
Hoy estoy soñadora e inconformista. Bueno, lo de inconformista no es novedad. Pero lo de soñadora... Un día lo fui. Pero un día muy lejano, ya. Tanto que a veces ya, ni me acuerdo. Yo soñaba a todas horas, dormida también, pero sobre todo, despierta. Yo iba a ser arqueóloga, exploraría las pirámides de Egipto, vería Teotihuacán, Stonehenge... O diplomática, viviría de país en país. Los idiomas y el vivir otras culturas, visitar museos, respirar otras fragancias y descansar en otros paisajes siempre estaba ahí. No me veía en España. Y no porque no me guste mi país, que me encanta, sino porque se me quedaba pequeño.
Entonces, cuando le insinué a mi madre mis planes, la pobre, que se había pasado la vida junto a mi padre ahorrando como una hormiguita para pagarme los estudios, me hizo poner los pies en el suelo recordándome que, para ser arqueóloga hacía falta mucho dinero para costear los viajes de estudios y que a la carrera diplomática no accedía cualquiera, y que además, también había que tener bien forrada la de Ubrique, vamos...
Qué duro debió resultar para ella decirme aquello. Yo, que me lo imaginé de inmediato, no necesité una segunda vez. Apagué la luz de mis sueños y pasé al plan B. Estudiar Derecho. También me daba acceso a la larga a la Diplomacia y, si me iba bien, podría dedicarme a estudiar arqueología más adelante. Una vez que ganara dinero, yo me pagaría los viajes.
Y estudié Derecho. Primera promoción del Plan Nuevo, que lo llamaban. La terminé en cuatro añitos. Tenía prisa por seguir adelante.
Pero entonces, ¡oh, sorpresa! llegó el amor. Y no lo había buscado, que conste, yo siempre me vi independiente en un futuro (aunque siempre veía niños en él, eso sí). Simplemente, surgió. Y me dio tan fuerte que mi mente cambió. Claro, ya no me quería ir a ningún sitio. De repente me volví v super casera. Ya lo que quería era ahorrar para comprar una casa, viajar con él y tener niños. Esos que ahora, afortunadamente, tengo y que llenan mi vida de alegrías, penas, preocupaciones, orgullo, detergentes y quitamanchas, pegamento, plastilina, purpurina, tiritas, virus... Esos por los que ahora no me queda más remedio que aparcar los estudios para promocionarme en mi trabajo y por los que, con lo cara que está la vida hemos tenido que replantearnos el tema y la forma de viajar. Esos por los que ahora me paso la vida ahorrando como una hormiguita para pagarles los estudios con la esperanza de que ellos sí puedan, si quieren, realizar sus sueños.
Y me siento inconformista porque no me conformaré con que ellos se conformen. E intentaré seguir viajando, aunque sea de camping con el bocadillo bajo el brazo, para realizar un poquito, aunque sea, aquellos sueños de amplio horizonte que, de joven parecen tan alcanzables y que, con la edad no siempre se ven más cerca.
Pero no creáis, ni me arrepiento ni cambiaría a mi familia de hoy por ninguna embajada ni por ninguna excavación, ni todos los días me siento así. La culpa la tiene la nefasta programación de verano, que me obliga a engancharme al canal Viajar y al National Geographic Channel cuando no estoy viendo dibujitos... Y claro, venga a meter el dedo en la llaga, y a echarle sal... con lo tranquila que estoy yo en invierno...
Entonces, cuando le insinué a mi madre mis planes, la pobre, que se había pasado la vida junto a mi padre ahorrando como una hormiguita para pagarme los estudios, me hizo poner los pies en el suelo recordándome que, para ser arqueóloga hacía falta mucho dinero para costear los viajes de estudios y que a la carrera diplomática no accedía cualquiera, y que además, también había que tener bien forrada la de Ubrique, vamos...
Qué duro debió resultar para ella decirme aquello. Yo, que me lo imaginé de inmediato, no necesité una segunda vez. Apagué la luz de mis sueños y pasé al plan B. Estudiar Derecho. También me daba acceso a la larga a la Diplomacia y, si me iba bien, podría dedicarme a estudiar arqueología más adelante. Una vez que ganara dinero, yo me pagaría los viajes.
Y estudié Derecho. Primera promoción del Plan Nuevo, que lo llamaban. La terminé en cuatro añitos. Tenía prisa por seguir adelante.
Pero entonces, ¡oh, sorpresa! llegó el amor. Y no lo había buscado, que conste, yo siempre me vi independiente en un futuro (aunque siempre veía niños en él, eso sí). Simplemente, surgió. Y me dio tan fuerte que mi mente cambió. Claro, ya no me quería ir a ningún sitio. De repente me volví v super casera. Ya lo que quería era ahorrar para comprar una casa, viajar con él y tener niños. Esos que ahora, afortunadamente, tengo y que llenan mi vida de alegrías, penas, preocupaciones, orgullo, detergentes y quitamanchas, pegamento, plastilina, purpurina, tiritas, virus... Esos por los que ahora no me queda más remedio que aparcar los estudios para promocionarme en mi trabajo y por los que, con lo cara que está la vida hemos tenido que replantearnos el tema y la forma de viajar. Esos por los que ahora me paso la vida ahorrando como una hormiguita para pagarles los estudios con la esperanza de que ellos sí puedan, si quieren, realizar sus sueños.
Y me siento inconformista porque no me conformaré con que ellos se conformen. E intentaré seguir viajando, aunque sea de camping con el bocadillo bajo el brazo, para realizar un poquito, aunque sea, aquellos sueños de amplio horizonte que, de joven parecen tan alcanzables y que, con la edad no siempre se ven más cerca.
Pero no creáis, ni me arrepiento ni cambiaría a mi familia de hoy por ninguna embajada ni por ninguna excavación, ni todos los días me siento así. La culpa la tiene la nefasta programación de verano, que me obliga a engancharme al canal Viajar y al National Geographic Channel cuando no estoy viendo dibujitos... Y claro, venga a meter el dedo en la llaga, y a echarle sal... con lo tranquila que estoy yo en invierno...
No hay comentarios:
Publicar un comentario