domingo, 19 de junio de 2016

¡Manda caracoles!


Desde luego, lo que se hace por un hijo, no se hace por nadie. Yo, que suelo levantarme antes de que se pongan las calles, para ganarme el pan, vamos, no vayáis a creer que es por gusto, (que si me hubiera tocado la lotería, disfrutaría más bien de los atardeceres bajo el sol de la Toscana) aquí voy, esta radiante mañana de sábado, de camino a Benalmádena porque mi niño el mayor tiene un campeonato de hockey. No de baseball, ojo, pero como si lo fuera...
No sé si recordáis un anuncio, no sé de qué, que comenzaba con un niño al que su padre, papel que encarnaba Antonio Resines, no había ido a animar en no sé qué partido. Y el niño, muy traumatizado, por supuestísimo, exclamaba: "¡Caracoles!"... Como en las películas americanas, esas que te pone Antena 3 en la sobremesa los fines de semana, basadas en hechos reales, muy lacrimógenas ellas, patrocinadas por Kleenex... No recuerdo lo que decía Resines, pero yo me vi reflejada en esa escena, cual dejá vu (la verdad es que no sé si se escribe así, para qué nos vamos a engañar). Mi hijo no mencionó al viscoso animal, más bien dijo: "Jopé" cuando intenté hacerle entender que era una paliza, que había que madrugar mucho, que sus hermanos no iban a aguantar cinco horas en el campo de hockey, dargán que yo estaba muy cansada, que era el único día que podía dormir un ratito más y que ya habría más campeonatos. Pero su carita de pena y, sobre todo, su apesadumbrada conformidad y estoicismo me tocaron el corazón y, después de haberle dicho que no, y de que saliera de casa dispuesto a comunicar al entrenador que él no podía ir, rápidamente pensé en un plan alternativo para que el día fuera un poco más soportable y no nos hiciera volver a mi marido y a mí con los papeles del divorcio: dejar a la niña con los abuelos y llevarme a los dos niños, el chico porque tiene que ir donde vayan mis tetas y el mayor por razones obvias. Así que he dormido un cuartito de hora más (hoy me he levantado a las seis), hemos liado el petate y aquí voy con más sueño que una espuerta de gatos chicos oyendo la incesante verborrea de mi niño, -no sé a quién habrá salido- cruzando los dedos por que el chico sepa apreciar las delicias del potito de ternera que le llevo (no ha probado ni uno hasta ahora, se los hago yo y los congelo), no vaya a darme la serenata y rezando por que se me alivie el dolor de espalda que tengo desde anoche y el de cabeza que me está entrando... Todo en aras a que el niño, cuando se haga mayor -ya sé que no me lo va a agradecer ni lo hago esperando que lo haga, de hecho, la semana que viene ni se acordará-, por lo menos, no termine yendo al psicólogo que, con acento argentino, tras varias sesiones de terapia llegue a la conclusión de que todo empezó cuando su madre frustró sus aspiraciones deportivas por no llevarlo al campeonato de marras, ¡caracoles!...

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