domingo, 3 de julio de 2016

En busca de la piedra filosofal

Ayer estuve divagando acerca de lo que es mi día a día en la cocina y, como podéis imaginar, trabajando y con tres niños, los platos que yo preparo siempre caben en un renglón.  Al contrario que en mis entradas en este blog, soy bastante sintética, de hecho se componen de tres palabras, por ejemplo: pollo-en-pepitoria, pescado-al-horno, papas-con-chocos, garbanzos-con-langostinos, lentejas-con-sobrasada, arroz-al-curry... Los ingredientes son fáciles de adivinar: cebolla, ajo,pimientos, zanahorias, tomate, caldo, almendras,  perejil, aceite de oliva, azafrán, etc. Y, ¿cómo no? vino oloroso o manzanilla. Dicen que si el vino es bueno, la comida estará mejor, y yo, para asegurarme, siempre me echo un traguito al coleto -o dos o tres-, pero siempre pensando en el bien de mis comensales, ojo, no vaya a ser que esté picado y me fastidie la comida, no por disfrute personal, es un gran sacrificio, no vayáis a pensar...  Vamos, quitando un par de concesiones al exotismo (curry, cúrcuma, jengibre, garam massala, ras el hanout, etc...),  la mayoría ingredientes que, si una abuela entrara en mi cocina dominaría a la perfección. En cuanto a los utensilios: ollas, sartenes,  fuentes refractarias y de barro, mortero, vitro, horno convencional y, en un alarde de sofisticación, hervidero de agua y batidora de mano. Por no tener, no tengo ni Thermo-Mix. Me gusta hacerlo todo yo, poco a poco, disfrutando de aromas, colores y texturas de primera mano. 
Igualito que los cocineros de moda, a los que respeto mucho, pero no entiendo. Para leer el nombre de sus platos necesitas beber agua y respirar tres veces: 
Emoción de toro de mar  confitado a baja temperatura con aire de alga nori sobre lecho de plancton liofilizado con contorno de caviar de arbequina y espuma de wakame en tierra de trufa blanca acompañado de chupito de agua de bloody Mary con esferificaciones de aguacate
Yo, en lo de toro de mar, ya me habría perdido. Total, para que te pongan una pedazo de palangana tamaño familiar con una lasquita de atún, con algo que se parece a un escupitajo al lado, salpicado por un montón de manchitas multicolores y un vasito lleno de un mejunje con aspecto de agua sucia. Que estará sublime, no lo dudo, que la experiencia culinaria será cercana al orgasmo, seguramente, que se habrán pasado tres años investigando en un laboratorio para hacer el plancton liofilizado, vale, ole sus huevos, pero... sinceramente: cobrarte, vamos a poner, 150 euros, por un menú degustación con siete platos con mijitas acompañadas de gotitas de salsa, caídas como por causalidad en el plato, cuando yo cogería el biberón con dicha salsa y una barra de pan y me pondría morá de mojar, me parece un timo.
Es que el tema de la cocina y los cocineros, en mi opinión, hace ya tiempo que se ha salido de madre. Con eso de que está de moda y de que, digan lo que digan, la crisis lo que ha hecho es aumentar las distancias entre las clases y hacer ricos más ricos, dispuestos a gastar cantidades astronómicas por catar lo último del cocinero más in, se les ha subido un poquito el vapor de las reducciones de vino tinto a la cabeza y, con el calor de los fogones, se les han derretido algo los sesos, a estos cocineros, la verdad. Y ya no les baja los humos ni el abatidor más pintado.
No veas el cocinero del Noma, que arrebató temporalmente el puesto de mejor restaurante del mundo a nuestro Can Roca, cómo les hablaba a sus subordinados en un reportaje que vi en la tele, eso era pura humillación, mostraba un despotismo rayano en lo sado. Y el pobre currito de turno entonaba un mea culpa porque un boquerón estaba un milímetro más inclinado de lo que debía. Encima se sentía super agradecido de la bronca que le había echado el chef de marras: un señor con el ego más subidito que el Kilimanjaro que se creía de verdad que había que rendirlre pleitesía  y aguantar sus modos agresivos y su mala educación porque era un artista, porque él lo valía, vamos. Además, le estaba haciendo un favor compartiendo con él las migajas de su elevado conocimiento. Vaya tela. 
Ahora les exigen a sus trabajadores ese tratamiento que, si se pidiera en otros trabajos, sería criticado y saldría en todos los periódicos. Me refiero a eso de "Sí, Chef". Suena a peli americana de corte militar, de campo de entrenamiento de marines, tipo Teniente O'Neil, para que nos entendamos. Si se lo hubieran pedido en la mili, se habrían hecho objetores.
Creo que, nunca mejor dicho, se les ha ido "la olla" o "el coco". Ya no sé si lo que hacen es cocina o alquimia. La Inquisición los habría quemado en la hoguera, en su punto y sin aderezos. Sí, sí, parecen copias de Nicolas Flamel, (en cuya casa, por cierto, en París, hay un restaurante, dato muy revelador), porque además, hay mas de uno que emplea polvos de oro en sus platos, que no sé si será muy sano, dicho sea de paso.
No es que los critique pero yo, teniendo en cuenta que me gusta mojar salsa y que el plato me cunda cuando me gusta, (no que no me llegue ni a la muela dejándome con la miel en los labios) y que,  como todo adorno me llega con la ramita de perejil,  la verdad, soy más de Arguiñano.

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