jueves, 7 de julio de 2016

El Deporte Nacional.

Esta nación en la que vivimos, que conoció días gloriosos y que ha parido genios como Velázquez, Falla o García Lorca (andaluces todos estos, por cierto) adolece de un defecto que lo está llevando irremisiblemente a la ruina. No estoy hablando de política ni de economía (aunque, al final estas cuestiones acaban siendo afectadas, claro está). Hablo de una cuestión de carácter. Pronto comprenderéis a qué me refiero.
Por ejemplo. Pongamos el caso de los funcionarios. Dejando de un lado que yo lo soy (mi trabajo me costó, nadie me lo regaló). ¿Quién no se alegró de que nos quitaran una extra, nos bajaran el sueldo, nos aumentaran  la jornada y nos quitaran días de asuntos propios? Pocos. Probablemente sólo los familiares que conviven con nosotros y que se vieron afectados de un modo u otro. El sentimiento general era de pura satisfacción. Comentarios como "ya era hora de que les tocara a estos, con tanto privilegio", "que se jodan, que viven muy bien" o "me alegro, que son todos unos enchufados y unos flojos" estaban en el aire, fruto de una envidia insana arraigada en lo más profundo de la conciencia nacional. Iba en el bus, por aquel entonces, aprendiendo partituras corales o leyendo e intentando aislarme de tanto lugar común y tanta inquina injustificada y evitando saltar y contestarle a más de uno lo que se merecía. Así es la triste realidad de nuestra sociedad: el deporte nacional no es el fútbol, sino la crítica destructiva y el deseo de que a tu prójimo, si no le iba muy mal, ya no digamos "bien", le vaya peor, para igualar a la baja.
Es decir, un país moderno, que quiere progresar y mejorar la vida de sus habitantes no empeora las condiciones de los que consiguen no ahogarse en la marea de la crisis a base de sufrir torticolis de tanto estirar el cuello, al contrario, lucha por que todos los demás consigan, al menos, el mismo status.
Se trata de igualar al alza. No es cuestión de fastidiar a unos pocos, sino de conseguir que esos pocos que, lejos de ser unos privilegiados, lo único que tienen son unas condiciones  de trabajo y unos sueldos dignos, no destaquen, porque eso debería ser lo normal, no la excepción.
Pero no, como siempre, confundimos al enemigo. Y el españolito de a pie concentra sus iras contra su vecino, no contra el que consiente tales desigualdades. No somos  más que unos ciudadanos con sueldos que dan para vivir. De todos es sabido que siendo funcionario no te harás rico (conste que me refiero a trabajadores, no a altos cargos, esos no suelen ser funcionarios ni han pasado un examen, esos están puestos a dedo). También deberían todos saber, igual que lo aprendí yo al prepararme las oposiciones, que la razón de ser del funcionariado es que ciertas acciones que corresponden al Estado por suponer el ejercicio del imperio (o sea dar órdenes y disponer directrices para ordenar el bien público) no estén mediatizadas por los partidos políticos. Se supone que, al ser funcionario debes cumplir la legalidad sin miedo a desobedecer al político de turno porque no puede represaliarte con la pérdida de tu puesto de trabajo. No se puede decir lo mismo del  sinnúmero de empresas semi públicas. Eso es harina de otro costal, ahí ya no hay funcionarios, y sus trabajadores sí  tienen mucho que perder si no gana el partido político que las gestó, dejémoslo ahí.  Pero no, con esos no se meten los políticos,  claro, no conviene, es más fácil alimentar el ensañamiento contra los que no nos tenemos que someter a  unos u otros colores y echar más leña al fuego.
También deberían saber que, si bien y por desgracia, hay enchufes, la mayoría hemos hecho callo en los codos estudiando para pasar unos exámenes que están abiertos a todos. Lo recuerdo por si hay alguien que cree que  no puede presentarse por alguna razón. Sólo es necesario tener la nacionalidad española, tener 16 años cumplidos, no haber sido apartado por expediente administrativo firme del ejercicio de la Función Pública por ninguna administración pública (no la de lotería, a esa también vamos los funcionarios, a ver si nos hacemos ricos, pero parece que con aprobar, nos tocó el gordo), estar en posesión de la titulación Academia exigida y superar las pruebas de acceso, prepararse, estudiar, insistir y, cierto, ponerle velas a todos los santos para hacerlo lo suficientemente bien como para sacar una plaza, al menos mejor que el siguiente de la lista que ya no puede optar a una plaza.
Al menos, en mi caso, la opción de la Función Publica nos dio a los buenos pero pobres estudiantes la posibilidad de tener un trabajo digno porque, precisamente, nuestros padres no podían ponernos un bufete ni pagar el Colegio de Abogados ni los impuestos o el alquiler del despacho, y tampoco teníamos enchufe para que nos contrataran otros. Y bien que lo intenté, pero mi padre no jugaba al golf con ningún abogado,  así que..., a seguir estudiando...
Nuestros sueldos son dignos, los de los demás, no. Tenemos días de asuntos propios, como debería tenerlo todo hijo de vecino. Y pagamos nuestros impuestos, que conste. Lo digo porque a veces parece que somos una carga pública, meros parásitos de la sociedad y zánganos que no dan un palo al agua. No sé cómo funcionaría el país sin médicos, maestros, enseñantes en general, policías, militares, bomberos, jardineros, peones camineros,  barrenderos, etc, y sí, también burócratas, que no sólo tramitan multas e impuestos, también el pago de pensiones, subsidios, prestaciones, indemnizaciones y facilitan servicios. Que hay muchos flojos, pues claro,  como en la empresa privada, es otro defecto nacional. Que se lo pregunten a algunas empresas, que han tenido que irse a otros países porque estaban hartos de bajas falsas mientras trabajaban en otros menesteres, o después de los carnavales o hartos de robos de material.
La existencia de escaqueados y de enchufados inútiles es una desgracia que llevamos como sambenito ya todos los funcionarios. Incluso los que hemos sacado una oposición legalmente y que no se pasan la mañana de barra en barra.......
En fín, calumnia, que algo queda......

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