miércoles, 29 de junio de 2016

Alas de murciélago

Esta mañana, mientras  me miraba al espejo para peinarme y aplicarme el cacao -único aditivo al que no renuncio por dormir un poquito más- antes de perfumarme y ponerme zapatos, pendientes y reloj y salir pitando para el curro, pude observar que mi cara empieza a manifestar los -¿por cuántos van ya, diez, doce? - signos del envejecimiento: arrugas, flaccidez, tez apagada, manchas... la verdad, no recuerdo cuántos son ni me propongo aprenderlos.
Entonces me he acordado de eso de las alas de murciélago. Yo no conocía ese término, fue mi padre el que tuvo la bondad de ilustrarme al respecto -qué puesto está, ¿eh?, es lo que tiene el leer todo lo que cae en sus manos-. Al parecer es un nuevo término -al menos lo es para mí- que se utiliza para designar esa carne que cuelga de la axila al codo y que se va alargando más y más conforme vamos cumpliendo años. Alas de murciélago. ¿A quién se le habrá ocurrido? No negaré que es bastante descriptivo. Pero ¿por qué a las huellas que va dejando la vejez en la mujer (especialmente en ellas, los hombres no se estropean, Sr  ponen más interesantes...) se las compara con partes de animales? Patas de gallo, piel de pollo (o algo así, por lo visto es el término que han acuñado para los signos incipientes de la celulitis), arañitas vasculares, etc... En lugar de un cuerpo parece que llevemos encima una recova, vamos. Y encima, estamos marcadas como los artículos de los supermercados, porque no olvidéis que alrededor de los labios nos han colocado el código de barras. Qué arte tienen, oye, estos gurús de la cosmética. ¿Cuál será su próxima ocurrencia? ¿Llamar al pellejiyo ese que cuelga de la papada moco de pavo? A lo mejor ya tiene nombre y todo. Quizá hasta se llame así, no sé, no estoy tan al día en esto de la belleza.
En fin, que somos un expositor de casquería (un poco exótica, eso sí, porque en España no abundan las alas de murciélago en las carnicerías).
Pues ¿sabéis lo que os digo a todos? Que me encanta ver el paso de los años en mi piel. Adoro cuando mis hijos acarician  mi frente con sus manitas y me preguntan: "Mamá, ¿qué son esas rayas que tienes en la frente?" Se refieren a las arrugas horizontales, las de cara de sorpresa por jugar con ellos al cucú-taaaa, aunque también las tengo de las verticales, pero esas me gustan menos, porque se me hacen cuando frunzo el ceño. Y de veras espero llegar a tener código de barras y patas de gallo, abundantes, porque dicen que salen de reírse, ojalá acabe tan apergaminada como la momia de Tutankamon. Y, ya de paso, unas enormes alas de murciélago que hayan volado mucho bailando con mis seres queridos antes de emprender el último vuelo. Ya lo dijo Adolfo Domínguez, ese  artista con fobia a la tabla de planchar (mi alma gemela): "la arruga es bella"
Desde luego prefiero secarme al natural cual mojama a pasar por quirófano para acabar como la Barbie, sin arrugas pero con esa expresión prefabricada de sonrisa dolorosa (que los puntos tiran cosa mala). Lo dicho, a envejecer con "orgullo y satisfacción".

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