buen rato, para sufrir con las miserias humanas ya está el día a día, por desgracia. Con los años y, sobre todo, con las duras experiencias que me ha tocado vivir en la vida, me he vuelto más llorona, y desde que soy madre me emociono hasta viendo fotos o vídeos de mis niños en la fiesta del cole de este mismo año. Quién me ha visto y quién me ve.
Pues ya os digo, fuimos a ver Titanic. A mí no me volvió loca, la verdad, demasiado edulcorada para mi gusto, además, ni me gustaba Leonardo Di Caprio ni me parecía guapo. Y siempre he pensado que era una pareja que no pegaba. Kate Winslet me parecía mucha mujer para el -entonces imberbe- Leo, pero bueno, la vimos porque íbamos con la prima de él -a la que sí le gustaba y que era una de mis dos mejores amigas, la del Kleenex o la del sorbido, vamos- y porque, con el taquillazo que había dado, había que verla. Pero, como os digo, a mí, jovencita poco romántica, no me hizo ni fu ni fa. Pues imaginad lo que debió pensar mi novio... Entonces no lo sabía, pero hoy, dieciocho años después y tras pasar a su lado alegrías y penas, y teniendo en cuenta sus gustos cinematográficos, de los que ya di cuenta ayer, me puedo hacer una idea: "menudo tostonazo me acabo de tragar por acompañar a estas dos, lo que hay que hacer por una novia...".
Pues ahí no queda la cosa. A las pocas semanas fue su cumpleaños y, agobiada, sin saber nada de sus gustos, fui a comprarle el regalo. Si hay una cosa que supe enseguida de él era que adoraba Escocia y que le gustaba la música. Los engranajes cerebrales se pusieron en marcha y pensé: el de Titanic era irlandés y salía música folk irlandesa. Total, Irlanda, Escocia... viene a ser lo mismo, al menos, la música suena igual. Supongo que si lee esto un irlandés o un escocés se estarán rasgando las vestiduras. Mis disculpas. Nada más lejos de mi intención que herir sensibilidades nacionalistas, Dios me libre.
La cosa es que, ni corta ni perezosa me fui a JM y le compré la banda sonora de Titanic y me quedé tan pancha.
Vaya tela, como dice mi niña. Qué pensaría de mí al abrir el paquete, la verdad es que no se lo he preguntado nunca, pero dudo de que lo haya escuchado más de una vez para comprobar, ante mi insistencia, si sonaba bien. Qué ojo. Con esos inicios, hoy en día me parece un milagro que todavía estemos juntos. Supongo que el tiempo me dio oportunidades más que sobradas para redimirme de un regalo tan disparatado.
En fin, la intención es lo que cuenta, dicen y, que conste que sigo sin entender a quien va al cine a gastar paquetes y paquetes de pañuelos de papel, pero como sobre gustos no hay nada escrito...
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